miércoles, 9 de diciembre de 2020

"En paz descansen esplendores"


2020: año de la pandemia. De largo, el más cruel de nuestras vidas. Han muerto tantos y millones han perdido sus trabajos, la educación retrocedió y una tremenda contracción económica se viene, quién sabe por cuánto tiempo.

Murieron familiares, vecinos, amigos, seres queridos y personajes que acaso vimos en las páginas del diario. Algunos de Covid, otros de causas asociadas que ya no importa aclarar, otros por la llamada de la naturaleza. Este año se nos fueron en seguidilla. Se recuerdan sus nombres de la larga lista, ahora que están juntos a los que se adelantaron. Y, como en un cuadro renacentista en el que los personajes miran al público, nos han dejado la puerta abierta como señal de que nada es eterno. Lo sabíamos, lo habíamos escuchado. Pero ahora lo sentimos. Lo nuestro hoy es la vanidad aceptando lo irremediable. Thanatos vence a Eros. 

Digo hasta pronto a: Carmen Carabajo, Solón Villavicencio, Augusto Iturburu, Luis Cepeda, Nelson Iturburu, Benedicto Iturburu y Jorge Rocafuerte.

Y, sin embargo... Eros vuelve. 

La vida llama, los niños siguen jugando en la calle, las traiciones ocupan su sitial, la violencia diaria también se recupera. Una muchacha sube infructuosamente al bus camino al colegio, los carros se amontonan, los conductores se insultan, los chistes y chismes se siguen contando en el parque.

La vida sigue. No como antes, pero sigue. Hay que hacer algo, hay que mantenerse activo, guardar la sensatez hasta donde se pueda, me digo. 

En esos afanes, aprovechando que estábamos encerrados, cumplí dos ciclos de entrevistas a figuras preponderantes en el mundo académico y artístico de Guayaquil y Ecuador, pero que no han tenido la cobertura adecuada; y a personas de diferentes orígenes que testimonian su idea de Guayaquil en el pasado de sus barrios. Así, busqué su palabra (no la mía). Ruego que en algún momento otros vuelvan a esas entrevistas. 

En el primer esfuerzo, mis agradecimientos van a: Cecilia Vera, Edwin Ulloa, Hugo Benavides, Ketty Wong, Michael Handelsman, Florencio Compte, Patricia León Guerrero, Pepe Alvarez y Antonio Preciado.

En el segundo, a: Jorge Josse, Guillermo Medina, Angela Portilla, Pedro Gambarrotti, Cecilia Freire, Mónica Maruri, Germán Simisterra, Verónica Pombar, Vilma StOmer y Amaury Martínez.

El encierro, con todos los traumas vividos este año, fue un desafío que aceptamos e hizo que cada uno, a su manera, respondiera a la crisis (incluyo a aquellos que se recuperaron del virus). Hoy, mañana, las semanas que vienen, será un nuevo test a lo que somos y podemos hacer. Después del duro aprendizaje, las condiciones están dadas para un nuevo combate. 

¡Qué venga entonces el próximo enemigo!



 




 


domingo, 22 de noviembre de 2020

¿Quién ganó las elecciones de EEUU?


Joe Biden y Kamala Harris. 

Pero Trump no quiere reconocer la derrota.Veamos este nuevo capítulo de la serie "Democracia de juguete"

Sabemos que Biden ganó el voto popular por más de 6 millones. Pero también sabemos que eso no importa en EEUU, pues quienes eligen al presidente son los miembros de una camarilla montada hace dos siglos, llamada Colegio Electoral. 

Desde el momento en que los medios de comunicación dieron a conocer al mundo al triunfador, se evidenció que un 53% frente a 47% era en realidad el reflejo de un país dividido. Ambos bandos salieron a la calles: los unos a festejar, los otros a reclamar por un fraude hasta ahora no comprobado. Desde el 7 de Noviembre,  Trump se ha empeñado en desprestigiar el proceso de votación y utilizado todos los mecanismos y maniobras a su alcance para declararse presidente por cuatro años. (Se incluye aquí el ridículo y vergonzoso episodio de declararse vencedor antes de que se terminara el contento y cuando ni siquiera se habían abierto los sobres del voto por correo).

Estas jugarretas sobre el inventado fraude electoral, los truquitos para ganar aunque hayan perdido, pan diario en América Latina con sus Evo Morales, Maduros y similares, en Estados Unidos ocurre por primera vez, al menos con semejante descaro y magnitud: Trump bombardea juzgads con denuncias que no progresan, pues al final confía en que la Corte Suprema de Justicia, por el hecho de tener en su mayoría a conservadores republicanos, simplemente le regale la presidencia con la excusa de un fraude que no existe. Trump llama a legisladores de los estados en disputa para que se inventen cualquier leguleyada y le den el voto, se tira contra las farmacéuticas porque no produjeron la vacuna contra el Covid para él llevarse el mérito o amenaza con bombardear Irán (todo autócrata sabe que no hay nada mejor que una guerrita para declararse dictador).  Paralelamente,  junto al Partido Republicano, le ha cerrado puertas a Biden, negándole información crucial para el traspaso de poder de manera ordenada. A los perdedores no les importan el cuarto de millón de muertos de Covid, los cientos de miles de nuevos casos (unos 10 millones de infectados hasta el momento), ni el galopante desempleo. No. Trump se va a jugar golf mientras sus seguidores van a entorpecer el recuento de votos o salen armados a las calles a amedrantar a los ganadores o los legisladores republicanos beben un caro vino en un vacío, grande y mal gusto hotel Trump.


La historia del recuento de votos es porque hay casos de triunfo con un margen mínimo, como el del estado de Georgia  (14 mil). Pero ya están confirmados. Y en casos en los cuales el margen es mucho mayor y es imposible que un recuento lo cambie, pues se inventan que han votado gente muerta, quemado votos a favor de Trump o imprimieron otros a favor de Biden. Dicen cualquier idea descabellada, de esas que, sin embargo, son tan reales en nuestras repúblicas del sur.

El problema de hoy en EEUU es triple: 1- un presidente vulgar, violento y vengativo ha sido derrotado y no sabe reconocer su derrota; 2- un país dividido en dos en una sociedad en franco retroceso; 3- el minar el funcionamiento orgánico de las instituciones. La crisis del Covid, por ejemplo, se da en gran parte porque los gobernadores republicanos de muchos estados y sus autoridades locales nunca obligaron a seguir la orden de distancia social o uso de mascarillas. Permitieron y hasta fomentaron el caos en nombre de una supuesta libertad individual. Lo que se llama anarquía, irresponsabilidad y quemeimportismo. Basura pelucona.

Lo que viene, en caso de que no se dé un golpe de estado (nada descartable, según las jugarretas políticas) será una reconstrucción nacional en época de crisis. A Obama, los racistas nunca le perdonaran su paso por la Casa Blanca. Algo parecido se empieza a ver con Kamala Harris. Los republicanos ya han advertido que pondrán en jaque a Biden y harán lo posible por impedir su éxito. No se diga que la nueva vice-presidenta quiera ser primera mandataria en el segundo período (2024), pues no es posible que siendo mujer y negra lo merezca. Peor aún, al estar casada con un judío. Así está el racismo en EEUU: galopante y oculto en ese 47% de apoyo a Trump.

El futuro de Trump se mueve entre su obvio temor a que le lluevan juicios por impertinencias personales, desfalcos o evasión de impuestos -pues ya no tendrá el poder ejecutivo bajo el cual se ha defendido- la notable caída de su imagen en el mundo (obvio) y entre sus seguidores, el fin del favoritismo de sus aliados internacionales (Putin, Bolsonaro, López Obrador, etc) o postularse nuevamente a la presidencia en el 2024.









sábado, 24 de octubre de 2020

¿Quién ganará las elecciones presidenciales de EEUU?

La respuesta corta es: nadie sabe. La más larga: quizá Biden gane el voto mayoritario, pero eso no se traduce necesariamente en llegar a la Casa Blanca, dada la existencia del Colegio Electoral, grupo encargado de elegir al presidente. Hace años, la mayoría votó por Al Gore pero el CE votó por George Bush (con fraude demostrado). Hace cuatro años Hillary Clinton obtuvo más de tres millones de votos que Trump, pero el CE votó por Trump. ¿Cómo fue posible? Porque el CE es una representación injusta y desequilibrada de cada estado, instaurada hace más de doscientos años, que le da más delegados a estados con pocos habitantes, republicanos todos, pues son de la zona central de este país, conservadora y rural. Solo el Congreso (2 tercios) puede eliminarlo. Hasta ese entonces, las elecciones presidenciales en EEUU son un chiste. Pero volvamos a la pregunta.

Hace cuatro años, las encuestas daban como ganadora a Hillary Clinton. Pero estaban basadas en un modelo de trabajo anticuado, el cual siguen usando. En cambio, la gente de Trump hizo una campaña de micromanejo de la publicidad y confeccionaron diferentes slogans y ataques contra la demócrata, según el pueblo o ciudad. Algo nuevo y tremendamente eficaz para acabar con el enemigo. Al mismo tiempo, sus encuestas tradicionales se basaban en llamadas telefónicas de gente que tuviera tiempo para contestarles sus más de veinte preguntas. Otra locura que siguen haciendo. Solo un par de pequeñas e innovadoras empresas que utilizaban otro modelo (y concepto) de encuesta, percibieron que mucha gente iba a votar por Trump pero sin confesarlo en público. Esas mismas empresas hoy reafirman que Trump ganará nuevamente y por las mismas razones.

Súmese a todo esto dos errores graves que cometió Hillary Clinton: dar por contado el apoyo de sectores del pueblo que habían votado por Obama, a los cuales ni siquiera visitó en su campaña; y decir públicamente que los simpatizantes de Trump eran "deplorables", lo cual resonó mucho en la población blanca empobrecida de las zonas carboneras abandonadas y de pueblos cuyas fábricas habían cerrado camino a México y China, en busca de mano de obra barata. Es decir, millones de desempleados y gente sin educación superior (solo 1/3 de estadounidenses la tiene) fueron atacados por la candidata demócrata en vez de ser valorados, comprendidos y atendidos en su desesperación existencial. Algo como lo que ocurre en América Latina cuando los caudillos populistas pescan a río revuelto.

Hay que incluir aquí el no menos fundamental rol que jugó el aparato de jaqueo e interferencia de Putin, que hizo alianza con Wikileaks (Assange y Rafael Correa como directos apoyos) para divulgar información confidencial de Hillary Clinton que la dejó muy mal parada frente al electorado.

Por esas razones, poca gente confía en las encuestas que favorecen a Biden.

Además, hay que recordar que durante estos cuatro años, un consistente, férreo y claro 43% de votantes (información que la misma campaña de Biden acepta en su sitio de internet) se ha mantenido fiel a Trump, y tienen razones muy válidas para hacerlo: desde la mejora de la economía (algo que heredó de Obama, en realidad) hasta la disminución del desempleo y la atención a problemas que sirven también de propaganda política, como negociar un nuevo tratado comercial con México y Canadá, subir los impuestos a los productos chinos que usan acero, tratar de salir de Afganistán, mejorar la relación con Corea de Norte, impulsar la agenda de paz pro-israelí, chantajear a los europeos para que pongan más dinero para su defensa militar o debilitar la NATO, eliminar la inmigración ilegal en la frontera sur, entre otros. Para cada caso, siempre ha habido una objeción y muchas pruebas de lo poco o nada que Trump ha logrado en esos campos. Pero eso no le importa al 43% de votantes, quienes lo defienden a capa y espada. En otras palabras: gane quien gane, Trump no tendrá menos del 43% del voto. Lo cual puede escandalizar a muchos y generar cuestionamientos de los valores de la población de este país. Pero ese es otro tema.

Para terminar, la candidatura de Biden/Harris no ha sido recibida con mucho entusiasmo por el resto de votantes. Su estilo es más bien dejar que Trump caiga por sus propios errores e incapacidad de cerrar la boca, dejar de twitear o comportarse de manera adulta, inteligente o acorde a su puesto. Es en realidad como si en la Casa Blanca viviera una mezcla de Alvarito con Abdalá en versión gringa.

Por la pandemia, todo lo logrado en economía y empleo por Trump se fue a la basura. Sin embargo, sus más de 20 mil mentiras (el Washington Post las cuenta) y su clara y torpe desatención a la emergencia del Covid-19 por más escandalosa que sea, no ha reducido ese 43% de apoyo. Su respaldo público y promoción de grupos para-militares armados, fascistas y de ultra-derecha, que en otro tiempo eran impensables en este país, no son motivo de escándalo para sus seguidores. En realidad, literalmente, nada lo es.

Así llegaremos al día de las elecciones. Nadie sabe quién ganará. Todos esperan una lucha reñida y disputada legalmente (la amenaza del fraude y de alguna jugada de jaqueo de último momento no son descartables). No olvidemos el crucial rol del Colegio Electoral, cuya autoridad está por encima del ganador de la mayoría de votos.

Si gana Biden, la transición será muy dura y Trump estará listo para declararse dictador vías Corte Suprema (dominada por republicanos). Si gana Trump, no habrá de qué sorprenderse pues el electorado está dividido casi por la mitad (desde hace más de treinta años). Con Trump en la Casa Blanca, ya sabemos lo que puede pasar: cuatro años de lo mismo y de lo peor.

Yo, como un tercio de votantes, acabo de regresar de depositar mi voto. Hacerlo antes es mejor que esperar "el día de fiesta democrática" en estas elecciones que, como dije, por el Colegio Electoral, son un chiste.



 




sábado, 12 de septiembre de 2020

Ahora, un poema

 


... y leyendo Estación Bratsk de Evtushenko

poco a poco el recuerdo de mi hermano Nelson 

se fue instalando en las páginas del libro

a lo mejor porque es la muerte que aún no he llorado

a lo mejor porque es una muerte que no debo llorar

-siempre hay alguien que te dice qué debes sentir cuando muere un ser querido

te prestan su hombro, te consuelan, quieren que les cuentes tus dolores.

Pero Nelson, que era más de la guardia de choque que de la vieja guardia,

se me aparecía como Lenin o acaso Pushkin antes del duelo

agitando masas y viajando en trenes por las estepas

-arte logrado en el desenfado de ser otro 

como actor o conversador de esquina.

Ahora, un poema

me iba diciendo mientras avanzaba en la lectura

de ese viejo ejemplar que saqué de la biblioteca pública

en el que, cada ciertas páginas 

el primer lector anotó con lápiz

cuánto se demoró en leer cada poema.

Meticuloso en la medición de tiempo 

también fue escribiendo

quién era quién en las escenas: 

"Galia, mujer de Evtuchenko

Vronsky, Kerenin y Levin, personajes de Ana Karenina..."

aunque páginas más adelante dejó de hacerlo 

quizá perdido, como yo, en las callejuelas de Zima o Petrogrado.

Los poemas y los apuntes 

me resultaban familiares porque

a mí ya me habían hablado de esa manera

hacía mucho, cuando pretendía ser un sucio comunista

un "marxista-leninista" que gustaba de la música de EEUU y su literatura.

Nelson era contrario a la seriedad de esos libelos

con él funcionaban las bromas 

y el ávido consumo de novelas y revistas

cosa que había cultivado por su cuenta

casi en secreto.

¿Cómo el loco de mi hermano podía ser él mismo 

y tantos otros a la vez? Esa habilidad de ocurrencias 

su arte de mirar las cosas fría y simplemente 

para mí siempre fueron inalcanzables.

Ahora, un poema

me digo mientras recorro la vida del poeta ruso 

que como tantos de su tierra fue acusado injustamente.

Ahora, un poema

en el que mi hermano Nelson sigue conversando

con la otra mitad de su alma (John, el mellizo)

beben cerveza y cantan pasillos, tangos y valses peruanos

en una cantina del sur o afuera de su casa

porque siendo la vida cosa breve

en esa brevedad cabe todo el universo.

Ahora, un poema, me digo 

volteando las últimas páginas de Evtushenko












sábado, 29 de agosto de 2020

Antonio Preciado: Borges en Barrio Caliente


Quiero dejar en claro un par de cosas para establecer la universalidad de la poesía de Antonio Preciado. La primera es el dilema literatura afro vs literatura blanca. Empiezo por nombres.

Varios  son los estudiosos de la obra de este gran poeta ecuatoriano, entre ellos destacan: Michael Handelsman, Rebecca Howes,  Elizabeth Vargas Holguín y José Pabón. Sin excepción, ellos se hacen eco de dos preocupaciones de Preciado: su lugar en la diáspora africana y el cuestionamiento que el mismo poeta hace de la membresía a la tradición literaria afro, la cual es solo una parte de su poesía, la de sus años mozos, cosa común al inicio de una carrera literaria.

Como ocurre en el arte y en la investigación, una tendencia no excluye a otra. En realidad, siempre se pone en perspectiva la obra de un escritor: su generación es marcada por el contexto, su individualidad por los sucesos en su vida privada. Sumar las variaciones a estos dos universos que pasan por varios filtros, etapas y corrientes que fluyen y se redefinen, según lo dicten las circunstancias. Eso en relación al poeta. En lo que concierne al objeto artístico propiamente, el poema, lo más saludable es pelear por su relativa autonomía y leyes internas con lo construyen, y recordar que es al final solo un receptor concreto quien le da o quita validez, y que todo eso se debe nuevamente ver en un contexto histórico. Así, en vez de encerrarse en una posición a favor de una supuesta verdad estética total, lo más apropiado es mantener una mente abierta a las variaciones, las cuales de todos modos tienen un valor relativo. Pongo un ejemplo:

Desde hace algunos años, Preciado viene luchando contra el encasillamiento que se ha hecho y hace de él como representante de la poesía negra, de su pertenencia al movimiento de la negritud y de ser el mejor poeta negro del Ecuador. Es triste que el reduccionismo, que muchas veces pasa como asunto positivo, tenga que ser motivo de aclaración por quien tiene como prioridad la poesía, no las disquisiciones teoréticas que tanto distraen a las mentes lúcidas. Ecuador, como los demás países, tiene también ideólogos del segregacionismo, más o menos sofisticados; esos que creen hacen un favor cuando encasillan. Tener que pelear por la validez de su trabajo, distrae y desvía la atención hacia lo parcial y secundario, y nos hace olvidar lo que ocurre en otras geografías. Amplío abajo.

En Estados Unidos, por ejemplo, la única manera de hacer entrar a escritores y artistas no-blancos y no masculinos en el gran mercado del consumo y la investigación fue a través de políticas institucionales, como la creación de cátedras de Literatura afro-estadounidense (o de hispana, femenina, Queer, etc). Es decir, solo gracias a esta imposición, los escritores de EEUU que pertenecen a dichas comunidades han sido descubiertos, integrados y estudiados para ampliar el concierto las voces literarias. Consecuentemente, se crearon publicaciones, revistas y editoriales que promueven básicamente a autores que se deben a esas poéticas (etnopoéticas o dinámicas de género, como las llaman). Si no lo hacían de esa manera, nada habría cambiado.

Mientras es verdad que, hoy en día, hay un margen mayor para cuestionar los membretes y separarse de éstos, no hay que olvidar que ese derecho solo le pertenece a los artistas que viven en carne propia esas circunstancias. Así que, mientras nadie habla de "literatura blanca" (porque lo que había antes era solo "literatura blanca") es legítimo hablar de literatura afro (o latina, o gay, etc). Lo que Antonio Preciado cuestiona en Ecuador, en ese sentido, en EEUU simplemente no funciona igual porque las circunstancias son muy diferentes. (Y sin embargo, los meses actuales han demostrado el peso de la propaganda racista desde la Casa Blanca y Trump: hoy mismo los miles de simpatizantes del movimiento de lucha de los afroamericanos, Black Lives Matter, se enfrentan en las calles con las milicias y vigilantes racistas blancos, muchas veces apoyados por la policía local). 

La segunda cosa que quiero dejar en claro es que, en arte, lo local nunca se opone a lo universal. De hecho, todo arte que conocemos como tal tiene fuertes raíces socio-históricas, está imbuido del ethos de su tiempo (Bajtin y sus contemporáneos ya lo establecieron). Los crímenes que tanto le dieron a Shakespeare ocurren en Dinamarca o en Venecia, El caballero de Olmedo de Lope de Vega tiene lugar en Medina del Campo (Castilla), el oceánico Don Quijote de Cervantes recorre La Mancha y la geografía catalana, James Joyce nos narra casi en dialecto 24 horas en la vida de Leopold Bloom y Molly en Dublin, y Kafka, que desarrolló sus narraciones en arrabales, hizo que sus personajes caminaran también por tortuosos y muy concretos espacios y arquitecturas agobiantes: un castillo, una corte, una colonia penitencia, una America diferente. Y el bibliotecario del universo, el que se debe a todos, Jorge Luis Borges, monta sus historia en el sur (al cruzar la avenida Rivadavia), en las pampas, en los pueblos, en las vidas de compadritos, cuando el tango se tocaba con guitarra. ¿Todo para qué? Para empotrar en esos lugares escenas que ocurrieron en otras épocas, con otros actores, pues, al final, el tiempo circular al que se refiere es la aventura humana que se repite. Cambian los nombres pero los objetos inanimados cobran vida y nos dan vida. Esos recuerdos almacenados en la memoria de Funes, despiertan a nuestros ancestros. La obra de Antonio Preciado, aún en su filiación juvenil y radical por la poética de la negritud es universal. Y Antonio Preciado, el ser humano de carne y hueso, ese negro jututo de Barrio Caliente, es el mismo Borges visto en otra geografía. No comprenderlo revela solo nuestra falencia, es discriminatorio, teóricamente errado y humanamente torpe. 

Leo a Preciado y encuentro al mejor Lorca del Romancero Gitano que es el mismo Lorca de Poeta en Nueva York. Su prioridad en ese momento es otra, pero sigue siendo el mismo. Encuentro al Vallejo de Trilce pero también al de España, aparte de mi este cáliz, encuentro la Comala de Rulfo. Pero, sobre todo, en lo que Preciado escribe, recuerda y comenta de su entrañable Barrio Caliente, encuentro al Borges que habla de sus abuelos, que escribe sobre los gauchos y su poesía (poesía gaucha, no gauchesca, que es igual a decir poesía negra, no negrista). Preciado es el mismo Borges reconstruyendo la vida de sus amigos y vecinos, nombrando la calidez de la tarde, el amor por los libros y la palabra. Y es también la misma actitud de saber tanto pero sentir que sigue siendo muy poco para sus afanes. La fundación mítica de Buenos Aires es igual a la fundación de un mar en el Chota; y el largo y hermoso poema a Juan García es el mismo tono de elegía en Emma Zunz detrás de la venganza al padre muerto. La divagación y la elucubración metafísicas, tan queridas al argentino, reaparecen en los últimos poemas de Antonio Preciado, que nos hablan de la vida y de la muerte, de su nieta y de la sangre.

Amo lo que ha escrito Borges, tanto como lo que ha escrito Preciado. A ambos les debo mucho, de ambos tengo el olvido.




 





sábado, 8 de agosto de 2020

Libros de una casa vacía y rincón despojado

Vivimos fuera de Ecuador pero, como muchos nacionales, tenemos una casa en Guayaquil. Esta noticia nada extraordinaria, sin embargo, quiebra emociones cuando aparecen fotos de esa casa vacía que a lo mejor es lo único que queda del casi olvidado deseo de volver. 

La última vez que estuvimos allá, cosa de hace cinco años, me traje las fotos de mis hijas pensando que ya no regresaría. Esta vez no iba a dejar sus imágenes encerradas en la vacía soledad del tiempo, error que ya había cometido y me había costado procesar psicológicamente, pues eran, como me hizo ver un amigo "como si las hubiera abandonado". Esas fotos ahora también están con nosotros, colgadas en las paredes de nuestra casa en Plattsburgh, mientras las diablas juegan o descansan en el patio.

Pero, ¿qué queda de una casa que habitamos apenas un mes al año? Recuerdos de los amigos que nos visitaron, la magnífica vista del norte de Guayaquil, los ríos distantes, los cerros, vecinos que apenas saludamos, la breve rutina y los libros.

Tres veces he dejado Ecuador y tres veces he vendido parte de mis libros. Los que hoy quedan en Guayaquil son recientes, muchos ya leídos, pocos por leer, otros de consulta. He tratado infructuosamente de regalarlos o hacerlos circular en manos que aún valoren esas compilaciones de saber y talento. Pero ellos resisten simbólicamente el vaivén de la voluntad y el temor, es como si no quisieran abandonar esa casa en la que han vivido ya por más de diez años, es como si aún esperaran por mí. 

Pienso en mis otros libros ahora, los que tengo en mi oficina (la cual he visitado solo un par de veces en este ciclo de la peste), muchos de los cuales anteceden a mi primer viaje (los poemas monásticos de Ernesto Cardenal, la Regla de San Benito, Aristóteles, las memorias de emperadores romanos, una biblia protestante, los Clásicos Grolier-Jackson que me regaló mi hermano), otros de greco-latinos que compré en Paris, en ediciones de Garnier, muchos ejemplares de bolsillos de escritores del siglo XIX, y los que fui adquiriendo con el tiempo, ya en Estados Unidos. Mis libros me llaman desde una casa lejana y una oficina cerrada. 

Mis libros ya van siendo lo último que me queda del pasado vivido. Hoy, mis libros y mi pasado les pertenecen a mis hijas. Lo sé. (Debo incluir los cds que con ambición comencé a comprar cuando me di cuenta que mis viejos discos del sur y la discoteca de El pez que fuma eran irrecuperables).  

Hablo de mis libros como fundadores de la biblioteca que nunca tuve ni tendré. Mis sueños borgesianos de vivir perdido en laberintos de libros y zaguanes de biblioteca ya los viví en Oregon y en la páginas de El nombre de la rosa. Lo que llamamos "estudio" en una casa, esa habitación llena de libros que es refugio y puerta secreta a otros mundos, es en realidad una visión empobrecida y pequeño-burguesa de lo que el aristocrático Borges vivió en su mente y en sus sueños. Como muchos, yo también tuve ese anhelo y por ello dejé lista la losa para hacerlo en mi casa de Guayaquil. Pero ese afán ya debe también comenzar a ser olvido. 

Escribo estas líneas desde el sótano de mi casa en Plattsburgh. Del nunca terminado estudio en lo alto de Bellavista he pasado a este rincón, el cual mis hijas invaden en el momento menos pensado. He simulado con escaso éxito un lugar ideal para el pensamiento y la lectura, hasta lo he adornado con serigrafías de mi querido y llorado Walter Paez, una edición vieja de Conrad, un libro sobre técnicas de cine, una novela de Vargas Llosa y el magno libro de Hannah Arendt. Pero la empresa es vana pues mis libros aun siguen lejanos y el rincón va saliendo más a cuchitril cervecero o bodega de objetos olvidados.





lunes, 20 de julio de 2020

La muerte del cholo Cepeda



Luis Alberto Cepeda Cortés fue mi amigo desde la escuela hasta hace cinco años. Murió hace dos días de un cáncer que se lo llevaba en vilo, me cuentan.

Compartimos lo que se comparte en un barrio popular cuando se crece: los estudios, los amigos de la esquina, los primeros amores y aguardientes, los partidos callejeros, de fútbol, volley y lo que viniera (nunca fuimos malos ni buenos para el béisbol ni el basket, pero le hacíamos). Compartimos las ilusiones y los errores, los aciertos, los olvidos y acaso las traiciones. Nuestras fueron las confesiones en medio de las cervezas, la timidez para hablar propia de la adolescencia y el echar pa' lante en los apremios. Fuimos humanos, hermanos del alma, y como hermanos y amigos también nos distanciamos (o se distanció de mí sin nunca saber por qué mismo; de todos modos, eso ya no importa).

Escribo aquí del amigo, del hermano, que esa fue mi relación con él. No doy cuenta de sus cuitas de amor ni sus traiciones. No es asunto mío si le quedó debiendo a la gente o la gente tiene aún cuentas pendientes con él. No estuve autorizado para encargarme de eso. Escribo aquí del hermano, he dicho.

Con el cholo se van también los paseos en bicicleta, las hermanas Morales, el parterre, la Domingo Comín y la Liga Salem, mis "patriotas del sur" que quedan en la memoria, los viernes que he contado en otras páginas, esos que iban de la mano con la botella de Cristal y el juego en el Capwell a la mañana siguiente. Se van las recolectas para el árbol de Navidad, las quermeses en la Baltazara, la camioneta que se compró siendo muy joven, la vez que se apareció por mi exilio en Quito, acompañado de mis otros hermanos: Leoncio Dattus e Iván Zavala (Lechuga y el Cuervo, para los interesados).

Escribo del cholo casi con modorra, quizá porque es un día de tremendo calor o porque ya son muchos los que se me han muerto, recientemente y con el tiempo (mi viejo, mi sobrino, el negro Jorge Ojito Rocafuerte), y el alma de alguna manera acepta que a mi generación le va llegando la hora. Así, vale la pena prepararnos para el viaje. No es apuro, pero tampoco olvido.

Hay dos mundos existenciales que me ayudaron a sobrevivir literariamente: escribir crónicas de mi barrio y transformar a mi amigo más cercano (el cholo Cepeda, que era él y yo mismo, pero desdoblados o unidos, como se quiera ver) en personaje de mis novelas (la trilogía chola). Por eso logré mantenerme pegado con entusiasmo a la escritura, a recrear un pasado imaginario en donde todo salía como yo quería. Ahora, a tantos años de esos eventos, solo me quedan los sueños, esa incontrolable materia nocturna que es a lo mejor solo un botadero de deseos.

No hay lugar ni tiempo de mi vida en el cual no pueda encontrar al cholo Cepeda. Inclusive los últimos cinco años, en los cuales no lo vi ni hablé con él, siempre fueron sabiendo de él. De hecho, ahora mismo con Leo, Kumaris y el Cuervo, hablamos del cholo como si estuviera vivo. No usamos el pretérito, por ejemplo. (Asumo, ya llegará ese dolor. Después de todo, el vacío por la muerte de mi madre lo sentí varios meses después de su fallecimiento).



Se fue el cholo Cepeda antes de sufrir mucho. Se fue rápido, en realidad, para lo que pudo haber sido. Firmó su bitácora de vida, montó la nave y agarró vuelo. Dejó, como todos, misterios por descifrar y episodios por descubrir. Pero ese ya es otro cantar. Quiero pensar que, de alguna manera, se ha reunido con quienes se fueron antes que él, gente de su casa y de su barrio: sus viejos, Roberto Alvarado, el viejo Pombar, Glauco Cordero, Joselo García, Monín Tenén, el perro Bolivín, Carlos Ríos (la Rubia Peligrosa) y tantos otros.

En lo que a mí respecta, me despedí de él mentalmente hace años, cuando vi que iba en un viaje silencioso hacia el barranco. Y esa ya es elección de cada quien, lo cual no quita en nada todo lo que he escrito arriba. Asumo que quizá ya viví el luto presente, porque el dolor de perder a un amigo es real, fuerte y sincero; un luto propiamente, no importa la forma de la pérdida.

Sé que partir es inevitable y que tengo a otros seres cercanos que avisoran la otra orilla. Uno nunca sabe. Pero en la cruel, grandiosa o normal vida que llevo, aún tengo obligaciones por cumplir.

Cholo querido, hermano lejano: ya nos encontraremos y volveremos a escuchar esas canciones, a andar en bicicleta y a pelear por cualquier cosa, quiera Dios, la Matriz o el Universo (que es fósforo y potasa) que la risa te sea permitida y cuentes chistes, chismes y cachos y que, como siempre, se te salgan lágrimas de pura alegría. Hasta mientras, un fuerte abrazo. f.







domingo, 10 de mayo de 2020

Adiós también a mi padre, Benedicto Iturburu


* * *

mi padre y yo caminábamos
hacia un terreno baldío y abierto al campo
como si fuera una película de fellini
a la izquierda había un circo inmenso
a la derecha, un sendero que se transformaba
en un largo camino cubierto de árboles
vamos por el bosque, me dijo
y a la entrada del mismo, en una pequeña habitación
nos encontramos con un hombre ya mayor y otro muy joven
que nos preguntaron cómo mismo era la letra de una canción
¡ah! ¡benedicto! ¿recuerdas cómo era? le pregunté
y mientras tarareaba la melodía
nos pusimos a cantar a todo pecho:
ayer era tu amante enternecido
ahora soy tu amigo de ocasión
tú quieres que yo vuelva arrepentido
y yo jamás iré a pedir perdón
y así, abrazados y cantando
nos metimos por ese sendero protegido de árboles
como el viejo león y el hombre de lata
que se pierden por el camino de ladrillos amarillos

The Wizard of Oz Dorothy The Scarecrow The Tin Man and Cowardly ...



* * *

Fabia y yo bailamos música de Sinatra antes de dormir
Y también tangos y algunos pasillos que cantaba mi viejo
En el teatro Bogotá, al pié del Cerro Santa Ana
Pasa la noche con el pretérito y con mi padre
con su traje blanco, el bigote corto, bien delineado
Y el pelo negro con brillantina
Mi padre era uno de esos cholos guapos
Que sabía llevar una conversación amena
Y tomarse una botella de aguardiente para aplacar el trueno
Lo veo en un recorte de periódico de los años cincuenta
Anunciando hora y fecha de su presentación
Trabajaba en una imprenta
Jugaba a las cartas y cantaba cada mañana
Con la radio a todo volumen
Y cometía los errores más monstruosamente humanos
Ya retirado, al caer la tarde en la Ciudadela 9 de Octubre
Salía al parque del barrio
A recordar su juventud con otros viejos
Y nosotros decíamos que eran La Sonora Matancera
Y Don Rocafuerte era Caíto y Don Carabalí Don Rogelio
Y mi viejo era Daniel Santos









miércoles, 29 de abril de 2020

Bagatelas para una pandemia

Guayaquil alista ataúdes de cartón para las víctimas de la ...

Los escritores ecuatorianos no mueren ni en guerras ni en pestes ni en terremotos, mas pueden escribir de las tres calamidades. Para hacerlo, se muestran benévolos consigo mismos y quizá con los otros. En entrevistas, nos dicen lo duro que la pasan solos, aislados, sufriendo porque no pueden inspirarse por estar rodeados de la angustia de la gente. Pero, en un descuido o después de mucho meditarlo, sacan sus papelitos -esos de menor calidad y que no querían romper porque, se decían, algún valor le podían encontrar- y arman un libro. Ya alegres, nos cuentan en el nuevo libro los pecadillos de sus viajes por el mundo, esos que mami y papi no podían leer porque no les iban a enviar dinero al extranjero.

Los escritores ecuatorianos no mueren en las guerras. No son Boccaccio tampoco, que con historias hizo que sus personajes desafíaran a la muerte. No pierden un brazo, como Blaise Cendrars, ni quedan lisiados, físicamente reducidos, como Cervantes. No salen a rescatar cuerpos entre los escombros de un terremoto, como lo hizo Fernando Nieto Cadena en México ("es que sentía era lo único que me tocaba hacer", me confesó en una carta) o Hemingway y varios de la "Generación perdida", curando heridos en combate.

Los escritores ecuatorianos tampoco escriben sobre temblores o pestes pero usan las palabras "guerra" y "apocalipsis" porque las leyeron en alguna parte y les sonaron ideales. Pero no escriben de la gravedad de las cosas. Les da miedo no llegar al clímax, al impacto al lector. Esos temas no son de su inspiración. Prefieren crear una muerte imaginaria en la que la sangre brota por todos lados, como en las parodias de Tarantino, o contarnos de jovencitas de clase alta en conflicto adolescente, o de algun poeta (que es ellos mismos) que no puede con una cosa ni con otra pero es brillante e incomprendido, profundo, y se frustra hasta que se reivindica en una falsa derrota y termina borracho en una cantina marginal. (Debo asumir que logran fama porque en Ecuador nadie vive de los libros).

Los escritores ecuatorianos escriben en los periódicos y desde ahí ventilan sus consejos y actos de solidaridad (ah, es que lo importante es la palabra) y nos dicen lo que pensaron un día, otro día y otro día. Arman entradas de un diario sin pandemia, la esquivan, piensan en cómo le irá a Juanito o lo que hará María viviendo en un país lejano. Nos cuentan chismes, pero veladamente, como buenos chismosos o, a lo máximo, glosan lo que dice tal libro sobre lo que ocurrió hace mucho, para aplicarlo al presente. (Eso es para que vean que los escritores también saben leer).

Los escritores ecuatorianos del pasado no eran muy diferentes a los de ahora en estos asuntos de ética y estética. Eran mejores, eso sí. No jugaban "al ser y al parecer". Uno de ellos escribió cómo Guayaquil se destruía por grandes marejadas (el agua siempre ha sido un elemento negativo en la literatura regional). Esa idea de la hecatombe, de la destrucción del lugar natal no es nueva pero les resulta oportuna porque nunca fueron de barrio, nunca conocieron la ciudad en donde nacieron, solo la odiaron. Esa imagen es parte de sus traumas. Hay algunas escenas, sin embargo, que perviven, como esos muertos campiranos de José de la Cuadra, una huelga obrera que termina mal, muy mal, como en Enrique Gil, algunos ritos sanguinarios, a lo más. Pero no hay una novela bien escrita sobre las guerras del 41, Cenepa o Paquisha, en donde los muertos son esqueletos semi-humanos ocultos en la maleza y olvidados para siempre. No esperemos ahora tampoco imágenes de ataudes abandonados en las calles. Esperemos, más bien, el ocultamiento de esos cadáveres sin tiempo, de esas historias de los que entraron y nunca salieron vivos del hospital. Son anónimos, nadie los conoce, ¿por qué molestarse? Escondamos la basura debajo de la alfombra.

Fernando Nieto Cadena me dijo también que en Guayaquil daba risa escribir sobre literatura de horror, "una ciudad en la que la muerte anda caminando por las calles". Podríamos decir ahora que la muerte ya duerme en las casas de Guayaquil. Entra y se queda ahí. No sale velozmente con el alma del fallecido, como en funerales de barrios negros (a las 12 de la noche). Se queda adentro, casi llena de entusiasmo.

Leo por pereza lo que los escritores ecuatorianos dicen que no escriben. Por pereza y curiosidad. Es una costumbre que no se me quita. (Es peor ahora con la pandemia). Si de escribir se tratara, digo que lo mío sería solo un epitafio que podría empezar así:

"Aquí yace el emperador Augusto, muerto el 15 de abril del año de la peste. Sus familiares y amigos lo extrañan con rabia y poca resignación".

Time Present and Time Past: The Story of London in 50 Novels: 10 ...





miércoles, 15 de abril de 2020

Hoy ha muerto mi sobrino

Hoy ha muerto mi sobrino Augusto Iturburu, el hijo de Nelson. Se lo llevó la peste, el tiempo, el silencio, las sombras. El, que tanto dio desde su trinchera que fueron el periodismo y la amistad, el servicio a los otros, de repente se vio solo y cruzó el umbral. No doy detalles de lo que imagino sino de lo que siento: el dolor en toda su extensión y su silencio, el pesar, la gran frustración, la tibia incredulidad, la irremediable y esplendorosa conciencia que no sirve en estos momentos.
Hoy ha muerto mi sobrino Augusto Iturburu Carabajo, y alargo su nombre porque así aparece Carmen, mi cuñada, su madre, que también nos dejó hace poco. Decimos en casa (una casa a la distancia) que ha ido a reencontrarse con ella porque, al final, las almas se buscan para seguir siendo una sola ("de la matriz venimos y a la matriz regresamos") y dejar el juego de las divisiones. Entonces, en esa amargura que ni hoy ni mañana se me quita, avizoro brevemente que, de alguna manera, jugamos a estar hoy juntos y mañana no. Jugamos porque, en realidad, sabemos que al final acabará este paseo lúdico y encontraremos algo que la fe llama "vida eterna".
Hoy ha muerto mi sobrino Augusto y algo de mí también ha muerto, o quizá mucho de mí, no estoy seguro. Podría decir que con él también han muerto mi ciudad, mi barrio, el callejón F del sur, los poemas de Fernando Nieto Cadena (que es otro muerto que llevo atado a los ojos). Podría decir con resignación que de los recuerdos ya nadie vive. Pero sé que no existen los recuerdos. Estoy seguro de que lo que llamamos "recuerdos" es en realidad una imagen que sacamos del archivo de la memoria, que siempre está ahí: presente, activo, generando nuevas imágenes, ideas y sentimientos. Y así vamos por este lado de la realidad: abanderando iniciativas y reciclando abrazos y saludos.

Quiera Dios, ese Dios que nos da siempre una de cal y otra de arena, que de alguna manera el fin de nuestro tiempo nos alcance reconciliados con los que quisimos y que los dejemos protegidos del inicuo. Yo puedo decir con toda certeza que ese fue el caso de mi sobrino Augusto, "a quien tanto quería".


domingo, 22 de marzo de 2020

Dos sueños en cuarentena

El primero debe salir de Gruppo di famiglia in un interno, la hermosa película de Luchino Visconti que vi ayer, en la cual Burt Lancaster es un solitario viejo profesor de arte, estadounidense, que vive sus últimos años en un hermoso palacete. Ahí llegan y se insmiscuyen de manera forzada, una familia aristócratica de pasado fascista, cambiando su vida. La parte quizá más conmovedora, que ocurre al inicio, es la destrucción arbitraria de un piso deshabitado, lleno de libros y recuerdos, a manos de la nueva tropa. ¿Por qué esa escena y la misma película? Para los fines oníricos cuenta sobremanera, para la ardua interpretación podría ser un premio. Baste ahora ir directo al sueño.

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En una calle cuesta arriba, quizá como la de la subida a la loma de Alausí, en donde pasé vacaciones infantiles, quedaba mi casa. Era antigua, pintada de blanco, en medio de la cuadra. Al entrar noté que las paredes del segundo piso se estaban descascarando. Contraté a los que quedan de mi barrio para que lo arreglaran. Recuerdo al Cacho, al negro Ojito, al longo Emilio, a Galleta y a Niño Tarro, tirando brocha (de esas que parecían escobillas de blanquear canchas de índor).Yo inspeccionaba el área de la escalera, abarrotada de andenes y trastes de pinturas, con toldas cubriendo el piso, mientras discutía precios con los galarifos porque ya llevaban días en la empresa y eso debía ser rápido.  Temía que los lagartos me salieran con una cuenta extensa, como la que en realidad ocurrió cuando los pintores de Kumaris se me llevaron tres mil pepas por pintar los exteriores de mi casa de Bellavista.

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El segundo sueño ocurre inicialmente en Paris y luego en el viejo Montreal. Lo emparento con esta semana de encierro y frecuentes vistas al canal de TV France 24. Primero entro a un bar pequeño y moderno, casi por accidente. Estoy solo. Cuando salgo, me doy cuenta de que ahora tengo mucho tiempo para leer y me prometo volver cargado de libros. La tarde cae, las calles se están cargando de gente, las calles empedradas buscando levemente una colina. Es quizá el norte del viejo Guayaquil porque es una zona, claramente delimitada, en la que viven los artistas. No me importa, ya no temo sus puerilidades. Camino lentamente, como marcando terreno, haciendo planes. Voy por una calle y noto a varias personas escuchando a una chica tocar el violoncello. Le pregunto si sabe dónde vive Aubrey Plaza, la actirz favorita de mi Fabia, y me señala el fondo.

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Llego a una puerta, me detengo, subo la escalera de madera y encuentro a tres actores, a lo mejor Lucho Mueckay, con seguridad Cecilia Caicedo y a un titiritero que usa acento argentino (no pregunto por qué) quien me muestra un manuscrito de la gran actriz negra Octavia Spencer. Me dice que ella lo escribió y que piensa darle la sorpresa actuándolo frente a la autora. Lo felicito y quedamos en vernos.

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Cuando salgo de la casa cruzo la calle y camino en sentido contrario.  Por la vereda opuesta, me afano al azar para conocer mejor el entorno. Lo hago nuevamente cuadras arriba. Al acercarme a la mujer, ambos vemos y comentamos sobre una bicicleta abandonada, encadenada a un poste. Con alegría reconozco su rostro pero no se lo digo. Hablamos un poco más y le confieso que sé quién es y si en algún momento podríamos encontrarnos, que me gustaría presentarle a mis ladies, que ella es la actriz favorita de mi Fabia. Acepta con gusto. Le digo encontranos otro día, en la casa de unos amigos. Ella los reconoce y me comenta que está trabajando en un manuscrito de Octavia Spencer, aún no publicado. Le cuento que ese texto circula clandestinamente entre varios actores y todos están conmovidos. Ella consiente el comentario. Nos despedimos. Veo nuevamente las calles. Estoy en el viejo Montreal, ahora lo sé. 

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miércoles, 12 de febrero de 2020

Un poema en marcha

Cuando ha sonado el final del ciclo
¿Qué hace uno con el tiempo?
¿En qué rincones se oculta?
¿Qué mínimas actividades suplen la rutina?
¿Hacia dónde voltea los ojos, las sonrisas, los silencios?
Envidio a los que trabajan y no piensan
A los que retirados de todo aún disfrutan del mundo
A los que evaden el terror y el arrebato
de darse cuenta de las cosas




miércoles, 22 de enero de 2020

Evocación del viejo Donoso




Aún estaba en el colegio cuando escuché el nombre de Miguel en boca de los miembros de Sicoseo. Hubo un par de “Encuentros” de escritores y cine en los setenta, época de la dictadura militar. Muchos meses después, supe que él había publicado unos poemas míos en la Revista Cambio, de México, cosa me alegró y dio más confianza en la escritura.

Hacia 1982, Miguel había regresado a Ecuador para quedarse y coordinar los talleres que dejó como herencia. Se repartía entre Quito y Guayaquil, acaso Manta y otras latitudes nacionales. Fue en esos años que tuve mejor conocimiento de quien, sin duda, ejerció una notable influencia en mí como hombre joven interesado en las letras y abierto al mundo.

Ya he escrito sobre su obra, lo he entrevistado y he bosquejado en más de una oportunidad el aspecto metodológico de su trabajo, quizá de manera informal aunque suficiente para el momento. Me gustaría ahora acercarme al hombre, al amigo, al consejero, al padre literario que también fue para mí.

Hay algunas anécdotas que recuerdo. La primera es cuando me preguntó si podía quedarse en mi casa los fines de semana en que le tocaba coordinar talleres de Guayaquil, hasta que le entregaran el departamento que luego alquilaría. Claro, le contesté con entusiasmo. Y así lo hicimos, un viernes por la noche, luego del taller.

A la mañana siguiente, fresco y agradable sábado del verano guayaquileño, le conté a mi viejo y a mi hermano Iván que Miguel estaba durmiendo y que luego saldríamos al taller. Mi hermano, que en esos años tenía sus reales, inmediatamente mandó a comprar un saco de conchas y una jaba de cervezas Club (la antigua, la mejor, que desapareció). Hizo preparar ceviches, chifles y luego arroz con concha. Nos sentamos todos a la mesa y desayunamos a la criolla, cosa que a Miguel le encantó. Mi viejo sabía de él desde joven, de cuando jugaba basketball y le decían “Culebrón”. Esa mañana conversamos y nos reímos mucho, no recuerdo si luego fuimos o no al taller, o si nos quedamos en casa. Solamente que nos divertimos como amigos sinceros y Miguel decía “esto es típico guayaquileño”, quizá recordando su propia vida antes del exilio en México.

Recuerdo otro sábado en que, cansados del taller y sin material por leer, con Jorge Martillo y Mario Campaña nos quedamos escondidos en un chifa frente a la Zona Militar. Había allí unas muchachas encantadoras. Martillo decía que él era Li Po y ellas sus Chan Kue Kui. Pedimos consomé a la reina y unas cervezas. De pronto, vimos a Miguel cruzar frente a nosotros y, como al descuido, mirar hacia el chifa. Nos clavó la mirada y dijo: “Acá han estado escondidos; hoy no apareció nadie” y acto seguido se sentó junto a nosotros. Pedimos cerveza y comida para él también y nos contó parte de su océanica experiencia en la vida: cuando estuvo en la cárcel y Kili Gil lo fue a visitar vestido de mujer y él no sabía quién era aquella dama hasta que Kili se quitó rápidamente la peluca en un descuido de los guardias. Nos contó que un militar lo había escoltado hasta Guatemala (me parece) y allá otro militar mexicano lo había llevado a tierra azteca. “Lo mejor que pudo pasarme fue ir a Mexico”, dijo. Ese día nos había perdonado la inasistencia al taller, quizá porque ya habíamos escrito bastante y podíamos tomarnos un descanso. Recuerdo ahora que el segundo día del taller, como para sacarnos del letargo de “la hora ecuatoriana”, dijo molesto: “En Mexico DF, donde viven más de 15 millones de personas, nunca les permití que me llegaran tarde. 
En esta ciudad pequeña tampoco lo voy a permitir”

Ese sábado en el chifa también es inolvidable porque, ya con tragos y en larga conversadera, apareció un mendigo pidiendo dinero. Martillo, alegre y en brazos de Baco, señalando a Miguel que se reía a carcajadas, le decía al mendigo: “¿Ves ese que que esta ahí? Ese es torturador paraguayo. Y ese que está ahí (Campaña) es torturador boliviano. Y ese que está ahí (yo), es torturador chileno. Así que mejor te vas antes de que te maten o te metan una botella en el culo”. Retórica salvaje que primero nos dejó con la boca abierta y luego hizo que nos pegáramos una gran carcajada. Ahora que lo escribo, me pregunto si esto es lo que uno quiere saber de los famosos. Mi respuesta es que así también fue como vivimos.

Recuerdo a Miguel en Quito (viví allá un par de meses). Rememoro las breves ocasiones en que me uní a su taller, las conversaciones que él, dos hermosas damas y yo tuvimos en El Cualquier Cosa una noche de romance, las irreconciliables broncas que los escritores del centralismo les tenían a los de Guayaquil, sobre todo a Miguel (y viceversa), un almuerzo en una terraza con plantas, hablando de si escribir produce placer o depresión… Hace tanto ya de eso, 1982 sin duda.

Recuerdo también a Miguel en Paris, bebiendo cervezas en un bar de la Cité (él venía de Barcelona). Hablamos del amor erótico, de la vida, del sexo, de la homosexualidad, de la literatura y de lo que él estaba escribiendo por esos años. De sus novelas, Miguel siempre mencionaba Henry Black. Yo, en cambio, le recordaba Nunca más el mar y su cuento Sally.

A principios de los noventa, lo recuerdo en el lanzamiento de un poemario que escribió y en una visita personal que le hice mientras trabajaba en la revista La Otra, luego de la cual, sonriente me confesó: “Me ha sorprendido tu pregunta, pero me alegro de que me la hayas hecho”.

La última vez que hablé con Miguel fue en su casa en Urdesa. Conversamos como siempre. Mucho tiempo ya había pasado desde esos días del 82. Luego le perdí la pista. Dejamos de escribirnos y cada vez lo sentí más lejano. Como ocurre en la vida, me molestaba que gente a la que yo consideraba de lo peor estuviera cerca suyo. Como a veces ocurre en la vida, al final uno prefiere lo bueno… no sea que nos quedemos, como en ese tango de Goyeneche, “amarrados al rancor”.

Cuando supe que Miguel había muerto descubrí que no estaba preparado para su muerte. Aprendí que uno nunca está preparado para la muerte de nadie, ni para la de uno mismo. El viaje de Miguel ya es igual al de mi madre, y pronto será el de mi padre, el mismo viaje que ya emprendieron amigos queridos, como Ricardo Maruri, Fernando Nieto Cadena, Carlos Pombar, Carlos Ríos, Roberto Alvarado, Eduardo López, Walter Paez y otros …Ese viaje será luego de nosotros porque tal es el recorrido humano.

Cuando Miguel se fue, leí “por enésima vez” el cuento Delia Elena San Marco, de Borges (lector/a amigo/a, vuelve tus ojos a esa luz) y mi vanidad y tristeza me llevaron a un poema que escribí hace muchos años, cuando los mencionados amigos aún estaban con nosotros. Sea este mi mejor y más firme recuerdo:

* * *

En el 2002 éramos otros
En el sueño los mismos
Miguel Donoso Pareja
Era también el mismo
Con nosotros jugaba desaforadamente fútbol
En medio del polvo y la ventisca
(¡Oh! ¡Nublado y hermoso día del verano guayaquileño!
¡Cuántas buenas sorpresas nos trajiste!)

En el sueño nos habíamos reconciliado:
Mario Campaña se reía
Y Juan Moreno y Ricardo Maruri
Corrían en lo alto de la colina
Como en una escena de Bergman
Mientras entonaban cantos infantiles
Pero sin ser llevados de la mano por la muerte
Y también estaba Hugo Salazar Tamariz y Agustín Vulgarín
Que me hablaba de su Cuadernos de Bantú
Eramos los que siempre quisimos ser
Luego, cansados ya de tanta lucha y competencia
Bajamos pequeñas elevaciones y cruzamos el Puente 5 de Junio

Eramos tres grupos e íbamos uno detrás del otro
Junto a mí iba Jorge y otro amigo del Colegio Eloy Alfaro
(a quien nunca más vi y que era todos a quienes nunca más vi)
Detrás venían el gordo Páez, el negro Jaén, el cholo Cepeda
Mi querido sobrino Germán Simisterra, mis hermanos y mi padre
Y contentos caminábamos esa mañana de nuestra vida