domingo, 27 de febrero de 2022

Un toque de bembé para Fernando Nieto Cadena

 


I.                  “Nieto, dales algo de leer a los muchachos”

A fines de los setenta Ecuador vivía los últimos años de la dictadura militar. Estábamos por terminar la secundaria cuando apareció Gaitán Villavicencio a dictar un seminario de Metodología. Gaitán había llegado recién de Louvain y su tio, que contradictoriamente era el rector del colegio puesto por la dictadura con un sobrino comunista, tuvo el acierto de confiar más en los beneficios académicos que en sectarismo político.

Gaitán, que había leído nuestros poemas en el periódico mural del curso, nos invitó a una reunión de Sicoseo, taller literario del que él formaba parte. Yo tenía dieciseis años y empezaba a vivir el fascinante mundo de las letras. Contentos pero con temor, esperamos pacientemente el sábado para ir a Sicoseo.

Cuando llegamos nos presentaron a los integrantes. El mayor era Hugo Salazar Tamariz, hombre de gran experiencia política, inteligente y de sorprendente calidez, con una voz baja y profunda que impactaba a cualquiera, uno de los mejores poetas de su generación (podría ahora mismo recitar muchos de sus versos).  Entre los demás, la memoria destaca con afecto a Solón Villavicencio, “un hombre hermoso”, como lo describían las mujeres, muy diestro en el comentario y el humor. Gaitán, su hermano y anfitrión. Jorge Velasco, a quien ya había conocido en el colegio Eloy Alfaro, cuando reemplazó al profesor de literatura y vendió con nuestra ayuda algunos ejemplares de su primoso libro de cuentos De vuelta al paraiso. Fernando Artieda y Edwin Ulloa, que escribían usando un lenguaje literario con fuerte basamento en el habla guayaquileña; Héctor Alvarado, cuyo humor y chispa en la conversación contagiaban a cualquiera. Estaba ese día, creo, también uno de los tantos visitantes que aparecían intermitentes por Sicoseo: Hipólito Alvarado.

Sentado en una esquina de la sala se encontraba Fernando Nieto Cadena, el gordo, como le decían. Usaba ya gruesos lentes y un poco de melena. Era rápido, sencillo y creativo en la conversación. Habló brevemente con nosotros algo que ya no recuerdo y preguntó, concitando el interés de todos por la respuesta, qué escritores leíamos. Nos pusimos pálidos, nos quedamos callados y desde la derrota inquisitorial contestamos casi aullando: David Ledesma, El Conde de Montecristo, Los que se van. Gaitán, que se dio cuenta de por dónde iba la cosa, solamente dijo: “Nieto, dales algo de leer a los muchachos”. Y, partir de ese momento, empezaron a caernos libros nunca imaginados que devoraba con impaciencia.

Las reuniones de Sicoseo, del cual ya era miembro, ocurrían cada sábado, a las 6 de la tarde. Luego de conversaciones, debates y planes para el siguiente número de la revista, caminábamos todos hacia la Casa de la Cultura y el pequeño bar que quedaba junto al parqueadero. El notable impacto que tuvieron esas reuniones, la amistad iniciada con aquellos escritores que nos dieron fraternalmente su mano y el acceso a un mundo letrado diferente, cambiaron mi vida. En cada una de esas conversaciones, reuniones, fiestas y tertulias que ocurrían con frecuencia, siempre estaba Fernando Nieto Cadena. Era él quien realmente articulaba a Sicoseo y le daba filosofía, identidad, organicidad. Su poesía y personalidad imponían el estilo pero de manera callada, sutil, sin proclamas ni vanguardismos.

Siendo Hugo Salazar Tamariz el mayor y poeta más consolidado de Sicoseo, era tratado por Nieto y todos con admiración, cariño y respeto. Seguíamos su dirección afectiva, la cual nunca fue en desmedro de la orientación del grupo ni de las expresiones poéticas más diversas, privadas y personales que se mostraban en las reuniones. Pero era Nieto el que con su poesía, calidad humana, ideas y empatía concentraba al grupo. Y por eso mismo, resultaba aleccionadora su tranquilidad y sencillez, su gran sentido de humor y su profundo conocimiento literario, siempre a la mano, ausente de poses y de la vanidad que tanto daño le han hecho a escritores e intelectuales de América Latina.

Los “demonios interiores” de Nieto, acaso secretos o privados, aparecían no obstante con furor en el mundo construido en su poesía, en ese Guayaquil que tanto amaba y conocía y que nutría su palabra. Sus dilemas, crisis y esperanzas se contextualizaban socialmente en sus obras. De alguna manera, para mí, el Nieto de los 70s era la continuación de la leyenda del Medardo Angel Silva de arrabales, tugurios y lecturas abundantes. Por ejemplo, sus libros a la muerte a la muerte a la muerte y de buenas a primeras no solo abrieron el lenguaje de los guayaquileños a la poesía (y viceversa) sino que le dieron a Ecuador un gran empuje en términos del desarrollo de la lengua poética de ese país y región (es sabido que el habla tropical de Guayaquil se nutre de varios contribuyentes nacionales e internacionales) y la ponía al día con sus similares latinoamericanas.


Ya he publicado varias páginas sobre la poesía de Nieto, a la cual siempre consideré de la más alta calidad expresiva, emocional, intelectual y humana. Y no creo equivocarme ahora al decir que su valor como artesano del lenguaje va de la mano con su valor como amigo y maestro (los buenos amigos siempre son nuestros maestros a su manera). De hecho, de su generación hasta el presente, no conozco en poesía otra voz más original, mejor, más sincera y real que la suya, acaso compitan con él los llorados Agustín Vulgarín o Hipólito Alvarado. Pero volvamos a Sicoseo y a los 70s para ilustrar esta afirmación.

Trabajamos mucho en esos meses contra la dictadura y en puertas a las nuevas elecciones. Pintamos carteles y escribimos poemas cuando asesinaron a los indios en el ingenio azucarero Aztra. Empecé, sin el permiso de Nieto, una militancia de izquierda que ahora la veo como un tiempo perdido. Pero seguí leyendo y escribiendo lo que salía del alma. Personalmente, me sentía un Fernando Nieto Cadena a mi manera, haciendo poemas que buscaban el lenguaje de la calle, aunque a veces eso terminaba en panfleto por la interferencia del izquierdismo en arte.  Yo quería ser él. Era a lo mejor el mismo romántico colegial, pero esta vez estaba más cerca de mí mismo. Y andaba con sus libros por todos lados. Me sabía de memoria sus poemas. Puedo decir que otros empezaron también el juego de escribir como Nieto pero sin leerlo, solo porque tenía su público. Pero puedo decir también que otros sí se encontraban, se reconocían en sus líneas. Mi hermano, por ejemplo, tan alejado de las letras como yo del cielo, andaba enamorado de una hermosa mulata de Esmeraldas y cada viernes se llevaba mi librito de poemas de Nieto para leerlo en el autobus mientras iba a los brazos de su amada. El primer amor que tuve fuera del colegio leía conmigo los poemas de amor de Nieto (tengo una novela inacabada sobre el tema). Un amigo, que ahora vive en Puerto Rico, en el colegio se salvó de repetir el año gracias a haber declamado en público uno de sus poemas. O sea, Nieto se iba regando de a poco en momentos concretos de la vida de la gente, casi como los santos, para satisfacer deseos concretos.

Mas, a esa etapa de ilusión en pos de la democracia ecuatoriana, la siguió el vacío. El Guayaquil de esos años -que acaso la película Roma (Cuarón) reproduce con fidelidad aunque se deba a otra geografía- empezó a cambiar, es decir a morir en muchos sentidos.

Después de haber compartido conversaciones y recitales con Nieto (hay uno muy gracioso que ocurrió en Yaguachi: cuando él leía sus poemas de putas y cantinas, en una sala llena de gente del campo, al fondo uno de los asistentes, semioculto, decía: “esha e la plena, esha e la plena” mientras hacía amagues y fintas de fútbol), después de haber conocido el Villa Cariño y sus vedettes y sentir que pertenecía a un grupo, que tenía amigos, hermanos mayores en la poesía, de repente ese mundo desapareció: Nieto se fue a México y Sicoseo se acabó.

Recuerdo con extrema claridad el día en que lo hizo. El durante y el después. Me veo aun corriendo con Martillo, Ulloa y Alvarado hacia la terraza del aeropuerto, a ver el avión que se llevaba al que tanto queríamos. Ahora que lo escribo, siento que quien se fue era nuestro hermano mayor. Así, nos quedamos solos. Imagino ahora el mismo avión, la misma mañana de sábado y el mismo aeropuerto que ya no existen.

A esa pérdida que no entendía y para la cual estaba muy ocupado (recordar: un militante nunca tiene tiempo), la sucedió, de pronto, un descanso, una sorpresa: Nieto regresaría por breves días a Guayaquil a un encuentro de escritores. Mi hermano (el que leía sus poemas en el bus) tenía ya funcionando la primera salsoteca de  Guayaquil, El pez que fuma, en homenaje a la película venezolana. Cuando nos vimos nuevamente con Nieto, nos fuimos allá a beber y a escuchar salsa dura. Luego de las primeras cervezas y chismes, me preguntó, como retándome: ¿a qué hora vas a poner a los clásicos? Lo cual me obligó a hacer sonar Para componer un son, Yiri Yiri Bom, Todo tiene su final, entre tantas otras que bebimos con cariño y entusiasmo. Esta anécdota se cierra de dos maneras: cuando mi hermano (el dueño de la salsoteca) entró y le presenté al gordo y se abrazaron como si se hubieran conocido toda la vida; y cuando regresamos al centro de la ciudad -él tenía que asistir a una mesa redonda- solo para que Nieto, mientras se mecía detrás de una mesa, le preguntara a Fernando Artieda: “¿Ronco, en dónde la seguimos?”.

En ese regreso de pocos días, Nieto fue el mismo de siempre. Navegó  vestido de blanco una noche en los bravos barrios del sur. Bailó y enamoró a una negra alta y hermosa en el cabaret El King, y grabó el último cassette para alguno de sus amigos con música de Bola de Nieve.

Pero hay otro tiempo y espacio, a lo mejor imaginario para muchos, en el cual siguió transcurriendo su existencia intelectual. Veamos.


II.              Castellano, qué bueno baila usté 

Celebrado en ausencia, tanto Nieto como su poesía se hicieron famosos en el medio. En Quito, ciudad irremediablemente centralista y polo opuesto a Guayaquil, lo miraban con recelo, a la distancia, derrotados por su creatividad y originalidad. A veces, para no ser apabullados, solo decían que Nieto había nacido en la capital, cosa que él detestaba porque lo entendía como un mero accidente (como decir que Calvino era cubano) ya que, varias veces lo comentó: su fuero de hombre era de guayaquileño, del trópico, del Caribe y, luego, obviamente mexicano, pero de Villahermos o ciudad del Carmen, que es también una isla.

Entre amigos, en Guayaquil su poesía era citada, sus libros nombrados, pasados de mano en mano porque ya no había dónde encontrarlos. Se los fotocopiaba. Los literatos hablaban de Nieto como si lo conocieran. Contaban anédotas ciertas, inventadas o modificadas, cual Julio Jaramillo barrial y poeta. Yo me seguía valiendo de sus poemas para enamorar damas de clase media. Y entre tanta lectura a la que estaba  sometido, Nieto se me iba pareciendo cada vez más a Cabrera Infante. Así, pasé de su poesía a la militancia política ida y vuelta, cosa que él no veía con buenos ojos aunque la respetaba. A veces, en el fragor del activismo, pintábamos carteles mientras escuchábamos la voz de Cortázar en la Rayuela y los poemas de Nieto en un LP de la Universidad de Babahoyo. Ambos eran de ambientación perfecta para el activismo y los afanes amatorios con las compañeras.

En una larga aunque desconocida entrevista que le hice en mi casa, ya estando de U Católica (1981 acaso), desarrolló ampliamente sus conceptos sobre literatura y habla popular. Mientras su poesía ganaba adeptos, su discurso teórico propiamente era una incógnita, salvo generalidades referidas a la política. Hasta hoy, no se conoce un texto ejemplar que él haya escrito al respecto. La razón quizá es que sus líneas teóricas se funden y confunden con las poéticas, sobre todo a partir de los 90s, en que hay frases, definiciones e interpretaciones metalinguísticas incrustadas en sus poemas o asumidas por su hablante lírico, muchas veces para burlarse de ellas o mantenerlas como referencias importantes de su  identidad. Así, nombres como Lacan o Marx aparecen junto a Celia Cruz o la Fania. Menciones a Ezra Pound o Allen Ginsberg no se contradicen con comentarios sobre Olimpo Cárdenas o Benny Moré, pues son lo que los eruditos llaman “unión de alta y baja cultura”, tan solo que en el caso de Nieto se trata de un solo signo, unidad indisoluble, imagen fundida en la moneda.

Una vez que Nieto puso en contacto e intercambio todas sus voces poéticas, llegó al lugar que tanto había buscado. Desde ese momento, su sólida y muy personal base filosófica para interrogarse sobre otras áreas del acontecer humano, estarán maduras y con sello de estabilidad enciclopédica junto a una saludable duda metódica. Nieto será un maestro, a su manera y desde su sitial, para seguir entendiendo el  mundo. ¿El resultado? Sus nuevos poemas comienzan a parecerse a los poemas que ya había escrito y publicado. Se repite a propósito, sin verguenza. Su obra va conviertiéndose en un largo poema. Busca los entornos del mismo tema, hurga en algunos detalles, acaso posibles dudas sobre sí mismo (esa vieja manía), a lo mejor un intento de reafirmación, pues el sentido de la vida debe ser más allá de lo que uno vive o se imagina. Nieto, cual agnóstico terrenal, explicará este momento cumbre de su vida y su persona de la manera siguiente:

“La verdad es que desde Los des(entierros) lo que escribo es un solo texto con algunas estaciones para hacer una pausa en pos de apoyo logístico. Quienes dicen que me repito tienen razón; sí, me repito, ¿y qué?”. 

Para fines de 1984 yo estaba en Paris. Nos escribimos varias veces para ponernos al día, siempre con el mismo tono y la misma frescura del inicio. Sus cartas eran deliciosas, agradables, chispeantes, sentimentales. En ellas respondía mis preguntas y aclaraba incógnitas (evito repetición de mucho de este material pues ya lo he publicado y es de libre acceso en el internet).

Nieto siempre estaba escribiendo un libro, siempre. Ahora sabemos que esos varios libros, incluyendo los que quedaron inéditos, son en realidad la unidad de su vida literaria, acaso la única que vivió a plenitud. Su caso es como el de otros artistas (pintores, directores de cine) que siempre giran en torno al mismo cuadro y a los mismos actores. La primera parte de su poesía (hasta fines de los 80s) es un proceso vertical, por así decirlo, de su búsqueda, y va desde sus primeros poemas hasta Los (des)entierros del caminante. La segunda etapa, es un proceso horizontal de escritura, pues para ese momento él ya tiene el dominio artesanal de la palabra que trabajó y la erudición almacenada de tanta vida y lectura. Nieto es ya, para ese libro y los posteriores, una especie de Zaratustra de sí mismo (Nieto-Nietszche), contemplando desde lo alto la vida que yace.

Desde la despedida en Guayaquil, allá por 1982, nunca más volví a ver a Fernando Nieto. Estuve a punto de visitarlo por el 2003, pues tenía dinero, tiempo y papeles en regla para ir a México (cosa que siempre he querido hacer; además, ya prometí que nacería mexicano en mi próxima reencarnación), pero el destino me llevó por otros rumbos y luego ya las cosas cambiaron.

Me escribí siempre con él. Cuando no lo hice fue por esos olvidos o distanciamientos, también frecuentes entre los amigos. Hasta el día en que supe nos había dejado para siempre.

De manera íntima, si le abro las puertas al recuerdo, me duele su muerte. Pero me alegro más de haberlo conocido, haber leído y vivido su poesía, tenerlo aún como una gran influencia. Me molesta que él siempre haya estado abierto a todos, al menos en Ecuador, pues la burocracia literaria extrae todo lo que puede de los artistas sin nunca dar nada. Y a él nunca lo trataron como se merecía. Por ejemplo, debería ser un escándalo que todavía no exista una re-edición de su poesía completa, ni en Quito ni en Guayaquil. (He visto hace poco una antología de la PUCE, antojadiza en comentarios, sesgada, queriendo meter gato por liebre). Pero nada pasa. Nadie dice nada en tierras del nuaymás. Me molesta que quienes no lo conocieron, ahora se llenen la boca nombrándolo y publiquen sus obras (no las de Nieto) refiriéndose a él. Los mismos que viven del usufructuo literario que él tanto aborreció, se aprovechan de su imagen y su nombre. Me molesta no tener dinero y publicar yo mismo una edición completa de su poesía (yo, que ahora tengo prioridades familiares).

Pero lo que es hoy, digo firme: Fernando Nieto Cadena, presente en mi mente y mi corazón.