viernes, 25 de agosto de 2017

¿Para qué y cómo leer a Eugenio Espejo?

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Anoto abajo una síntesis de mi lectura del Chuzig y luego repondo las preguntas.

Termino mis lecturas de vacaciones estivales con tres libritos de Eugenio Espejo que incluye la vieja Clásicos Ariel: dos volúmenes de El Nuevo Luciano de Quito (56, 73) y uno de Obras escogidas (77). En ellos se nota el método del autor: observar, leer y escribir para aclarar o polemizar sobre lo que percibía como equivocado.

Su estilo, propio del periodo colonial influido por el Renacimiento, promovía ampliamente un espíritu enciclopedista. Por ello, no obstante Espejo cita a algunos autores de la Ilustración, su herencia queda como sólidamente clásica. En sus escritos usa el diálogo socrático para hacer hablar a dos de sus personajes (el doctor Mera -proyección de sí mismo- y el doctor Murillo) en un despliegue de humor barroco, picaresca y debate retórico. Incluye también cartas, ensayo breve, notas, poemas de ilustración, avisos y discursos.  Entre las fuentes que Espejo usa para autorizarse, abundan los autores franceses y algunos Padres de la Iglesia, empezando por San Agustín (vale realzar la gran labor editorial del llorado Hernán Rodríguez Castello, sumergido siempre en la erudición de la filología).

Espejo explica citas de autores y hace reflexiones médicas basadas en lecturas de libros (extrañamente, aunque menciona la observación, se hace eco más de lo que dicen los libros que de su experiencia personal, como en la Lección de Anatomía de Rembrand).

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Junto a estos rasgos de estilo literario propio de su tiempo, hay que resaltar otros de caracter histórico: la comprensión y elaboración de un pensamiento crítico a favor de los indios andinos explotados en huasipungos, y su fuerte crítica a los mestizos, españoles y criollos que se valían de trucos legales y maromas religiosas (con el apoyo de curas) para mantenerlos dominados.

Mis años de juventud no incluyeron a este notable autor, a pesar de ser selección directa en cualquier antología crítica de la literatura latinoamericana del periodo tardío colonial. Ahora que el tiempo ha sido benigno para hacerlo y las aguas de la nostalgia a veces crecen, me pregunto si, además del lector o investigador interesado Espejo, algun joven se interesaría por abrir sus libros. La gran masa juvenil del sur, atrapada entre el reguetón, los plagios académicos por internet y una displicencia feroz difícilmente se podría enganchar en la lectura, a no ser que se le proponga hacerlo en la hora de clase, con ejercicios prácticos de lectura y discusión. Creo que solo de esas maneras se podrá tentar a los jóvenes. Eso en cuanto a recursos, medios de conquista lectoril. ¿Para qué leerlo?

Ecuador es un país pequeño, fragmentado y víctima de sistemas de opresión mental, económica y cultural que requiren de un esfuerzo magno, de un soporte educativo mayor para amortiguar las crisis y los escándalos a los que su población se ha visto sometida a lo largo de su historia. Espejo ofrece claridad frente al caos y referencia política frente a la injusticia. Es un ejemplo a seguir, a poner en contacto con otras alternativas ideológicas de su tiempo y la posteridad. Espejo es también un autor que toca varios temas de plena vigencia, como la corrupción endémica nacional e internacional, la insalubridad, el alcoholismo y la falta de víveres, el fanatismo y la manipulación religiosos, entre otros (leer desde la sección "Remedios" de su Reflexiones sobre la viruela). Igualmente ocurre con el cuadro de explotación commercial que sirve de fondo a las Reflexiones varias del tomo Obras escogidas.

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Obviamente, hay muchos elementos más, a veces ocultos entre lineas o en los márgenes de los comentarios centrales. Si inicio una cazería de Espejo en búsqueda de su actualización, trabajaría más a fondo con el mismo tomo de Obras escogidas y haría una breve lista de temas y formas de trabajo. Incluiría por ejemplo:

* Queja del provincianismo de Quito, su aislamiento cultural
* Ideas del regionalismo y de la identidad del serrano (indio de la sierra, no mestizo, criollo o español)
* Selección de fragmentos para una lectura active en clase
* Parodiar con los amigos del barrio, compañeros de clase o en teatro callejero los diálogos de Mera y Murillo
* Chateos simulando ser dichos personajes
* Detectar las causas sociales de las enfermedades y pestes que ocurren el la sierra y la Amazonía
* Establecer el esquema de explotación a los indios en la organización de fiestas populares
* Desmontar el argumento de que el alcoholismo en los indios resulta en falta de trabajo y ésta en la razón por la que no pagan más impuestos
*  Responder: ¿Por qué firma las Cartas riobambenses con nombre de mujeres, como Manuela o Madamita Monteverde?
* Responder: ¿Cómo construye la identidad femenina en la carta que firmó como Europhilia? (77, pp. 159-165)...

Como muchos autores ecuatorianos, el caso de Espejo clama por ser rescatado de la ignorante, vacía y usualmente ceremoniosa mención de aniversario. Lo suyo está en el centro de la historia diaria, de la vida y del debate nacional. Es cuestión de vencer el primer bostezo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

¿Qué hacer con Rusia? (dos libros de Svetlana Alexievich)




De joven, pensaba que de no ir a Francia podría tratar de ganar una beca para estudiar en Rusia, la tierra de Tolstoi y Dostoivesky, de Lenin y Turguniev, de Valentina Tereshkova, los soviets, los formalistas rusos y Bajtin. Algunos conocidos estaban en Moscú o habían estudiado en la Patricio Lumumba. Pero, en realidad, mi deseo real era viajar lejos, a un lugar remoto y frío. Así, me fui a Paris.

En la Ciudad Luz, una noche en que despedí en la estación de tren a un amigo ya perdido, noté que ese mismo tren llegaría a Moscú. Recuerdo que pensé si debería tomarlo y viajar aún más lejos, en medio de la nieve y el misterio. A lo mejor todo fue parte del ideal romántico que se había fraguado en mí escuchando canciones de mis hermanos, como Natalie, de los Arriagada, o los circos rusos con sus hermosas bailarinas que llegaban cada año a Guayaquil, o las magníficas películas que siempre produjo Rusia (Eiseinstein,Vertov o Tarkovsky).

Diez años después, el nombre de Rusia para mí evocaba la cruel vida de Bajtin y su brillante pensamiento, la crueldad del stalinismo y el orgullo ruso por un imperio que ya no existía sino como un deseo de control mundial (de los viejos zares a los nuevos zares del Partido Comunista y la KGB). Con el fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín cayeron los ideales transatlánticos. Sin embargo, confieso que la idea romántica de un hombre que camina en la nieve y la ventisca se mantiene (ahora que lo pienso, quizá por eso me atrae últimamente Game of Thrones, con la vida ascética en la gigante pared de hielo, y más allá: la vuelta a una vida congelada). Esa Rusia, quedó ahí, en esos dos momentos del pasado. ¿Y ahora?

Hace poco encontré un par de libros de la ukraniana Svetlana Alexievich: Boys in Zinc (voces soviéticas de la Guerra afgana) y Chernobyl (La historia oral del desastre nuclear). Ellos me devolvieron a un cruel pasado que, cuando en su hora fue puesto delante mío, ignoré por completo: El primer libro es sobre la invasión rusa a Afganistán. De joven, leía en los periódicos de izquierda que se trataba de una guerra de liberación del enemigo pro-imperialista yanqui, periódicos que hasta hacían derroche de tácticas militares. Pero eso era solo el eco de los dictámenes del Partico Comunista Ruso, encargado de diseminar la version oficial de los hechos (es decir: esconder la verdad).

El segundo libro de Svetlana Alexievich es sobre el desastre nuclear que siempre vi remoto pero que, sin sentirlo íntimamente, lamenté hubiera ocurrido. Muchas vidas se perdieron, uno tiende a decir. Pobre gente, una pena, que tristeza...



Pero el poder de la palabra directa, de los testimonios, es muy grande. Alexievich graba, anota, escribe y traslada a sus páginas las historias horrendas de los cientos de miles de jóvenes que fueron a una guerra estúpida, en la que murieron o quedaron mutilados en nombre de la patria, una patria que se empezaba a llenar de oportunistas, mafiosos e inmundicia. Paralelo a eso, ocurre el desastre de Chernobyl. Y en este libro, la autora hace algo similar, quizá más ordenado y más elocuente, pues quienes hablan no son los jóvenes reclutados sino los habitantes de un pueblo aniquilado, discriminado y ocultado.

Quienes aparecen en las páginas son personas de varios niveles sociales e intelectuales, con sueños, deseos y frustraciones como cada uno de nosotros. Son humanos, pero quebrados. El recién casado que muere lentamente, los niños que nacen con problemas genéticos, los alimentos que nadie más come, solo ellos porque saben que igual morirán de radiación, o la niña que en el campo vacacional era llamada por otros niños "conejo brillante" y pusieron desnuda en medio de la noche para ver si era verdad que su cuerpo brillaba.

Ambas lecturas, terminadas poco antes de volver a mis clases, me hicieron recorrer la percepción de Rusia en mi vida. Tengo una ex-alumna que vivió allá varios años pero, al igual que con el resto de habitants de Plattsburgh, temo abordar con fines literarios, de que me cuenten su vida. Me parece sería una falta de respeto. Ese mismo temor marca los libros de Svetlana Alexievich cuando los entrevistados la recriminan y le dicen "no pongas nada" o "pon eso, con mi nombre completo".

Hoy Rusia, para mí, es la amenaza de Putin y su juego internacional (es indudable que Trump fue beneficiado por su hackeo y bombardeo contra Hillary Clinton, a través de Assange y con el permiso de Rafael Correa, hoy transmitiendo desde  como loco desde un ático en Bruselas). Pero es también las víctimas de Afaganistán y Chernobil y los millones que protestan en sus calles contra un gobierno corrupto, porque si hay algo claro en el mundo es que los pobres siguen multiplicándose y los viejos y nuevos ricos siguen acaparando las riquezas, sea en Rusia, EEUU o el Tercer Mundo.

¿Qué hacer con Rusia? Lejana y cercana a la vez, valoro a su gente, sus logros, su braveza de pelearla día a día, su orgullo patrio (aunque a veces esté mal ubicado). Detesto a quienes se aprovechan de los otros, los explotan o los ocultan. Y es lo mismo que diría de cualquier país del mundo, como esos nuevos quijotes de fantasía que salen a pelear contra quienes matan al indefenso.



viernes, 21 de julio de 2017

Poemas de la norteamericana Jo Carson

Libre traducción:

[Llegué a este libro buscando en la biblioteca pública con mi Fabia a otro autor. Lo leimos con gusto y decidí traducir algunos poemas, quizá aumente la lista en los próximos días. Según cuenta la autora, son básicamente monólogos y conversaciones, confesiones e historias que escuchó en la calle, pueblos y tiendas de la parte Este de Tennessee y la región Appalachia. Me ha recordado el maravilloso y sencillo "Spoon River" de Edgar Lee Master, aunque lo de Jo Carson está más pegado a la tierra y a los vivos]

De: "historias que no le he contado a nadie todavía"



2

Se está llegando a un punto
donde no puedes darle nada a nadie
y eso una desgracia.

Por ejemplo, mi vecino
podría mirar al diablo a sus ojos
y decir no gracias no quiero ir al infierno,
mientras al mismo tiempo
trata de llevársele a Jesucristo un par de dólares
por el gratuito regalo de la salvación.

Es un hombre difícil
y está a punto de volverme loco.
Quince centavos pone en mi casilla,
o un dólar o algo más,
y lo único que hice fue darle a su esposa
un par de tomates
y un puñado de frejoles viejos.

Y ellos no ricos.

Luego, ayer mismo, agarré media caja
de zucchinis pequeños
llevé unos cinco o seis
y los puse en su porche
con una nota que decía:
"Son un regalo".
Regalo estaba subrayado.
Y hoy
encuentro un dólar en mi casillero.

Este hombre no entiende
que me está haciendo un favor
cuando los toma y se come los malditos zucchinis,
y cuando paga por ellos
cuando paga por ellos
soy yo el que se siente en deuda con él.

4

Ahora Jorge está enfermo
no hay duda,
y le he dicho
desde hace como un año
que debe ver al doctor
y dice
"Nooo, no, no"
Pero voy a hacer que vaya ahora.
La cosa está mala.
Quiero decir,
Jorge está tan enfermo
que ni siquiera
ir a los funerales le gusta ya.

10

La señora que vive cerca
me llamó el otro día
que tenía una nueva alfombra
y quería que fuera a
beber un café y la admirara.

Puedo hacer eso por una persona.
Pego un papel de pared yo mismo
y le digo al primero que se aparece que
venga a verlo...

Bueno, llegué a la puerta,
y me dice: "Ten cuidado
límpiate los pies"
Y tuve cuidado
pero la yerba estaba todavía un poco húmeda
de la lluvia de la mañana,
y ella me pregunta si me importaría
sacarme los zapatos.

Bueno, hice eso también
y entré a la sala,
y la alfrombra nueva era blanca. Blanquísima.

Y bebimos un par de cafés en la cocina.
Lo mejor que pude decir
fue que parecía nieve sobre la que nadie aún había caminado.
Y pensé en que no habrían niños
llevando pedazos de torta de chocolate
para ver tevé,
ni perro revolcándose para jugar
en la alfombra de la sala,
ni correteos en esa parte
por sentarse frente al porche una noche
y tener que contestar el teléfono,
nadie viniendo desde la puerta delantera
luego de trabajar en el jardín
o recogiendo el correo
o llevando a través de la sala un manojo
de flores recien cortadas.

"Hace que la sala parezca realmente limpia" le dije.

"Eso es lo que más me gusta", me dijo,
"claro, tendré que ser muy cuidadosa
con todo tan blanco"

16

La gente de la montaña
no puede leer
no puede escribir
no lleva zapatos
no tiene dientes
no usa jabón
y no habla claro.
Les pegan a sus hijos
les pegan a sus amigos
les pegan a sus vecinos
y les pegan a sus perros.
Viven de caupí
grasa de cerdo y veinte acres
completamente.
No tienen dinero.
Tienen pulgas
overoles
parches de nicotina
chozas
escopetas
bonos de comida
aguardiente
y al menos seis carros inservibles al frente de sus casas.
¿Verdad?
Bueno, déjenme decirles:
Soy de aquí,
no soy así
Y ya estoy hostigado de que me digan lo que soy.

19

Un dia
voy a escribir una carta
 a esos tipos de Washington
¿Saben lo que voy a decir?
Voy a decir
"No necesitamos más caminos".

Tenemos más caminos ahora
de los que podemos usar
y donde sea que miren
hay otro que se construye.

Lo que les voy a decir a esos tipos es esto:
que hay suficientes caminos
para los grandes que la gente quiere
y también para los pequenos que la gente quiere.
Más grandes van a traer más gente
más pequenños van a traer más gente
y no necesitamos más gente.

Sobre todo,
no necesitamos más caminos nuevos.



30

Este es el único depósito de chatarra en el condado.
¿No es hermoso?

Paso cada viernes y sábado por la noche
yendo a los remates para logra esto.
Compro con mucho cuidado:
el dinero no crece en los árboles por esta zona
y tengo prácticamente todo
lo que el cuerpo necesita.

Me especializo en tapacubos
pero tengo cosas buenas,
cables y ropa y candados y tazas de café
y herramientas y cazuelas y muebles.
Lo que quieras, lo tengo o lo tendré
y te lo vendo a precio de remate.
Mira, lo que importa
es el ángulo de la nariz de una persona
para saber si algo ha sido usado antes o no.

Hago también el servicio de buscar.
Dime lo que quieres
y si no lo tengo aquí
tendré un ojo abierto. No carga extra.




miércoles, 21 de junio de 2017

Tardes de sol en Plattsburgh

Blaise Cendrars es el más americano de los escritores franceses, escribió Henry Miller. Lo recordé mientras hablaba con Margaret. Me voy a Niza, dijo ella contenta. Hablamos un poco más de los problemas del trabajo pero se me quedó en la mente la frase de Miller. Ten cuidado le dije, ese Buda que sostiene tus libros se puede caer, mientras le mostraba la estatua al borde de la percha. No, dijo aún sonriente, es muy pesado. No si está junto a Camus o Balzac, repliqué. Le conté que Serafita y Luis Lambert eran dos libros favoritos de Miller. Ah, tendré que leerlos. Nos despedimos. Me metí a la oficina e inmediatamente sonó el teléfono. Era Phil. Nos vemos el viernes, dijo. Seguro, te llevo esas cervezas baratas y malas te gustan. Ok, terminó.



Lo vi temprano en su casa. Como siempre, tenía las puertas de los garages levantadas dejando divisar las herramientas colgadas en las paredes, el Mercedes convertible, la podadora y la Ford blanca doble cabina. Junto a él, el nuevo inquilino: Martin, un perro labrador que había rescatado de Texas dos semanas atrás. Como Phil, Martin era "un gigante delicado". Sólo bastaba acercársele y él ponía su cabeza en el regazo y se quedaba inmóvil, recibiendo caricias.  La primera vez que Phil me vio arreglando el jardín puso junto a la puerta una sierra de cortar ramas. Le fui a agradecer. No hay de qué, yo tengo dos y esa pertenecía al anterior dueño de casa. Ese árbol en tu patio, de joven yo podía escalarlo sin problemas. Pero no ahora. Tengo la espalda hecha pedazos. Mira, dijo, mostrándome las cicatrices de las operaciones. A veces el dolor me llega a las piernas. Ya llevo mucho así pero este será mi año de recuperación porque no me puede ir tan mal por tanto tiempo, concluía mientras limpiaba unas piezas del carro.

La imagen puede contener: árbol, cielo, planta, casa, nube y exterior

Phil vivía al cruzar la calle. Al lado derecho vivía una familia de tres que incluía al pequeño Thomas. Mientras hablaba con Phil lo veíamos andando en su monopatín a toda velocidad. Dos veces había hablado con él. La primera fue para decirle que no golpeara el pequeño árbol que habíamos sembrado, y la segunda cuando me preguntó si quería verlo andar en su monopatín. Claro, contesté, mientras iba veloz y contento desmostrando pericia a lo largo de la vereda. Muy bien, añadí casi saber qué más decir. ¿Tienes padre? preguntó. Sí, le contesté, pero ya es muy viejo. ¿Eres un buen padre? Trato de serlo, contesté. Yo tengo un padre, continuó, pero es un mal padre. Y partió veloz nuevamente mientras yo agarraba las fundas de compras y me metía a la casa.

El verano había demorado en llegar. De hecho, estábamos a finales de Junio y solo habíamos tenido un par de días de calor insoportable. El viernes fuimos donde Phil. La tarde estaba hermosa,  tranquila y soleada pero el lago aún frío. Las nenas jugaron con Martin y la madre bebió unas cervezas. Me tiré al cesped, junto a un árbol, viendo las nubes. Estaba ya muy lejos de todo. El tiempo y su geografía eran recuerdos cada vez más lejanos. Solo quedaban las nubes. Y, a lo mejor, ni siquiera eso.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas


martes, 30 de mayo de 2017

20 años en Plattsburgh, New York

Llegué a Plattsburgh en Agosto del 98. Pronto vino el otoño y después el largo, frío y temible invierno con nieve y ventarrones, y el lago Champlain se convirtió en una inmensa estepa de hielo en donde, cercanos a la orilla, algunos pescadores hacían un hueco y se sentaban a esperar que mordieran el anzuelo. En estos casi veinte años he visto cómo el tiempo pasa y cómo se detiene. Por ejemplo, en los días cálidos el cielo azul y el escurridizo sol me llevaban al trópico de mi infancia. En los primeros años en Plattsburgh sentía que estaba solo pero conmigo, de alguna manera atrapado en un eterno pasado con los patriotas del sur. Lo recreaba mientras caminaba descalzo por las limpias veredas y el cesped del pueblo.

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Quizá por ello, con el paso de los años, Plattsburgh se convirtió también en un espacio literario: poemas personales, crónicas y cuentos reproducen vivencias y personajes que he visto, vivido o imaginado: la Guereja, por ejemplo, una mujer albina con un niño en un coche, que recorría las calles a pié y aparecía en los lugares y momentos menos esperados, vivía cerca de casa. Ahora habita mucho más lejos y su niño ha crecido. Pero ella aún camina las calles. Igual me pasaba con un hombre alto y gordo, de lentes, de piel bronceada, que caminaba todo el año sin mirar a nadie y luego se hizo muy delgado y dejé de ver hace un par de años. Alguna vez me dijeron que estaba enfermo. Lo mismo debería decir de otro hombre, éste muy bajo de estatura, de barba, callado, de quien sé no puede dejar de caminar porque comienza a escuchar voces y se pierde. Extrañamente, ahora también cruza por mi casa en las mañanas.


En estos años de Plattsburgh también ha ocurrido algo extraño que no disputo: en la calle o en algún almacén, a veces me saludan afectuosamente y con familiaridad, me preguntan algo y contesto de la manera más natural posible. Pero sé que me han confundido con alguien porque una vez un ex-estudiante (ahora maestro del colegio de mi Fabia) se acercó sonriente y me dijo: "profesor, muchos saludos, pero sepa que lo confundí con mi amigo Mike Bruso" (he logrado dar con la imagen de Bruso y, efectivamente, nos parecemos)... Así, cuando saludan a quien imaginan saludar, simplemente, como Borges, me dejo ser otro sin disputar identidades, sin aclarar lo innecesario.
No ha cambiado nada en Plattsburgh pero ha cambiado mucho: con mis ladies la vida es otra y con el paso del tiempo ese cambio se acentúa. He pensado escribir la historia de Plattsburgh, de su gente, de lo aquí pasa o no pasa (dice Fabia que algún día hará una película de Plattsburgh, algo como mi "Los patriotas del sur"). He pensado, por ejemplo, entrevistar a los veteranos de guerra. Debe haber alguno que otro de la segunda Guerra Mundial, con seguridad varios de la guerra con Corea, muchos de la guerra con Vietnam y muchos más que hicieron su carrera en el Medio Oriente. Para ellos, los nombres de Afaganistán e Irak son comunes. Pero no estoy seguro de que sea una obra apreciada, publicable.
La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie y exterior
El deseo de escribir esas historias aparece cuando recuerdo a Bob, un mecánico graduado en Filosofía que fue a Vietnam y a su regreso tomó su Harley Davidson y con su esposa recorrieron los EEUU. O cuando pienso en el mismo presidente de la universidad, quien un día me dijo: "Hace tanto de eso... Justamente el otro día, mientras viajaba en un avión, supe que el hombre que iba a mi lado también había sido piloto de bombardero. Fuimos a Vietnam porque no quedaba otra, sin pensarlo. Yo era muy joven..." En esa misma línea de vida testimonial está el papa de Anna, una amiga de mi Fabia, quien peleó en Afganistán y quedó lisiado. Vivía en el campo pero, para estar más cerca de sus hijas, se compró un departamento en el pueblo. Pienso en Lee, mi vecino, indio Mohawk de la reservación de Messina, al norte del estado de New York. Ex-marine, ocho años en servicio. Lee es callado y servicial y trabaja en lo que venga y con orgullo también sale en su ruidosa Harley Davidson.
A veces, Lee se pone de acuerdo con Phil.
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Phil era bombero y ahora, luego de muchas tribulaciones con su salud y los trámites médicos, se ha jubilado. Tiene un permanente dolor en la espalda que esperamos haya terminado con su última operación. Abre su garage y se pasa horas de horas limpiando y arreglando. Tiene todas las herramientas para reparar cualquier cosa. A veces, mira los altos árboles del barrio y con nostalgia dice: "de joven los subía muy rápido". Lee y Phil, como buenos y típicos yankees, arreglan casi todo lo que se dañe en casa: "Si no lo haces tú, te va a costar muy caro". Les pregunto qué cervezan beben y me dicen que Bud Light y me les río. Esa cerveza mala y barata es para solteros, replico. ¿Richard bebe? le pregunto a Phil. Claro, dice con seriedad, le gusta la misma mierda amarga esa que tú tomas, esos ales. Y ahí nos ponemos a pelear sobre quién canta qué canción que suena en la radio o me cuenta cómo los Dire Straits escribieron Money for nothing.


Hay días de lluvia en el verano y me entristecen porque nuevamente me envían a las vacaciones escolares del trópico. Hay tantas historia aquí y en cualquier parte del mundo, es asunto de descubrirlas y valorarlas, como la de Steve o la de Beverly y Jack... Hay tantas historias como la vida misma.
Así han pasado y pasan los años en Plattsburgh, New York. Pero, como digo a todos: de aquí ya no me muevo.

viernes, 28 de abril de 2017

MEMORIAS DEL HOMBRE CALVO


El hombre que se está quedando calvo, para despistar usa sombrero, se deja crecer la melena (como caricatura de Quino), la barba, las cejas y hasta los pelos de las orejas.




Sentado en su casa, mira a través de la ventana y con nostalgia recuerda sus años mozos, cuando tenía una leónica cabellera que incitaba las más bajas pasiones en las damiselas de su barrio y mataba de envidia a los otros, esos que ya se le habían adelantado en el camino calvil.




Cuando notó los primeros síntomas de su calvicie aún era joven, no llegaba a los treinta. Reacio como aquel que no quiere aceptar el cruel destino, empezó a usar viseras, pañoletas de pandillero (esas que llaman bandanas) y hacía como que manejaba una Harley-Davidson a todo vapor por las carreteras de su campo, engalanado su rostro con unas gafas Ray-Ban y acaso un chaleco de cuero.




Frente al espejo, mientras con cuidado se afeita los pelos de la cara para no desbalancear la barba, como al descuido toma un pequeño espejo y lo pone sobre la coronilla. Lleno de valentía mira la claridad que se perfila debajo de la rala cubierta. Se peina echando los mechones hacia adelante mientras lucha por ocultar, al mismo tiempo, las entradas de la inobjetable frente de playa que tiene consagrada. Vencido por el tiempo y la ausencia de pelaje, dice: "qué chucha, no soy el primero ni el último". Y sale del baño perfumado, casi heroico...

En sus mensajes anota también lo que le cuentan al compartir sus preocupaciones con amigos y allegados. Así, le dice Patricia León que puede peinarse con gel, pero Francisco Oliva replica que no hace falta porque los calvos somos cabezas brillantes.

Luego de bregar consigo mismo, el tiempo, la peinilla y el pelo ralo, recuerda haber leído que a las mujeres les gustan los hombres calvos, que son sexis, muy varoniles, maduros. Envalentonado con esta última memoria, busca afanoso el diario. Llama por teléfono, le dan los horarios y anotan su nombre. Desde el lunes, alzar pesas y caminar desaforado por las calles para combinar calvicie con cuerpo de Adonis, como sale en los videos.





 





miércoles, 5 de abril de 2017

Dos viejos poemas


mi padre y yo caminábamos

hacia un terreno baldío y abierto al campo

como si fuera una película de Fellini

a la izquierda había un circo inmenso

a la derecha, un sendero que se transformaba

en un largo camino cubierto de árboles

vamos por el bosque, me dijo

y a la entrada del mismo, en una pequeña habitación

nos encontramos con un hombre ya mayor y otro muy joven

que nos preguntaron cómo mismo era la letra de una canción

¡ah! ¡Benedicto! ¿recuerdas cómo era? le pregunté

y mientras tarareaba la melodía

nos pusimos a cantar a todo pecho:

ayer era tu amante enternecido

ahora soy tu amigo de ocasión

tú quieres que yo vuelva arrepentido

y yo jamás iré a pedir perdón

y así, abrazados y cantando

nos metimos por ese sendero protegido de árboles

como el viejo león y el hombre de lata

que se pierden por el camino de ladrillos amarillos

 
 
* * *

En el 2002 éramos otros

En el sueño los mismos

Miguel Donoso Pareja

Era también el mismo

Con nosotros jugaba desaforadamente fútbol

En medio del polvo y la ventisca

(¡Oh! ¡Nublado y hermoso día del verano guayaquileño!

¡Cuántas buenas sorpresas nos trajiste!)

En el sueño nos habíamos reconciliado:

Mario Campaña se reía

Y Juan Moreno y Ricardo Maruri

Corrían en lo alto de la colina

Como en una escena de Bergman

Mientras entonaban cantos infantiles

Pero sin ser llevados de la mano por la muerte

Y también estaba Hugo Salazar Tamariz y Agustín Vulgarín

Que me hablaba de su Cuadernos de Bantú

Eramos los que siempre quisimos ser

Luego, cansados ya de tanta lucha y competencia

Bajamos pequeñas elevaciones y cruzamos el Puente 5 de Junio

Eramos tres grupos e íbamos uno detrás del otro

Junto a mí iba Jorge y otro amigo del Colegio Eloy Alfaro

(a quien nunca más vi y que era todos a quienes nunca más vi)

Detrás venían el gordo Páez, el negro Jaén, el cholo Cepeda

Mi querido sobrino Germán Simisterra, mis hermanos y mi padre

Y contentos caminábamos esa mañana de nuestra vida