lunes, 12 de agosto de 2019

"Funes, el memorioso"-fragmento (incluído en mis "Papeles olvidados")

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Un texto literario puede ser leído con la ayuda de diversas escuelas críticas, incluyendo la semiótica. Pero también puede ser abordado por un punto de vista no necesariamente tecnificado. Esta segunda posibilidad se incluye en el diálogo entre filosofía y literatura. A este hecho, de práctica corriente en el lector común, le añadimos la noción de "lectura" en tanto práctica que organiza las relaciones y niveles ocultos en el texto, sea a nivel de significados o de acciones narrativas. Esta noción de "lectura" podría estar contenida en las palabras de Derrida, en su De la Gramatología, esto es: como un ejercicio que puede quedar inacabado y que escapa a limitaciones de los modelos analíticos en boga. Así, el riesgo de que la lectura del texto se transforme en simple paráfrasis o remetaforización textual (algo bastante común en la academia estadounidense) amenaza dicho esfuerzo. En With the compliments of the author, Fish propone un conjunto de pares que oreganizarían una taxonomía universal (1990). De éstos, en mi lectura de Funes, usaré los siguientes: lenguaje literal vs lenguaje metafórico; discurso objetivo vs discurso subjetivo; gente real vs gente ficticia; percepción vs interpretación; experiencia real vs experiencia estética. Empecemos.

Lenguaje literal vs lenguaje metafórico

         "Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... "

En el párrafo de apertura sobresale un tono evocador. Mas, una vez que terminamos el cuento, vemos que el inicio es en realidad introducción y concentración de elementos que serán distribuídos a lo largo de las páguinas siguientes. La primera lectura del párrafo nos da un lenguaje directo, percibido quizá en sus bondades estéticas y retóricas como exagerado o embellecedor del personaje. Mirar con agudeza un simple objeto llama la atención, es casi pintoresco, es lenguaje metafórico de una realidad cierta. Sin embargo, en una segunda lectura de esas mismas líneas sabemos que lo que se cuenta no es exageración ni adorno estético, sino que Funes, de verdad, veía como nadie más podía ver. Así, el supuestamente exagerado del personaje es real y lo que hace tiene sentido literal; y se opone a lo que el mismo Borges, con delicadeza alegórica en el prólogo de Artificios, llama: "una larga metáfora del insomnio".

Este juego de lo literal y lo literario, el narrador de Funes lo ahonda al divertirse con entradas y salidas del texto y recordarnos que el personaje excepcional "era también un compadrito de Fray Bentos". Es decir, lo extraordinario resulta vivir en lo normal.


 

martes, 9 de julio de 2019

Deadwood de David Milch y literatura de vaqueros

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Amplia es la literatura de vaqueros, tanto como su marginalidad del canon del "buen gusto". Pero más amplia y de mayor aceptación es su producción cinematográfica. En ambos casos, la academia ha tardado mucho en reconocer sus valores: la construcción imaginaria del Oeste de EEUU, el solitario personaje central que, con su reconocible sombrero, pistolas, caballo y a veces un poncho, al final de la obra se pierde en el horizonte, el ideal de justicia que lo enarbola y su opción por defender al desvalido, entre otros. Pero, como ocurre la mayoría de las veces, el público sigue lo que los "profundos" rechazan. La cultura del vaquero, en el gran país en donde se origina, ha gozado desde siempre de una gran recepción popular y dado antológicos resultados; algo similar a lo ocurrido con la literatura detectivesca o pulp fiction. Por suerte, hace no muchos años se empezaron a registrar diálogos intertextuales tanto en el cine como en la literatura, así como el auge de obras paralelas o que se desprendían del tronco norteamericano: Borges y el gaucho (ese vaquero argentino), Kurosawa traducido en the Magnificent Seven y, en los últimos tiempos, The Hateful Eight del talentoso y sorprendedor Quentin Tarantino.

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Parte de esa asunción y homenaje a la literatura de vaqueros, a la unión de alta y baja cultura, a la recuperación de un género venido a menos y a la enmarcación histórica de una obra de arte, en un tiempo y espacios concretos, es la serie televisiva Deadwood, del gran David Milch, escritor y creador de NYPD Blues, transmitida por HBO hace diez años y cuya finalización recién se materializa en una película.
Considerada por muchos, hasta hoy la mejor serie de TV (superior a la universal Game of Thrones), Deadwood es la historia de un pueblo que existió en la realidad, con sus personajes, problemas y encrucijadas ciertas y verificables. Milch hizo la investigación requerida y fue muy exhaustivo tanto en el proceso de recopilación de datos como en el producción de la obra: Cuentan los actores que Milch estaba siempre en el momento de la filmación, en el pueblo que habían construido, y que participaba en cada escena. Riéndose, confiesan que a veces estaba todo listo y que Milch se aparecía con un nuevo libreto porque había pensado mejor la escena. Así, todo el proceso fue de una gran intensidad, más aun porque el lenguaje era una mezcla de elevado inglés (comparable con el de Shakespeare) junto a los más rudos, brutales y sofisticados insultos a la madre y partes de cuerpo que uno se puede imaginar, todo con un tono de sostenido realismo y verosimilitud. El elenco estaba maravillado del diario desafío. Como es de esperar, la obra se sostiene por grandes bloques: el bien vs el mal, lo bueno vs lo malo, el amor vs el odio, la fidelidad vs la traición, etc. Sin embargo, como ocurre en toda obra clásica (pienso en El Quijote y Gargantua y Pantagruel), tan pronto como se constituye el binarismo, a un nivel inmediatamente superior se lo disuelve y se comprueba que los personajes son seres mucho más complejos y que el dogmatismo solo conduce a la negación y entrampamiento de soluciones menos trágicas (Chejov, aquí).

Deadwood, tanto la serie como la película, fueron básicamente teatro filmado. Es decir, es una serie de tv, pero detrás de las cámaras el espacio es mínimo (mucho ocurre en las cantinas, oficinas, cuartos, almacenes, etc) lo cual creó un ambiente de intimidad entre los personajes.

Esa intimidad llega a su fin con la película, filmada 10 años después de la serie (la quedó trunca por los problemas de siempre). Para ese momento de cierre, Milch estaba ya muy enfermo y se había reconciliado con la muerte. Lo que vemos en la película es un homenaje a la vida, a la madurez, al cierre de conflictos, a la identidad de una comunidad que siente ansiedad social y resiste el cambio porque quiere morir frente al desafío de la Modernidad (el teléfono llega al pueblo), semejante a la voz de los que ya fallecieron en Spoon River de Edgar Lee Masters: Llegan los personajes a celebrar la fundación del pueblo, su integración a Dakota del Sur, y también a atar los cabos sueltos y ajustar cuentas pendientes.

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Para algunos, el final es de reconciliación y por eso bailan, como se baila antes, durante y después de la muerte, como la celebración que vemos en El séptimo sello de Bergman. Para otros es solo el cierre de un capítulo, algo de alguna manera normal. Deadwood, tanto la serie de tv como la película, es una obra maestra que he visto ya varias veces, y siempre me anima a encontrar algo nuevo, un detalle, una expresión que se escapó pero ahora revela otro mundo (es el talento de Milch, que es como el de Cervantes). Es un canto a la vida y a la aceptación de la muerte porque lo inevitable es siempre una puerta a la siguiente etapa.


sábado, 22 de junio de 2019

Un adiós sin razones

El partido se venía grave, de clasificación, de vida o muerte. Lo jugaríamos en el estadio Capwell. Estuvimos toda la semana entrenando, trotando y corriendo hacia el Puerto Marítimo, desafiando autos y volquetas por la 25 de Julio, jugando partidos y afinando la técnica. Pero no había mucho que decir: 4-2-4 y punto. Yo en la media, aguantando. La Huasa, organizando. En el arco: Ceviche. En la defensa: El cholo Cepeda marcando la izquierda, Manuelón saliendo de back centro con llegada al arco, complementado con Raffo y Pinina de marcador derecho. Arriba: Verruga, Virguito, Magali y el Oso. Al cambio: Sir Dángala, Pastora, Bazurco, Vladi por Ceviche, Chocoto y el Lobo. Estábamos listos.

Llegó el sábado. Partido nocturno. Por primera vez vimos las luces del estadio desde la cancha y no desde las gradas. El cielo estaba azul oscuro y nosotros brillantes, fuertes pero con temor. Conaviro era un buen equipo, el mejor decían ellos, pero ya nos habíamos bajado a Barcelona y a Elías Wated. Luego de Conaviro nos quedaría solo Vulcano, nombre sin identidad barrial, como corresponde a todo equipo de aniñados. Salimos a la cancha.

El balón se dominaba bien de ambos lados pero la pierna se imponía fuerte en cada jugada y poco a poco se fue convirtiendo en un festival de patadas. Siento un chancletazo fuerte en la pantorrilla pero el árbitro no se da por enterado. Llega un tiro libre. Lo cobra Manuelón. Ponen la barrera y él sin dudar la patea por encima y al ángulo. Vanos fueron los esfuerzo del arquero para llegar. Corrimos contentos a festejar el gol aunque a partir de ese momento la cosa se pondría más dura. Voy cerrando al delantero que corre detrás del balón y en la corrida le pego un sonoro puñete en el pecho. Tan sonoro que esta vez el árbitro se da cuenta, nos queda mirando a ambos y en una especie de ataque infantil se pone a gritar en la cancha: “Se largan de aquí ahora mismo, se largan, se largan” a la par que sacaba una tarjeta roja del bolsillo. Salimos expulsados con la cabeza gacha, mirando el cesped. Pero el partido seguía, eran los minutos finales y Conaviro se lanzó con todo y Ceviche volaba como Superman defendiendo la portería, quemaba tiempo, hacía pases cortos, le devolvía el balón a Raffo y se la pasaba a Pinina y otra vez a Raffo hasta que la bola salía disparada hacia adelante procurando el contragolpe, especialidad de Verruga y Virguito. Final del partido. Corrimos hacia mitad de la cancha a celebrar y salimos contentos a la calle, a ver quién nos llevaría de regreso al barrio. 

Pasa un camión de plataforma rumbo al sur. Le hacemos seña. El chófer para y grita: “Suban muchachos” y saltamos raudos al abordaje, sudados y descubiertos a la cálida noche invernal del trópico luego del triunfo.
Pero el triunfo no me quitó la tristeza del adiós. Con Machucagente y el cholo Cepeda fuimos a la casa de los almendros y pedimos dos cervezas. Nos sentamos en las pequeñas cercas del jardín y comenzamos a beber y en la grabadora de Machucagente sonaba a volumen bajo Michelle de los Beatles, What a fool believes de los Doobbie Brothers y baladas de cantantes argentinos y españoles. Y noté que al triunfo del partido lo había seguido la tristeza del adiós. Ella estaba en todas las canciones, en todos los chistes, en las burlas que me hacían: “Por ahí la vieron con otro” me decían riéndose. “No, tranquilo, era una amigo nomás. Jajajaja”. “Noooo, era un primo que la estaba visitando”. Esa noche todas las canciones eran para ella. La garúa de esa noche era para ella, los altos almendros y las lejanas nubes eran para ese amor que terminaba. Pon algo que se entienda, le dijo el cholo Cepeda a Machucagente, ese cassette de Julio Jaramillo o Los Panchos.

Pasaron las semanas y ya no hubo partidos ni campeonato ni nada. Careplato, que era el delegado del equipo, dijo que lo habían suspendido sin dar razones. “Te salvaste Vulcano, aniñados hijos de puta” dijo la Huasa molesto. Pasaron las semanas, terminó el invierno del trópico y comenzaron las clases y los entrenamiento de volleyball. La dictadura militar ya estaba  instalada con fuerza en el país y yo empezaba 5to año de colegio y primero de absoluta soledad.





martes, 21 de mayo de 2019

Adiós "Juego de Tronos", regreso a Jorge Luis Borges



Pasada la 4ta temporada de esta serie de TV que conquistó a millones en todo el mundo, empezaron los problemas con la notoria baja calidad del entramado, el guión y la concepción general del proyecto: hasta esos momentos, todos se habían basado en los 5 libros publicados por el escritor George RR Martin; pero luego no tendrían la materia prima para seguir sacando ideas y libretos para la adaptación. Así, como es de esperar, las nuevas temporadas fueron un paso al abismo al crear expectativas no satisfechas, reducir la importancia de los personajes más fuertes (como Tyrion Lannister), negar el peso de lo que ellos mismos crearon y dejar al descubierto inconsistencias básicas. Empecemos por el final.

En un episodio, uno de los compañeros le dice a Jon Snow: "Si lo matas a él, matas a todos" (se refería al Caballero de la Noche). Y Snow le contesta: "No comprendes", suguriendo que el asunto era mucho más complejo, que aunque matándolo los zombies y su guardia militar no iban a morir, etc. Pero al final, en un sorpresivo ataque, Arya mata al Caballero de la Noche con una daga y, así, destruye a todos los que estaban bajo su mando.  ¿Entonces? ¿Por qué Jon Snow hizo esa categorical afirmación?

En las últimas temporadas, la serie creó dos polos de irremediable enfrentamiendo: Jon Snow vs el Caballero de la Noche. Inclusive se elucubraba de que el enfrentamient era entre el joven héroe y un ancestro. Pero, al final, no es el héroe vs el anti-héroe sino resolución del conflictoa través de un tercer personaje (Aryia). ¿Para qué? La respuesta parece ser: facilismo, pues era mucho más difícil lograr que, en condiciones coherentes con la batalla, el joven venciera a la leyenda. Así, optaron por una especie de "deus ex-machina". Este recueso, imposible en la lógica de muchos, sin embargo, aparece en el cuento de Borges "El hombre de la esquina rosada" y supongo en pocos más.

En la temporada final, en el episodio 4, Bran, aquél que sentado en una silla de ruedas es una especie de "Funes, el memorioso", "Libro de arena" y "Aleph" (otra vez Borges), al proponérsele ser el Rey de los 7 Reinos afirma no estar interesado en eso. Pero, en el capítulo siguiente, en otra de las tantas forzadas escenas, se le propone nuevamente el reinado y afirma esta vez: "¿Por qué crees que estoy aquí? Hay muchos otros ejemplos de inconsistencias y descuidos inclusive en la edición final de los capítulos, como aquel vaso de café de Starbucks que aparece sobre la mesa, cerca de la Madre de los dragones; o la botella de agua detrás de la pierna de Samuel Tarly. ¿Dos años de espera para esto? Es la pregunta de todos.



Quizá el absurdo narrativo mayor de la temporada final fue crear dos guerras entre tres ejércitos, una luego de otra, cuando la contradicción (guerra) principal ya había sido resuelta. O sea, luego de la Gran Guerra entre vivos y muertos, una guerrita más entre vivos ambiciosos. Veamos.

En otra pirueta narrativa, esta guerrita la presentan ahora como la verdadera Guerra de Guerras (vivos vs vivos) en la cual los vencedores podrían ser destruídos, dada la organización militar y estratégica que Cersei (la reina mala) había mostrado. Del lado de los buenos se reune el Consejo de Guerra con Jon Snow y la Madre de los dragones y, en una mesa con mapa frente a ellos, evaluan las fuerzas del enemigo (Cersei), establecen quiénes y en dónde están pero, de la manera más precipitada, quien hasta ese momento había sido el personaje femenino más fuerte y atractivo (la Madre de dragones), decide exponer sus diezmadas fuerzas a una nueva guerra. Pero eso no es lo peor.

Lo peor es que sale inmediatamente al frente de batalla sin guardias, sin tanteo del terreno, metiéndose en la boca del lobo. Uno se pregunta, ¿cómo pudo haber obtenido victorias militares una persona así? Ya, debido a otra clara falta de previsión militar, había perdido a un dragon a manos del poderoso Caballero de la Noche. Ahora, en el mar abierto, pierde al segundo dragón por un ataque sorpresivo con gigantes flechas. Obviamente, para estas alturas, la decepción mundial era notoria y la petición para que HBO filmara nuevamente la última temporada se había formalizado (¡ya ha pasado más del millón de firmas!). No se trata de que el público no reciba lo que quiere, pues el de GOT (Game of Thrones, en su nombre original) sabe desde hace años que no son historias felices las que se cuentan. Pero también sabe lo que es calidad artística y lo que es apresuramiento, superficialidad y falta de rigor en el detalle. Alejado el autor George RR Martin de la producción, la responsabilidad cayó y cae en David Benioff y D. B Weiss.

Preguntados éstos dos últimos sobre este error, uno de ellos respondió: "Ella -la Madre de los dragones- como que más o menos se olvidó de que el enemigo la podía estar esperando". Frase que ha sido motivo de decenas de videos y miles de burlas en el internet. Las inconsistencias y los errores de la úutliam temprada simplemente consolidan la decandencia de la serie a manos de dos inexpertos. Y ya es muy tarde para cambiar la historia.



El episodio final de "Juego de Tronos" no fue tan malo. "Pudo haber sido peor", como muchos dicen. Para el recuerdo quedan las magistrales actuaciones del elenco, algunos diálogos certeros y tremendos y la combinación de motivos medievales en una trama que nos recuerda el presente: el sentido del honor y la importancia de la familia (Ned Stark), el tener todo y perder todo, el cambio de vida, el rechazo al poder y el deseo de poder, etc. Los recursos técnicos y la cinematografía tuvieron largos momentos de esplendor y delicadeza. Algunos personajes se quedarán con nosotros (Arya, Tyrion... cada uno tiene su propia lista). Para el olvido quedan el apresuramiento, el crear y desarrollar expectativas que al final fueron mandadas al tacho de basura. Pero eso ya es problema de HBO y de los que se animen a contratar a Benioff y Weiss, quienes claramente demostraron que no son capaces de continuar o mejorar una obra ya establecida en el imaginario del público.

En lo personal, prefiero olvidarme de la caída, volver a Borges y esperar que no suceda lo mismo con mi querida "Deadwood", vieja y corta serie de TV que al fin se concretó en una película (HBO, estreno a fines de Mayo). Por suerte, en esta ocasión, han mantenido a David Milch, su autor original.





viernes, 3 de mayo de 2019

¿Quién era Lady Ballesteros?

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Cuando salió el buque me despedí nuevamente. Mi viejo me hacía de la mano y mi madre sonreía, igual Efraín. Ir a las Galápagos era un escape para mí y un alivio para ellos. Efraín, que había crecido en el Cerro con mi viejo, para pagar una tarifa baja declaró que yo era su sobrino. Era marino, de los viejos. Llegaba a casa cada sábado en su bicicleta a visitarnos. No sé cómo salió la idea del viaje. A lo mejor porque no era caro o porque andaba triste esas semanas. ¿Qué hace este muchacho en vacaciones? Debe haberse preguntado mi madre. Yo, que había pasado el año anterior religiosamente dedicado a los estudios, al deporte y a estar con ella, de repente me vi solo y con el corazón partido. Olvídala, anda con otro, por ahí la vieron del brazo, se me reían en la esquina. Oh dolor, me dije. Galápagos, ahí vamos.
Iba recreando en mi mente lo que había pasado mientras el buque empezaba a navegar lento por el estuario rumbo a las Islas Encantadas. ¿Cuántos íbamos en el barco? La tripulación y una extraña fauna: cuatro aniñados del Javier, un colombiano de Manizales que vestía con ropa folklórica. La Madama, una señora muy mayor, blanca, rubia y de ojos azules, que pronto se convirtió en la abuela de todos. Tres enfermeras (una de ellas con un cuerpo de diosa), tres noruegos fotógrafos y un gringo de bigote largo y ensortijado en las puntas, de esos del siglo pasado, que sonreía a todos. Iban también varios estudiantes de la Universidad Luis Vargas Torres, de Esmeraldas, comandados por Bonelli, un profesor argentino, sin duda huido por la violencia política de su país y, con ellos Lady Ballesteros, que se robaba las miradas de todos.
Al llegar al estuario, en pronta salida al mar,  íbamos montados en los cañones, mirando invencibles desde la proa el horizonte. El sol golpeaba y todos, sin conocernos, habíamos aceptado tácitamente un pacto de silencio. Eramos inmóviles bucaneros viendo la espuma del mar y otros barcos que saludaban a la distancia.
A la hora del almuerzo, algunos comenzaron a sentir los estragos del mareo. Sentados frente a frente, en la larga mesa de acero, veía los platos deslizarse  de un lado a otro con el vaivén de las olas. La Madama, sin embargo, parecía inmune y conversaba lentamente con El Paraguayo, uno de los marinos que ya se había declarado su hijo y guardián. Paraguayo, le decía ella en firme tono matriarcal, debes portarte bien con tu novia. Claro Madama, contestaba afanoso.
Antes de terminar el primer día, para sorpresa de todos. sonaron repetidos cañonazos y vimos a los marinos vestirse de guerra, apertrecharse detrás de los cañones y disparar al cielo y a las olas.


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[Te escribo esta carta porque es la primera vez que estoy lejos de ti. El mar abierto es hermoso y la olas que estallan en la proa son como tu sonrisa. Hace sol pero no quema y no hay corriente del Niño. Llegaremos en dos días a las Galápagos. Me traje el librito que una vez te mostré: De vuelta al paraíso. El año pasado, cuando el profesor de literatura se enfermó, envió a Velasco Mackenzie de reemplazo. Cuando llegó no nos dio la clase que debía pero nos habló de James Joyce, de Leopoldo Bloom, Dublín y el Ulises. Y al poco rato, emocionado ya de su propia historia, contaba que Bloom, que era el Ulises de Joyce y estaba en una cantina, se había amarrado no al palo mayor del barco sino a un barril de cerveza porque las mujeres de la vida lo llamaban con sus cantos. Otro día, Velasco llevó sus libritos en un paquete. Lo abrió y nos lo vendió. Firmó autógrafos y todos nos quedamos contentos. Pero se fue como apareció y luego tuvimos al mismo profesor de siempre. Nunca aprendimos nada con el mismo profesor de siempre. ]

martes, 19 de marzo de 2019

Crónica de viejos asaltos



El primero es más detallado y ocurre en un pasado reciente.
Hace unos cinco años, frente a mi casa en Bellavista, mientras cuidaba a Fabiana y conversaba con Setsuko Hara, noté que en la casa esquinera, aquella de largas palmeras que se pueden ver desde lo bajo de la loma, se detuvo un BMW rojo. Se bajaron tres jóvenes, incluyendo a una chica, mientras otro esperaba al volante. Entraron a la casa por la puerta delantera. Seguí conversando con Setsuko mientras distraía a Fabiana que estaba molesta quizá por el coche o el calor de la tarde, y uno de ellos, robusto y de gorra, salió de la casa, pasó junto a nosotros y siguió hacia la esquina. A los pocos segundos, el BMW rojo partió por la misma. Vi con extrañesa que iba lleno de ropa y un televisor grande. Al minuto salió la dueña gritando me robaron me robaron. Se acercó desesperada y nos contó que habían entrado los ladrones y una chica la había resguardado mientras los otros buscaban el imaginado tesoro. Ella le dijo a la chica eres muy joven para estar en esto, no lo hagas, te vas a arrepentir. Pero la chica no respondió nada. Los otros regresaron preguntando por la caja fuerte. La mujer les dijo nunca tenemos nada aquí, ni dinero ni joyas, nada; además, no hay caja fuerte, pueden revisar todo. Frustrados, la bandita decidió llevarse un televisor, ropa y cualquier cosa de humilde valor. Le contamos a la mujer lo que habíamos visto pero no le interesó.
A los minutos llegó la policía y una comisaria, los guardias privados de la ciudadela y gente del Comité de vivienda. Acordonaron calles, pusieron conos fosforescentes y las patrullas encendieron sus luces. Así estuvieron dos días y dos noches, no sin algunos sobresaltos y falsas alarmas. Los guardias privados estaban molestos porque los acusaban del asalto, la mujer no les había pagado en seis meses y su sobrino armaba escandalosas fiestas con drogas y sexo hasta la mañana siguiente. Varias veces me había tocado lidiar con los fiesteros quienes, oh coincidencia, eran del partido del gobierno y trabajaban en el Registro Civil.
Ni a Setsuko ni a mí, únicos testigos presenciales del robo, nos pregunaron nada. Con el tiempo, la casa fue vendida y así desapareció el ruido. Hacía pocos meses, el dueño de casa, conocido como El Cubano, había muerto. Era un viejo flaco que siempre vestía pantalones cortos y mocasines, muy conversador y directo. Millonario pero se iba a pie hasta su oficina. Millonario y le traían en moto el almuerzo de una fondita sucia y en la misma moto se lo llevaban a la ciudad.
La comisaria, meses después, apareció en todos los diarios y canales de televisión de la ciudad, acusada de desfalco, tráfico de influencias y abuso de autoridad, por lo que perdió su empleo. Me dicen que ahora anda en las cantinas y tiene un programa radial de música salsa. Los nuevos dueños de la casa son gente tranquila.



El segundo asalto tiene lugar a fines de los ochenta.
Día lunes, mañana fresca, rumbo a mi trabajo.
El bus "solo sentados" se desplazaba por el paso a desnivel que está frente al cementerio. Desde el fondo salió un joven bajo, cholo y moreno con cara de amanecido. Se levantó la camisa y sacó una escopeta que parecía arcabuz y comenzó a insultar mientras desvalijaba selectivamente a los pasajeros. Me miró y dijo tranquilo, nada contigo. A una chica que iba adelante: dame esa cadena, y se la arranchó. A otro que iba más adelante: el reloj el reloj hijueputa. Llegado cerca del chofer, lo apuntó con el arcabuz y le dijo para o te pego un tiro. El del volante obedeció. El joven ladrón bajó y caminó en sentido contrario a la ruta del bus. Fin de asalto. Día lunes, mañana fresca.



El tercer asalto es de años antes, pero aún en los ochenta.
Dejamos con El Conde la cantina del mellizo, un veterano colorado, bajito y callado, de los viejos del Cerro Santa Ana, allá por Imbabura, en lo que hoy es el barrio bohemio de Guayaquil. Caminábamos hacia el parque San Agustin a tomar la furgoneta del sur. A la altura de la iglesia, siento una mano agarrándome la camisa. Pensaba que era El Conde ebrio pero, al virarme, vi una pistola que me apuntaba y una voz que decía dame el reloj. El Conde, salido de la embriaguez, reclamó diciendo pero nada de violencia pana, por lo cual se ganó una respectiva puteada con la obvia amenaza y la pistola hacia su cuerpo.
Me saqué el reloj y se lo di. El nocturno ladrón lo tomó sin revisarlo. Se lo guardó, nos apuntó de nuevo y nos despidió con otro insulto. Dimos unos pasos y, al voltearnos para conocer el rumbo del asaltante, éste salió de detrás de una columna, nos miró y nos apuntó con las manos mientras flexionaba sus piernas. Corrimos, nos reímos y montamos la furgoneta rumbo al sur.


El asalto final (que en realidad es el primero en la cronología) debió haber ocurrido hacia fines de los setenta, cuando terminaba el colegio.
Viajaba en uno de esos grandes buses de madera que se mecían como barcos en las calles del viejo Guayaquil. Iba al sur por la García Moreno. A la altura de Gomez Rendón, dos ladrones, al viejo estilo de películas del Oeste, gritaron nadie se mueva, esto es un asalto, y procedieron a desvalijar a los pasajeros, con excepción mía, pues naturalmente era un joven sin dos reales y se me notaba en la cara. A la bajada, noté que un flaco alto, de bigotito, lentes y pelo rizado, se levantó heroico para enfrentar a los malvivientes. Así, al bajar el segundo ladrón del bus con su largo y afilado cuchillo aun en la mano, recibió una buena patada en la nalga de parte del flaco. Sorprendido y casi humillado, mientras el bus partía lentamente, le alcanzo a gritar vas a ver flaco chuchetumadre, yo te conozco.



Los demás asaltos, según dicta el recuerdo, son de bandas desplazándose en el sur, sentados en baldes de camionetas y portando metrallas, robos de ropa tendida en el patio de mi casa, peleas de bravos de barrio y aspirantes de matones, alguna muerte expuesta al público ya sin espanto (lo que quedó del cerebro de una víctima de tránsito, por ejemplo), las caravanas de ladrones que llegaron de toda la ciudad la noche de la explosión de la Shell Gas y extorsiones de profesores que nos obligaban a comprar caramelos en la escuela.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Los patriotas del norte


Ha llegado la nieve, tiempo de refugio interior, las calles blancas y frías obligan a que la vida siga puertas adentro. Algo sí va reflexionando Stevens mientras da vueltas a la pista del gimnasio. Yo lo oigo, camino detrás suyo y no siempre logro entender lo que me dice. Cerca de nosotros pasa corriendo la muchacha de cuerpo esbelto y se pierde rauda en la curva. Más adelante, casi topándoles los talones, la pareja del Sintra azul también conversa, aunque ella luego sigue su camino heroica mientras él se esfuerza en mantener el ritmo. Lo pasamos.
Abajo, en las canchas de basketball, varios grupos juegan tenis. Han puesto las pequeñas redes en el medio y golpean alegremente las pelotas con sus raquetas de madera. Gritan, se emocionan, se desafían, se hacen bromas. Stevens me dice que todos son jubilados, jóvenes aún, enfatiza riéndose. Otra mujer mayor, delgada, pelo rizado y lentes de profesora antigua, nos saluda amablemente, algo le dice a Stevens y sigue a paso rápido. Lleva un blujeans azul y un buzo verde. Paso constante lleva lejos, reflexiono. Stevens me dice que va a descansar un rato, que las piernas aún no se reponen de la operación. Yo sigo. A diferencia de los demás, no oigo música desde mi celular (lujo innecesario) sino desde una radio diminuta que compré en al supermercado. Las noticias van primero. NPR, la radio más decente. Emisión de la BBC de Londres. El mundo sigue igual. El pronóstico del tiempo augura más nieve, una semana de vórtice polar y luego temperaturas altas, las más calientes en 100 años. ¿Habra nieve en Navidad? me pregunto.
Sigo dando vueltas, distraído, acaso mirando a los tenistas desde arriba, imaginando cómo eran de jóvenes, en qué guerra pelearon, si en Vietnam, acaso Corea o Afganistán. Junto a mí pasa veloz un bombero. Hace años lo vi. Luce igual: el mismo bigote, la misma caminada de loco, moviendo los brazos a los costados, como queriendo bailar, la misma barriga pronunciada. No habla con nadie. Como muchos, vive en su propio mundo.
Stevens ha regresado al círculo. Camina esta vez un poco lento. Me dice que habló con su hija, que lo visita más desde que murió su esposa. ¿Y tu esposa? me pregunta repentinamente. En casa, le digo, ella hace sus ejercicios en casa, tiene una máquina. Ah, exclama, y repite lo de siempre: uno de estos días voy por tu casa a saludarlos. ¿Y las niñas? pregunta otra vez. En la escuela, le digo. Quiero seguir a paso más rápido. El corazón puede ser un cazador solitario pero el mío es un ante todo corazón viejo que necesita oxígeno, funcionar mejor no por amores muertos sino cuentas por pagar. Stevens está ahora cansado, se le nota en la cara. Suficiente, me dice. Nos vemos otro días. Nos damos un abrazo y se va.
Sigo dando vueltas en la pista del gimnasio. La muchacha de cuerpo esbelto sigue corriendo. Los viejos tenistas han cambiado de parejas y de canchas, están terminando también esta jornada. La radio del gimnasio siempre tiene música de los 70s, a veces de los 80s. Y en cada canción viene un recuerdo lejano, muy lejano. Se repite en espiral, en vértigo imaginario. Y luego aparece otro recuerdo. ¿Qué hay del presente? ¿Qué hace uno con los recuerdos? Va llegando la hora de terminar la caminata de hoy. Luego, salir a la nieve y al frío. La nieve es hermosa y temible. De pronto, mientras cambio de zapatos y me pongo los abrigos, aparece el sol y entra por los ventanales.
Regresaré el sábado, voy pensando rumbo al carro.  Sábado día de fiesta, cuando hacen torneos y celebran cumpleaños y hay niños corriendo abajo, saltando en las torres y juegos inflables. Sábado de gloria, me voy diciendo camino a casa.