Este es un comentario especulativo sobre una película post-moderna y su relación con el romanticismo. Omito la síntesis de la trama porque se haya de mejor manera escrita en muchos sitios y mi interés es recontar la sorpresa y las ideas que me produjo. Quizá deba decir es solo una invitación a verla.
La crítica ha señalado el uso de los espacios liminales como "lugares de transición entre un estado y otro": centros comerciales, aeropuertos, calles, almacenes, iglesias, campus universitarios y todo lo que pueda ser un gran edificio se convierten, al estar vacíos, en escenarios o puertas de entrada a otro universo: ya los hemos visto en películas como The Matrix, viejas series de TV como Dimensión Desconocida, o más actuales como The Last of Us. La gran mayoría de ellas producidas en el contexto de la Guerra Fría o de lo que hoy llamamos post-modernismo y que, para efectos de imagen, se sitúan en un mundo post-apocalítico.
Lógico resulta pensar que, de igual manera, los personajes de estas historias obedecen a categorías similares o, lo que es más convincente: viven a la deriva, en el límite, en una situación en la que algo ha fallado y el trauma se convertierte en el puente entre lo que ocurre y lo que tememos. Backrooms no es la excepción.
Pero, ¿cuál es acaso la virtud mayor de esta película? Que un director muy jven, siendo fiel a su mundo de internet, vida en el cyber espacio y radical exploración de sus posibilidades imaginativas aplicadas a la especulación científica y metafísica, nos haya dado este regalo de su generación: un nuevo romanticismo que apenas se expresa pero del cual ya no hay retorno. Me explico:
El romanticismo, que tanto valoró al individuo interior (sus pesadillas, amores, monstruo, valores y temores) usó la luz de la luna, el alba, el misterio de la oscura noche, la neblina o niebla, el campo otoñal y, cuando despreciaba la ciudad o al capitalismo, los bajos fondos urbanos que reflejaban la mentira de la sociedd de consumo y la estética burguesa.
Ese mismo romanticismo, como un empecinamiento humano, reaparece ahora con fuerza en la Generación Z, crecida con el internet y que expresa su soledad en videojuegos o violencia: ya no es la oscuridad de la noche sino la falla de la luz eléctrica (o wifi), no es el campo sino el encierro en un lugar típico de la urbe moderna pero esta vez vacío, en bancarrota. El personaje no es un loco o enamorado propiamente sino un ser que va enloqueciendo o es rechazado por el amor; no es el científico que crea monstruos sino la psicóloga que enfrenta el monstruo de los otros y los somete a la razón. Pero una razón que resulta insuficiente para entender y explicar los hechos.
El joven director Parsons desde los 16 años ya venía trabajando de manera deslumbrante en este discurso fílmico y sus primeras películas cortas (o serie) son el material engrandecido luego por el celuloide. Incluyo abajo el corto original. La película está en los cines:
Pertenecen también a la Generación Z series como Euphoria que nos arrastra por una pesadilla interminable de orgías de estudiantes secundarios, tensiones sociales y raciales y consumo de alcohol y drogas. Ya hablaremos de esos asuntos.
