jueves, 30 de julio de 2026

De La Odisea y una lejana herencia

La Odisea es la compilación de una centenaria tradición oral mediterránea hecha hace más de dos mil quinientos años. Su autor o autores aún son motivo de discusión. Cientos de miles de páginas se han escrito acerca de la bondad e importancia de esta obra, junto a La Ilíada, posiblemente anterior con unos quinientos años. 

Notable para muchos literatos y escritores, no es ajena al gusto popular de Occidente, aún en nuestros días. La Odisea es una obra magna y universal porque permite que de sus aguas beban todos, haciéndola suya de manera directa o por referencias indirectas.

En mis años colegiales me enteré sólo de las líneas generales de su argumento y personajes, acaso un par de pasajes emblemáticos: En el cuarto año de colegio (tres glorias al Eloy Alfaro: gloria, gloria, gloria Eloy Alfaro) tuvimos la visita del llorado Jorge Velasco Mackenzie que nos contó del otro Ulises, el de Joyce, Leopold Bloom, que se amarraba a un barril de cerveza en Dublín para resistir las tentaciones de las damas de la taverna, pues en su corazón se mantenía fiel a Molly (la Penélope de Homero y que canta Serrat a su manera). Fue apenas en la universidad que leí por entero La Odisea en una traducción que aún tengo conmigo, junto a otras ediciones en inglés.

En esos años mi vida era un juego de simulaciones. Así, pasaba a ser no sólo Odiseo (Ulises para los latinos) sino también los romanos que lo heredaron: Cayo Cornelio Tácito, Lucrecio, Cicerón y la no corta gama de poeta satíricos. Cada mujer era una musa y Penélope, Guayaquil era Itaca al regreso de Durán y la vida diaria una obra de Esquilo o Aristófanes. 

Qué fue quedando de ese ciclo vital de lecturas interminables sino "el gusto por los clásicos" y Borges que tanto los amaba. En esa vida de simulaciones y robo de identidades se fue fraguando mi necesidad de salir del país, el afán de recorrer lo que más se pudiera del mundo por años, los años del héroe joven. Todo para entender que el regreso a casa es imposible porque "ya no hay Itacas que existan" (Kavafis). O, como lo diría el abundante y magistral Thomas Wolfe en su novela You can't go back home.  

Qingyuan Weixin, maestro Zen del siglo IX, anota el sentido del aprendizaje a través de ver una montaña y luego vivir esa montaña para luego, al final del proceso, ver otra vez la montaña. Ulises (Odiseo para los griegos) va en busca de su propia montaña, pero cuando termina su aventura, el regreso se verifica como imposible porque el tiempo es irrecuperable. Los sitios quedan, algunos nombres, pocos recuerdos, el afán de gloria o el lamento, pero el tiempo pasado ya no queda. Y eso que ocurrió ya no existe.

A estas epistemologías heredadas de la cultura greco-romana, nuestros ancestros más antiguos (esos que poblaron antes que nadie esta geografía que llamamos Améerica), los asiáticos, miran con cierta ternura y a veces enfado porque notan nuestra necedad de caer en lo mismo, de quejarnos de lo obvio: que el tiempo es "el implacable, el que pasó" (Pablo Milanés).

La sociedad en la que nacimos y crecimos se debe en gran parte a esa cultura, a esa historia que Homero nos cuenta. Pero no somos griegos, ni latinos (ni italianos, aunque sean argentinos, seamos honestos), sino que somos griegos y latinos y africanos y asiáticos y mulatos y mestizos y cholos y zambos y tercerones y cuarterones... Y en esas vertiginosas etnologías el abanico de nuestro ADN señala que eso que llamamos "nuestro" en realidad es un préstamo y una herencia, un plagio y una originalidad, una huella y una aspiración.

Agradezco a ese tiempo y a esa ciudad lejana que se pierde en el sur y el golfo por haberme permitido ser también Odiseo a mi manera. Agradezco a las decenas de cantinas en las que me amarré luchando por ser fiel a las irrecuperables Penélopes de esos años. Agradezco al corto exilio que viví en Quito (la isla de Polifemo con las laderas del Etna) para aprender el arte de la traición, a las calles de Paris que fueron el laberinto deseado en el que fui el Minotauro. Agradezco a los años en Eugene-Oregon, iguales a la isla de Circe, mágicos y diferentes. 
















viernes, 17 de julio de 2026

El poderoso recuerdo de las bibliotecas


Hoy empecé este libro de Nathalie Sarraute sobre la novela (1956). Sus páginas inundadas de psicologismos ontológicos propios de su época y de lo que luego será el "nouveau roman", me llevaron nuevamente de Dostoievsky a Kafka. Y, súbitamente, me vi embarcado en juego especulativos sobre mi muerte, mi funeral propiamente. ¿Cuáles serán los libros que pediré quemen conmigo? ¿Acaso los que están en mis estantes para que mis hijas lean lo que corresponde a su propia historia en vez de cargar una herencia que no es lo mejor para ellas?

A esas aventuras metafísicas, propias de mi edad y condición, le sucedieron varios recuerdos sobre mis encuentros con el mundo de los libros, principalmente las bibliotecas.

El primero ocurre en el colegio Eloy Alfaro. La biblioteca era en realidad un largo salón que tenía libros detrás de una mesa (para impedir el paso de los estudiantes) que se agolpaban en los rincones. Años después de graduarme, en un afán por satisfacer mi curiosa vanidad, con alegría vi que aún tenían la copia de mi tesis de graduación que era, oh sorpresa, sobre el cultivo de camarones, industria en franco despegue en esa época.




El segundo fue quizá más grave: ocurrió en la U. Católica de Guayaquil. Esta vez, los libros ni siquiera estaban a la vista sino guardados celosamente en el sótano. Los estudiantes necesitábamos encontrar en el fichero la información bibliográfica, anotarla y pasarla a alguna de las empleadas que trabajan allí. Pero era el único lugar con aire acondicionado y eso era suficiente para instalarme desde la mañana hasta la hora de cierre, todos los días, incluyendo sábados.




Mi tercer encuentro con las biblioteca ocurrió en Paris, en la zona 15 (arrondissement) y fue muy grato. Por primera vez en mi vida tuve acceso a los libros en directo. Podía buscarlos, hojearlos, leerlos, amontonarlos con otros en un rincón de la sala y, lo mejor, llevarlos a casa. Ese fue mi primer festival personal de lectura. Extrañamente, ni la bilblioteca universitaria ni las otras de gran fama, me llamaron la atención, quizá porque lo mío fue siempre un asunto personal, o quizá por pereza o porque me basta saber que el acceso ya existía y no me iba a ser negado, no tenía que pelearlo ni regatearlo, como los besos que uno se da con su amante: no había necesidad de robo ni  tensión.




Mi cuarto encuentro y entrada a las bibliotecas reales continuó brevemente en las de NYC (1988) y la Morris de la Universidad de Carbondale en Illinois (1990) y continuó de manera esplendorosa y a tiempo completo durante mis años en Oregon (1990-1993 y 1995-1998): en la excelente Knight Library.



En esa época, las bibliotecas ya gozaban de las ventajas del internet y los servicios se multiplicaban. Pero, al mismo tiempo, algunas áreas ya no tenían adeptos. Recuerdo iba al tercer piso y en la más grande soledad, leía por días, semanas y meses los gigantes volúmenes de la Biblioteca de Autores Españoles, libros de caballería, crónicas de conquista y teatro del Siglo de Oro. Me veo aún comprando un café para sentarme a devorar libros recién llegados y tomar notas en cuadernos que aún conservo.



Mi encuentro final es menos festivo y ocurre desde 1998, cuando vine a Plattsburgh, New York, a trabajar. La biblioteca Feinbergh se convirtió en lugar de consulta, no de lectura. Mis horas ocurrían en mi oficina o en mi casa. Ya era otro hombre, diferente al que quince atrás años anduvo por las calles de Paris. 



Este recuento de biblioteca públicas se opone acaso al personal, en el que las únicas biblioteca reales son las que poco a poco fuimos forjando en casa, en nuestros cuartos, mientras llenábamos las paredes de libros, afiches, discos y revistas. De ellas recuerdo solamente la de Jorge Velasco Mackenzie, que era una idea flotante que él plasmaba según se cambiara de casa. Fue la única que conocí y de la cual me beneficié.

En cartas que ya no existen, mi nunca olvidado Fernando Nieto Cadena me confesó varias veces que había perdido su biblioteca en cambios de casa. En realidad, habían pasado a nueva dueña. La que dejó en Guayaquil y que fue vendida a un rematador callejero de libros usados, fue parcialmente salvada cuando nos enteramos de semeante crimen literario, pues compramos los libros que pudimos. Al final, de FNC quedaron sus poemas, no los libros que leyó. En mi caso, tres veces he vendido o regalado lo que equivaldría a mi biblioteca personal en Guayaquil.

Por eso, mientras leía a Nathalie Sarraute y pensaba cuáles serían los libros que quemaría conmigo, me dije de pronto la Biblia (que leí por entero hace muchos años) porque, al final, es un asunto mayor eso de cerrar los ojos y no volver a abrirlos, de pensar que uno se va a ver cara a cara con El Que Todo Lo Puede, o simplemente pasar al silencio eterno, ese que existe antes de nacer y no saber nunca más de uno mismo, desaparecer por completo. En ese viaje sin retorno, los libros que más amé serán mi compañía en la nave que surca las agua del Leteo.






 





martes, 7 de julio de 2026

Lo que nos va dejando el mundial de fútbol



Para nadie es novedad que la FIFA es una institución autocrática y corrupta; así como tampoco la interferencia de política en los deportes.

Este mundial es la magnificación de ambas aberraciones.

Primero, lo económico: el proceso de selección de países y ciudades pasa por el compromiso de no pagar impuestos y obtener multimillonarios beneficios municipales (por eso Chicago, por ejemplo, no es sede deportiva, pues de entrada le dijo No a los requisitos de la FIFA). En esta copa, los precios de los tickets, como nunca antes, han sido astronómicos, manipulados por las mismas agencias afines a la organizadora: la reventa fue despiadada y sin avisar a las víctimas. (No entro en detalles de mini-regulaciones, como los productos exclusivos que se pueden vender dentro y fuera del estadio).

Segundo, lo político: Infantino, el peor de todos, no tuvo reparos en declarar a Trump héroe de no sé qué y darle una medalla, como si fuera un premio Nóbel, a cambio de pasearse por la Casa Blanca para obtener prebendas para los FIFA mientras Trump lo hacía para sus amigos. De esta saga política lo último fue su llamada telefónica para cambiar una decisión deportiva y así favorecer al equipo de EEUU, que de todos modos fue goleado y eliminado.

Pero el mundial también ha puesto a flote viejas pasiones y viejos rencores y amarguras. Confieso aquí que mi propósito es ver un buen partido, entender el juego, su dinámica, el entramado, no apostar ni pelearme por un favoritismo. Paso de eso, lo cual me permite mirar con cierta distancia esto que anoto.

Las fanaticadas nacionales bullangueramente apoyan a sus equipos y en todos anida el secreto deseo de ser campeones mundiales. El problema es cuando los resultados nos traen a la dura realidad de los equipos, nuestros equipos, que es como decir nuestros países. Y como se trata de derrotas y descalificaciones, en ausencia de análisis objetivo buscamos en las pasiones, exageraciones e insultos el combustible para explicarnos lo que ocurrió y por qué ocurrió así:

1- Fue culpa del árbitro (o de la FIFA o del VAR)

2- Jugaron con barra en contra

3- El DT cometió serios errores (todos nos volvemos DTs)

4- La cancha no estaba en buenas condiciones

5- Los jugadores no se dieron el todo por el todo

6- La Federación nacional es corrupta...

He visto y leído todo tipo de reacciones: algunas dan mucha risa, otras sorprenden y otras dan miedo (incluyo aquí lo que siempre hacen aquellos que pierden sus apuestas millonarias, ahora legalizadas en todo el mundo). Pero ninguna dice: no son buenos jugadores para estar en la siguiente ronda, no debimos entusiasmarnos con algo que no depende de nosotros, dejé que la ilusión se conviertiera en realidad, o cualquier otra reflexión apropiada, de sentido común. 

Lastimosamente, a todo eso siempre sigue el despecho o la ironía del "otra vez será".

Ahora que Ecuador, México, Brasil, Uruguay, Paraguay y Colombia han sido eliminadas, quizá podamos disfrutar de los partidos. Quizá.... Si es que no nos dejamos llevar por el odio que muchos sienten contra Argentina porque se supone son favorecidos por la FIFA y Messi es un fraude también inventado por la FIFA (el odio siempre es ciego).

De lo visto hasta ahora, me queda claro que las victorias son de los equipos que mejor juegan y de los excelentes arqueros que se han revelado en esta edición. No de los nombres grandes (Ronaldo ya está afuera y Messi claramente está quemando en estos días sus últimos cartuchos) ni de la fama internacional. Esta tendencia se confirma en cada juego, sobre todo la fase final, pues los equipos que flaquearon al inicio hoy están mejores o tienen que enfrentar desafíos que les exigen mucho más.

En casa mis ladies me preguntan cuál es mi equipo favorito y siempre les digo lo mismo: solo quiero ver un buen partido de fútbol. Si insisten, les digo que estoy con el que no es favorito.

Espero con mucho interés los partidos que vienen pues auguran sorpresas gratas. No me afano ni me molesta si Argentina queda otra vez campeón, me gusta la idea de que Inglaterra por fin salga de ese agujero deportivo en el que está desde hace 50 y pico de años, me causa notable admiración lo de Noruega y Marruecos pero Francia es Francia, aunque no tanto como antes de enfrentarse a Paraguay. O sea, nadie es invencible.

Pero las predicciones son la mejor manera de arruinar la fiesta y amargarse in extremis, como bien lo saben la mayoria de latinoamericanos que aún no se animan a ver todo esto como lo que originariamente es: solo un juego, una fantasía, una actividad regulada durante un corto tiempo que quiere romper con la monotonía de la vida diaria. 

Huizinga y Roger Caillois saben mucho de esto, así como los grandes periodistas Enrique Macaya, Jorge Barraza, Ricardo Vasconcellos y Otón Chavez (+) saben mucho más de futbol que nosotros. 










lunes, 8 de junio de 2026

Rockolita, Patrel y La Cofradía del Bolero (borrador)

Cuando La Cofradía del bolero estaba llena, a eso de la medianoche, apagaban las luces y al prender solo la del centro, estaba ahí, parado y bien afeitado, Rockolita quien, mirando al público les decía:

Buenas noches, cachudos y cachudas, ¿vinieron a escuchar canciones, chismes o puteadas? Y la gente chifleando y entre gritos y risas, le comenzaba a hacer preguntas: ¿Y el gobierno, Rockolita? Manga de sopladores, les decía, me quieren meter al tarro. ¿No ven que afuera están los tombos? Bájate con el billete, Cochota, tírales un centro a esos perruños que sino no se van. ¿El gobierno? Robando, como siempre. O, como dice Papa Chola (desde acá te veo Papa Chola esos dientotes de choclo serrano): robando pero trabajando. ¿Vaticinio para el clásico del domingo? Pierden los dos del Astillero, no hay empate sino -0 que es un nuevo marcador. Valen sable.

Y mientras trataba de ver a la gente en la penumbra del local, Rockolita le hacía una señal a Pescado para que descargara la voz de Celia diciendo a todo volumen la rumba me esta llamando, Bombo dile que ya voy, que se espere un momentico, mientras canto un guaguancó, dile que no es un desprecio, pues vive en mi corazón, mi vida es tan solo eso: rumba buena y guaguancó. 

Afuera arreciaba en aguacero, se vendría El Niño por más de un año. Las cosas iban a ponerse peor porque en esta ciudad los asesinos se iban apoderando poco a poco de las esquinas, los cuarteles, las centrales sindicales, los estadios, las calles y las casas.

Patrel estaba solo, pero en las otras células aún quedaban Vicente y Antonio, últimos soldados en la lucha contra el dinero fácil y la desigualdad. 









lunes, 1 de junio de 2026

La película "Backrooms" y el romanticismo de la Generación Z

Este es un comentario especulativo sobre una película post-moderna y su relación con el romanticismo. Omito la síntesis de la trama porque se haya de mejor manera escrita en muchos sitios y mi interés es recontar la sorpresa y las ideas que me produjo. Quizá deba decir es solo una invitación a verla.


Kane Parsons, de 20 años de edad y conocido por los youtuberos como Kare Pixels, ha dirigido una película de ciencia ficción y horror llamada  Backrooms. Se divide en dos partes: la primera muestra abundante y acaso lentamente el espacio de la acciones: la duplicación de un interminable almacén vacío, con muchos cuartos, pasillos y diminutas ventanas mal ubicadas, que existe en otra dimensión y a la cual se accede cruzando una pared que funciona como umbral. La segunda parte es un poco más rápida y permite que los dos personajes se vuelvan preponderantes, cada uno con su historia: un hombre que está divorciándose y su terapeuta, una mujer joven con un pasado traumático.

La crítica ha señalado el uso de los espacios liminales como "lugares de transición entre un estado y otro": centros comerciales, aeropuertos, calles, almacenes, iglesias, campus universitarios y todo lo que pueda ser un gran edificio se convierten, al estar vacíos, en escenarios o puertas de entrada a otro universo: ya los hemos visto en películas como The Matrix, viejas series de TV como Dimensión Desconocida, o más actuales como The Last of Us. La gran mayoría de ellas producidas en el contexto de la Guerra Fría o de lo que hoy  llamamos post-modernismo y que, para efectos de imagen, se sitúan en un mundo post-apocalítico.

Lógico resulta pensar que, de igual manera, los personajes de estas historias obedecen a categorías similares o, lo que es más convincente: viven a la deriva, en el límite, en una situación en la que algo ha fallado y el trauma se convertierte en el puente entre lo que ocurre y lo que tememos. Backrooms no es la excepción.

Pero, ¿cuál es acaso la virtud mayor de esta película? Que un director muy jven, siendo fiel a su mundo de internet, vida en el cyber espacio y radical exploración de sus posibilidades imaginativas aplicadas a la especulación científica y metafísica, nos haya dado este regalo de su generación: un nuevo romanticismo que apenas se expresa pero del cual ya no hay retorno. Me explico:

El romanticismo, que tanto valoró al individuo interior (sus pesadillas, amores, monstruo, valores y temores) usó la luz de la luna, el alba, el misterio de la oscura noche, la neblina o niebla, el campo otoñal y, cuando despreciaba la ciudad o al capitalismo, los bajos fondos urbanos que reflejaban la mentira de la sociedd de consumo y la estética burguesa. 

Ese mismo romanticismo, como un empecinamiento humano, reaparece ahora con fuerza en la Generación Z, crecida con el internet y que expresa su soledad en videojuegos o violencia: ya no es la oscuridad de la noche sino la falla de la luz eléctrica (o wifi), no es el campo sino el encierro en un lugar típico de la urbe moderna pero esta vez vacío, en bancarrota. El personaje no es un loco o enamorado propiamente sino un ser que va enloqueciendo o es rechazado por el amor; no es el científico que crea monstruos sino la psicóloga que enfrenta el monstruo de los otros y los somete a la razón. Pero una razón que resulta insuficiente para entender y explicar los hechos.

El joven director Parsons desde los 16 años ya venía trabajando de manera deslumbrante en este discurso fílmico y sus primeras películas cortas (o serie) son el material engrandecido luego por el celuloide. Incluyo abajo el corto original. La película está en los cines:


Pertenecen también a la Generación Z series como Euphoria que nos arrastra por una pesadilla interminable de orgías de estudiantes secundarios, tensiones sociales y raciales y consumo de alcohol y drogas. Ya hablaremos de esos asuntos.




 





 

lunes, 30 de marzo de 2026

De la dificultad de volver

[Foto de la Chocota Verónica Pombar]

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Al final, el Conde agarraba para el norte y yo tomaba el último colectivo rumbo al sur, ya hacia la hacia la medianoche.

Esa rutina habrá durado dos años o tres años, tiempo que a lo mejor ahora es muy poco, pero en esa época era un presente total. Y la intensidad de esos años es lo que lo vuelve superlativo en relación a otros tiempos.

Otro ciclo también importante fue París. Pero con los años París se convirtió en momentos muy concretos, en imágenes muy específicas. No tengo en mi memoria recuerdos que cubran los dos años y pico que viví ahí sino rincones, calles, desembocaduras llenas de buses y automóviles, amores sin sentido. Tenía fotografías pero el Conde las perdió. Mejor dicho, las regaló. Una hijueputada.

Y ahora que reviso ese tiempo van reapareciendo sensaciones y esta manera de entender lo que me ha ido ocurriendo. Pero no encuentro nada apremiante, nada que no haya sido resuelto en ese pasado. Y lo veo de manera definitiva, como ciclo completado, que viví intensamente y por los que no guardo nostalgia paralizante ni amargura. Al mismo tiempo, y de manera lúcida y contradictoria lo digo, a veces siento ganas de volver a esa vida. Cuando eso ocurre lo que detiene el vuelo imaginario es que fue el pasado lleno de sol de un hombre siempre soltero. Y eso, comparado con lo que me traen mis hijas, lo que representan ellas, es una batalla en la cual ellas siempre terminan venciendo. Ese pasado es como la canción Never Never Love de Simply Red en la que uno se pregunta, luego del divorcio, ¿Y ahora, qué? ¿Qué vamos a hacer con todo este tiempo? Es como si me hubiera divorciado de ese pasado, de la ciudad de Guayaquil.

Estuve en Guayaquil dos veces en los últimos meses. Fue casi de pesadilla porque me enfermé. Estuve solo tres días y luego cinco. Pero la segunda vez vi menos lugares y fue menos intenso. Y tuve una sensación extrañísima, de gran rareza, al estar allí casi como turista. Y busqué afanosamente los rincones del centro de la ciudad, pensé con temor en los cines que ya no existen, en la posibilidad de reconocer ese Guayaquil que dejé hace tanto y encontrar una forma de sosiego, un reencuentro con la tarde, pero fue imposible. El kiosko del correo que vendía libros y diarios en 1978 ya no existe, por ejemplo.

Pero al sur no puedo ir porque el sur donde crecí, esas calles que caminé ya son las mismas. Ahora ahí vive gente que no conozco. Es como si fuera otro barrio, otro terreno. Cinco años atrás, al pasar por el la Ciudadela 9 de Octubre, mis amigos cercanos no estaban y los que paraban en el paque eran solo conocidos. Me saludé con ellos pero no fue igual. Las personas con quienes crecí tampoco están. Leo vive en Florida o en Salinas. Nunca sé. No sé nada tampoco del Cuervo y todo eso se convierte en una ligera pena. La gente tiene otro mundo. Eso es también la vida. Y frente a eso me quedan mis desvaríos, las ideas que todos los ecuatorianos de la diáspora tienen: regresar algún día y vivir frente al mar, pasar en un cuarto lleno de libros y de música, caminar por la playa al caer la tarde, llegar a la tienda cercana a beber unas cervezas y conversar con los que se detengan. Pero la violencia de hoy es un aviso de realidad muy fuerte que no se puede ignorar. 

Entonces, ¿para qué ir al sur? Para ver el sol que se oculta al fondo de la calle sabiendo que hoy ya nadie camina esas calles por la noche, como siempre lo hicimos los patriotas del sur. ¿Para qué volver si acá en el norte tengo mi vida del presente que son mis hijas. Pero ellas también partirán a buscar otros mares de locura y el futuro se me plantea como un no futuro, un tiempo detenido entre el pasado imposible y el presente irremediable.



jueves, 19 de marzo de 2026

Notas perdidas en Guayaquil



  • Una de mis preocupaciones se relaciona con el pasado y la manera en la que lo vivo. No es algo que entristece, ni mucho menos, sino una gran ausencia en donde encuentro sentido a muchas cosas de mí.

  • Me veo navegando en ese pasado. Me veo casi en tercera persona. Digo casi porque es imposible verse totalmente en tercera persona, como ocurre en este juego de tres espejos que uno puede hacer. 

  • La primera vez que lo hice resultó una experiencia aterradora, pero mucho menos que la primera vez que vi a mi doble. Yo era joven. Tenía 22 años. Me vi parado en una esquina (en alguna parte ya he contado esto) como si fuera otro, un otro que era yo mismo. Me vi un 1ro de mayo, quizá en el 82. Yo ya no estaba en el partido pero me quedaban las ganas de ir a los desfiles y ver a los trabajadores en las calles. Fui con quien yo estaba en esa época. Estábamos allá y, de repente, en la desembocadura de Olmedo, viniendo desde Boyacá (¿o era desde Colón?), arrimado a una de las bases de la Mutualista Guayaquil lo vi. Y era yo mismo. Y el otro que era yo me estaba viendo sereno, cruzado de brazos.

  • En esa dimensión del pasado, ahora me veo también no como a ese que me vio y vi sino a mí mismo, ya sin miedo y sin sorpresa. Y desde la distancia del norte me pregunto, por ejemplo, qué pasó con las muchas canciones que escuché, y aún escucho, de esa época. Cuando vienen a mí, siempre están asociadas a lugares concretos, a una experiencia específica, a un amigo con nombre. En los 80s, la compañía más permanente e integral fue la de Ricardo Maruri.

  • Con Ricardo compartía el gusto musical y también el gusto por la cerveza fría, los libros y las lenguas extranjeras. No era solamente escuchar canciones y disfrutarlas sino también conversar sobre ellas y lo que incluían. Además, Ricardo vivía cerca de casa y nos veíamos a menudo. Era algo muy práctico. Pero Ricardo después desapareció. Yo también me fui, lo cual es otra manera de desaparecer.

  • Me fui todavía siendo joven y, como dijo mi madre: “Te fuiste una vez y es como si no volvieras”. Ella tenía mucha razón. Las madres por lo general tienen mucha razón. Luego dejé el país y ya no regresé. Aclaro: he regresado en ocasiones puntuales, por muy poco tiempo, semanas, un mes, acaso. Pero nunca para quedarme.

  • Ese es el pasado en el que me veo. Y me gustaría ahora regresar y escuchar todas esas canciones con Ricardo pero Ricardo ya no está. Y muchos amigos de esa época tampoco están. Los cercanos y que duraron se han ido definitivamente. Es decir: han muerto.



  • Mi vida hoy es el trabajo, la casa, la familia. Pero en los momentos más privados, más solitarios, me enfrento siempre a ese sentimiento y desazón que me ocurre con la música y con cualquier otra forma del recuerdo. La música es predominante pero debería decir también las películas. Las películas están más relacionadas con trancos más largos pero escenas muy concretas de Max y los chatarreros, Más allá del bien y del mal, Los agrimensores, La mujer de azul, Cul-de-Sac, El amuleto de Ogún, El pez que fuma, Te amo… podría nombrar tantas como cúmulos de libros o canciones., 

  • A mi edad, las cosas se siguen planteando en téminos de cómo cuidar a las nenas, dar clases y cerrar la posibilidad de crear otra rutina. Para la rutina, lo único necesario es estar con mis amigos de antes para compartir las tantas cosas amontonadas durante mis 35 años de exilio voluntario. Pero eso es imposible. 

  • Esa imposibilidad es uno de mis grandes dolores, No tener ya la gente con la que crecí. Por ejemplo, sería lindo, ideal, que estuvieran no solamente mis padres y volver a casa a las 7 de la noche y sentarme a ver la telenovela con ellos, sino también saber que por ahí cerca está mi hermano Nelson, mis sobrinos Katty y Germán, mi otro sobrino Augusto (la roca). Pero ya no están. En esa dimensión del pasado recuperado podría estar nuevamente no solo con  Ricardo, sino también con Eduardo López, Carlos Ríos, Carlos Pazmiño, Joselo García, Oscar Marshall, Manuel Tenén, el cholo Cepeda, el gordo Paez… Podría irme lleno de tristeza y, con el día terminado, entrar al Cabo Rojeño a escuchar salsa para terminar de entristecerme.

  • Pero el Cabo Rojeño tampoco existe. Ese que yo conocí, ya no está más. Uno va y tiene miedo de que lo asalten o lo maten. La guardia vieja tampoco está allí y los que ponen música ahora no saben de salsa. Ponen lo que pueden pero no son gente que creció con esa música ni vivió las duras décadas de los 70s y 80s. 

  • En esa dimensión que es el pasado, con su envidiable rutina, también había mini-tiempos, momentos específicos para el partido de índor, la subida a la montaña o el domingo por la tarde con el Conde Martillo. 

  • Con el Conde Martillo podíamos hacer cualquier cosa de lunes a sábado: estudiar hasta caer vencidos de lecturas o beber y caer vencidos de cervezas. Pero, religiosamente, el día domingo por la tarde, lo iba a ver a su casa y caminábamos desde Esmeraldas hasta la calle Quito rumbo al sur. Pasábamos el estadio Capwell y llegábamos al parque Forestal. Nos sentábamos afuera de un bar que creo todavía existe llamado Los Parasoles. Veíamos morir la tarde mientras el parque dejaba de ser la feria de pueblo vespertina y se convertía en un inmenso espacio vacío en el que reinaba el viento. Y nos quedábamos ahí con el Conde, como no queriendo reconocer ni el hastío ni el vacío sino, a lo mucho, el cansancio de la urbe que llevábamos por dentro.  

  • Al final, el Conde agarraba para el norte y yo tomaba el último colectivo rumbo al sur, ya hacia la medianoche.