lunes, 30 de marzo de 2026

De la dificultad de volver

[Foto de la Chocota Verónica Pombar]

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Al final, el Conde agarraba para el norte y yo tomaba el último colectivo rumbo al sur, ya hacia la hacia la medianoche.

Esa rutina habrá durado dos años o tres años, tiempo que a lo mejor ahora es muy poco, pero en esa época era un presente total. Y la intensidad de esos años es lo que lo vuelve superlativo en relación a otros tiempos.

Otro ciclo también importante fue París. Pero con los años París se convirtió en momentos muy concretos, en imágenes muy específicas. No tengo en mi memoria recuerdos que cubran los dos años y pico que viví ahí sino rincones, calles, desembocaduras llenas de buses y automóviles, amores sin sentido. Tenía fotografías pero el Conde las perdió. Mejor dicho, las regaló. Una hijueputada.

Y ahora que reviso ese tiempo van reapareciendo sensaciones y esta manera de entender lo que me ha ido ocurriendo. Pero no encuentro nada apremiante, nada que no haya sido resuelto en ese pasado. Y lo veo de manera definitiva, como ciclo completado, que viví intensamente y por los que no guardo nostalgia paralizante ni amargura. Al mismo tiempo, y de manera lúcida y contradictoria lo digo, a veces siento ganas de volver a esa vida. Cuando eso ocurre lo que detiene el vuelo imaginario es que fue el pasado lleno de sol de un hombre siempre soltero. Y eso, comparado con lo que me traen mis hijas, lo que representan ellas, es una batalla en la cual ellas siempre terminan venciendo. Ese pasado es como la canción Never Never Love de Simply Red en la que uno se pregunta, luego del divorcio, ¿Y ahora, qué? ¿Qué vamos a hacer con todo este tiempo? Es como si me hubiera divorciado de ese pasado, de la ciudad de Guayaquil.

Estuve en Guayaquil dos veces en los últimos meses. Fue casi de pesadilla porque me enfermé. Estuve solo tres días y luego cinco. Pero la segunda vez vi menos lugares y fue menos intenso. Y tuve una sensación extrañísima, de gran rareza, al estar allí casi como turista. Y busqué afanosamente los rincones del centro de la ciudad, pensé con temor en los cines que ya no existen, en la posibilidad de reconocer ese Guayaquil que dejé hace tanto y encontrar una forma de sosiego, un reencuentro con la tarde, pero fue imposible. El kiosko del correo que vendía libros y diarios en 1978 ya no existe, por ejemplo.

Pero al sur no puedo ir porque el sur donde crecí, esas calles que caminé ya son las mismas. Ahora ahí vive gente que no conozco. Es como si fuera otro barrio, otro terreno. Cinco años atrás, al pasar por el la Ciudadela 9 de Octubre, mis amigos cercanos no estaban y los que paraban en el paque eran solo conocidos. Me saludé con ellos pero no fue igual. Las personas con quienes crecí tampoco están. Leo vive en Florida o en Salinas. Nunca sé. No sé nada tampoco del Cuervo y todo eso se convierte en una ligera pena. La gente tiene otro mundo. Eso es también la vida. Y frente a eso me quedan mis desvaríos, las ideas que todos los ecuatorianos de la diáspora tienen: regresar algún día y vivir frente al mar, pasar en un cuarto lleno de libros y de música, caminar por la playa al caer la tarde, llegar a la tienda cercana a beber unas cervezas y conversar con los que se detengan. Pero la violencia de hoy es un aviso de realidad muy fuerte que no se puede ignorar. 

Entonces, ¿para qué ir al sur? Para ver el sol que se oculta al fondo de la calle sabiendo que hoy ya nadie camina esas calles por la noche, como siempre lo hicimos los patriotas del sur. ¿Para qué volver si acá en el norte tengo mi vida del presente que son mis hijas. Pero ellas también partirán a buscar otros mares de locura y el futuro se me plantea como un no futuro, un tiempo detenido entre el pasado imposible y el presente irremediable.