Cuando La Cofradía del bolero estaba llena, a eso de la medianoche, apagaban las luces y al prender solo la del centro, estaba ahí, parado y bien afeitado, Rockolita quien, mirando al público les decía:
Buenas noches, cachudos y cachudas, ¿vinieron a escuchar canciones, chismes o puteadas? Y la gente chifleando y entre gritos y risas, le comenzaba a hacer preguntas: ¿Y el gobierno, Rockolita? Manga de sopladores, les decía, me quieren meter al tarro. ¿No ven que afuera están los tombos? Bájate con el billete, Cochota, tírales un centro a esos perruños que sino no se van. ¿El gobierno? Robando, como siempre. O, como dice Papa Chola (desde acá te veo Papa Chola esos dientotes de choclo serrano): robando pero trabajando. ¿Vaticinio para el clásico del domingo? Pierden los dos del Astillero, no hay empate sino -0 que es un nuevo marcador. Valen sable.
Y mientras trataba de ver a la gente en la penumbra del local, Rockolita le hacía una señal a Pescado para que descargara la voz de Celia diciendo a todo volumen la rumba me esta llamando, Bombo dile que ya voy, que se espere un momentico, mientras canto un guaguancó, dile que no es un desprecio, pues vive en mi corazón, mi vida es tan solo eso: rumba buena y guaguancó.
Afuera arreciaba en aguacero, se vendría El Niño por más de un año. Las cosas iban a ponerse peor porque en esta ciudad los asesinos se iban apoderando poco a poco de las esquinas, los cuarteles, las centrales sindicales, los estadios, las calles y las casas.
Patrel estaba solo, pero en las otras células aún quedaban Vicente y Antonio, últimos soldados en la lucha contra el dinero fácil y la desigualdad.
