Cuando ha sonado el final del ciclo
¿Qué hace uno con el tiempo?
¿En qué rincones se oculta?
¿Qué mínimas actividades suplen la rutina?
¿Hacia dónde voltea los ojos, las sonrisas, los silencios?
Envidio a los que trabajan y no piensan
A los que retirados de todo aún disfrutan del mundo
A los que evaden el terror y el arrebato
de darse cuenta de las cosas
miércoles, 12 de febrero de 2020
miércoles, 22 de enero de 2020
Evocación del viejo Donoso
Aún estaba en el colegio cuando escuché el nombre de
Miguel en boca de los miembros de Sicoseo.
Hubo un par de “Encuentros” de escritores y cine en los setenta, época de la
dictadura militar. Muchos meses después, supe que él había publicado unos
poemas míos en la Revista Cambio, de
México, cosa me alegró y dio más confianza en la escritura.
Hacia 1982, Miguel había regresado a Ecuador para
quedarse y coordinar los talleres que dejó como herencia. Se repartía entre
Quito y Guayaquil, acaso Manta y otras latitudes nacionales. Fue en esos años
que tuve mejor conocimiento de quien, sin duda, ejerció una notable influencia en
mí como hombre joven interesado en las letras y abierto al mundo.
Ya he escrito sobre su obra, lo he entrevistado y he
bosquejado en más de una oportunidad el aspecto metodológico de su trabajo,
quizá de manera informal aunque suficiente para el momento. Me gustaría ahora
acercarme al hombre, al amigo, al consejero, al padre literario que también fue
para mí.
Hay algunas anécdotas que recuerdo. La primera es
cuando me preguntó si podía quedarse en mi casa los fines de semana en que le
tocaba coordinar talleres de Guayaquil, hasta que le entregaran el departamento
que luego alquilaría. Claro, le contesté con entusiasmo. Y así lo hicimos, un
viernes por la noche, luego del taller.
A la mañana siguiente, fresco y agradable sábado del
verano guayaquileño, le conté a mi viejo y a mi hermano Iván que Miguel estaba
durmiendo y que luego saldríamos al taller. Mi hermano, que en esos años tenía
sus reales, inmediatamente mandó a comprar un saco de conchas y una jaba de
cervezas Club (la antigua, la mejor,
que desapareció). Hizo preparar ceviches, chifles y luego arroz con concha. Nos
sentamos todos a la mesa y desayunamos a
la criolla, cosa que a Miguel le encantó. Mi viejo sabía de él desde joven,
de cuando jugaba basketball y le decían “Culebrón”. Esa mañana conversamos y
nos reímos mucho, no recuerdo si luego fuimos o no al taller, o si nos quedamos
en casa. Solamente que nos divertimos como amigos sinceros y Miguel decía “esto
es típico guayaquileño”, quizá recordando su propia vida antes del exilio en
México.
Recuerdo otro sábado en que, cansados del taller y sin
material por leer, con Jorge Martillo y Mario Campaña nos quedamos escondidos
en un chifa frente a la Zona Militar.
Había allí unas muchachas encantadoras. Martillo decía que él era Li Po y ellas
sus Chan Kue Kui. Pedimos consomé a la
reina y unas cervezas. De pronto, vimos a Miguel cruzar frente a nosotros
y, como al descuido, mirar hacia el chifa.
Nos clavó la mirada y dijo: “Acá han estado escondidos; hoy no apareció nadie”
y acto seguido se sentó junto a nosotros. Pedimos cerveza y comida para él también
y nos contó parte de su océanica experiencia en la vida: cuando estuvo en la
cárcel y Kili Gil lo fue a visitar vestido de mujer y él no sabía quién era
aquella dama hasta que Kili se quitó rápidamente la peluca en un descuido de
los guardias. Nos contó que un militar lo había escoltado hasta Guatemala (me
parece) y allá otro militar mexicano lo había llevado a tierra azteca. “Lo
mejor que pudo pasarme fue ir a Mexico”, dijo. Ese día nos había perdonado la
inasistencia al taller, quizá porque ya habíamos escrito bastante y podíamos
tomarnos un descanso. Recuerdo ahora que el segundo día del taller, como para
sacarnos del letargo de “la hora ecuatoriana”, dijo molesto: “En Mexico DF,
donde viven más de 15 millones de personas, nunca les permití que me llegaran
tarde.
En esta ciudad pequeña tampoco lo voy a permitir”
Ese sábado en el chifa
también es inolvidable porque, ya con tragos y en larga conversadera, apareció
un mendigo pidiendo dinero. Martillo, alegre y en brazos de Baco, señalando a
Miguel que se reía a carcajadas, le decía al mendigo: “¿Ves ese que que esta
ahí? Ese es torturador paraguayo. Y ese que está ahí (Campaña) es torturador
boliviano. Y ese que está ahí (yo), es torturador chileno. Así que mejor te vas
antes de que te maten o te metan una botella en el culo”. Retórica salvaje que
primero nos dejó con la boca abierta y luego hizo que nos pegáramos una gran
carcajada. Ahora que lo escribo, me pregunto si esto es lo que uno quiere saber
de los famosos. Mi respuesta es que así también fue como vivimos.
Recuerdo a Miguel en Quito (viví allá un par de meses).
Rememoro las breves ocasiones en que me uní a su taller, las conversaciones que
él, dos hermosas damas y yo tuvimos en El
Cualquier Cosa una noche de
romance, las irreconciliables broncas que los escritores del centralismo les
tenían a los de Guayaquil, sobre todo a Miguel (y viceversa), un almuerzo en
una terraza con plantas, hablando de si escribir produce placer o depresión…
Hace tanto ya de eso, 1982 sin duda.
Recuerdo también a Miguel en Paris, bebiendo cervezas
en un bar de la Cité (él venía de
Barcelona). Hablamos del amor erótico, de la vida, del sexo, de la
homosexualidad, de la literatura y de lo que él estaba escribiendo por esos
años. De sus novelas, Miguel siempre mencionaba Henry Black. Yo, en cambio, le recordaba Nunca más el mar y su cuento Sally.
A principios de los noventa, lo recuerdo en el
lanzamiento de un poemario que escribió y en una visita personal que le hice mientras
trabajaba en la revista La Otra,
luego de la cual, sonriente me confesó: “Me ha sorprendido tu pregunta, pero me
alegro de que me la hayas hecho”.
La última vez que hablé con Miguel fue en su casa en
Urdesa. Conversamos como siempre. Mucho tiempo ya había pasado desde esos días
del 82. Luego le perdí la pista. Dejamos de escribirnos y cada vez lo sentí más
lejano. Como ocurre en la vida, me molestaba que gente a la que yo consideraba
de lo peor estuviera cerca suyo. Como a veces ocurre en la vida, al final uno
prefiere lo bueno… no sea que nos quedemos, como en ese tango de Goyeneche, “amarrados
al rancor”.
Cuando supe que Miguel había muerto descubrí que no
estaba preparado para su muerte. Aprendí que uno nunca está preparado para la
muerte de nadie, ni para la de uno mismo. El viaje de Miguel ya es igual al de
mi madre, y pronto será el de mi padre, el mismo viaje que ya emprendieron amigos
queridos, como Ricardo Maruri, Fernando Nieto Cadena, Carlos Pombar, Carlos
Ríos, Roberto Alvarado, Eduardo López, Walter Paez y otros …Ese viaje será
luego de nosotros porque tal es el recorrido humano.
Cuando Miguel se fue, leí “por enésima vez” el cuento
Delia Elena San Marco, de Borges (lector/a amigo/a, vuelve tus ojos a esa luz) y
mi vanidad y tristeza me llevaron a un poema que escribí hace muchos años,
cuando los mencionados amigos aún estaban con nosotros. Sea este mi mejor y más
firme recuerdo:
* * *
En el 2002 éramos otros
En el sueño los mismos
Miguel Donoso Pareja
Era también el mismo
Con nosotros jugaba desaforadamente fútbol
En medio del polvo y la ventisca
(¡Oh! ¡Nublado y hermoso día del verano guayaquileño!
¡Cuántas buenas sorpresas nos trajiste!)
En el sueño nos habíamos reconciliado:
Mario Campaña se reía
Y Juan Moreno y Ricardo Maruri
Corrían en lo alto de la colina
Como en una escena de Bergman
Mientras entonaban cantos infantiles
Pero sin ser llevados de la mano por la muerte
Y también estaba Hugo Salazar Tamariz y Agustín
Vulgarín
Que me hablaba de su Cuadernos de Bantú
Eramos los que siempre quisimos ser
Luego, cansados ya de tanta lucha y competencia
Bajamos pequeñas elevaciones y cruzamos el Puente 5 de
Junio
Eramos tres grupos e íbamos uno detrás del otro
Junto a mí iba Jorge y otro amigo del Colegio Eloy
Alfaro
(a quien nunca más vi y que era todos a quienes nunca
más vi)
Detrás venían el gordo Páez, el negro Jaén, el cholo
Cepeda
Mi querido sobrino Germán Simisterra, mis hermanos y
mi padre
Y contentos caminábamos esa mañana de nuestra vida
miércoles, 15 de enero de 2020
De falsos intelectuales allá y acá
Después de tantos años en el mundo universitario de EEUU, puedo anotar que:
1- Los profesores universitarios en EEUU desempeñan la función de "intelectuales": ellos realizan investigaciones, viajes, publicaciones y debates; y a menudo creen saber más que los otros, cosa que la muestran a través del desdén o algún notorio complejo de superioridad (o inferioridad, según los expertos). Súmese a esto el prestigio de la unidad académica o la tribu a la que pertenecen, otro motivo de auto-elogio;
2- Obviamente, hay también profesionales que simplemente cumplen con la máxima popular de que "el que sabe, habla poco y espeso", son generosos a todo nivel y por lo general poseen una madurez humana e intelectual que les permite navegar con facilidad el engañoso mundo académico del norte. Al mismo tiempo y por suerte, gozan de una notable dosis de diplomacia en el trato directo y en la manera de conducirse en general (importantísimo para la supervivencia laboral);
3- En América Latina, en cambio, tradicionalmente los "intelectuales" han tenido una filiación y formación marxistas y las investigaciones siempre han estado ligadas a momentos históricos y procesos de diferentes grupos sociales, acaso también a capítulos específicos de alta conflictividad en sus países. Esta tradición se ha forjado al calor de la participación en los procesos revolucionarios de nuestra geografía y en el impacto de las revoluciones china y rusa, así como en la militancia partidaria que cohesiona las experiencias leninista, trostkista y maoista con el punto de vista de dicho "intelectual";
4- En América Latina son proverbiales las palabras de Fidel Castro a los intelecuales, así como la concepción del "hombre nuevo" que esbosó el Che Guevara, ambos haciéndose eco de lo que con extrema sobriedad formuló Antonio Gramsci desde la cárcel;
4- En esa tradición intelectual, las lecturas de Marx y Engels se ven completadas por los manuscritos de teóricos como Adorno, Horkheimer y Althusser, entre otros. A un nivel de mayor sofisticación encontramos a Nietszche, Walter Benjamín, Foucault, y posteriormente Habermas, Jameson, Raymond Williams, Bourdieu y tantos otros que movilizaron la muchas veces dogmática comprensión de las cosas que ofrecen el materialismos histórico y dialéctico (o su vulgarización). Pero volvamos:
5- Pertenecen a esta tradición latinoamericana revolucionaria muchos escritores, los mismos que muchas vecen borran la diferencia entre "intelectual" y escritor, y en menor medida la de "intelectual"/profesor universitario/escritor/militante partidista. Los ejemplos más altos quizá se encuentren en la primera etapa del Frente Sandinista (Nicaragua), cuya plana mayor era de dirigentes políticos quienes funcionaban también como "intelectuales de izquierda" y escritores "comprometidos"; obviamente, la post-revolución mexicana, la revolución cubana y los procesos sociales en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile oferencen muchos ejemplos y variaciones de este capítulo de nuestra "cultura letrada";
6- Las dos grandes experiencias de intelectuales en EEUU y América Latina, esos dos grandes bloques de conducta intelectual, claramente responden a patrones sociales concretos, a puntos de vista personales y de estatus cultural. En ambas encuentro puntos a favor y en contra, en ambas noto también las torpezas y vanidades más grandes, así como momentos de solidaridad extrema entre colegas;
7- Los pormenores de una "historia intelectual de los EEUU" (no creo haya sido aún escrita) ofrecen maravillas en el detalle, en los temas impensados que de repente desembocan en un excelente ensayo o libro; pero también revelan mucha superficialidad, apresuramiento y novelería. Así, siempre extrañaré la falta de pragmatismo y participación social, en la política propiamente, de los "intelectuales" norteamericanos (o sea, los profesores universitarios), muchos viviendo en torres de marfil que monitorean desde sus oficinas o peleando por tener poder administrativo y palanqueo. Así, siempre reconoceré la dificultad de salir adelante en medios económicamente pobres, como nuestros países del sur y el empuje de seguir viviendo la complicada vida, tal como se les presenta.
En lo personal, tanto allá como acá, he guardado como mías las palabras de Fernando Nieto Cadena sobre los intelectuales, los críticos literarios y los que se sobran frente al pobre: "Me aburren sus puerilidades".
jueves, 12 de diciembre de 2019
Por una crítica a las canciones que escuchamos

Ciertamente, las letras de canciones medievales españolas, como las Cantigas de Alfonso el Sabio y las incluídas en los varios Cancioneros renacentistas (de Baena y Encina sobre todo) pormenorizan relaciones sociales, raciales y sentimentales de sus épocas, como se puede apreciar claramente en Tres morillas y Mi querer tanto a vos quiere, La reyna jerifa mora, Hoy comamos y bebamos, Ah del día, Ah de la fiesta.
Luego, iniciado el proceso de conquista de pueblos indígenas en tierras americanas, los españoles y portugueses se encontrarán, tal como lo cuentan las crónicas y recientes descubrimientos, con sociedades altamente desarrolladas, en las cuales la música jugaba un papel de cohesión social, siendo recreativa, de guerra o ritual. Y a los instrumentos europeos se sumarán los idiófonos, aerófonos y membráfonos, comunes entre los caribes (taínos), mayas, aztecas, incas y otros.

En ocasiones felices, sobre todo en el período tardío-colonial, la documentación incluye atractivas pinturas, acuarelas y caricaturas que refuerzan nuestro conocimiento no tradicionalista. Desfiles y ceremonias religiosas (la fiesta del Corpus Christi o la llegada de un virrey, por ejemplo), canciones populares e incluso de alta cultura nos dan una idea de la complejidad histórica de las nacientes sociedades en nueva transición, como notamos en Cachua Serranita, Cachuita de la montaña, El Congo, La Entrada del virrey Morcillo en Potosí, y las decenas de canciones religosas que enaltecen figuras del Catolicismo, sobre todo la virgen María, para ese entonces ya convertida en protectora de las Américas y adorada en sus varias representaciones locales.

El siglo XIX sigue siendo europeo, musicalmente hablando; pero también aparecen nuevas canciones de compositores criollos quienes, siguiendo el patrón oficial, empezarán a describir la geografía americana como suya, perteneciente al nuevo grupo social que se hará cargo del desarrollo nacional. Este cambio de perspectiva es congruente con el proceso de Independencia. Es la hora en la que se empiezan a manifestar, siempre bajo de influencia española (la épica y el romance), los primeros ritmos nacionales.
De éstos, quizá el caso más estudiado es el del corrido, pues el impacto mundial de la Revolución Mexicana, sus millones de participantes y la condensación de fuerzas históricas han sido un polo de atracción de investigadores, historiadores, ciudadanos comunes e industria cinematográfica que ofrecen interminables ópticas de disfrute y análisis. En sentido estricto, el corrido es anterior a la revolución pero es diversificado y masificado gracias a la rebelión de los campesinos zapatistas y villistas.
Desde un punto de vista teórico para analizar corridos, se puede aplicar con éxito el concepto de cronotopo, de Bajtin, que hace de las dimensiones tiempo y espacio una unidad indivisible y concuerda con el espítiru nacional del género, las historias de sus personajes y los lugares reales en los que acontecieron las acciones. Tal es así que cada corrido emblemático pasa a ser claro ejemplo de esta unidad. Paralelamente y desde el punto de vista retórico, notamos que la organización oral y métrica aseguran su permanencia: empiezan con la presentación del que cuenta la historia, quien incluye lugar y tiempo de la acción, personaje, desarrollo de la historia, resolución climática y moraleja.
A más de los aportes que ya han hecho críticos como el llorado Américo Paredes, Hulhe y Herrera-Soberck, por citar a unos pocos, se vuelve oportuno incluir a Walter Ong y aVladimir Propp, ambos con profundos estudios de cultura oral y las estructuras internas que la sostienen. Al mismo tiempo, y como contrapeso al fervor de los que creen en las bondades de la cultura oral, quizá sea apropiado el invitar a este debate a Theodor Adorno y Max Horkheimer y sus cuestionamientos a ésta, la cual en realidad sería más bien un bastión de las posiciones ideológicamente más conservadoras de la clase social dominante. Aunque esta discusión sea vista hoy ya como anacrónica, resulta innegable el aporte del materialismo histórico tradicional, unido al refrescante materialismo cultural de Raymond Williams, por ejemplo.
Críticos más, críticos menos, el amplio y flexible universo musical queda siempre como un territorio de nuevos descubrimientos, desde los lazos entre política y propaganada, como ocurre en el caso del merengue trujillista hasta el tango del arrabal y los procesos de urbanización de Buenos Aires y Montevideo, desde el romanticismo decimonónico adoptado y explotado en el bolero y sus variantes nacionales (bachata, pasillo, valse, etc) hasta la música de maniguas y palenques caribeños que nos dan cumbia, son, guaguancó, rumba, bomba, plena, marinera, mapalé, por citar pocos de las decenas de ritmos regionales.
Este gran territorio incluye la historia del proceso de emigración latinoamericano a EEUU y sus expresiones musicales más famosas (Richie Valens, Selena), desde los géneros de polka y valse de rancheras mexicanas (Vaya con dios, Allá en el rancho grande) que influyen en la música country hasta el hip-hop de los chicanos, desde la salsa del Bronx hasta el reguetón, el house y el rap de las barriadas newyorkinas que se exporta a América Latina y el mundo.
Una crítica al gusto musical (Galvano Della Volpe aquí), una revisión del contenido de las canciones con las que crecimos y escuchamos y bailamos a diario, que nos expresan y dan forma a nuestros sentimientos e ideas, es siempre una empresa emocionante y desafiante, tal como lo propone la gran profesora y crítica feminista de origen boricua Frances Aparicio, en su célebre ensayo sobre Así son, la canción del Gran Combo:
jueves, 17 de octubre de 2019
Elegía por un país lejano
¿Qué le toca ahora a Ecuador? Por siglos, los criollos se apropiaron de las tierras, desarrollaron sus negocios y se tomaron el Estado. Luego vinieron unos tibios intentos por democratizar la sociedad, y eso cambió en algo la situación, aunque siempre se debía esperar el permiso, espaldarazo o complicidad de los herederos de los criollos, los "aniñados" de mi infancia y "pelucones" de ahora.
Pero, como nada tiene un solo lado, hay que reconocer algunos esfuerzos por producir una cultura de honradez y calidad en Ecuador: en lo intelectual, económico y cultural. Lamentablemente, excepciones no hacen la regla.
Pasó la última dictadura militar hiper-centralista (fines de los 70s), desde afuera mandaron a matar a Roldós, se apoderó del gobierno un ser gris y tonto llamado Osvaldo Hurtado (esa summa de lo peor que puede dar Quito), luego vinieron León Febres-Cordero, inquebrantable en su odio y lucha contra "el comunismo" en el contexto del Reaganismo mundial, y más de una lección tuvo que aprender del casi olvidado general Frank Vargas Pazzos. Luego llegó Rodrigo Borja, que mucho criticó a León, para empezar su gobierno con un paquetazo económico contra el pueblo, para risa de la derecha.
En esa época, por la oficina de mi hermano, que trabajaba de despachador de aduanas, vi desfilar a ex-socialistas y comunistas, cada viernes por la tarde, religiosamente, convertidos en socialdemócratas enquistados en puestos aduaneros, reclamar la coima para dejar sacar los contenedores de mercancía. Una y otra vez estuvieron allí, con nombre y apellido, para celebrar con whisky y mujeres su nuevo estatus.
Fines de los 80s. Yo ya había pactado con mi fuero interior de hombre y, como bien lo dice Don Vito Corleone, repetí: "No soy quién para criticar la manera en la cual un hombre se gana la vida". Pero, por favor, sin lecciones revolucionarias ni de buen comportamiento. He estado fuera de Ecuador la mitad de mi vida pero he visto de todo, suficiente para concluir que el circo y el cementerio tienen mucho en común en ese país.
Luego de los tantos desafortunados espectáculos a nivel político y electoral que se vivieron en los 90s y primeros años del 2000, ya con nuevas generaciones en la política y la lucha callejera, luego de una de las tantas manifestaciones del pueblo sufrido y agobiado por la injusticia y explotación, llegaron los compañeritos de la Revolución Ciudadana.
De entrada, especularon con la deuda externa y se guardaron sus millones, aprovecharon el alto precio del petróleo y siguieron metiéndose millones en los bolsillos, construyeron escuelas, colegios, carreteras y llenaron sus cuentas bancarias, compraron propiedades y abrieron negocios con lo que robaron (ellos y sus familiares); y al final dejaron al país más endeudado y en la bancarrota. Lo hecho, que fue bastante en su tiempo pero nunca usaron (excepción de las carreteras, maravilloso mecanismo de robo) ahora simplemente no sirve o está destruyéndose.
Los revolucionarios, izquierdistas y "ecologistas" -de los cuales aprendí en 1980 que no eran ni revolucionarios, ni izquierdistas ni ecologistas sino vulgares saqueadores del Estado- estuvieron de plácemes con Correa y sus ladrones. Para el 2017, el país estaba nuevamente en quiebra, como antes, como siempre. La corrupción era estructural y galopante. Hasta que llegó Lenín Moreno.
Llegó Moreno y fue peor, pues lo peor de lo peor se quedó con él: funcionarios altamente corruptos y egocéntricos herederos del estilo "Osvaldo Hurtado" (el que ayudó a matar la imagen de Roldós), dizque verdaderos revolucionarios, mezclados con una nueva camada de la ultraderecha, la misma que saqueó al Ecuador durante siglos. En esa extraña unión con el monolítico fin de seguir robando, en un país tan pequeño y caótico como Ecuador lo que queda es pegar el grito de "sálvese quien pueda".
Luego de las manifestaciones indígenas (fundamentales desde los 90s y a lo largo del gobierno de Correa) que hicieron retroceder al gobierno de Moreno, a la derecha y al FMI, tenemos pocos días después, nuevamente al gobierno, la derecha y el FMI diciendo que quieren trabajar con los indígenas. Y los indígenas, que están divididos desde hace mucho, se desmarcan de Correa, quien por televisión (CNN, yo lo vi) sugería que él podía ser vice-presidente de un nuevo gobierno y llamar a una Asamblea Constituyente para programar nuevas elecciones. (Para Correa la solución era tener otra vez a su mismo gobierno corrupto para sacar al gobierno corrupto de Moreno). ¿Pero, y la derecha saqueadora de siempre, qué?
Muchos se preguntan cuál es la solución. Yo, que hablo tanto y pienso poco, me he esmerado en responderla. Pero, honestamente, no creo que exista. La corrupción en Ecuador ya ha invitado a actores internacionales a decidir por el futuro del país: el EEUU de Trump junto a la Rusia de Putin, Maduro el payaso propiciando una emigración venezolana que tiene en jaque a toda la región, los Carteles de Colombia y México y las mafias locales (incluyendo a algunos sectores "del pueblo") han creado una tremenda inestabilidad sin visos de solución. He preguntado a amigos y colegas sobre el qué hacer: nadie sabe, nadie opina, nadie ya cree en nadie.
Sin embargo, al final, al ser humano lo siguen sosteniendo (aunque también agobiando) sus responsabilidades, su necesidad de salir y buscar trabajo, de llevar el pan a la casa, criar a los hijos como sea y pelearla a lo que venga, porque vista la cosa desde ese lado, tampoco queda otra.
viernes, 11 de octubre de 2019
Amor y proyección de Las Tierras del Nuaymás

Cuando mis primas Nelly, Nancy y Bella llegaron a casa, la casa cambió. Ya no solo entraban los vecinos y los amigos sino también los primos y amigos de Nelly y Nancy. Bella ya era reina de no sé qué liga de fútbol y la venían a ver en carro, a llevársela de madrina de equipos a otras ligas, y una vez hasta de invitada especial en una emisión de pasillos de Radio Cristal. En casa no había espacio para tanta gente, pero sí en el corazón. Y como el corazón era una volquetada de fertilizantes, pues todos contentos cuando llegaba la cosecha.
Escribía esto y me dije, no, las cosas no fueron así. Había gente que moría a cada paso, la dictadura mataba por matar y esa era la consigna. Era un tiempo viejo, muy viejo ya, casi antiguo. Y, sin embargo, nuevo en la mente de los que ya hace mucho cruzaron el océano, el viejo mar. El gordo Paez, por ejemplo, estaba allá y acá, era de Guayaquil pero era de Liga de Quito. Gordo soplasable. Luego nos veríamos en el Cabo Rojeño. Pero decía que las cosas no fueron así, y en verdad no lo fueron. Por ejemplo, Mildred terminó conmigo pero no porque mami le dijo que terminara, sino porque Mildred quería vacilar con otros, la muy puta. ¿Cómo lo sé? Años después, ella misma me lo dijo sin darse cuenta: ¿Y qué querías que hiciera? preguntó cuando la increpé sobre su pasado.
Llega un sueño: Hay una bicicleta que no puedo manejar. De hecho, está atrapada en los recovecos de una casa vieja, colonial, pintada de blanco, con piedras en las calles y balcones de hierro pegados a las paredes. Quiero en el sueño que sea mi Cuenca amada, pero no, es Quito, la ciudad que desprecio. No saco mi bicicleta del sueño ni de la trampa. Llego a un segundo piso y aparece Maldonado, del MRIC. Una vez estuvimos en su casa, digo estuvimos porque hablo de todos nosotros, los que creímos en las tierras del nuaymás. Total, en su casa, una primorosa casa antigua, colonial, no de estilo solamente sino de espíritu, apretujada de ventanas y desniveles con pisos de madera y rincones con velas y luces bajas. Ahí estuvimos todos cantando y hablando. Pero yo ni hablaba ni cantaba, solo bebía y veía las ventanas, como si fuera una casa de Ancón, frente al mar, de esas del campamento inglés que bordea el arrecife de Santa Elena. Fin de sueño. Estaba en el trópico ahora y la gente se estaba matando nuevamente.
No, las cosas no fueron así. Nelly salía con mi hermana Leticia, Lupe con Bella y Nelly con Elsa. Y ahí, hechas las amigas, las primas se iban a bailes. Me fui con ellas dije, de malilla, porque Armenia quería que las sapeara, investigara y reportara todos lo que había pasado esa noche. Se movían en las luces oscuras. Bailes hippies, les decían. Me daba igual: ahí las estaba cufeando. Mira para allá hermanito, me decía sonriente Leticia mientras se meneaba a un rincón, riéndose, con su enamorado. Te llaman, me gritaba Nelly, acolitando. Ajá, me dije, ahora le cuento a Armenia. Pero era mentira. Yo sabía que Armenia, en realidad, me enviaba para saber lo que hacían y que ellas confiaban en que no diría nada de lo que hacían. Ojos que no ven, corazón que no siente, me dijo El Uruguayo.
Alausí. Pueblo de mis amores. Ahí también vi a las muchachas tumbar corazones. Caminando sobre la hierba, en el campo andino, se iban a escondidas mías as besarse. Y de pronto, en el campo andino digo, yo que era un niño todavía, vi a la niña más hermosa del mundo caminando por los prados, el páramo y la plaza. La vi sonreirme, correr, desaparecer en las escaleras de la iglesia. La vi en su uniforme y la fui a buscar por las ventanas de su escuela. Las muchachas se besaban y yo pensaba en la niña que había corrido veloz, sonriente, con la frente limpia y veloz, a mi lado.
En Las Tierras del Nuaymás había un hombre. Apareció y desapareció. Hoy nadie lo nombra, los que se acuerdan se hacen los pendejos y cambian la conversación. Yo les puedo decir en primera persona: chuchesusmadres: Jorge Rivadeneira es el autor de Las Tierras del Nuaymás, la mejor novela que se escribió en este país de juguete en los últimos 70 años.
Silencio.
Se han molestado.
No sé si por la verdad o por la puteada. Así son. Así caminan y así hablan guevadas. Longos a la verga. Que solo son, al final, a la verga, porque para ser longos de verdad, deben ser primero chagras, arrechos, de pueblo, no coloraditos cagones de colegios pelucones (digo, los que tienen plata, porque hay esos chiros y mentalmente esclavos que sin empleo creen de viejos aún tener lo que papi les dio en adolescencia). Pero no aspiro a una diatriba anti-longa: Si la calidad de este borrón se implanta, no habrá necesidad de llamar burros a los burros. Sigamos.
Prima Nelly, ¿qué carajo haces besándote con ese hijo de puta? Piedras al hijueputa. Voy donde los cholos de la esquina: muchachos, cargar piedras, tenemos una misión. Sir Dángala, que ya se había puesto una bandana sobre la frente, dijo: dónde y cuándo. Allá estaban besándose aún los enamorados.
Prima Nelly, grité desde lejos, hazte a un lado. Ella, como buena muchacha de pueblo, se dio cuenta de lo que pasaba y salió corriendo. Piedras llovieron sobre la humanidad de ese gusano. Medio longo era. Longo hijo de puta, besar a mi prima Nelly, de Puerto Bolívar. Longo chuchetumadre.
miércoles, 21 de agosto de 2019
De Woodstock al barrio (Memorias de "Los patriotas del sur")
De lo que pasaba en la Casa Parroquial
Después de verlo en fiestas, de esas con luces negras y
rojas, chalecos hippies y música rockera, se había comenzado a hablar de él.
Pero ¿quién era el flaco de Mapasingue? Era un puto flaco de pelo largo que
había adoptado la bandera de Estados Unidos como vestimenta. Llevaba un
pantalón de estrellitas blancas y rayas azules y rojas. Parecía un fantasma
sacado del litoral ecuatoriano, de una leyenda de abuelos. Tenía dos metros de
alto y el pelo hasta los hombros, y hablaba reposada y tranquilamente. Cuando
aparecía en las fiestas se confundía con las sombras de los rincones. Hablaba
inglés muy bien. Tenía algunos amigos en el barrio, Galleta era uno de ellos.
De repente desaparecía y no se volvía a saber de él hasta la siguiente fiesta.
Bailaba durísimo y también metía duro la mano cuando había bronca, como ocurrió
un día en la Casa Parroquial.A principios de los 70, la Casa Parroquial era el centro de actividades sociales. Había cursos de música, funciones de teatro y un jardín de infantes. Estaba obviamente junto a la iglesia de Monserrat y junto a una escuela donde aguantábamos más palo del esperado, más allá del Eloy Alfaro (o más acá, según por donde se venga). Los domingos, la iglesia se llenaba hasta el tope y afuera vendían canguil y otras delicias. Nosotros íbamos más por ver a las chicas que por rezar. Mientras el cura decía la misa, una virgen negra miraba tranquila desde lo alto, y nosotros decíamos cinco padrenuestros y cinco avemarías por habernos portado mal. Durante la semana, la iglesia era el lugar donde nos reunían a cantar himnos religiosos a punta de santo látigo mientras decíamos en coro por mi culpa/ por mi culpa/ por mi grandísima culpa. Nunca hacíamos nada malo pero había que pagar alguna culpa por lo que fuera, pero culpa al fin y al cabo. A un costado de la iglesia, una vez por semana, aparecía un carro de la Pepsi y proyectaba películas de Jorge Negrete y el Cine de Oro mexicano, y la gente se abultaba, cada uno con su banquito, a sentarse a ver las maravillosas imágenes en blanco y negro de los amores imposibles.
En la Casa Parroquial organizaban conciertos de rock que terminaban en pelea. La bronca siempre comenzaba porque Galleta se emplutaba y le mandaba la mano o buscaba pelea a Carlos Taboada. Taboada, aparte de mover el trasero con su taconeo en la tarima, no era pendejo. Cuando se arrechaba se lanzaba desde lo alto, como en película de vaqueros, y caía sobre algún rival para agarrarse a puñetes. Entre sus pasos estaban el del trompo y el paso gitano. Con el primero daba vueltas y vueltas mientras hacía piruetas con las manos, como esas bailarinas sobre el hielo; con el segundo palmoteaba, caminaba rápidamente por la tarima y se amarraba la camisa a la cintura mientras los pantalones acampanados flotaban con la música. Con Taboada venían también los fumones del norte. Pero el flaco de Mapasingue, que los conocía y no se llevaba bien con ellos porque no era aniñado, se venía con la gente del barrio.
Mientras todos se retorcían frenéticos, Héctor Napolitano tocaba melodramáticamente la guitarra a lo Jimy Hendrix y Los Apóstoles hacían sonar los instrumentos entre tanto Jinsop decía I wanna know/have you ever seen the rain. Los Sobre Ruedas, que era el grupo de Cachato, el viejo Icaza y el loco Roberto, cantaban canciones de Los Náufragos, Fórmula V, Los Mitos y Los Tíos Queridos, voy a pintar/ las paredes con tu nombre mi amor/para que sepas/ que te quiero de verdad, o el himno de los borrachos que decía de boliche en boliche/ me gusta la noche/ me gusta el bochinche/ soy un caso perdido/ me meto en el ruido y no puedo parar, o “El extraño de pelo largo” que era una canción casi mística y que describía a los salvajes que llevábamos dentro vagando por las calles/ mirando la gente pasar/ el extraño de pelo largo/ sin preocupaciones va/ hay fuego en su mirada/ y un poco de insatisfacción/ por una mujer que siempre quiso/ y nunca pudo amar. Hasta aquí el decorado auditivo, ahora viene la historia.
Rockolita tomó el micrófono y, a lo Daniel Santos, mirando
fijamente a los músicos, taconeó la pierna y dijo, un, dos, un, dos, tres, yo
no he visto a Linda/ parece mentira.../ yo no he visto a nadie. Nos quedamos
mirando entre todos, casi felices. El Cuervo dijo este Rockolita es un chucha.
Qué hijueputa, acotó Chocoto, y nos dimos un trago de aguardiente. Luego siguió
con un bolero de Alberto Beltrán: Yo no sé/cómo puede la luna brillar/cómo
pueden las aves cantar/si ya no me amas tú. Y luego otro, esta vez de Ismael
Rivera, que dice si te contara mi sufrimiento/ si te dijera la pena tan grande/
que llevo muy dentro/ la triste historia/que noche tras noche/de dolor y pena/
llegó a mi alma/ surgió en mi memoria/como una condena. Y así continuó el resto
de la noche.
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