jueves, 30 de julio de 2026

De La Odisea y una lejana herencia

La Odisea es la compilación de una centenaria tradición oral mediterránea hecha hace más de dos mil quinientos años. Su autor o autores aún son motivo de discusión. Cientos de miles de páginas se han escrito acerca de la bondad e importancia de esta obra, junto a La Ilíada, posiblemente anterior con unos quinientos años. 

Notable para muchos literatos y escritores, no es ajena al gusto popular de Occidente, aún en nuestros días. La Odisea es una obra magna y universal porque permite que de sus aguas beban todos, haciéndola suya de manera directa o por referencias indirectas.

En mis años colegiales me enteré sólo de las líneas generales de su argumento y personajes, acaso un par de pasajes emblemáticos: En el cuarto año de colegio (tres glorias al Eloy Alfaro: gloria, gloria, gloria Eloy Alfaro) tuvimos la visita del llorado Jorge Velasco Mackenzie que nos contó del otro Ulises, el de Joyce, Leopold Bloom, que se amarraba a un barril de cerveza en Dublín para resistir las tentaciones de las damas de la taverna, pues en su corazón se mantenía fiel a Molly (la Penélope de Homero y que canta Serrat a su manera). Fue apenas en la universidad que leí por entero La Odisea en una traducción que aún tengo conmigo, junto a otras ediciones en inglés.

En esos años mi vida era un juego de simulaciones. Así, pasaba a ser no sólo Odiseo (Ulises para los latinos) sino también los romanos que lo heredaron: Cayo Cornelio Tácito, Lucrecio, Cicerón y la no corta gama de poeta satíricos. Cada mujer era una musa y Penélope, Guayaquil era Itaca al regreso de Durán y la vida diaria una obra de Esquilo o Aristófanes. 

Qué fue quedando de ese ciclo vital de lecturas interminables sino "el gusto por los clásicos" y Borges que tanto los amaba. En esa vida de simulaciones y robo de identidades se fue fraguando mi necesidad de salir del país, el afán de recorrer lo que más se pudiera del mundo por años, los años del héroe joven. Todo para entender que el regreso a casa es imposible porque "ya no hay Itacas que existan" (Kavafis). O, como lo diría el abundante y magistral Thomas Wolfe en su novela You can't go back home.  

Qingyuan Weixin, maestro Zen del siglo IX, anota el sentido del aprendizaje a través de ver una montaña y luego vivir esa montaña para luego, al final del proceso, ver otra vez la montaña. Ulises (Odiseo para los griegos) va en busca de su propia montaña, pero cuando termina su aventura, el regreso se verifica como imposible porque el tiempo es irrecuperable. Los sitios quedan, algunos nombres, pocos recuerdos, el afán de gloria o el lamento, pero el tiempo pasado ya no queda. Y eso que ocurrió ya no existe.

A estas epistemologías heredadas de la cultura greco-romana, nuestros ancestros más antiguos (esos que poblaron antes que nadie esta geografía que llamamos Améerica), los asiáticos, miran con cierta ternura y a veces enfado porque notan nuestra necedad de caer en lo mismo, de quejarnos de lo obvio: que el tiempo es "el implacable, el que pasó" (Pablo Milanés).

La sociedad en la que nacimos y crecimos se debe en gran parte a esa cultura, a esa historia que Homero nos cuenta. Pero no somos griegos, ni latinos (ni italianos, aunque sean argentinos, seamos honestos), sino que somos griegos y latinos y africanos y asiáticos y mulatos y mestizos y cholos y zambos y tercerones y cuarterones... Y en esas vertiginosas etnologías el abanico de nuestro ADN señala que eso que llamamos "nuestro" en realidad es un préstamo y una herencia, un plagio y una originalidad, una huella y una aspiración.

Agradezco a ese tiempo y a esa ciudad lejana que se pierde en el sur y el golfo por haberme permitido ser también Odiseo a mi manera. Agradezco a las decenas de cantinas en las que me amarré luchando por ser fiel a las irrecuperables Penélopes de esos años. Agradezco al corto exilio que viví en Quito (la isla de Polifemo con las laderas del Etna) para aprender el arte de la traición, a las calles de Paris que fueron el laberinto deseado en el que fui el Minotauro. Agradezco a los años en Eugene-Oregon, iguales a la isla de Circe, mágicos y diferentes.