A esas aventuras metafísicas, propias de mi edad y condición, le sucedieron varios recuerdos sobre mis encuentros con el mundo de los libros, principalmente las bibliotecas.
El primero ocurre en el colegio Eloy Alfaro. La biblioteca era en realidad un largo salón que tenía libros detrás de una mesa (para impedir el paso de los estudiantes) que se agolpaban en los rincones. Años después de graduarme, en un afán por satisfacer mi curiosa vanidad, con alegría vi que aún tenían la copia de mi tesis de graduación que era, oh sorpresa, sobre el cultivo de camarones, industria en franco despegue en esa época.
El segundo fue quizá más grave: ocurrió en la U. Católica de Guayaquil. Esta vez, los libros ni siquiera estaban a la vista sino guardados celosamente en el sótano. Los estudiantes necesitábamos encontrar en el fichero la información bibliográfica, anotarla y pasarla a alguna de las empleadas que trabajan allí. Pero era el único lugar con aire acondicionado y eso era suficiente para que nos instalrme desde la mañana hasta la hora de cierre. Todos los días, incluyendo sábados.
Mi tercer encuentro con las biblioteca ocurrió en Paris, en la zona 15 (arrondissement) y fue muy grato. Por primera vez en mi vida tuve acceso a los libros en directo. Podía buscarlos, hojearlos, leerlos, amontonarlos con otros en un rincón de la sala y, lo mejor, llevarlos a casa. Ese fue mi primer festival personal de lectura. Extrañamente, ni la bilblioteca universitaria ni las otras de gran fama, me llamaron la atención, quizá porque lo mío fue siempre un asunto personal, o quizá pereza o porque me basta saber que el acceso ya existía no me iba a ser negado, no había que pelearlo ni regatearlo, como los besos que uno se da con su amante: no había necesidad de robo ni tensión.
Mi cuarto encuentro y entrada a las bibliotecas reales continuó brevemente en las de NYC (1988) y la Morris de la Universidad de Carbondale en Illinois (1990) y continuó de manera esplendorosa y a tiempo completo durante mis años en Oregon (1990-1993 y 1995-1998): en la excelente Knight Library.
En esa época, las bibliotecas ya gozaban de las ventajas del internet y los servicios se multiplicaban. Pero, al mismo tiempo, algunas áreas ya no tenían adeptos. Recuerdo iba al tercer piso y en la más grande soledad, leía por días, semanas y meses los gigantes volúmenes de la Biblioteca de Autores Españoles, libros de caballería, crónicas de conquista y teatro del Siglo de Oro. Me veo aún comprando un café para sentarme a devorar libros recién llegados y tomar notas en cuadernos que aún conservo.
Mi encuentro final es menos festivo y ocurre desde 1998, cuando vine a Plattsburgh, New York, a trabajar. La biblioteca Feinbergh se convirtió en lugar de consulta, no de lectura. Mis horas ocurrían ya en mi oficina o en mi casa. Ya era otro hombre, diferente al que 15 atrás años anduvo por las calles de Paris.
Este recuento de biblioteca públicas se opone acaso al personal, en el que las únicas biblioteca reales son las que poco a poco fuimos forjando en casa, en nuestros cuartos, mientras llenábamos las paredes de libros, afiches, discos y revistas. De ellas recuerdo solamente la de Jorge Velasco Mackenzie, que era una idea flotante que plasmaba según se cambiara de casa. Fue la única que conocí y de la cual me beneficié.
En cartas ya perdidas, mi nunca olvidado Fernando Nieto Cadena me confesó varias veces que había perdido su biblioteca en sus cambios de casa. En realidad, habían pasado a nueva dueña. La que dejó en Guayaquil y que fue vendida a un rematador callejero de libros usados, fue parcialmente salvada cuando nos enteramos de semeante crimen literario, pues compramos los libros que pudimos. Al final, de FNC quedaron sus poemas, no los libros que leyó. En mi caso, tres veces he vendido o regalado lo que equivaldría a mi biblioteca personal en Guayaquil.
Por eso, mientras leía a Serraute y pensaba cuáles serían los libros que quemaría conmigo, me dije de pronto la Biblia (que leí por entero hace muchos años) porque, al final, es un asunto mayor eso de cerrar los ojos y no volver a abrirlos, de pensar que uno se va a ver cara a cara con El Que Todo Lo Puede, o simplemente pasar al silencio eterno, ese que existe antes de nacer y no saber nunca más de uno mismo, desaparecer de la tierra.




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