martes, 19 de marzo de 2019

Crónica de viejos asaltos



El primero es más detallado y ocurre en un pasado reciente.
Hace unos cinco años, frente a mi casa en Bellavista, mientras cuidaba a Fabiana y conversaba con Setsuko Hara, noté que en la casa esquinera, aquella de largas palmeras que se pueden ver desde lo bajo de la loma, se detuvo un BMW rojo. Se bajaron tres jóvenes, incluyendo a una chica, mientras otro esperaba al volante. Entraron a la casa por la puerta delantera. Seguí conversando con Setsuko mientras distraía a Fabiana que estaba molesta quizá por el coche o el calor de la tarde, y uno de ellos, robusto y de gorra, salió de la casa, pasó junto a nosotros y siguió hacia la esquina. A los pocos segundos, el BMW rojo partió por la misma. Vi con extrañesa que iba lleno de ropa y un televisor grande. Al minuto salió la dueña gritando me robaron me robaron. Se acercó desesperada y nos contó que habían entrado los ladrones y una chica la había resguardado mientras los otros buscaban el imaginado tesoro. Ella le dijo a la chica eres muy joven para estar en esto, no lo hagas, te vas a arrepentir. Pero la chica no respondió nada. Los otros regresaron preguntando por la caja fuerte. La mujer les dijo nunca tenemos nada aquí, ni dinero ni joyas, nada; además, no hay caja fuerte, pueden revisar todo. Frustrados, la bandita decidió llevarse un televisor, ropa y cualquier cosa de humilde valor. Le contamos a la mujer lo que habíamos visto pero no le interesó.
A los minutos llegó la policía y una comisaria, los guardias privados de la ciudadela y gente del Comité de vivienda. Acordonaron calles, pusieron conos fosforescentes y las patrullas encendieron sus luces. Así estuvieron dos días y dos noches, no sin algunos sobresaltos y falsas alarmas. Los guardias privados estaban molestos porque los acusaban del asalto, la mujer no les había pagado en seis meses y su sobrino armaba escandalosas fiestas con drogas y sexo hasta la mañana siguiente. Varias veces me había tocado lidiar con los fiesteros quienes, oh coincidencia, eran del partido del gobierno y trabajaban en el Registro Civil.
Ni a Setsuko ni a mí, únicos testigos presenciales del robo, nos pregunaron nada. Con el tiempo, la casa fue vendida y así desapareció el ruido. Hacía pocos meses, el dueño de casa, conocido como El Cubano, había muerto. Era un viejo flaco que siempre vestía pantalones cortos y mocasines, muy conversador y directo. Millonario pero se iba a pie hasta su oficina. Millonario y le traían en moto el almuerzo de una fondita sucia y en la misma moto se lo llevaban a la ciudad.
La comisaria, meses después, apareció en todos los diarios y canales de televisión de la ciudad, acusada de desfalco, tráfico de influencias y abuso de autoridad, por lo que perdió su empleo. Me dicen que ahora anda en las cantinas y tiene un programa radial de música salsa. Los nuevos dueños de la casa son gente tranquila.



El segundo asalto tiene lugar a fines de los ochenta.
Día lunes, mañana fresca, rumbo a mi trabajo.
El bus "solo sentados" se desplazaba por el paso a desnivel que está frente al cementerio. Desde el fondo salió un joven bajo, cholo y moreno con cara de amanecido. Se levantó la camisa y sacó una escopeta que parecía arcabuz y comenzó a insultar mientras desvalijaba selectivamente a los pasajeros. Me miró y dijo tranquilo, nada contigo. A una chica que iba adelante: dame esa cadena, y se la arranchó. A otro que iba más adelante: el reloj el reloj hijueputa. Llegado cerca del chofer, lo apuntó con el arcabuz y le dijo para o te pego un tiro. El del volante obedeció. El joven ladrón bajó y caminó en sentido contrario a la ruta del bus. Fin de asalto. Día lunes, mañana fresca.



El tercer asalto es de años antes, pero aún en los ochenta.
Dejamos con El Conde la cantina del mellizo, un veterano colorado, bajito y callado, de los viejos del Cerro Santa Ana, allá por Imbabura, en lo que hoy es el barrio bohemio de Guayaquil. Caminábamos hacia el parque San Agustin a tomar la furgoneta del sur. A la altura de la iglesia, siento una mano agarrándome la camisa. Pensaba que era El Conde ebrio pero, al virarme, vi una pistola que me apuntaba y una voz que decía dame el reloj. El Conde, salido de la embriaguez, reclamó diciendo pero nada de violencia pana, por lo cual se ganó una respectiva puteada con la obvia amenaza y la pistola hacia su cuerpo.
Me saqué el reloj y se lo di. El nocturno ladrón lo tomó sin revisarlo. Se lo guardó, nos apuntó de nuevo y nos despidió con otro insulto. Dimos unos pasos y, al voltearnos para conocer el rumbo del asaltante, éste salió de detrás de una columna, nos miró y nos apuntó con las manos mientras flexionaba sus piernas. Corrimos, nos reímos y montamos la furgoneta rumbo al sur.


El asalto final (que en realidad es el primero en la cronología) debió haber ocurrido hacia fines de los setenta, cuando terminaba el colegio.
Viajaba en uno de esos grandes buses de madera que se mecían como barcos en las calles del viejo Guayaquil. Iba al sur por la García Moreno. A la altura de Gomez Rendón, dos ladrones, al viejo estilo de películas del Oeste, gritaron nadie se mueva, esto es un asalto, y procedieron a desvalijar a los pasajeros, con excepción mía, pues naturalmente era un joven sin dos reales y se me notaba en la cara. A la bajada, noté que un flaco alto, de bigotito, lentes y pelo rizado, se levantó heroico para enfrentar a los malvivientes. Así, al bajar el segundo ladrón del bus con su largo y afilado cuchillo aun en la mano, recibió una buena patada en la nalga de parte del flaco. Sorprendido y casi humillado, mientras el bus partía lentamente, le alcanzo a gritar vas a ver flaco chuchetumadre, yo te conozco.



Los demás asaltos, según dicta el recuerdo, son de bandas desplazándose en el sur, sentados en baldes de camionetas y portando metrallas, robos de ropa tendida en el patio de mi casa, peleas de bravos de barrio y aspirantes de matones, alguna muerte expuesta al público ya sin espanto (lo que quedó del cerebro de una víctima de tránsito, por ejemplo), las caravanas de ladrones que llegaron de toda la ciudad la noche de la explosión de la Shell Gas y extorsiones de profesores que nos obligaban a comprar caramelos en la escuela.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Los patriotas del norte


Ha llegado la nieve, tiempo de refugio interior, las calles blancas y frías obligan a que la vida siga puertas adentro. Algo sí va reflexionando Stevens mientras da vueltas a la pista del gimnasio. Yo lo oigo, camino detrás suyo y no siempre logro entender lo que me dice. Cerca de nosotros pasa corriendo la muchacha de cuerpo esbelto y se pierde rauda en la curva. Más adelante, casi topándoles los talones, la pareja del Sintra azul también conversa, aunque ella luego sigue su camino heroica mientras él se esfuerza en mantener el ritmo. Lo pasamos.
Abajo, en las canchas de basketball, varios grupos juegan tenis. Han puesto las pequeñas redes en el medio y golpean alegremente las pelotas con sus raquetas de madera. Gritan, se emocionan, se desafían, se hacen bromas. Stevens me dice que todos son jubilados, jóvenes aún, enfatiza riéndose. Otra mujer mayor, delgada, pelo rizado y lentes de profesora antigua, nos saluda amablemente, algo le dice a Stevens y sigue a paso rápido. Lleva un blujeans azul y un buzo verde. Paso constante lleva lejos, reflexiono. Stevens me dice que va a descansar un rato, que las piernas aún no se reponen de la operación. Yo sigo. A diferencia de los demás, no oigo música desde mi celular (lujo innecesario) sino desde una radio diminuta que compré en al supermercado. Las noticias van primero. NPR, la radio más decente. Emisión de la BBC de Londres. El mundo sigue igual. El pronóstico del tiempo augura más nieve, una semana de vórtice polar y luego temperaturas altas, las más calientes en 100 años. ¿Habra nieve en Navidad? me pregunto.
Sigo dando vueltas, distraído, acaso mirando a los tenistas desde arriba, imaginando cómo eran de jóvenes, en qué guerra pelearon, si en Vietnam, acaso Corea o Afganistán. Junto a mí pasa veloz un bombero. Hace años lo vi. Luce igual: el mismo bigote, la misma caminada de loco, moviendo los brazos a los costados, como queriendo bailar, la misma barriga pronunciada. No habla con nadie. Como muchos, vive en su propio mundo.
Stevens ha regresado al círculo. Camina esta vez un poco lento. Me dice que habló con su hija, que lo visita más desde que murió su esposa. ¿Y tu esposa? me pregunta repentinamente. En casa, le digo, ella hace sus ejercicios en casa, tiene una máquina. Ah, exclama, y repite lo de siempre: uno de estos días voy por tu casa a saludarlos. ¿Y las niñas? pregunta otra vez. En la escuela, le digo. Quiero seguir a paso más rápido. El corazón puede ser un cazador solitario pero el mío es un ante todo corazón viejo que necesita oxígeno, funcionar mejor no por amores muertos sino cuentas por pagar. Stevens está ahora cansado, se le nota en la cara. Suficiente, me dice. Nos vemos otro días. Nos damos un abrazo y se va.
Sigo dando vueltas en la pista del gimnasio. La muchacha de cuerpo esbelto sigue corriendo. Los viejos tenistas han cambiado de parejas y de canchas, están terminando también esta jornada. La radio del gimnasio siempre tiene música de los 70s, a veces de los 80s. Y en cada canción viene un recuerdo lejano, muy lejano. Se repite en espiral, en vértigo imaginario. Y luego aparece otro recuerdo. ¿Qué hay del presente? ¿Qué hace uno con los recuerdos? Va llegando la hora de terminar la caminata de hoy. Luego, salir a la nieve y al frío. La nieve es hermosa y temible. De pronto, mientras cambio de zapatos y me pongo los abrigos, aparece el sol y entra por los ventanales.
Regresaré el sábado, voy pensando rumbo al carro.  Sábado día de fiesta, cuando hacen torneos y celebran cumpleaños y hay niños corriendo abajo, saltando en las torres y juegos inflables. Sábado de gloria, me voy diciendo camino a casa.

 
 

martes, 8 de enero de 2019

Días y noches de invierno en el trópico (de "Los patriotas del sur")



DÍAS DE INVIERNO EN EL TRÓPICO


          Cuando terminaban las clases empezaba la estación de la lluvia, nuestro invierno tropical, el tiempo inaugural de libertad y un extraño espíritu labrado en medio de los rayos y truenos y el aguacero torrencial que caía en las planicies del sur. Muy temprano en la mañana, sin embargo, toda la Ciudadela entraba en frenesí, pues no había agua y cada uno rompía las tuberías para instalar bombas de succión, lo cual no siempre resultaba en mayor armonía. Si en invierno demoraba la lluvia, las peleas entre familias eran mayores. Otras veces, cuando la mañana venía con una garúa, su frescura se prolongaba hasta casi el mediodía. Y si había lluvia, aprovechábamos para llenar todo lo que pudiese contener agua: cisternas, tanques, baldes, ollas, tazas, cucharas, la boca abierta, todo. La tarde, en cambio, era un infiernillo o la puerta para nuevas lluvias. Cuando sentíamos las primeras gotas sacábamos una pelota de cualquier lado y jugábamos hasta más no poder. Y luego procedíamos a vagar por los lejanos terrenos baldíos que se abrían más allá de las pocas fábricas, mirando hacia el Puerto Marítimo.

            A veces, cuando el clima era más benigno, nos quedábamos jugando partidos de volleyball en la calle, o les quitábamos las cuerdas de saltar a Linda, Brenda, Nina o la Chocota y nos poníamos de pura joda a saltarla a voz de “Monje/ viudo/ soltero/ casado” lo que se transformaba rápidamente en femenino mientras no dejábamos salir de la cuerda al que saltaba. O armábamos orquetas, rifles y pistolas de balsa para tirarnos piedras o lanzar flechas de caña y tapillas de colas.

            El invierno era nuestro y también nos aventurábamos hacia las balseras o hacia la misma ría. Ibamos en medio de la maleza y los árboles que crecían tupidamente, esquivando iguanas y culebras, matando avispas y mosquitos. Un día nos llegó la noticia que el menor de los Santa Cruz se había ahogado. Fuimos todos como en desesperada caravana, saltando troncos y sorteando riachuelos que se formaban con el agua. Cuando llegamos sólo vimos a los hermanos del desaparecido en la orilla. La ría seguía ancha y abruptamente rumbo al océano. Desde allí podíamos ver con temor los pequeños remolinos que se formaban, pues uno de ellos había mandado al fondo al fallecido.

            Era invierno también cuando jugábamos los mejores partidos de fútbol en la canchita que quedaba frente al salón del negro Robledo, detrás de la Sherwin-Williams. O nos poníamos los guantes de béisbol y nos largábamos a batear una pelota que siempre terminaba perdiéndose entre los matorrales. Y era invierno cuando salíamos a recoger residuos de latas en el Guasmo.

           En el invierno también supimos lo que era el amor y la tristeza del amor: Nuestras hermanas crecieron y nuestros irremediables celos también. Yo sacaba a piedra limpia de mi casa a Gorilón, que por esa época andaba husmeando por allí. Por las tardes, como salidas de revistas y programas de televisión, veíamos a Cleotilde Cárcamo, con el vestido ceñido a su espléndido cuerpo, a Maritza Romero y Anabelle Morales, bailando afuera de sus casas. Dejaban el uniforme colegial para volverse hermosas y tiernas a la vez. Y en el invierno también se tejieron sus historias, esas que no conocimos o que percibimos lejanamente y no comentábamos porque eso era traicionar al amigo, al pana del barrio, y es mejor no hablar mal de las mujeres. Y así, mientras todos crecíamos, en vez de encontrar un puente con ellas, lo que encontramos fue más distancia. Buscábamos el amor y tardaba en llegar.

          Poco tiempo después los días de invierno comenzaban a volverse una competencia de quién tenía la mejor bicicleta. A la distancia y con odio veíamos a los aniñados en bicicletas nuevas, patinetas, motos y hasta carros, que pasaban haciendo ruido por la esquina, mientras nosotros seguíamos sembrados en el Cementerio de Autos. Por eso, lo que nos quedaba era el deporte y, en cada campeonato, la oportunidad de romperles las canillas.

          Una vez pasó Ruilova, alias Pelo de Chancho, tiradito a aniñado también, pero sin pinta. Le habían comprado una moto y era la única manera de que lograra levantarse una pelada. Pasaba cada cinco minutos con la maldita moto hasta que una tarde decidimos gritarle su apodo cada vez que pasara. Y así lo hicimos. Al paso de la moto se sumó el grito colectivo de Pelo de Chancho, cosa que, para abreviar, hizo que el pobre se apeara a reclamarnos. Manuelón, que siempre fue bueno para la pelea, lo miró, se le rió en la cara, le dio una patada en la canilla, le pateó la moto y le dijo con calma: “Te puteo, te pateo y te culeo”. A lo cual Pelo de Chancho, simplemente, optó por una vergonzosa aunque sabia retirada.

          A Pelo de Chancho lo sucedió Ladilla, un flaquito que vino del otro lado de la Ciudadela a parar en el barrio. Le decían así porque jodía mucho y siempre, tanto que un día lo amarraron al poste con el pantalón abajo. Eso se le acabó cuando le compraron una moto. Con ella se dedicó a espantar a todo el mundo: transeúntes, vigilantes de tránsito, peloteros. La agarraba, hacía estruendosamente run-run-run y se largaba a buscar que los vigilantes lo persiguieran en un juego en el que los gatos nunca cogían al ratón. Y eso también acabó cuando se enamoró. Al principio andaba con su novia atrás, en la moto, y a alta velocidad se besaban al frente de todo el mundo, como en una película. Y eso también se acabó cuando se hizo más grande y se casó. Fin de Ladilla.


NOCHES DE INVIERNO EN EL TRÓPICO


Cuando terminaba el ciclo escolar empezaba la estación de la lluvia, el invierno del trópico, con sus mosquitos, inundaciones, grillos y humedad aplastante. El combate con la intranquila y extraña noche se iniciaba con el humo de palo santo que cubría los callejones y las casas como una olorosa y cálida niebla. Llegados todos los patriotas del sur a la esquina del Callejón E y la 7ma, decidíamos si apearnos hasta el futbolín de Don Franco, perseguir muchachas que en la noche saldrían a comprar a la tienda mientras nosotros, verdaderos forajidos, iríamos detrás de ellas a la carrera, a manosearlas vilmente como una desbocada piara, o iríamos a esperar que salieran otros a ofrecernos el mismo amor del otro lado de la línea, o veríamos a Trompo Loco, desde la parte baja de una atalaya imaginaria que resultaba la vereda cuando nos agachábamos en la calle.

          Trompo Loco era un muchacho callado, de piel oscura y ojos grandes. Nadie sabía su nombre. Era casi hermético, a diferencia de su hermano que, de cuando en cuando, se paraba a reirse con nosotros. El cholo Cepeda había traído la novedad pero no podía contársela a todo el mundo, so pena de armar un alboroto y perdernos la escena. Callados, Manuelón, Ceviche, Careplato, el Cholo Cepeda y yo, nos íbamos casi a escondidas, al descuido de los demás, a ver a Trompo Loco. Llegados a la esquina de su casa esperábamos pacientemente hasta ver cómo él, sin saberse observado, apagaba las luces y dejaba prendida sólo una lámpara en el piso. Abría los brazos como en crucifixión y daba vueltas y vueltas en el silencio de la noche mientras nosotros veíamos la sombra de sus brazos en el techo y las paredes, como si fuera un helicóptero atrapado en una casa. Maravillados, veíamos riéndonos y codeándonos para no hacer ruido, cómo Trompo Loco giraba y caía derrotado en ese vuelo imaginario y nocturno del cual nosotros también éramos partícipes. Otras noches, más calladas que de costumbre, cuando ya no salía nadie o se empezaba a hacer tarde, nos sentábamos en el balde de la camioneta de Don Absalón, el papá de Pinina.

          La noche siempre callada era interrumpida por Pinina que, de la nada se ponía a cantar, imitando el twist de Rolando La Serie: “Mentirosa/ mentirosa/ si no vuelves conmigo/Di que alguna vez tú sufriste por mí/la mitad de lo que yo sufrí por ti”. Allí, sentados, casi en la oscuridad, nos reíamos de la gente que pasaba mientras les gritábamos apodos, hacíamos cháchara de cualquier cosa y decíamos que las candelillas eran mosquitos con linterna. De repente, nuevamente como de la nada, Pinina abría la boca y voz en cuello se lanzaba una de Ismael Rivera: “La otra noche/cuando pasé por tu casa/sabiendo que allí estabas/te negaste a contestar. Lo escuchábamos hasta que llegaba Don Absalón y nos dejaba quedarnos en el balde y partía rumbo al Guasmo que, por esos años, era sólo un terreno inmenso poblado por iguanas, bichos y culebras que salían del suelo cuarteado de tanto sol y lluvia.

          Siempre me pareció extraño ese viaje, quizá porque no era un viaje de placer sino que iban a recoger al personal de fumigación. Así, dejábamos el territorio patrio e íbamos a otro barrio y luego hasta la Cartonera, ubicada kilómetros adentro del Guasmo. Si el infierno tenía varios caminos, ese por lo menos era uno de sus senderos, territorio de selva oscura, fango y humedad. Don Absalón recogía a dos empleados y ellos se bajaban en silencio, cargando pesados tanques de insecticidas, para salir horas después con lodo hasta las rodillas, terminada la jornada.

          Por la noche hacíamos grandes grupos para jugar a la guerra. O encontrábamos, en terreno neutral, a gente de otro barrio y se armaba la pelea. O buscábamos el mismo amor. No sé si por miedo, inseguridad, rabia o rechazo a los días en que transcurríamos, lo cierto es que tampoco dejábamos pasar cualquier encuentro de bestialismo. Así, cualquier perra, gallina, vaca o burra llevaba las de perder. Quizá nunca habría mencionado esto si no hubiera visto la gran y triste película Padre Padrone, de los hermanos Taviani. Quizá por esa película pude empezar a comprender la brutalidad de lo que yacía debajo de todos nosotros, los patriotas del sur. La violencia diaria era nuestra carta de presentación, nuestros amores negados sólo fueron posibles con amores con el hombre mayor que pasaba en un carro de lujo, un hombre que treinta años más tarde moriría asesinado a puñaladas por el odio de un amante enloquecido.

         En la historia de los amores negados aparece La Caballo, una muchacha que trabajaba en una casa y por las noches salía de compras sólo para encontrarse con uno de nosotros y nos pegaba a la pared a darnos furiosos besos porque, de alguna manera, como nosotros, ella también vivía en la tristeza y la soledad de la adolescencia. El mismo amor también ocurría con el muchacho que quería besarnos y resistía el embate mientras caía la lluvia, como si el cielo mismo estuviera cayéndose a pedazos.

         Son las 8 p.m., llega Mirada de Longo y nos dice que el sastre no le ha entregado el pantalón y que quiere que le demos una piedriza. Sin pensarlo dos veces nos armamos de las susodichas rústicas armas y dejamos el terreno patrio, nuestros callejones. Mirada de Longo entró firme a reclamar su pantalón mientras lo esperábamos en la esquina. Salió al rato con las manos vacías, diciéndonos que no había problema, que le darían el pantalón muy pronto, que ya estaba casi terminado. Pero los patriotas ya estaban armados y el ataque fue inevitable. Así, desde la esquina le dimos al techo del sastre una gloriosa piedriza mientras pegábamos la carrera porque la víctima, un veterano de metro y medio, machete en mano, iniciaba el contra-ataque, una cacería de patriotas, buscándonos por horas de horas por las calles y callejones.

          Es noche nuevamente. La luna llena, grande y amarilla ha salido entre las nubes. El invierno pronto terminará. La luna grande y amarilla es cortada por las nubes como en una escena de Buñuel. La luna grande y amarilla está sobre el río Guayas que, pocos kilómetros más adelante, se abre al Pacífico. Una leve brisa llega del lejano estero. Estamos todos los patriotas sentados en los fierros, bancos y juegos infantiles del parque, callados, hipnotizados mirando la luna, como jaguares en descanso, como adivinando que esa luna ya es nuestra para siempre, así, inmensa y amarilla, como una preñada venus Huancavilca que dora las aguas del río que nos vio crecer.

          Es de noche nuevamente y yo estoy nuevamente con los patriotas del sur.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Dos poemas de Faith Shearin (nacida en North Carolina, 1969)





Padres desaparecidos


Un tiempo después de cumplir los cuarenta años los padres de mi infancia
comenzaron a desaparecer: tenían ataques al corazón
durante las cenas de negocios o mientras cavaban sus palas
en la nieve de finales de abril. Algunos padres empezaban a olvidar cosas:
sus números de teléfono, a qué barrios pertenecían,
a qué casas. Tenían dificultades al respirar
el aire del mundo repentinamente fino, como si viniera
de alguna otra altitud. Se fueron:
los padres que había visto desmontando carros
en los garajes, los padres con trajes
y maletines, los padres que se deslizaban
en los botes de pesca y los
que bebían televisión y cerveza. La mayoría de mis amigos
todavía tenía madres pero los padres
estaban en peligro, luego se extinguieron.
Estaba sorprendida, aunque siempre había sabido
que las mujeres duraban más tiempo; los padres me engañaron
con su dureza; me habían engañado
con su trotar y levantar objetos pesados, engañado
con su fuerza cuando me palmoteaban
en la espalda o me daban la mano. Seguí imaginando
que los volvería a ver: paseando a sus perros
en los caminos cercanos a la casa de mi infancia,
encendiendo cigarros en sus porches, haciéndome de la mano
desde sus canoas mientras esperaba en la orilla.



Cuarentena, 1918

Había pueblos
que sabían de la gripe antes de que
llegara; tuvieron tiempo para imaginar los gérmenes
en las faldas de un extraño, para ver cómo la muerte
podría ser sellada en un sobre,
cómo la fiebre podría florecer en la noche
y segar una vida de la noche a la mañana.
Algunos pueblos, en lo profundo de las montañas,
pusieron guardias en sus caminos,
y a nadie se le permitió ir o venir,
ni siquiera a una abuela cargando un pastel;
ningún correo fue aceptado y todas las palabras
y paquetes que las familias se enviaban
quedaban cerrados,
sin respuesta. Los trenes fueron informados
no pararse, y pasaban alumbrando por un momento
antes de seguir veloces
hacia algún otro lugar. Los alimentos
de la tienda de la esquina nunca vinieron
de afuera y nadie fue
a visitar a una tía lejana
o alguna feria de pueblo. Por un rato, el mundo exterior
existió solo en la imaginación, en la memoria,
en libros o maletas, al fondo de los armarios.
No había nada más que el pueblo,
escondiéndose de lo que fuera posible,
y los niños cortando muñecas
del papel, sus tijeras afiladas.


(más en: http://faithshearin.com/)

martes, 30 de octubre de 2018

Los primeros escritos de Conquista


Grandísimas y extrañísimas son las maldades que allí cometieron aquellos infelices hombres, hijos de la perdición”

(Brevíssima relación)

Colón, en el Memorial de su segundo viaje, cuenta la estafa de la que fue víctima por los escuderos de Granada quienes mostrando buenos caballos para la venta, los cambiaron por otros inútiles, poco antes del envío a América desde Sevilla. “En esto ha habido gran maldad”, dice; luego añade: “son personas que cuando están dolientes o no se les antoja, no quieren que sus caballos sirvan sin ellos mismos (165, en la edición de Austral, copiado por fray Bartolomé de Las Casas). Esta es una de las primeras noticias de tipo de “conquistadores” que llegó al Nuevo Mundo. Colón, en su diario, da noticia también de los amotinamientos, temores y quemimportismo de la tripulación. Un dato que sorprende es el doble registro de distancia recorrida: uno para la tripulación y otro para sí mismo, asegurándose ser el único poseedor del itinerario y la ruta hacia el desconocido continente, y dejando ver que la honradez tampoco era no era su prioridad moral.
El rol de Las Casas, anotador del diario de Colón, es muy importante en la publicación del texto porque se instaura en el incio del proceso de Conquista. Las Casas es testigo presencial y conciencia religiosa leal a los reyes de España. Los  comentarios introductorios dejan ver una actitud testimonial y militante, mientras que en el texto propiamente ya aparecen señales de lo que sería el proceso de dominación y esclavismo de las siguientes décadas, así como la obsesión por encontrar oro. Colón escribe: “esta gente es muy símplice en armas… con cincuenta hombres los tendrá a todos sojuzgados y los hará hacer todo lo que quisiere” (33).
En los Estudio Coloniales, al diario de Colón le suceden dos documentos casi antinómicos: Naufragios de Cabeza de Vaca y Cartas de Hernán Cortéz. En estos se pueden rastrear los puntos de vista e ideología de los narradores y sus diferentes sensibilidades en el proceso de “distribución de las Indias”. En Naufragios, notamos la pérdida y recuperación de la identidad del autor, a través de la experiencia empírica y su percepción de un mundo desconocido del cual, contradictoriamente, asumirá su código cultural. En las Carta, en cambio, notamos la justificación de crímenes desde una irracional imposición de normas imperiales y católicas en contra de los indios para “civilizar” y “cristianizar” a los pueblos invadidos.
La Brevíssima relación de fray Bartolomé de Las Casas se incluye en la modalidad discursiva de debate ideológico. Su trabajo se presenta como un resumen  y balance de actividades de cincuenta años de Conquista. En su escrito quedan descartados los relatos personalistas o grupales de los anteriores cronistas/conquistadores. Su objetivo es conseguir la promulgación de leyes que frenen el genocidio. Su argumento va de lo teológico a lo humanista. Por sus características de estilo, se podría afirmar que la Brevíssima es también un relato reiteraivo del proceso exterminio e imposición de un nuevo orden social (esclavismo, guerrerismo y posteriormente, latifundio) en el cual se negaron los mismos valores religiosos. La estrategia narrativa de Las Casas para apelar a la conciencia de los reyes católicos, quienes debían imponer justicia (como “verdaderos representantes del mandato divino”), incluyen comparaciones y similes de orden cristiano y secular. Hace también referencia al código literario en el cual (y así se inicia el Informe) el rey es comparado con el pastor que debe proteger a las ovejas, es decir: los indios). Para Las Casas, éstos son “gentes pacíficas, humildes y mansas que a nadie ofenden”.
 
La estrategia discursiva del religioso incluye tambiénla descripción detallada, situada en puntos geográficos muy específicos, con ejemplos claros y nombres reales de quienes participaron en los hechos. Los episodios tartan abundamente del  exterminio, que van desde el juego y la burla contra los indios, pasando por tirarlos a los perros para ser devorados, hasta el incendio de pueblos, violaciones, tortura, y quema de personas, así como imposición de la esclavitud y destrucción del ecosistema natural.
El texto también remarca la diferencia logística entre ambos bandos y el empleo de tácticas de atemorización (como el insulto), inclusive en momentos de relativa paz entre los bandos.
El fervor de Las Casas tuvo impacto en la época en que fue publicada su obra. En una lectura actual, muy dificilmente el lector podría olvidar la circunstancia que atraviesan los grupos nativos y el resultado de la llegada de los conquistadores. La obra de Las Casas devela a los españoles (y europeos en general) como falsos cristianos en tierras indias, y los llama “seres diabólicos” que merecen ir al infierno.
En una sutil y rápida alusión a la cultura popular, Las Casas hace también un parelelismo entre el romance español y el mitote americano (areito, en las islas del Caribe) que expresaban sentimientos de pesar, como en el caso de las destrucción de pueblos (94).
A lo largo del texto de Las Casas, el indio ocupa una posición de víctima y es por ello que el autor exige el auxilio de los reyes, pues es la manera en que los sometidos podrán “conocer al Dios Cristiano y servirlo”. El autor, luego de establecer la desigualdad de los grupos, justificará los levantamientos indígenas (136) como resultado del maltrato de los españoles, quienes son descritos así: “y si les cuadra bien a los tales cristianos llamarlos diablos, e si sería más recomendar los indios a los diablos del infierno que en encomendarlos a los cristianos de las Indias”.
De esta manera, el autor hace una distinción entre cristianos de la Corte y el pueblo español, que eran los públicos cuyo apoyo él necesitaba. Su status de  sevidor del rey y cristiano imparcial, darán peso y legitimarán la veracidad de su relato. Así, Las Casas sacará partido para su causa y logrará la promulgación de leyes a favor de los indios. No obstante este triunfo teórico, los siglos posteriores demostraron lo inútil de esta empresa por la falta de aplicación de las nuevas leyes.
 

jueves, 18 de octubre de 2018

Jorge Luis Borges en Guayaquil



Título: “Guayaquil”:  Judíos, argentinos y el fin del nacionalismo criollo


[Publicado en Jorge Luis Borges (1899-1986) as Writer and Social Critic. Gregary J. Racz, editor. Hispanic Literature. Vol 6. The Edwin Mellen Press, Lewiston, 2003. Pages 115-129]
 
[Siempre pensé este ensayo como un homenaje a mis maestros Saul Yurkiévich, Julian Weiss, y a mi hermano Alain Masri. Incluyo ahora también a Beverly Grace]



El título del cuento Guayaquil es tomado de la geografía sudamericana. Guayaquil es la ciudad más poblada del Ecuador y fue escenario del encuentro de Simón Bolívar y San Martín, el 26 de julio de 1822. Estos dos líderes de la independencia se reunieron a puerta cerrada con el fin de discutir las estrategias militares en la etapa final de la lucha contra España, y el camino a seguir de las futuras naciones. Sin embargo, ocurrió algo que los historiadores aún no han explicado convincentemente: San Martín, para sorpresa de todos, dejó a Bolívar como único líder de las fuerzas americanistas, y practicamente desapareció de la escena política. En la actualidad, tanto Simón Bolívar como San Martín son reconocidos como dos pilares de la independencia.

Como es de esperarse, el cuento de Borges no es sobre la real ciudad costeña tropical, aunque sí sobre el encuentro de los héroes que la visitaron. Las referencias a dicha reunión sirven como marco de fondo narrativo que sugiere la repetición del pasado en el presente. Los sucesos de "Guayaquil" ocurren a principios del siglo XX. Se trata de un historiador argentino que debe realizar un viaje para copiar una carta escrita por Bolívar. Al mismo tiempo, otro historiador, el exiliado judío-alemán-argentino Eduardo Zimmermann, disputa y se adueña de la invitación. En la organización de su aparato retórico se encuentra la notable influencia de Schopenhauer. Burlado y frustrado ante esta derrota académica, el historiador argentino decide tomar la pluma para explicarse a sí mismo los dilemas que emergen de su personalidad. Durante el encuentro y conversación de ambos, los lectores asistimos a un juego de relaciones entre dos personajes claramente determinados por sus orígenes raciales, nacionales y culturales, y sólo uno de ellos será el vencedor. “Guayaquil” es la historia del enfrentamiento entre estos dos “intelectuales”, el desarrollo del tono irónico que envuelve su trama y las acciones ocurridas, y el proceso de convencimiento de Zimmermann. Dicho proceso sirve para demostrar la poca importancia de las palabras y de la especulación intelectual frente a la rigurosidad metódica y el peso de los hechos. A un nivel más elaborado, descubrimos que Zimmermann se ha valido también de un hábil flirteo y varias adulaciones personales al argentino. Este ensayo revisa los conceptos de la crítica para entender Guayaquil, y posteriormente, propone ver la disputa de sus personajes como una alegoría de los límites de la intelectualidad criolla latinoamericana y abre interrogantes sobre los constitutivos de la subjetividad masculina de los personajes del cuento.

La crítica borgesiana no ha recibido con mucho entusiasmo El Informe de Brodie, la última colección de ficción de Borges publicada en 1970. Algunos comentarios sobre este libro a duras penas mencionan tres de sus cuentos, incluyendo el que nos ocupa: "Guayaquil". Martin Stabb, por ejemplo, afirma: "one wonders what their fate would have been had they been submitted for publication by an unknown author" (121). Algo similar encontramos en Gene H. Bell-Villada: "Borges fails to demonstrate convincingly how Zimmermann, the short, homely central European emigré, actually succeeds in besting the wealthy scion of a gran old family; simply to say that greater will is at work in insufficient" (260). Tampoco John O. Stark lo incluye en su estudio, puesto que a su juicio no pertenece al tema de la "Literature of Exhaustion" (2). Carter Wheelock y Roberto Ignacio Díaz por su parte hacen un resumen de algunos pormenores del cuento, sobre todo de la errónea información geográfica con la que juega Borges. En esta línea, merece citarse también el trabajo de Daniel Balderston, quien recorre y establece con éxito los nombres propios de lugares, el humor en la información y las violaciones espacio-temporales (115-131). 

Por suerte para el lector del idioma inglés, Emir Rodríguez Monegal y Alastair Reid incluyeron Guayaquil en su libro de divulgación y sugieren ver El Informe de Brodie como una momentánea vuelta al realismo. Quizá bajo esta consideración podríamos entender mejor el rechazo de Borges al nacionalismo exacerbado, que es uno de los ejes que tiende a desconstituirse en Guayaquil. Otros críticos, como David William Foster, no lo descartan de un estudio mayor en el futuro: "El Informe de Brodie [1970] claims to abandon entirely the poetics of the first two collections [Ficciones y El Aleph], but whether this is the case or not must be subject of an independent study" (147). Sin embargo, nuevamente Emir Rodríguez Monegal, uno de los mejores conocedores de Borges, ya en 1978, iba más allá del resumen de la trama y la desilusión de los críticos y señalaba sobre los cuentos de El Informe de Brodie que “these so-called realistic stories are, essentially, similar to the 'magic' ones Borges has been writing since he published the original edition of A Universal History of Infamy (1935). If the writing seems more terse, less baroque, and the use of circumstantial detail more frequent, the point of view has not changed that much” (463). En la misma dirección de lectura sofisticada, Jean Franco, quien tanto le ha dado a nuestra literatura, ve en "Guayaquil" que "Borges specifically relates the renunciation of power by San Martín to the renunciation of authorship in his story" (359) y cómo "At the end of Borge's 'Guayaquil,' the triumphant 'author' burns his manuscript" (378).

Pero es John Sturrock, otro de los estudiosos de Borges, quien comienza a elaborar sobre el encuentro verbal y especulativo de los dos protagonistas, aunque falla al no verlo también como la imposición de una voluntad sobre otra, en un contexto de admiración y fascinación y en una narración que resalta los detalles del cuerpo y la vestimenta masculinos: "The duel between the two historians is nothing so crude as a duel between the Ideal and the Real; it is a duel between different degrees of abstraction" (66). El mismo crítico, más adelante, y en un exceso de optimismo, dice: "It is the narrator who triumphs by telling the story of his own defeat…There is more to be written; his mind is made up and it is the making up of that mind that we have been given to read" (68). Como vemos, Sturrock asume erroneamente que la lectura y escritura de una derrota suponen de alguna manera un triunfo posterior, aunque el narrador-personaje no registra ningún cambio ni deseo de cambio, cuanto detallar la aceptación e interiorización de la derrota y, podríamos adelantar, su estado de sorpresa. Años más tarde, Alicia Borinsky analizó Guayaquil poniéndo énfasis en el tratamiento al personaje judío y la relación entre "the narrator and the ear he addresses" (44). Su aproximación al cuento, que pudo haber ofrecido una lectura más profunda, nos recuerda la tradicional modalidad de la crítica de asumir la existencia de un lector ideal (en realidad, una extensión del crítico), en vez de ver el supuesto apóstrofe como una mera herramienta retórica. En su lectura, Borinsky no da oportunidad para entender al narrador como un ser escindido en su interior, quien es trasladado simultáneamente al mundo de la historia (trama) y al mundo del relato (escritura y reflexión posterior sobre los sucesos). Escisión contradictoria, pues mientras escribir es un ejercicio positivo, el personaje del cuento (el mismo narrador) es básicamente pasivo.

Frente a todo lo dicho (y no dicho) por los comentaristas, fue el mismo Borges quien trató de explicar el descontento, aunque no desde una posición que augure claramente el triunfo de su fina ironía: “I believe there is something that has led me to write stories of another type: being tired of mirrors, of labyrinths, of people who are other people, of games with time…It could be that I'm now in a state of decline…” (Sorrentino 39). A los caprichos de la crítica literaria, que a veces sorprendentemente confunde la reglamentación de la preceptiva con el análisis del arte verbal, es necesario contraponer una actitud más realista y positiva, que tome los productos del proceso de escritura de Borges como una serie de actos dialécticos originados en la cultura de su tiempo y dados al público en los símbolos de su poética, a más de las naturales preocupaciones de índole personal.  
 


Para entender mejor Guayaquil entonces hay que establecer la manera en que la identidad masculina del criollo es seducida y doblegada por la del extranjero Zimmermann, y ver este hecho como una instancia que, a otro nivel, corresponde a la destrucción del criollismo como discurso hegemónico y la épica nacionalista promovidos por el narrador. Zimmermann, gracias al ejercicio de la sospecha crítica, la ironía y el pragmatismo, cuestiona y desmonta la manera de ser, pensar y sentir de su colega. Al mismo tiempo que realizamos esta lectura, debemos recordar los componentes del programa estilístico borgesiano (humor, enciclopedismo, simetría de personajes, circularidad del tiempo) y asumirlos como una visión alegoría política e ideológica de los vaivenes de la intelectualidad latinoamericana en proceso de contsrucción de su identidad.

En Guayaquil, el narrador piensa ilusoriamente que la carta de Bolívar podría cambiar la percepción de la historia nacional, aclarando y reivindicando la figura de San Martín. Para su contrincante, en cambio, la carta es un documento histórico de enorme interés profesional, pero de poca influencia práctica en la vida política actual. Su objetivo es lograr que el narrador le ceda su lugar en el viaje de investigación. Al final, lo hace firmar una carta que había preparado de antemano, en la cual el narrador renuncia oficialmente a su viaje. Es esta carta la que define el tono irónico, teatral y elegíaco del cuento.

Cuando Zimmermann llega a casa del narrador se inicia el diálogo entre ambos. Inmediatamente, nos damos cuenta de que lo que está en juego es la disputa entre dos percepciones diferentes de la historia: la del judío que sale del ghetto versus la del nacionalista criollo. Por ejemplo, mientras el narrador se vanagloria de su pasado familiar de próceres y de su formación libresca, Zimmermann, por el contrario, se describe como un hombre “reducido a mi rincón cartaginés” (445). Mientras el narrador se afana en aumentar la pompa nacionalista para describir la historia de su país con hazañas y documentos, Zimmermann, en cambio, tiene una actitud menos vehemente y duda del estatus de veracidad de las cartas de Bolívar. Para él, la ciudad de Guayaquil es sólo el escenario en el cual fueron emitidas algunas palabras, ahora imposibles de establecer y ser admitidas como pruebas de “la verdad” de sus intenciones. Pero ¿cómo es posible que el narrador, tan firme en sus convicciones, haya perdido la disputa y cedido su lugar a Zimmermann? ¿Cómo es posible que una posición hegemónica o rígida (la del nacionalismo criollo) pueda ser desconstituída? Esto ocurre por el encuentro simultáneo de una necesidad inconsciente de cambio en el narrador (pues su finción como sujeto reflexivo ha llegado a sus límites) y la llegada del agente de cambio, que funciona como estímulo externo. A nivel de las acciones, dicha correspondencia o empatía se verifica en el detallismo visual usado por el narrador para describir los rasgos físicos de Zimmermann, así como por la persuasión retórica de éste sobre su rival. Veamos más de cerca este episodio.

Zimmermann, como buen crítico, tiene un agudo sentido de observación. Así, en vez de apresurarse a polemizar con el argentino, se dedica a observar su casa y, más particularmente, su biblioteca. En ella reconoce los libros de Schopenhauer. Este filósofo le servirá a Zimmermann para elaborar su táctica de persuasión. Dicho plan de activo convencimiento exige también determinada pasividad actorial del judío. Así, Zimmermann, hábilmente se deja observar, actúa con movimientos lentos que atraen y provocan conmiseración irónica en el narrador y lo hacen escribir:

"Yo mismo, con sencillez republicana, le abrí la puerta y lo conduje a mi escritorio particular. Se detuvo a mirar el patio; las baldosas negras y blancas, las dos magnolias y el aljibe suscitaron su verba. Estaba, creo, algo nervioso. Nada singular había en él; contaría con unos cuarenta años y era algo cabezón. Lentes ahumados ocultaban los ojos; alguna vez los dejó sobre la mesa y los retomó. Al saludarnos, comprobé con satisfacción que yo era el más alto, e inmediatamnte me avergoncé de tal satisfacción, ya que no se trataba de un duelo físico ni siquiera moral, sino de una mise au point quizá incómoda. Soy poco o nada observador, pero recuerdo lo que cierto poeta ha llamado, con fealdad que corresponde a lo que define, su torpe aliño indumentario. Veo aún esas prendas de un azul fuerte, con exceso de botones y de bolsillos. Su corbata, advertí, era uno de esos lazos de ilusionista que se ajustan con dos broches elásticos. Llevaba un cartapacio de cuero que presumí lleno de documentos. Usaba un mesurado bigote de corte militar; en el curso del coloquio encendió un cigarro y sentí entonces que había demasiadas cosas en esa cara. Trop meublé, me dije...El hombre daba la impresión de un pasado azaroso". (441-42)

Cuando Zimmermann entra, se pasea lentamente y observa. Su estatura provoca un vergonzoso comentario del narrador, quien también detalla su manera de vestir y especula sobre su rostro de aire “militar” que refuerza sus rasgos masculinos. La frase “torpe aliño indumentario” debería ir en comillas, pues pertenece a Retrato, el conocido poema autobiográfico de Antonio Machado (76-77). En el juego intertextual, tan caro a Borges, la comparación sugiere que la descripción de Zimmermann es también una autodescripción. En breve, Zimmermann inspira condolencia y atención visual. Luego, en un momento de la conversación, hábilmente se deja corregir: “Carga de caballería de Juárez. --De Suárez-- corregí”. Mas, cuando todo ha pasado, el narrador reconocerá: “Sospecho que el error fue deliberado” (442).
 


Zimmermann también utiliza adulaciones humorísticas un tanto excesivas que provocan disgusto en el narrador: “En usted vive el interesante pasado” (442); “Usted es el genuino historiador…Usted lleva la historia en la sangre…Créame, doctor, que lo envidio” (443); “¡Qué erudición! ¡Qué poder de síntesis!…Usted, como el día, abarca el Occidente y el Oriente” (445). En la medida en que progresa la conversación, el narrador nos comunica sus sentimientos de desagrado, pero no de resistencia, a la exagerada alabanza. Luego de las adulaciones y otras expresiones de captatio benevolentiae, el historiador judío inicia una crítica contundente contra los supuestos del narrador: “Que sean [las cartas] de puño y letra de Bolívar--no significa que toda la verdad esté en ellas. Bolívar puede haber querido engañar a su corresponsal o, simplemente, puede haberse engañado. Usted, un historiador, un meditativo, sabe mejor que yo que el misterio está en nosotros mismos, no en las palabras” (444).

Al poner sus pensamientos en su rival, Zimmermann neutraliza una posible defensa y se abre a un sistema de sentencias que describen lo que él está haciendo en esos momentos. Mientras la posición del narrador se basa en el deseo y la creencia de que el pasado puede ser reconstruido a través de las palabras, la posición de Zimmermann, al contrario, se respalda en el esceptisismo de Schopenhauer: “Ah, Schopenhauer, que siempre descreyó de la historia” (442); y luego: “si uno [Bolívar] se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos. Como usted ve, no he olvidado a mi Schopenhauer” (444). Borges, amante de Schopenhauer, pondrá en boca de su personaje lo que él mismo afirmó en una entrevista a María Esther Vásquez: “Bernard Shaw decía que la función de la inteligencia era justificar lo que quería la voluntad, y creo que Schopenhauer dijo lo mismo…Sí, quizá, desgraciadamente, tenga razón. Quizá la inteligencia sólo sirve de instrumento para la voluntad” (108-109). Al final, en un acto de reconocimiento de la dinámica impuesta por Zimmermann, el narrador, conquistado por su colega, afirma: “Ni un desafío ni una burla se dejaba traslucir en esas palabras; eran ya la expresión de una voluntad, que hacía del futuro algo irrevocable como el pasado. Sus argumentos fueron lo de menos; el poder estaba en el hombre, no en la dialéctica” (443).

Mientras el narrador cuenta lo ocurrido, se describe a sí mismo en ese tiempo pretérito, y se ve como un personaje transformado. Al final, se asumirá como “otro”, alguien cambiado por Zimmermann, aunque también llamativamente paralizado, sin querer dar otro paso en ninguna dirección. Lo que prosigue en el cuento es un despliegue de tácticas de discusión que el judío domina muy bien. Se trata de una combinación de debate verbal y virtuosismo filosófico en el que sobresalen las referencias literarias de personajes masculinos y literatura judía y celta.

Hayden White, en su The Historical Text as Literary Artifact nos recuerda una modalidad reflexiva de la historiografía--"to familiarize the unfamiliar"--y establece que "[a]nother way we make sense of a set of events which appears strange, enigmatic, or mysterious in its immediate manifestations is to encode the set in terms of culturally provided categories, such as metaphysical concepts, religious beliefs, or story forms" (398, itálicas mías). En el caso de Guayaquil, el narrador ha optado por la forma literaria del cuento, aunque la dimensión autobiográfica del mismo lo emparenta ipso facto con el capítulo de una vitae, concretamente, con el momento de su caída y los límites de su personalidad. Escribir el cuento de sí mismo le permite divagar imaginativamente, quizá en un afán de disfrutar de la libertad especulativa que promueve la creación artística, en detrimento de su discurso dogmático anterior, o quizá como una deliberada práctica de "metahistoria". Al mismo tiempo, su derrota evidencia el fin del pensamiento ideológico del criollismo nacionalista y, más concretamente, de sus tradiciones familiares, del concepto de lengua y territorio y de su concepción conservadora de la historia como serie de sucesos épicos de personajes representativos.

El conflicto mayor que reviste la escritura del narrador es que testimonia al mismo tiempo la destrucción de sus valores culturales y la pérdida del orgullo personal, pero sin ofrecer un puente, una alternativa que haga digerible y aceptable el nuevo estado. Es lo que Edward Said analiza en términos del conflicto entre “filiación” y “afiliación”, mientras revisa el caso de Auberbach: “The contemporary critical consciousness stands between the temptations represented by two formidable and related powers engaging critical attention. One is the culture to which critics are bound filiatively (by birth, nationality, profession); the other is a method or system acquired affiliatively (by social and political conviction, economic and historical circumstances, voluntary effort and willed deliberation” (619). Para realizar una lectura de Guayaquil desde Said deberíamos preguntarnos: ¿cuál es el nuevo método o sistema que deberá adquirir el narrador-historiador criollo anclado en el pasado? Su estado de espera o inmovilidad se puede ver como un símbolo de la intelectualidad latinoamericana, sobre todo desde fines de los setenta, y también como una forma de decadencia burguesa decimonónica. A un nivel menos evidente, si le conferimos los beneficios de la meditación silenciosa, podríamos entender esta circunstancia como un necesario momento de recapacitación emocional para evitar una nueva "bureaucratization of the imaginative", como lo diría el poco reconocido Kenneth Burke (225-229), o para analizar los entramados de "activations of the ambiguities" y de los "meanings of sentimentality… as a structure of relation", como lo dice Eve Kosofsky Sedgwick (143).

Como sabemos, los personajes borgesianos no son unidimensionales ni duales (buenos vs malos, héroes vs cobardes, criminales vs justicieros) sino contradictorios, complejos y/o complementarios. Zimmermann es un buen ejemplo de esto. No obstante haber sido descrito como “judío” (de Praga) es también argentino (de Buenos Aires) que “habla con incorrección y fluidez” (rasgos negativo y positivo); en Zimmermann “el perceptible acento alemán convivía con un ceceo español” (442), y “el servilismo del hebreo y el servilismo del alemán estaban en su voz” (445). A pesar del antisemitismo de estas afirmaciones, está claro que Zimmermann no es un personaje unívoco, pues Borges unifica la construcción de su identidad en niveles usualmente opuestos. En Guayaquil, el narrador y su invitado, descritos como contrarios al inicio del cuento, al final van a ser similares. Mas, para que la convergencia entre ambos sea posible debe encontrarse un punto común: la obra de Schopenhauer, cuyas obras han sido vistos por Zimmermann en la biblioteca de su huesped.

El narrador, que se ha descrito como un personaje fijo e inmóvil, centrado en sus tradiciones familiares épicas, sin embargo luego confiesa: “En aquel momento sentí que algo estaba ocurriéndonos o, mejor dicho, que ya había ocurrido. De algún modo ya éramos otros. El crepúsculo entraba en la habitación y yo no había encendido las lámparas. Un poco al azar, pregunté: --¿Usted es de Praga, doctor? –Yo era de Praga-- contestó” (444). Y hacia el final del cuento, totalmente vencido por su oponente y subsumido en la victoria del otro, el narrador afirma: “Sentí que nada le costaba darme la razón y adularme, dado que el éxito era suyo” (445).

El tono de sumisión y aceptación del narrador sugiere una forma de entrega y claudicación frente al rival del cual adopta sus sentencias. A través de la seducción visual y retórica, Zimmermann desmoviliza la rigidez de la personalidad (personal y profesional) del historiador criollo. Dada la radicalidad del cambio y una vez recobrada la claridad de pensamiento, el narrador, al final del encuentro, se verá en la necesidad de reconstruir la escena de su derrota, pues allí están los elementos que lo pueden redimir del caos y el anonadamiento. De esta manera, narrar dos acontecimientos--el momento en que fue vencido y la escritura minuciosa de lo ocurrido--es el medio para entenderse mejor a sí mismo, pues, como dice él: “confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó" (440), y tal como lo explica White anteriormente.

De esta lectura de Guayaquil quedan el proceso de persuasión de Zimmermann, su pragmatismo, su astucia e inteligencia para lograr sus objetivos; también “la conciencia infeliz” del frustrado y anonadado narrador, el historiador criollo argentino, su crisis personal y la estructural, envueltas en la caduca ideología del nacionalismo y el criollismo decimonónicos. En este cuento también nos percatamos de las sutilezas del triunfo; los pormenores de antisemitismo y el odio confeso de Borges contra los nazis y sus acólitos (Heidegger, que, en el cuento, es responsable por la expulsión de Zimmermann de Alemania); su amor por Schopenhauer; el juego de los espejos; la repetición del encuentro entre Bolívar y San Martín, y la lección sobre los intrincados laberintos que personajes y lectores debemos recorrer.  Guayaquil es un claro ejemplo de sutil pero demoledora ruptura de mitos personales y nacionales, de las identidades hegemónicas que conforman la parte más triste y peligrosa de la cultura. Y es también un brillante examen de la condición de la intelectualidad latinoamericana, muchas veces atrapada en el reflejo de sus propias palabras.
 


La escritura de los sucesos le permite narrador-personaje explicárselos de manera literaria, es decir, imaginativa. Su trágico estado de aceptación y postración concuerda con la imposibilidad de asumir una nueva identidad, de cruzar el puente entre su pasado criollo y las exigencias del futuro, sobre todo la de adoptar la poco envidiable "position of perpetual marginality" que debe caracterizar al crítico, según Said (604). El paso a una vida "descentralizada" lo incomoda demasiado y le exige una fuerza renovada, una seguridad personal que aún no tiene. Esta encrucijada la vivieron y manifestaron claramente en los años finales de sus vidas los llorados Roland Barthes y Michel Foucault. Este afirmó: "Il vaux mieux une ignorance franche. Je préfère dire que je ne comprends pas, mais que je m'efforce de comprendre, au lieu de donner des explications comme celles qui sont fondées sur l'esprit de l'époque" (163). El primero, también en concordancia con la brillantez, honestidad y opción personal que lo caracterizó, nos dijo: "Chez moi cette revindication de marginalité ne se fait jamais d'une façon glorieuse. Ça essaye de se faire doucement. C'est une marginalité qui conserve des aspects assez courtois, assez tendre--pourquoi pas!--et on ne peut pas lui donner d'etiquette bien définie dans le mouvement actuel des idées" (264).

Contrario a la crítica generalizada que desvaloró Guayaquil según su parecido a otros cuentos del mismo autor, este relato pasará como uno de los momentos más lúcidos de la crítica al criollismo nacionalista y sus herederos. Es, sin duda, uno de los más sorprendentes regalos de Jorge Luis Borges, el maestro de todos y “bibliotecario del universo”.


Obras citadas


Balderston, Daniel. Out of Context: Historical Reference and the Representation of Reality in Borges. Durham: Duke UP, 1993.

Barthes, Roland. Le grain de la voix: Entretiens, 1962-1980. Paris: Seuil, 1981.

Bell-Villada, Gene H. Borges and His Fiction: A Guide to His Mind and Art. Austin: U of Texas P, 1999.
Borges, Jorge Luis. Obras completas. Vol. 2. Buenos Aires: Emecé, 1989.

Borinsky, Alicia. “Lost Homes: Two Jews in Argentina.” Folio: Essays on Foreign Languages and Literature 17 (1987): 40-48.

Burke, Kenneth. Attitudes Toward History. Berkeley: U of California P, 1984.

Díaz, Robert Ignacio. “Borges en `Guayaquil’: Las cosas de la historia.” Revista Hispánica Moderna 50.2 (1997): 315-26.

Franco, Jean. Critical Passions: Selected Essays. Eds. Mary Louise Pratt and Kathleen Newman. Durham: Duke UP, 1999.

Foster, Williams David. "Borges and Structuralism: Toward and Implied Poetics". Noami Lindstrom, Jorge Luis Borges. A Study of The Short Fiction. Boston: Twayne, 1990. [143-152]. [Originalmente publicado en Modern Fiction Studies 19, N3 (1973): 341-351.

Foucault, Michel. Dits et écrits: 1954-1988. Vol. 2. Paris: Gallimard, 1995.

Machado, Antonio. Poesía completas. Madrid: Espasa-Calpe, 1969.

Rodríguez Monegal, Emir. Jorge Luis Borges: A Literary Biography. New York: Dutton, 1978.

Rodríguez Monegal, Emir and Alastair Reid. Borges, A Reader. Selections from Writings of Jorge Luis Borges. New York: Dutton, 1981.

Said, Edward. "Secular Criticism". Critical Theory Since 1965. Ed. Hazard Adams and Leroy Searle. Tallahassee: UP of Florida, 1992. [604-622]

Sedgwick, Eve Kosofsky. Epistemology of The Closet. Berkeley: U of California P, 1990.

Sorrentino, Fernando, ed. Seven Conversations with Jorge Luis Borges. New York: Whitson, 1982.

Stabb, Martin. Borges Revisited. Boston: Twayne, 1991.

Stark, John O. The Literature of Exhaustion: Borges, Nabokov, and Barth. Durham: Duke UP, 1974.

Sturrock, John. Paper Tigers. The Ideal Fictions of Jorge Luis Borges. Oxford: Clarendon P, 1977.

Vásquez, María Esther. Borges, sus días y su tiempo. Buenos Aires: Vergara, 1984.

Wheelock, Carter. “Borges’s `New Prose’.” Jorge Luis Borges. Ed. Harold Bloom. New York: Chelsea: 1986: 105-32.

White, Hayden. “The Historical Text as Literary Artifact.” Critical Theory Since 1965. Ed. Hazard Adams and Leroy Searle. Tallahassee: UP of Florida, 1992. [394-407]
 



 
 
 

 
 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Antes de Todorov ya existían Levinas y muchos otros



[La Conquista de América. El problema del otro, de Tzvetan Todorov, fue un libro que tuvo cierto impacto comercial hace más de tres décadas. Sin embargo, al ser un compendio y no una formulación teórica, reemplazó el esfuerzo intelectual y la complejidad del tema en un contexto de importación de perspectivas y vocabulario critic de Europa a EEUU. Este libro, especie de Wikipedia de esos años, aprovechó la moda del tema del otro y la otredad y la fama de semiólogo del autor, quien hasta esa fecha sabía poco o nada de America Latina. Pero, como ocurre comúnmente en nuestras latitudes, no es el rigor académico el que siempre decide publicaciones cuanto los contactos y amistades con el aparato publicitario. Las lineas siguientes son un recordatorio superficial del arduo camino en la formación de un especialista en el período colonial].





Los conceptos de otro y otredad fueron relativamente nuevos en el siglo XX, pero tuvieron un despliegue considerable en el discus social de occidente desde los años 80. Sin embargo, desde la llamada Edad Clásica (Grecia) ya se hablado del otro (exterior e interior, espirititual y psicológico, racial, étnico, sexualizado) como el diferente. Contradictoriamente, Sócrates, al promover la máxima “ conócete a ti mismo”, hizo la búsqueda del otro como un viaje al interior de nosotros mismos. Siglos después, la iconografía medieval mostró que ese otro era percibido como el diablo, lo fronterizo, el pagano. El Renacimiento español reproduce y desarrolla estas percepciones del otro en su encuentro con el indio, combinadas con las de el bárbaro, el moro, el negro, el judío y la mujer. La literatura emblemática de dicho período (Smith y Covarrubias) muestran la diseminación informativa a través de imágenes de gran peso referencial en la mente popular de la época.

En la España imperial de los Reyes Católicos, Carlos V y los Felipes (hasta terminar en Carlos II) encontramos formulado y discutido, desde diferentes niveles y puntos de vista, lo que hoy llamamos acaso ya de manera ligera: el Otro. Quisiera recordar algunas de esas perspectivas del período de Conquista y Colonización de América y cotejarlas con otras de la actualidad. Para ello, mencionaré la polémica de Las Casas y la Escuela de Salamanca y la identificación de su par correspondiente: el Mismo (Foucault).

Recordemos que el año 1492 es el de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, pero también en de la expulsion de los judíos de España o su conversión al Cristianismo y el de la caída de Granada, último bastión árabe en la Península. De esta manera, se establecen el poder y la hegemonía de Aragón y Castilla sobre España e inmediatamente se da paso a la conceptualización de raza y territorio como conceptos baluartes del proyecto de expansión . El Cristiniamsmo se convierte en la ideología de la (Re) Conquista y la lengua castellana deviene en el idioma oficial del Imperio (Nebrija publica su Gramática Castellana).  La cohesión imperial desarrolla también una alta intolerancia cultural: lo que no encaja es asumido como “extraño”, enemigo,  desalmado o anti-Cristo. 


La experiencia de Las Cruzadas será traslada al proceso de conquistas interna y de ultramar.  Los tópicos retóricos que narran dichas aventuras de dominio y saqueo (y que hoy forman la base de los Estudios Coloniales) muestran la promoción de una visión eurocéntrica y pro-hispánica. A este respecto, han resultado principalmente útiles las herramientas teóricas elaboradas por Derrida (L’écriture de la difference), Levinas (Le temps el t’autre) y Foucault (Les mots et les choses) para dar cuenta de cómo el sujeto dominante Mismo se opone al Otro a través desde su producción cultural, género sexual, espacio geográfico y lengua que habla, luego de arrasar  militar y ecológicamente el territorio conquistado de la  alteridad.

Si en la Retótica, Aristóteles expone un programa ético y moral, Santo Tomás filtra el proyecto del griego en los postulados del Cristianismo. La esclavitud era “natural”, y la justificaba al decir que el esclavo era como un niño que necesitaba autoridad.  Tanto los bárbaros como los paganos hablan otra lengua, viven los por bosques y montañas, no en la urbe (polis), y sus actividades no están reguladas por normas sociales. Ni el bárbaro (medieval) ni el esclavo (de la antiguedad griega) dominaban sus pasiones, no usaban la razón. En términos religiosos, según Santo Tomás, el origen de esta imperfección era spiritual, resultado de su “caída” al desobedecer a Dios y ser expulsado del paraíso.

El bárbaro y el esclavo se oponen al hombre, ese zoom politikon comunitario. Ambos están en la última escala de lo humano y su única diferencia con la bestia es que pueden aprender la razón (Anthony Pagden en su The fall of natural men). La diferencia entre el esclavo/bárbaro y el hombre civilizado y Cristiano va desde la lengua que habla hasta la representación del cuerpo humano, siendo “el hombre” delicado, bien proporcionado, hermoso e inteligente, mientras el bárbaro/esclavo tenía un cuerpo fuerte, apropiado solo para las rudas labores en la naturaleza (44).

Los intelectuales imperiales españoles usaron las mismas categorías antropológicas para hacer una lectura cristiana del Nuevo Mundo, sobre todo desde Aristóteles, y justificar el modo de Conquista. La oposición de Las Casas a Ginés de Sepúlveda, resulta de la sagacidad en el debate canónico y la capacidad argumentativa con dichos fundamentos. Ver al indio americano como otra representación del bárbaro (a veces del mismo diablo), será respondida por Las Casas de manera convincente, puesto que “al ser los indios vasallos de la reina Isabel no se les podía hacer la guerra” (Pagden 31).

Argumentos y contra-argumentos hay muchos. Baste recordar unos pocos: los indios eran salvajes que ejercían un gobierno tirano al que había que destruir, eran incestuosos, vivían todos bajo una sola choza, lo cual incentivaba el libertinaje sexual.  El canibalismo y la sodomía practicada era castigadas con homicidio y negación al derecho de ser enterrado. Por otro lado, tenemos que se reconocia la capacidad de los indios de imitar artefactos (imitatio y mimesis eran conceptos importantes en el Renacimiento), poder cantar música europea, leer y escribir en latín o pintar cuadros, comunicarse con sus semejeantes modulando voces y usando expresiones adecuadas. Igualmente, se daba importancia a que su vida social estuviera marcada por festividades, ceremonias, matrimonios, eventos similares a los europeos. Es más: el mismo hecho de recibir con corte y galas a los europeos (los conquistadores) reflejaba su capacidad de moverse en el espacio social y articular formas de vida ordenadas. La edificación de ciudades, dato importantísimo en esta historia de robo y defensa entre el indio y el europeo, es otro argumento utilizado en su favor, pues Tenochtitlán y el Cuzco, entre otras ciudades, reflejaban un nivel avanzado de desarrollo.


Podemos ver que la asimilación del indio al esquema mental europeo se daba vía comparatio, imitatio y opotitio. El contexto global, la nueva naturaleza, la raza diferente y su organización social fueron los corpus en los que los españoles detallaron la identidad del otro. Este etno-espacio-logocentrismo europeo se va a afianzar según el grado de asimilación de los naturales a las reglas de los usurpadores. Pero ¿Cómo esa otredad filtró las expresiones ideológico-estéticas y culturales de la España imperial? ¿Qué fue lo nuevo y auténtico en ellas?

Emmanuel Levinas, en una charla de fines de los 30s, hablaba en términos de alteridad con estas palabras: “El Otro en tanto Otro no es solo un alter-ego: el Otro es lo que Yo no soy. El otro es tal, no por el caracterr del Otro, o la fisonomía o la psicología, sino por la concentrada alteridad del Otro. El Otro es, por ejemplo, el débil, el pobre, la viuda y el huérfano, mientras yo soy el rico o el poderoso” (El Tiempo, el Otro, 83).

Casi toda aproximación al tema del otro durante el siglo XX se presenta de manera binaria: subordinado/subordinador, débil /fuerte, rico/pobre, blanco/negro (o blanco/indio) europeo/aborigen, hombre/mujer, etc, percibidos desde el centralismo monopolizador. Por ejemplo, Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611 y 1674) al definir Mujer anota:

“Muchas cosas se pudieran decir de esta palabra, pero otros las dicen… lo que yo diré ahora se entiende de las que que huyendo la modesta compostura de su obligación, viven con desahogo, afloxando las riendas a su natural, para que corra libre, desbocado hasta precipitarse… Esto presupuesto digo con San Máximo que la mala es tormento de la casa, naufragio del hombre, embarazado del sosiego, cautiverio de la vida, daño continuo, guerra voluntaria, fiera doméstica, disfrazado de veneno y mal necesario”.



La descripción negativa de Covarrubias refleja la actitud predominante en su época (cuya herencia se multiplica en estos años de femicidios, neo-fascismo, corrupción, narco-tráfico, inmigracion descontrolada y caos global). De esta manera, desde el pensamiento centralista de la metropolis, se articula la alteridad de la mujer, junto a la del habitante del Nuevo Mundo. En su entrada de Otro, Covarrubias dice: “…vale tanto como segundo, porque ha de preceder uno”. Luego, en su entrada de Negro, incluye: “… opuesto al blanco. Es color infausta y triste, y como tal, usamos desta palabra, diciendo: negra ventura, negra vida, etc. Proverbio: ‘Aunque negro, gente somos’; no se ha de despreciar a nadie por humilde que sea.” Para Negra: “la mujer negra. Proverbio: ‘Callar como negra en baño’; en baño entran todos sin luz, assi no se puede distinguir cuáles son negros o blancos, si ellos no se descubren hablando”.

A estas entradas, se pueden añadir otras, como la de Afeminado (la edición facsímil del Tesoro de Covarrubias es libre acceso en internet) que permitirán renovadas lecturas de diversas formas de otredad colonial, así como su comparación con sus expresiones actualizadas en la cultura popular y el folklore en América Latina. De la misma manera, cualquier estudioso del teatro del Siglo de Oro estará de plácemes por las abundantísimas referencias a todas estas formas de identidad, de enorme peso actual. Por lo pronto, remito al lector al necesario libro de Oleh Manbur, The Wild Man in the Spanish Renaissance and Golden Age Theater.
 
En un segundo momento de este recuento bibliográfico, creo apropiado incluir a Michel Foucault quien, en su Las palabras y las cosas, anotaba que historia del orden  sería la historia del Mismo, de su hegemonía identitaria, como se verifica en la manipulación de la leyes, la historia como suma de hechos recopilados, ocultados, segmentados o reorientados a conveniencia de los dueños de paísesm etc. Criterios como la verdad, lo correcto, lo necesario, son fundamentos de un discurso civil que al final está a la disposición de quienes detendan el poder (y hay que ver lo que han hecho los supuestos defensores del socialismo con ese poder, desde la llegada de Chávez hasta hoy, días del ascenso del fascismo a nivel mundial).

Como siempre, toda discusión social debe ser contextualizada y aceptar la fluidez de los procesos humanos, pues ocurre a veces que nos enteramos que somos el Otro solo porque entramos en contacto con el Mismo, y vice versa: cuando pasamos de ser sujetos para volvernos objetos, o cuando el sujeto sale de su prisión racional cartesiana para aceptar otras formas de conocimiento, tal como lo entrevió Lévi Strauss al final de su El pensamiento salvaje.