sábado, 24 de septiembre de 2016

LOS 3 LIBROS DEL CHOLO CEPEDA (de libre acceso)

https://www.academia.edu/28679670/EL_CHOLO_CEPEDA_DETECTIVE_PRIVADO

https://www.academia.edu/28679711/Otras_aventuras_del_cholo_Cepeda_Si_es_que_te_queda_cari%C3%B1o_Guayaquil_Imaginaria_2004_Ponte_duro

https://www.academia.edu/28679744/EL_REGRESO_DEL_CHOLO_CEPEDA

miércoles, 17 de agosto de 2016

Sonido y música en la literatura ecuatoriana

David Toop es un autor que estudia el sonido y la música en la cultura popular desde el arte pictórico, literario y cinematográfico. Su "Ocean of Sound. Aether Talk, Ambient Sound and Imaginary World" y "Sinister Resonance. The Medium of the Listener" contienen exploraciones, análisis y sugerencias del diálogo entre la historia del sonido, su física y estructura en la vida diaria del presente o del pasado. No trabaja con tesis directas sino con un conjunto de ideas que se redefinen en cada objeto que analiza.



A puertas de mi curso de "Cultura latinoamericana a través de su música" (conozco el material, lo he enseñado antes tanto en EEUU como en Ecuador) y de una siempre necesaria actualización informativa o renovación de contenido, pienso que el trabajo de Toop servirá para generar una buena discusión. Paralelamente, como siempre me ocurre, cotejo la validez práctica de lo que leo con la literatura ecuatoriana y, acaso, con la de otros países.

En este recordatorio debo partir de la herencia pre-hispánica, de la cual tenemos sólo vestigios materiales (que serían altamente estimados por el Michel Foucault de "Arqueología del saber" e incluso el Léevi Strauss de "Tristes Trópicos"), acaso una lengua hegemónica llegada de Bolivia y Perú, y las decenas que aún se hablan en la Amazonía junto a la de los Sáchilas (Tsáfiqui).

Sobre esta última: hace muchos años usé una antología de relatos orales que editó el Banco Central de Ecuador, en la cual el mundo del sonido era perfectamente descrito como "paisaje" o "ambiente", aunque tirando a protagonismo porque en la selva y el campo todo es sonido. Sonidos que van del rumor del viento al mecer las ramas, de algún animal que salta o llega a su destino, de alguna fruta que cae a las breves olas del río o el torrente del mar (Costa Huancavilca aquí). De hecho, el sonido sibilante de la selva crea expectativas en los personales de los relatos, temores, tensiones narrativas. Así lo podemos confirmar en las crónicas de Conquista y Colonia que, si acaso ocurren en la urbe, van a añadir las voces de la naciente pre-Modernidad: los gritos en la plaza del pueblo, el galope de los caballos en rodeos y corridas de toros, el regateo en los mercados y ferias semanales, el agua que es echada en los recipientes para ser bebida, bañarse o limpiar enseres.

En la urbe latinoamericana y ecuatoriana, tan apegada al campo y su historia, los sonidos se funden y devienen en música, en las abundantes descripciones de sonidos y música de la "Generación del 30" que continuan las menciones del siglo XIX de los cronistas urbanos, poetas y periodistas (ya he escrito sobre algunos de ellos en este mismo blog) con sus fandangos, fiestas de pueblo y reuniones de salones.

Luego de la "Generación del 30" (que tanto le dio a Ecuador y al mundo), luego de logros como (años 70s) la "Sinfonía de los antepasados" (Hugo Salazar), en "El funeral de los pájaros" (León Hi Fong) o "Cuadernos de Bantú" del gran Agustín Vulgarín, en Guayaquil la música será asumida como fuerza identitaria urbana y porteña tropical, gracias al Grupo "Sicoseo": Fernando Nieto Cadena a la cabeza, seguido por el llorado Fernando Artieda y el negro riobambeño más guayaquileño que hay: Edwin Ulloa. Junto a ellos, otros que nos han dejado sus obras con música gravitando las acciones o como componente esencial (para configurar el "cronotopo" de Bajtin) son: Hipólito Alvarado en sus poemas (recuerdo la descripción sonora del chorro de orine de un niño en un poema que tradujismo y publicamos en EEUU), Carlos Béjar Portilla o Carlos Eduardo Jaramillo (que tanto ha poetizado el jazz), entre otros.

Este uso del sonido natural o artificial en la literatura ecuatoriana -que incluye obras con serenatas, bandas de pueblo, amorfinos, valses, pasacalles y pasillos- luego será usado frontalmente por algunos escritores que titulan sus obras con nombres de canciones famosas, o parafrasean sus letras, usualmente románticas, para describir el sentimentalismo de sus personajes. Para ese momento, entrados en los 80s, los escritores del centralismo quiteño ya habrán dejado su conocido provincianismo  intelectual y aprendido la lección de que toda cultura popular es musical, y que todo pueblo origina a sus grandes autores: Tolstoi, Dostoievsky, Kafta, Joyce, The Lost Generation, Borges, Cortázar, Lezama Lima, etc, (recuerdo a Jaime Guevara cantando en una plaza del Quito colonial y a un viejo bailando que daba gusto, y vagamente un cuento largo con titulo copiado, escrito por Raúl Pérez). ¿Y los que vinieron después?



Los nuevos escritores que deben su estilo y poética al nuevo siglo, dejarán de lado esa herencia o la abordarán directamente desde su condición de clase (burgueses que leen o entienden el inglés) y, como es lógico, crearán o se moverán en una nueva epistomología, propia del post-colonialismo, el post-modernismo. Y esa es una historia que, a mi edad, la puedo comparar con mucho escepticismo con el espíritu de rebeldía propio de los 60's y 70's y la cultura mundial de esos años (hippies, Vietnam, anti-imperialismo, Guerra Fría, anti-colonialismo). Sin embargo, sus bases mismas me son ajenas: poco sé del reguetón o la salsa-choque. Veo más un juego de máscaras para proyectarse como expertos en algo que no conocen, en el auto-bombo y la improvisación. No veo música de ellos, asumida, definitoria, cuanto apropiación de un pasado que quieren afanosamente remozar.

En mi afán de reflexionar como simple lector (o simple profesor) desde los libros de David Toop, y buscando una mayor sofisticación temática e imaginativa, propongo incluir en cualquier discusión o investigación sobre literatura ecuatoriana, temas como:

1- La poética del silencio (cuando los personajes callan pero dicen mucho)
2- La poética de los sonidos naturales en la "Generación del 30"
3- Momentos de espionaje versus escuchar algo "por accidente"
4- Oralidad como musicalidad y sus efectos (cuando se dicen amorfinos y se cantan pasillos: ¿Qué ocurre?)
5- Sonido social en la literatura ecuatoriana (gritos de protestas, quejas, insultos, discursos, chistes y burlas)



Mis primeras clases partirán también de algunos cuadros que David Troop menciona o analiza en sus libros, y otros que creo necesarios, pues, obviamente, así como en la literatura, el sonido y la música existen en la pintura. A abrir archivos se ha dicho:

https://silverandexact.files.wordpress.com/2013/04/hoogstraten-peepshow.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/9e/Samuel_van_Hoogstraten_002.jpg
http://file1.npage.de/002740/52/bilder/55.91_mann_und_kind_am_fenster_hohe_aufloesung.jpg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/736x/3c/d9/5c/3cd95c961a526ac5a432fa9c85e2d7f7.jpg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/236x/8c/9a/84/8c9a849279e14fcdcce8a9bb09c008b5.jpg
http://media.paperblog.fr/i/627/6273732/dimanche-musee-n147-samuel-van-hoogstraten-L-z3pS7h.jpeg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/564x/c2/91/93/c291931ef15e82a8f87a798d6e8e3c13.jpg
http://pds.exblog.jp/pds/1/200602/13/76/d0029076_2134784.jpg
http://www.abcgallery.com/G/goya/goya104.JPG
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjaANaiPU6_C2xy1RzDPArJoUwF40SYJU_thp_DqeD22njef8sDyZIiozuGzwlDElrishawGdQ_qsH5sbx9TGXs7N10vJ1Ekm2sCexrOPGgUO9UbHoMC71sq-KUB_oBrmiNQlciSdL7S3nC/s400/sirena+con+charango+lado+izquierdo,+detalle.jpg
http://pacoweb.net/Musicologia/FotosMusicolo/FiestaConti.gif
http://cfsworldmusic.wikispaces.com/file/view/MayanMusic.gif/40103266/MayanMusic.gif
http://www.pd4pic.com/images/piano-keyboard-instrument-damage-damaged-broken.jpg
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http://ayay.co.uk/backgrounds/paintings/marcel_duchamp/sonata.jpg









viernes, 5 de agosto de 2016

La desconocida literatura colonial ecuatoriana: de Gaspar de Villarroel a Asunción Lavrin

Como muchas cosas, a mi edad el recuerdo es el mejor, acaso único archivo para la recuperación del pasado. En este punteado, abrevio lo relacionado con la literatura colonial ecuatoriana, esa que va del siglo XVII (luego del período de "Conquista y Pacificación", asi dicen los estudiosos) hasta principios del XIX.


Se ha escrito realmente muy poco de los autores coloniales, acaso una mención colegial, vías clases de literatura, de las "Décimas a Guayaquil y Quito" de Juan Bautista Aguirre, a lo mejor unas líneas sobre el padre Juan de Velasco y su "Historia", los datos clichés sobre Eugenio Espejo y raras menciones de Pedro Vicente Maldonado. Todo esto circunscrito a datos biográficos y quizá rasgos de estilo, pero nunca, jamás adentrados en sus textos propiamente, en lo que escribieron. Más historiografía y biografismo que estudio serio de los originales.
La educación universitaria, en este aspecto, no fue superior a la colegial: de hecho, no recuerdo haberme familiarizado con la prosa de esos autores. Solo luego de dejar la universidad pude conocerlos, y descubrir curiosidades y falencias del período. Recuerdo que hacia 1980 tuve en mis manos el voluminoso tomo de Gaspar de Villarroel, parte de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima, publicada en Puebla (México) y prácticamente inexistente en Ecuador. El mismo libro volvería a revisarlo años más tarde, en la Universidad de Oregon, mientras devoraba crónicas de Conquista, de la fabulosa Biblioteca de Autores Españoles (BAE) y me adentraba con fervor en el período colonial. Pocos años antes, como buen latinoamericano europeísta, pensaba que lo mío era o había sido la literatura de la Edad Media, hasta que llegué a Paris y me di cuenta de que mi Edad Media era, en realidad, el período colonial de mi geografía.
Desde los años de Oregon (90-93 y 95-98) hasta la fecha, he leído lo necesario para tener una buena comprensión de este fascinante bloque de historia y cultura. Sin embargo, en el caso de Ecuador queda como lamentable la falta de conocimiento, actualización y dedicación al tema. Veamos.
Hay poquísima producción erudita y confiable sobre esos autores: no se conocen sus convenciones, no se entiende "el idioma español" de esos siglos ni sus variaciones, no se estudia en relación a la tradición medieval (de la cual depende), y se repiten ideas manidas, superficiales, superadas en otros países (como aquella de que Espejo era periodista y mestizo, como si ahí acabara el asunto; o que Juan Bautista Aguirre reprodujo el odio por el centralismo (yoquitocentrismo) de sus años. Acaso un par de "historias" de la literatura ecuatoriana merezcan ser consultadas con esceptiscismo, dada el sectarismo de sus autores, pues padecen de "andinismo" y de una limitadísima consulta a fuentes originales o comparación con otras investigaciones. Pero esos fueron y son los estudiosos del vigente "canon" ecuatoriano, y no queda otra que consultarlos.
Paralelo a esta frustrante circunstancia intelectual e investigativa, no se diga profesional e idológica, no existe un interés por conocer la literatura colonial ecuatoriana, y se sigue pecando de los mismos errores: eso de creer que Quito es el centro del país y hasta de la región se lo han tomado en serio, yse  ha cerrado todo espacio de diversificación de autores y perspectivas diferentes. Por ejemplo, la lamentable Historia de Ayala ni siquiera incluye a las mujeres religiosas-escritoras coloniales (he insistido bastante en este punto): Gertrudis de San Ildefonso, Catalina de Jesus Herrera y Madre Antonia Lucia Maldonado, esta dos últimas de Guayaquil.


Pero tampoco hay, en la investigación literaria, nombres de nuevos autores, análisis diferentes de los consagrados, ni inclusión de nuevos materiales, como los que se encuentran en actas y archivos de parroquias, sedes religiosas o cabildos, no se diga en los Archivos de Indias. De hecho, ese mundo ha quedado relegado solo a algunos historiadores, gracias a sus relaciones personales -siempre más pragmáticos que los literatos- y que han realizado excelentes publicaciones sobre relaciones humanas en la vida diaria.
A este grave error se añade la ausencia de teoría social contemporánea y post-estructuralista o la falta de manejo diestro y sentido común (para mejorar la comprensión, no entorpecerla), acompañadas del uso de fuentes secundarias o conceptos mal traducidos: es comun ver que citan a un autor de EEUU o Europa desde un ensayo escrito en países como Chile, Argentina o México, algo vergonzoso desde el punto de vista del prestigio intelectual que quiere enarbolar excelencia académica. Y también se debe añadir lo opuesto: la suplantación del análisis por una verborrea tremenda y vacía basada en en juego de palabras o conceptismos que nadie entiende. El mejor ejemplo es un suplemento lamentable -publicado con la venia del gobierno de Rafael Correa, llamado Cartón piedra del diario El Telégrafo- que es verdadero campo de batalla de autores de poca formación que compiten entre ellos por demostrar quién dice las cosas de manera más confusa (concurso en el que todos ganan).
Finalmente, como otra característica de este irreparable olvido de la literatura colonial, añado la ausencia de temas actualizados, de importancia social y política para el Ecuador (y región del Pacífico) de hoy. Olvido entendible, contradictoriamente, porque ¿cómo se puede escribir de manera actualizada sobre algo que no se ha leído?


Hace cuarenta años aparecieron los tomitos de Clásicos Ariel en Ecuador. Uno de ellos, el 97, es una selección del Gobierno Eclasiástico-Pacífico de Gaspar de Villarroel. Lo he leído con afecto y entusiasmo y recordado la hermosa Silva Varia del judío español Pero Mexía, un autor que augura la Modernidad en las letras del Siglo de Oro. Anoto abajo algunos temas que quizá interesen al desocupado:

1- Estilo picaresco y mensaje conservador,
2- Costumbres de la vida diaria y modernidad
3- Historia de la moda (como el Sartus Resartus de Carlyle, tan elogiado por Borges)
4- Historia del corte de pelo (abundante información sobre por qué los hombres usan el pelo largo)
5- Misoginia y el rol de las criadas
6- ¿A favor o en contra de los toros?
7- La dieta y el consumo de grasa
8- Tema recurrente en la Colonia: El peligro de las Comedias
9- La escritura autobiográfica versus las confesiones personales
10- Las relaciones del confesor y la confesada.

Sobre este último tema, quien más y mejor ha trabajado es mi maestra, amiga y madre intelectual, la historiadora Asunción Lavrin (Sor Asunción), en su último mensaje, al comentarle sobre la edad de los obispos para confesar -tema que elabora Villarroel- ella anota lo siguiente:

"En cuanto a lo referido arriba sobre el obispo y las mujeres que se querían confesar con él -es histórico, aunque los obispos RARAMENTE confesaban. Tenían otras cosas que hacer. Los que confesaban a diario eran los del clero y los frailes que tenían derecho a hacerlo. En cuanto a las mujeres y los confesores, hay dos tipos: 
1. Las que se horrorizaban (escandalizaban es la palabra inquisitorial)
2. Las que iban a conversar con el confesor pretendiendo estar confesándonse. Entre esas estaban aquéllas que eran unos flirts y otras que de veras se erotizaban con el hombre...Y no era un caso de la mujer estar embelesada -era que él tenía sus artes para embelesarlas. Lo que ha recogido el cuestionario histórico de la Inquisición en los casos de solicitacion ad turpia es increíble--detallado y sin sacar nada. No te lo puedo contar todo, pero algo quedará en el capítulo, que es solo un sumario de la realidad. Me he pasado meses leyendo estos testimonios y cada uno de ellos es un cuadro diferente de la realidad. Los veo como scripts de novelas de TV o aún películas. La historia es fascinante por su realidad, pero de esa realidad se salta muy libremente a la imaginación. No hay ficción. La ficción es una evolución de la realidad.
Respecto a eso de los 40 años, es parcialmetne verdadero. No creo que hubo un número fijo -pero había que prepararse y ser maduro para poder manejar los "pecados" de toda la humanidad con discreción y juicio. Así que se preferían hombres que se suponía habían ya pasado del verdor jugoso de la juventud -fisica e intelectualmente.
Sin embargo, eso era un ideal. NADIE es perfecto y lamentablemente hubo muchos confesores que distaron mucho de ser juiciosos, equitativos, benignos jueces del resto de la humanidad.  Las solicitaciones muestran que algunos siguieron siendo tentados por la carne y no solo tentados sino arrastrados.
El problema radica en la imposición del celibato a los religiosos. Es ir contra la corriente y, francamente, se condenaban a esos hombres a vivir sin el calor del amor -y hablo de amor en general, no solamente de una mujer. Vivían entre hombres, se les enseñaba a odiar a las mujeres, a huir de ellas, y verter todo su "amor" en una virgen pura e inalcanzable. Y, mientras vivían en este mundo, caminaban por un camino erizado de contradicciones sin ninguna conexión humana que pudiera humanizarlos sentimentalmente. Y, ¿qué es la vida sin sentimientos? Un yermo." (fin de la hermosa cita de Asunción).



Es lamentable que un período tan rico como el colonial no sea atendido con seriedad y conocimiento por los críticos literarios, lástima que no se lo enseñe en escuelas y colegios, que no se lo conozca ni se sepa cómo leerlo. Siglos de cultura olvidados por la docta ignorancia.


lunes, 25 de julio de 2016

"Artículos de costumbre" de José Modesto Espinosa

Mi interés por lecturas y autores, en estos años, es de puro gusto estético y curiosidad bibliográfica, pero defiendo la necesidad de que se los tome en serio, pues son parte de la gran literatura ecuatoriana, esa que aun no se lee ni se conoce. Como tantos otros, este autor y su libro jamás fueron tema de estudio en las aulas colegiales o universitarias, lo cual los convierte en una gran pérdida letrada.

Empecemos con una pregunta: ¿Para qué sirve estudiar el siglo XIX? Para encontrarle sentido y detalle al presente, sobre todo en América Latina, en donde el presente es un reflejo de la economía y los moralismos del pasado. La obra de Espinosa se encuadra en una reconstrucción parcial de la naciente cultura urbana y su interacción con el campo y sus manifestaciones existenciales, sobre todo en la verbalización del entramado cultural del agro y en el accidentado y duro cambio de mentalidad de un espacio a otro.


El libro de Espinosa es una caja de reveladoras sorpresas: una recopilación de crónicas periodísticas que nos llevan de la mano por variados temas, y nos asoman a la vida del siglo independentista, tan entreverado como reaccionario. Veamos sus textos.

El primero se llama "El Censo" y es una obrita de tres páginas con ágiles diálogos picarescos sobre la situación familiar y guarda mucha similitud con la pieza del mismo nombre de Emilio Carballido. La coincidencia se fortalece al recordar que México (país de Carballido) es la cuna del periodismo social libertario y que el famoso "Periquillo Sarniento" se nutre de la picaresca española y la adapta a los nuevos tiempos, a la vez que irradia su influencia en los confines hispanoamericanos.

El segundo texto, "Corpus", es una carta de tono directo y apostrofado para invitar a los turistas a la fiesta religiosa y a leer un cuadro de costumbres, delicioso para cualquier investigador de cultura popular: "Pero todavía no hay cosa mejor, y son unos como castillos de frutas, repollos, calabazas, cuyes, y pequeños moharraches de barro. ¿Y esto para qué? dirás tú que no lo has visto, ¿Pues para qué había se ser, sino para solemnizar el Corpus, haciendo que hasta lo más inerte manifestase un espíritu religioso? Además que esta antigua costumbre es causa de regocijo, porque estando en la plaza la Majestad, comienzan los pleitos de los mozos por tomar vez para subir a los castillos; subes los más ágiles y diestros..." (31).

Dado el éxito del género epistolar en el periodismo decimonónico ensayado por Espinosa, se puede concluir que este autor funda un estilo de disfrute diletante y romántico que se desarrollará años después en la pluma de José Antonio Campos, Adolfo H. Simmons y Manuel J. Calle, y con fuerza en la poesía del ignorado Abel Romeo Castillo. Así, encontramos sus: "Al señor don Saturnino de no sé qué- Ambato", "Camino carretero" (indispensable para la documentación de la historia del regionalismo y del centralismo en Ecuador, y gran tema de análisis para cualqier interesado), "Ya no se afeita (carta de Bonifacio a su amigo Rudecindo)", "Otro quemado (carta de Bonifacio a Rudecindo)", "Las literatas (Respuesta de Rudecindo a su amigo Bonifacio)" (ejemplar en el rastreo de la lucha de los sexos), "Reivindicaciones (carta de Rudecindo a los señores redactores de La Verdad)", "A la señora Verónica C. (respuesta de Bonifacio)", "Al señor director de La Revista Literaria", "Hijos de la reina (a Pepe Tijeras)" y "Observación filológica (al señor doctor don Honorato Vásquez)". Para Espinosa, cada carta una excusa para tratar los temas de su época, con tono de burla y punto de vista conservador, como era tradicional en su época.

No obstante la agilidad de su escritura, hay momentos en que Espinosa cede su talento a la diatriba política y, aunque nunca deja de ser un autor que vale la pena promover, se esfuerza más en rechazar e imponer que en elaborar un discurso alternativo, como habría sido ideal en un pensador independiente. Tal caida se afirma en su "Propuesta de matrimonio", las fascinantes "Memorias del niño Santiago Birbiqui", "Sí y no" (importante texto sobre el porqué se escribe)", "Toros", "Policías" "Población", entre otros.

Muchas son las maneras de analizar un texto. Cuando optamos por una de ellas eliminamos otras (tal es el pago por elegir), a lo mejor mucho mejores. Este riesgo de lector principiante que nunca he perdido, me permite optar hoy por ser un poco libresco y menos personal que de costumbre, pues me interesa más que se oigan las palabras originales y menos mis paráfrasis o alabanzas. A este respecto, lamento no tener el tiempo ni los medios para escanear libros que me gustan, como éste, y madarlos al viento muerto del internet para que algún cibernauta se interese. Y, lamentablemente, la pereza de copiar todo mata el deseo.



Añado otro nombre no muy lejano a la Historia de la Negación Ecuatoriana y a mis afanes lectoriles: Alberto Borges, el español de Ecuavisa que deslumbró a sus pocos lectores en las páginas dominicales de El Telégrafo, cuando ahí publicaban los que sabían escribir. Hace muchos años ya de eso.




martes, 5 de julio de 2016

Para no olvidar a Guayaquil

Dos sueños iniciaron mi recaída:

El primero ocurrió hace más de tres meses.

Caminamos tomados de la mano hacia el cine. La mañana terminaba y había sol por todas partes, era sábado. La puerta parecía la entrada a un parque de diversiones. El boletero era Cristóbal Garcés, uno de mis profesores de literatura en el Alfaro. Al vernos le presenté a mi compañía, una mujer del pasado. Entramos, nos sentamos y empezó la película. Luego ella se levantó y no regresó. Ese asiento vacío fue ocupado por un joven que tomó mi mano. Tan pronto como se dieron cuenta de eso, los guardianes se lo llevaron. Mientras lo alejaban en la oscuridad noté que llevaba una herida en la cabeza. Luego una mujer joven, rubia y hermosa, se sentó a mi lado. Me tomó también de la mano y así nos quedamos. Juntó su cabeza y olí la fragancia de su pelo hasta el leve despertar.

El segundo sueño tuvo lugar hace dos noches.

Camino nuevamente un alegre sábado por la mañana. Estoy en la zona de Rumichaca y Aguirre, en donde vendían discos de vinil en medio de interminables ferreterías. Toda la gente que compra es conocida, pero sigue distraída en la ágil actividad mientras el transporte pasa lentamente. Llega una cantante joven y voluptuosa. Está triste. Le digo que ninguna traición merece luto. Mi sobrina Helen aparece y al verla llora de alegría porque es una de sus artistas favoritas.  La mañana transitada sigue con el sol en lo alto de Guayaquil.




Al despertar de ambos sueños recordé unos versos que escribí hace mucho, celebrando el pasado, el sol y la mañana en el puerto. Días antes, una amiga me había preguntado si aún escribía, si publicaría algo. Que no le dije, ni lo uno ni lo otro; y proseguí con una queja sobre la pobreza humana en asuntos culturales y mercantiles, sobre todo en Guayaquil. "Pero siempre sale algo", terminé con falso optimismo.

Llamo mi recaída al hecho de pensar con énfasis en un Guayaquil que ya no existe, pues ciertamente el Guayaquil que amo es del pretérito. Y asumo que a eso se refería Fernando Nieto Cadena cuando me describía, hace más de veinte años, su alejamiento de Ecuador. Pero decir y escuchar es una cosa, vivirlo es otra.




El mes de Julio lleva esa tristeza de lo perdido aunque la gente aún festeja, a veces inclusive con residuos de lo que yo mismo viví (el partido de índor en la calle pintada de cal, la carrera de ensacados, el juego del palo encebado), quizá porque la mayoría de sus barrios aún son pobres y no hay manera de escapar. El mes de Julio me resulta cada vez más extraño, por decir lo menos: es el mes del Guayaquil que he perdido y busco en sueños, el de EEUU en su fiesta del 4 de Julio que borra todo lo malo cuando le gente se sienta a ver los fuegos artificiales y es el mes de Francia (Paris) por el 14 de Julio, pues desde esa ciudad y fecha vienen mis recuerdos de los destellos y candelillas lanzadas al cielo de la noche.

Así, el mes de Julio es tres lugares que a veces me son íntimamente ajenos pero que, sin embargo, son lo único que me queda cuando cierro los ojos. En ese mundo, como sabemos, el sueño es realidad, el pasado presente y una geografía la otra. La constante en esa trilogía topográfica son las personas que entran sin pedir permiso. Quizá deba añadir también la de mis tres mujeres que a veces asaltan mi otro mundo, aunque sin ser parte de la herida que llevo dentro.

Sé que volveré a soñar con esos amigos que en la U Católica leían a Freud debajo de una mesa, la montaña que el Conde, el poeta greco-chipriota y yo subíamos cada sábado luego de clases, el día en que terminé el colegio y el cuerpo no aguantaba más trago, los partidos de volleyball, el duro entrenamiento del equipo del barrio bajo la lluvia hasta el Puerto Marítimo, el primer beso detrás de la reja de una casa del sur, los malos y buenos profesores de la escuela Baltazara, el recorrido del bus de la 1, desde la Ciudadela 9 de Octubre hasta el Cerro Santa Ana, los veranos del 87 y 94, la interminable música con Ricardo Maruri y los alegres abrazos con mi olvidado cholo Cepeda...







miércoles, 8 de junio de 2016

Manuel J. Calle, un crítico brillante perdido en el tiempo

El volumen 69 de la colección "Clásicos Ariel" (Guayaquil, años 70s) corresponde a "Biografías y semblanzas" del autor cuencano-guayaquileño Manuel J. Calle. Como de costumbre, he leído este libro a cuentagotas, en momentos en que espero algo o a alguien en mi carro. Lo he terminado ahora en mi oficina con cierta tristeza. En sus páginas, escritas hace más o menos cien años, aparece un renovado mundo periodístico y literario que hace mucho murió en Ecuador . Amplío esta última oración: Una nota biográfica sobre Calle nos avisa que escribió para El Telégrafo, un ex-gran diario porteño hoy en manos de una burocracia cultural andina y centralista brutísima, que no entiende ni de periodismo ni de arte y va de alabanza en alabanza a sí misma y a sus amigos (amigos del poder, amigos de sus amigos y de sus enemigos, algo propio de nuestras repúblicas tercermundistas: dios y el diablo prendidos de la teta que oportunismo político ofrece). Pero lo de Calle lleva visos de gran arte, pero un gran arte perdido en el tiempo, lastimosamente.


Manuel J. Calle.jpg

Dos largos ensayos que su libro contiene tratan de Luis Cordero y Remigio Crespo Toral. El tercero, menor. de Federico González Suárez. Los tres últimos, especies de viñetas, son sobre Luis A. Martínez, Juan Benigno Vela y Honorato Vásquez. Largo y tedioso resultaría citar las frases célebres que incluye, su perspectiva de análisis, la comparación literaria que subyace a su trabajo y su prolijidad informativa. Sin embargo, me resultan más alarmantes las circunstancia histórico-literarias del pasado reciente y actual en Ecuador, en donde  no existen cátedras serias ni listas de lecturas que reconozcan a estos autores, ni en el colegio ni en las universidades, peor en proyectos investigativos serios, sostenidos y de impacto internacional, salvo excepciones que creo pertenecen a algun joven estudiante de la PUCE o un desconocido y sincero "ecuatorianista". Esta afirmación me lleva una confesión trágica que me hicieron hace años y anoto abajo.
Un ilustre crítico literario ecuatoriano, que hizo sus estudios y carrera en EEUU, me contaba que luego de investigar, escribir y publicar sobre su autor favorito (el gran José de la Cuadra), debía trabajar también sobre autores de otras latitudes porque, de no hacerlo, habría estado condenado al anonimato académico. Así, sus páginas se fijan en la bondad de otros y no en las de autores del terruño, cosa contraria en cualquier otro investigador latinoamericano cuyo país se distingue por el desarrollo de sus letras y arte, como Uruguay, Nicaragua o El Salvador, no se diga México o Argentina, Perú o Chile... Brasil.
Reconozco aquí cierto provincianismo mío, aferrado al alma del que ha mirado "el tiempo pasar, el invierno llegar. todo, menos a ti", es decir: del que vive lejos de su lugar de nacimiento y de sus recuerdos. Reconozco también que estas lecturas de "autores ecuatorianos olvidados" (AEO, memebrete mío) siguen siendo las del adolescente del colegio Eloy Alfaro que se lanzaba a los libros de sus mayores con afán de conocer más y más, y fraguar un mundo interno en la cruel estación de la lluvia tropical, en ese Guayaquil del sur que ya no existe. Han pasado tantos años y valoro cada vez más a esos autores, viviendo entre la frustración de haber crecido en un país en el cual nunca me fue bien profesionalmente y lamentando que la mezquindad siga prevaleciendo en quienes hoy detentan el poder o se sirven de él.
Calle y los autores que él analiza, como muchos de los que ya han pasado de moda, son como ese cementerio que encontró mientras buscaba la tumba de Luis A. Martínez (el de "A la Costa"): "Un vasto campo sin tapias, cubierto de malezas, entre las cuales se alzan modestas cruces de madera; de un silencio profundo y pesado... ¿ahí entierran, pues, a sus muertos, los señores ambateños?". Ese cementerio es como el Ecuador de hoy, y esos ambateños de hace cien años son la clase intelectual y artística del Ecuador de hoy, tan superficial y egocéntrica, que derrama puerilidades los domingos en ese diario que era de los ecuatorianos que viven en Guayaquil, llamado "El Telégrafo", sobre todo el un aburridísimo suplemento sociologista llamado Cartón Piedra (aunque debería ser "Piedras en el cartón")
Quizá algún día se instaure la decencia intelectual en Ecuador. Hasta mientras, en lo que a mí respecta, vuelvo a mis lecturas aplazadas en esos años de lluvia, humedad y olor a naftalina que salía de los modestos libros nacionales.

viernes, 6 de mayo de 2016

Juan Leon Mera y sus "Cantares del pueblo ecuatoriano"



En la imaginaria biblioteca de mi juventud, cotejada con los pocos libros que la realidad me ofrecía, una obra llamativa siempre resultó la de Juan León Mera. Conocido por el Himno de Ecuador y su "Cumandá", Mera ha sido ignorado como folklorista y antropólogo cultural. Obviamente, me refiero a su ejercicio intelectual práctico, no a ningún diploma académico.
He disfrutado algunas horas, en los últimos días, reflexionando con brevedad pero entusiasmo su introducción ("Estudio") a la poesía popular (siempre coplas), a la cual revisa desde varios ángulos (quizá lo más interesante de su trabajo), Mera recopila poemas populares, impresos y orales, los enlista y divide en la tradición clásica (divinos y humanos) y por temas (amatorios, políticos, matrimoniales, morales, etc). Luego se convierte en esteticista y les confiere más o menos valor, según se acerquen a su canon literario y gusto personal. Al final, deja hablar al moralista que lleva dentro y nos dice cuáles poemas merecen ser publicados y cuáles dejados al olvido: "he cuidado de no conservar el gran número de versos ofensivos de la moral...creo no haber incluído ninguna de color escandaloso".
[Digresión: Como toda lectura fecunda a varios tiempos, he recordado en la mía el cancionero del pasillo ecuatoriano, tan abundante y elaborado en su tradición, y con pena y molestia lo he comparado a la poco imaginativa y muy plagiadora lírica de muchos cantantes de moda, o cantores del "folklor urbano", quienes nunca se han dado cuenta de que su tabla de salvación consiste en adentrase y cantar la poesía popular ecuatoriana (esa que sale en las antologías como la de Mera, los libros de coplas montuvias o las décimas esmeraldeñas o de Guaranda, no se diga en los grandes poetas que ha dado Ecuador), pues hay varias ediciones disponibles. No dejar que la ignorancia y egocentrismo también les gane esta batalla de pobreza imaginativa].
Esta recopilación de Mera, en realidad es continuación de su "Ojeada histórico-crítica de la poesía ecuatoriana" de la cual ya me ocupé anteriormente:
http://fernandoiturburu.blogspot.com/2015/06/juan-leon-mera-y-el-sectarismo.html
La vieja y popular edición de Clásicos Ariel, prologada por el incansable Hernán Rodríguez Castelo (otro sabio que la intelectualidad ecuatoriana ha olvidado) nos ofrece dos tomos. Los primorosos versos cortos del primero (43) han sido filtrados por la ideología del recopilador, y con ello ha desaparecido todo vestigio de realidad plural y realismo, pues, como es sabido, es en el discurso satírico y epigramático de los siglos anteriores en donde encontramos abundante información histórica, muchas veces en detrimento de bondades estilísticas y del pensamiento hegemónico.
De esta manera, el cancionero popular de Mera forja una idea de lo que es el país que quiere promover, aquel que podría ser de ecuatorianos "más alegres que maliciosos, o de malicia tal que bien puede llamársela (sic) inocente", intento que cuadra perfectamente en su ideología romántica, la cual, al menos en esta recopilación, se muestra, a pesar de su esfuerzo, como contradictoria.
Pero, como toda poesía popular, la poesía oral ecuatoriana no escapa a influencias, copias y préstamos. Mera mismo señala el origen colombiano de algunas y su combinación en presentación bilingue (quechua y español), aunque hoy por hoy es posible verificar esas coplas en varios países de América Latina. Añado los obvios reciclajes del arte menor ibérico en tierras de Indias, la asunción y modificación del canon europeo en los períodos colonial y pre-republicano,  y la nueva producción de lo que hace más de veinte años fue llamado "Barroco de Indias" para señalar la hibridez de nuestra América (india, negra, blanca, asiática, árabe, judía, etc). Esta fluidez la encontramos más claramente en el segundo tomo de los "Cantares" de Clásicos Ariel (44). Veamos.
Para el segundo tomo, Mera incluye poemas más sueltos, alegres, inventivos y hasta de zoología fantástica (otro rasgo medieval y renancentista), junto a sorprendentes coplas que darían mucho placer tanto al lector común como a cualquier estudioso post-moderno de formación clásica. Aparecen poemas costeños (amorfinos) y serranos -quichuas, mezclados o traducidos-  de baile, borrachos, fiesta, flirteo y un gran etcétera, como las que cito a continuación:

Cuando yo me esté muriendo
Pondránme un Cristo en la mano
Como no soy alfarista
Moriré como cristiano

   * * *

A la guerra voy con gusto
Dejando a quien mi alma estima,
Para pelear contra Alfaro,
Que dizque es masón de Lima

   * * *

Ya pasamos el Salado,
Ya estamos en Guayaquil
¡Viva la tropa serrana!
Cuatro valemos por mil

   * * *

Mi suegra puro vinagre
Mi cuñadita un ají,
Mi mujer un rico bagre:
¡Qué escabeche para mí!

   * * *

Pescador, echa el anzuelo
Sin saber qué ha de salir:
Así el pueblo echa su voto
Presidente para elegir

   * * *

El soldadito serrano
Tiene Dios, patria y honor,
Y se llama con orgullo
Soldado conservador

   * * *

Un ciego estaba escribiendo
Un mudo le estaba dictando
Y detrás de la pared
Estaba un sordo escuchando

   * * *

No eres mujer ni eres hombre
No eres hombre ni mujer,
Ni uno y otro al mismo tiempo:
Yo no sé qué puedas ser

   * * *
Triste suerte la del indio
Come mal y mal se viste
Trabaja como un borrico
Y hasta cuando baila es triste

   * * *

Cualquiera que se aventure en los "Cantares del pueblo ecuatoriano" podrá gozar al entender "lo ecuatoriano" como condición humana original y móvil, internacional y local, como producción cultural e ideología que desde siempre estuvo abierta a las influencias, pero celándose de esas mismas influencias, esforzándose en proclamar una identidad que aún busca resolver su origen en oposición a otros, en vez de abrazar la contradicción como parte de su esencia (algo que el gran Fernando Mieles trata nuevamente en su film "Prometeo deportado").
Dejo aquí un enlace que nos lleva al original. Disfrute el lector con la recopilación de quien más y mejor trabajó en su tiempo por un país que quería fundar en la imaginación de sus compatriotas:

https://archive.org/details/antologiaecuator00merauoft