martes, 4 de julio de 2023

Teatro: El delirante mundo de Konstantin Stanislavski (I)


Ahora que me he adentrado en el mundo del cine (pues es un nuevo camino que espero explorar de la manera más responsable) y visto algunos de sus aspectos técnicos, propios del lenguaje de la imagen en movimiento, me gustaría comentar el del actor. La historia es como sigue.


Una de mis antiguas deudas es con el teatro, el cual tanto me dio como espectador  adolescente. En los 70s vi grupos locales y nacionales, hice amistad con colegiales que se lanzaban a la tarima y leí lo poco que me cayó en las manos: Shakespeare (aún guardo sus dos volúmenes de la Grolier Jackson). Al poco tiempo, Ibsen, O'Neil y Pirandello, además de guiones de películas, de los cuales recuerdo con afecto "El séptimo sello" de Bergman, acaso algo de Strindberg. Y mucho después, todo lo que pude del Siglo de Oro español, sobre todo las incontables piezas de Lope de Vega. 

Pero el teatro real, para mí, estaba en las grandes películas que presentaban en festivales o sesiones clandestinas de algún centro cultural. Ahí vi películas de Bergman, la "Nueva ola" francesa y neorrealistas italianos y me abrieron a otro mundo. Esas imágenes planas eran la vida interna lanzada al mundo. Lo mío era una rústica, vital y alegre manera de entender el teatro, el cine y su relación con la literatura, por supuesto, pero era "mi manera" y eso bastaba.

Leer con ansias es vivir. Vivir la literatura, el personaje principal, es cambiar de vida. Es ser el otro y el siempre deseado. Todos los lectores apasionados por lo que leen son actores con derecho propio. Y eso nos emparenta con actores del teatro y del cine (solo los grandes actores de cine son grandes actores de teatro). Es un derecho humano democratizado, una liberación de la imaginación que, como muchos saben, siempre tiene notables consecuencias.

En ese gozo de la imagen que es el teatro filmado, o sea el cine, encontramos como una de sus bases lo que llamamos "actuación" o "performance". Es decir, cuán convincentes han sido los actores en hacernos creer que los personajes del celuloide son reales, los podemos comprender, sabemos que existen. Ese puente de convencimiento, esa virtud de comunicar "lo real" de la obra, es la actuación misma. Y uno de sus mejores formuladores, ciertamente el más famoso de ellos en Estados Unidos, es el ruso Konstantin Stanislavski (1863-1938).

La vida de este arduo y talentoso trabajador merece un capítulo aparte en la nunca escrita "Historia de la Revolución Rusa y las élites intelectuales", pues de su origen aristocrático dio un salto directo a la concentración total en el teatro y su estructuración como empresa de trabajo, proceso y resultado ("El método" como muchos lo llaman). Su búsqueda fue profesional, espiritual y filosófica. Por ello, rebasa inmediatamente el cerco de cualquier hermenéutica ortodoxa. Stanislavski está mucho más allá. Su mundo es el mundo de Bajtin, Chejov, Bulgakov; es una filología humana que tiene visos de psicoanálisis y terapia en acción. Veamos esto.

Su trilogía reflexiva contiene los libros: "Preparación del actor", "La construcción de un personaje" y "Creando un papel". En el tercero encontramos dos capítulos parelelos a lo que deben hacer los literatos: 1- Estudiar la obra (entenderla), 2- Sentirla (emocionalmente). El tercer capítulo es propiamente "vivir la obra", como actores ya, o lectores aventurados a ser personajes (como en el milenio pasado yo jugué a ser Horacio Oliveira y Franz Kafka) que necesariamente deben imponer su sello individual, la marca de su talento (imaginar la escena, en vez de recordar algo que los acerque a ella), que los hará diferentes de otros. Es lo que procuraron, por ejemplo, Paul Newman, Marlon Brando, Maryl Streep, Gena Rowland, Vincent D'Onofrio, Robert DeNiro. Todo esto con más o menos variaciones, más o menos énfasis en una parte en vez de otra. Al final, todo se concentra en la necesidad de saber qué es lo que quiere el personaje para poder entenderlo, seguirlo o cambiarlo. Mientras no se entienda al personaje, el resto parece inútil, como todo en la vida.

Stanislavski detalla su propio proceso de actuación, adopción y modificación del personaje, poniendo su aporte mental, emocional y corporal: miradas, gestos, expresiones faciales, vestimenta, etc, todo forma parte de un rico vocabulario que él detalla y que, una vez conocido, nos permite apreciar la actuación de mejor manera. In "Creating  Role" (la edición que manejo es la traducción de Elizabeth Reynolds Hapgood de 1961), los capítulos finales son un agradable y minucioso análisis de "Otelo" (siempre Shakespeare) que Stanislasvki pone en boca del ficticio Tortsov, quien ha venido impartiendo clases de teatro a un grupo de estudiantes, como ocurre en los clásicos ("El banquete" de Platón viene a mi mente ahora). 






 

viernes, 16 de junio de 2023

Todos hablan de Bukele


El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, ha práctimanete eliminado el pandillerismo y sus secuelas. En cosa de dos años cambió su país de ser uno de los más peligrosos del mundo al más seguro de América Latina. Esto ha llamado la atención, abierto foros de comentaros sobre su gran labor y logrado el apoyo de los beneficiados. Pero también ha sido muy criticado por los criminales, sus familiares, los partidos de oposición y algunas ONG, la OEA y la ONU. ¿Por qué? El cuento es que él no respeta los "derechos humanos" (de los corruptos, obviamente). Pero hay más. Veamos.

Bukele, para terminar con la criminalidad, a través de sus co-idearios en el congreso, eliminó leyes que imposibilitaban la seguridad nacional, hizo cambios de autoridades cómplices de las pandillas (Mara Salvatrucha y Barrio 18) y acaba de proponer la reducción del número de representates en el congreso a 60 y reducir los 200 y tantos municipios a solo 44. Este gran alivio para las arcas del estado eliminará la burocracia parasitaria, tan común en nuestros países, y creará condiciones ágiles de trabajo para todos. En las últimas semanas se ha informado de un paso nuevo en la lucha anti-delincuencial: apresar a las autoridades y políticos corruptos, gente que lleva años enquistada en el poder e incluye a los cuadros del ultra-derechista partido ARENA, así como a los ladrones y traidores del que fuera hace cuarenta años el glorioso FMLN. Bukele también ha empezado de publicitar su política social y educativa con construcciones de obras de infraestructura y becas para los jóvenes (me llamó la atención que la "beca presidencial" llevara el nombre de un izquierdista, el recordado poeta Roque Dalton, fusilado justamente por su partido, el ERP). Obviamente, todo esto es bienvenido, pero para el salvadoreño común, la simple accción de poder trabajar sin amenezas, dormir en paz o salir a las calles para pasear sin verse asaltado por los criminales es un logro histórico.

La imagen de Bukele también llama la atención: es un tipo sencillo, directo, sin poses, extremadamente inteligente, bien informado, de fácil y versátil hablar, accesible y rápido en sus respuestas. Claramente, él confirma la imagen que la firmeza no es sinónimo de vulgaridad ni violencia. Devoto creyente y padre de familia, Bukele se ha defendido de los ataques de izquierda y derecha. Sus puntos débiles aún no se muestran, pero se relacionan con su política económica y con decisión de hacer de los bitcoins moneda paralela al dólar, criticar al gobierno de Biden y acercarse a la ultra-derecha fascista y racista de EEUU, como fue evidente en una lamentable entrevista con el hoy despedido periodista de la FOX, Tucker Carlson. 

En la vida política de hoy, y mucho más si hay elecciones en camino, la referencia a Bukele y comparaciones con él son inevitables (la violanecia y la corrupción dominan nuestras repúblicas). Y eso es una estrategia ingenua pero efectiva. Todos se quieren subir a la camioneta Bukele pero sin hacer lo que él ha hecho. Por ejemplo, todos quieren "disminuir la violencia" pero repitiendo lo que no  funciona y que solo es maniobra publicitaria: sacar a los militares por dos semanas a "patrullar las calles" (y cero resultados), hacer redadas con previo aviso y en las calles céntricas (no en los escondrijos de los rateros) o visitar las cárceles y hablar con los guardias. Nadie tiene una política de apresamiento y aislamiento permanente contra sicarios y extorsionadores. Nos dicen: No, eso es asunto de los jueces (esos corruptos). No, eso le compete a los organismos de vigilancia de acuerdo a leyes internacionales (los burócratas que cómodamente vieven en otro país). A lo máximo, decomisan unos cuantos cuchillos oxidados, pistolas hechas a mano o garrotes de palo viejo.

Frente a las cámaras, todos hablan de Bukele. Se le quieren parecer, dicen que harán lo mismo (sin saber lo que el salvadoreño ha hecho, ni cómo lo ha hecho). Y como viven en sus fantasías, creen que el tono amenazante convence, arrastra votos. Se venden como expertos en seguridad, como anti-corruptos, como "de centro", como dispuestos a servir solo al pueblo. Y en ese afán, ya asincerados y con la mano en el pecho, se lanzan algunas perlas, como la de un candidato en Ecuador que dice que la solución al narco-tráfico es subir el costo del transporte de la droga para el país no les resulte competitivo a los Carteles. O, como un candidato en Guatemala, que en su infinita sabiduría descubrió que la solución es apresar a los delicuentes salvadoreños y expatriarlos a El Salvador. O, como un político argentino que hasta se fue él mismo con cámara y micrófono, cual reportero barrial, a El Salvador, "para aprender de Bukele". O, como un político español que, oh fin del colonialismo, quiere aplicar lo de Bukele a España.

Todos hablan de Bukele. Todos quieren ser como Bukele. Pero, en realidad no les interesan ni Bukele ni sus propios países, solo llegar al poder. Una vez ahí, nos van a decir lo difícil que es todo y la manera en que los boicotean. Así van nuestros países: de burla en burla, de crisis en crisis y de tragedia en tragedia. El resto de esta historia es miseria (Venezuela desde hace años y hoy Argentina, acaso Brasil en el futuro), propaganda (Colombia o Chile) o todo lo malo combinado (Cuba, Nicaragua, Haití, Ecuador).

Y, como siempre, nunca será culpa de ellos ni de nadie, pero siempre del peligroso "imperialismo norteamericano". 



 

lunes, 17 de abril de 2023

De Quentin Tarantino y su Cinema Speculation a Fernando Mieles



Este es un libro fresco, de rápida lectura y, sin embargo, de difícil seguimiento si el lector no pertenece a la cultura visual popular de los Estados Unidos, más concretamente: a la época de adolescencia del autor (70s). Las películas de acción, de vaqueros, policíacas, de horror, misterio, pornografía dura, artes marciales forman parte del universo formativo del joven Taratino, asiduo asistente a cines de segunda (o tercera), de la época en la cual la "doble función" era la norma.

Comentarios personales, datos autobiográficos, sumas de títulos y anécdotas de gente de cine son las característica de ese recorrido por su vida. Su lenguaje es sencillo, directo y ameno. Desués de leer el libro, uno entiende mejor sus gustos y preferencias temáticas, así como su punto de vista: abierto, popular, sincero, elaborado. El libro funciona como una larga explicación a las elecciones que él ha hecho en su vida y al tipo de cine que ha generado. Es, al mismo tiempo, una muestra de cómo se puede ser iluminado sin ser pedante, popular sin esforzarse, elaborado sin ser oscuro o abstracto.

Este es el universo de Pulp Fiction que, desde su nombre, hace un homenaje a la literatura policíaca de masas, de los 40s y 50s (no ese empeño de clase media latinoamericana que nunca salió del whodunit y a la cual el mismo hardboiled la resulta camino cuesta arriba, no se diga los trabajos de Rubem Fonseca o el humor de los españoles Mendoza, Olmo o Vásquez Montalbán) y se extiende a las imágenes de los comics, tan de moda en los 60s y 70s, a la crónica roja y al mundo del jet set de Hollywood. Así, se entienden mejor sus famosas  Kill Bill, Inglourious Basterds, Jackie Brown, Django Unchained, Once Upon a Time… in Hollywood, The Hateful Eight y Reservoir Dogs.

Mientras leía, como ocurre con todo libro motivador, me pregunté ¿qué pasaría si, por ejemplo, Fernando Mieles hiciera una película basada en los comics y las revistas que se leían en Guayaquil en los70s? (Chanok, Hermelinda, Memín Pingín, Tarzán, entre tantas). ¿Qué habría ocurrido si su maravillosa Descartes estuvira basada no en una película extraviada sino en las escenas de Cartuchito, el famoso, flaco y ocurrido payaso que apareció en El pantano de los cuervos (1974)?


¿Qué ocurriría si Mieles diera libre albedrío a su imaginación y nos metiera en el túnel del tiempo para recuperar los cines Presidente, Guayaquil, Apolo, acaso también los lugares que se fueron, como el Montreal, la cantina de los mellizos (gente del cerro, allá por la calle Pedro Carbo), El Chuzo Engredído y El Rincón de la Brujas? ¿Qué sería si Mieles se fuera al sur y le diera vida al Barrio del Astillero en imágenes, y los antros del glorioso Barrio Cuba? La reconstrucción de la memoria urbana lo demanda. Ese, creo es también el mérito de Tarantno y su libro: recuperar el tiempo, la gente anónima pero multitudinaria, esos personajes de quien nadie supo, como Floyd Ray Wilson, a quien Tarantino ahora sabe debió didicarle su Oscar.

Acepto que esta no es la primera vez que este afán se me cruza por la cabeza. Es en realidad una frustración por el Guayaquil ya ido y hoy en manos de la delincuencia, los Carteles de la droga y un presidente al que no saludo ni el pero de su casa. Y esta obra, que exige prontitud y mérito, solo puede ser encargada a quienes respiran el río y el Estero, a los que conocen el pasado (no se lo inventan o lo copian), a los que vivieron y crecieron ahí, no a los turistas internos o externos que, de la noche a la mañana, se multiplican y pescan a río  revuelto.





lunes, 23 de enero de 2023

Y de pronto, se hizo el cine

Ocurrió una noche, cuando fuimos en procesión desde mi casa hasta la zona del Rodillo. La casa esquinera no tenía verja y la amplia pared servía de telón para proyectar las películas. ¿Cuál era? ¿Marcelino, pan y vino? ¿El monstruo de la laguna negra? ¿El pantano de los cuervos? No importaba la película tanto como el rito y la aventura de sentarse a un lado, tirarse en cualquier parte de la calle o mirar desde el fondo las imágenes sucediéndose en la pared.


Esa misma aventura la repetíamos en la sala de casa, en un imaginado cine diminuto en donde los vecinos llegaban con almohadas y se acostaban en el suelo para desde ahí ver la televisión que nos enviaba series en blanco y negro, películas y programas de noticia. 

A la par que esperábamos ansiosos el nuevo episodio semanal de Johnny Yuma, el rebelde, Maverick, La rubia peligrosa, Marcado, Cita con al muerteLos intocables y los ya viejos capítulos de Cruz Diablo, aplacábamos la espera con los diarios capítulos de las telenovelas mexicanas: Rubí, Renzo el gitano, Muchacha italiana viene a casarse


Las películas de Guayaquil eran en realidad los cines de Guayaquil. De ahí tomaban su sello, su importancia, su caché. El Presidente, por ejemplo, era de la vieja oligarquía y gente mayor. El Victoria, en cambio, a pocas cuadras y bordeando la zona candela del centro, era para el pueblo sediento de  pornografía. El Guayaquil y su cafetería Pacha eran sinónimo de elegancia. El resto tenía una historia menor ya en los 70s: el gran Olmedo iba desapareciendo poco a poco, igual el Apolo, Metro, Fénix y el 9 de Octubre. Al mismo tiempo, otros aparecían, como el cine Inca, al sur de la ciudad.

El cine era lugar preferido de los enamorados, parejas que tibiamente se tocaban o se besaban esquivando la atenta mirada chaperona o la linterna de los guardias que acababan con el embeleso; rito romántico que pasaba a la carnalidad más brusca, por ejemplo en el Victoria o el Porteño, a veces el Quito.

Con la adolescencia, el cine se convirtió en regla forzada de la ceremonia de crecimiento urbano. Las películas seguían siendo de EEUU o México, raramente de Europa. Pero no importaba. Uno no iba a realmente a ver la película sino a pasarla bien con los amigos, a gritar, comprar algo para comer, buscarse con chiflidos en la oscuridad cuando se llegaba atrasado. Y hasta para llorar, como ocurría viendo películas largas, tristes y casi absurdas, como Joker, una película hindú que hizo llorar a César Noblecilla y Charles Mayorga en el Fénix mientras yo les veía las lágrimas chorrearles por las mejillas desde la fila de atrás. 

Pero el cine era también interactivo: la gente, contenta o enojada, establecía un diálogo directo con los actores, como si estuviéramos en el estadio viendo un partido de fútbol. Insultos, risas, preguntas, todo aparecía  mientras duraba la película. Recuerdo que a causa de la censura contra la pornografía, en un cine porno decidieron pasar Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani. A los pocos minutos, el público frustrado y enardecido comenzó a gritar en trailers trailers trailers y a tirar botellas a la pantalla. Luego, en un momento de respiro, mientras Dominique Sanda se desnudaba frente a su esposo, alcanzaron a verle el no muy pronunciado miembro viril a lo cual alguien gritó: "mira ese huevito" y todos se rieron y otra vez gritaron trailers trailer trailers y a tirar botellas.

Era en el cine también que encontrábamos a nuestros lejanos, cercanos o imposibles amores, en la complicidad de la penumbra que no revelaba el rostro y fomentaba ilusiones de belleza y coqueteo. Y afuera del cine se sellaba el encuentro con nombres, número de teléfono, con suerte una cita. O también con una pelea contra los del barrio local que había hecho del cine su punto de encuentro: Machucagente sacándole la madre al tristemente célebre Karate, un boxeador enanito belicoso del barrio Cuba que defendía a los aniñados del Centenario.


Para los solitarios, entrar al cine era entrar a una región de libertad mental interminable. Y así mismo, salir al terminar la función era volver a un mundo caótico y vulgar, con un exceso de luz que no servía para nada. El cine era el espacio para ser auténtico de muchas maneras. (El gran Medardo Angel Silva ha escrito de manera insuperable sobre esos detalles). 

En Guayaquil, ya para fines de los 70s, el cine había dejado de ser punto de reunión principal, aunque se mantenía gracias a los grandes éxitos comerciales. Los gustos habían cambiado. Y en ese cambio  la encantadora oscuridad de la sala se fue perdiendo, la costumbre de llegar a tiempo a una función, pensar si los trailers valían o no la pena, si la segunda película sería tan buena como la primera, se vieron desplazados por los temas y contenidos de las películas europeas e independientes que empezaron a llegar en festivales, funciones sabatinas (cine forum, entrada gratuita) o algún programa cultural de consulados o academias de lengua extranjera, como en las noches de verano en el patio de la Alianza Francesa, mientras pasaban L'homme qui aimait les femmes. 

En los 80s, esa reducción o desarticulación de este fundamental espacio urbano en la historia de la cohesión social de Guayaquil, la sucedió la llegada de los videocassettes que ofrecían más variedad pero también obligaban al gran público a desaparecer y reducirse a pequeños grupos. Ya no habría más aquellos gritos desaforados que se oían en los cines, ni las risas o comentarios por algún chiste u ocurrencia del público. No habría intermedios para comprar hamburguesas o sorbetes, canguil o refrescos.


Lo que se vive hoy es una prolongación de esa dinámica de los 80svía internet, pero de manera más radical y amenazante: hay más recursos para producir y consumir películas de toda índole y desde cualquier lugar del mundo, de gran o pésima calidad, como siempre. Pero no hay el bullicio, el movimiento humano tan propio del siglo anterior. Lo de hoy es más un acto privado que descarta diálogos o comentarios, bromas o risas. Es la muerte de la sala de cine propiamente. Y en ese cambio del gentío al sujeto solitario, sin duda mucho fuimos perdiendo. Hoy, acaso con suerte un fin de semana, la función ocurre en una casa, de manera discreta, entre pocos amigos, en donde, olvidándose de la película propiamente, uno se dedica más a disfrutar de la compañía de otros sin importar el resto.  




domingo, 8 de enero de 2023

Radiografía del barrio

No hay historia más complicada que la de nuestras repúblicas latinoamericanas. Parece ser una pieza de teatro en la cual siempre encontramos la dificultad de definirla como comedia, tragedia o drama, pues sus personajes son muchos, variados, contradictorios y cambian de una escena a otra a lo largo de la represetación. Esas fueron, más o menos, las palabras del padre jesuita e historiador Juan de Velasco en el período colonial tardío.

Dicha herencia de organizada rencilla y complejidad la heredamos de España y su agobiante sistema de definiciones de castas, razas y condiciones sociales. La podemos verificar en cualquiera de las tantas crónicas de conquista que describen duelos y discriminación entre gente de una comarca y otra, entre regiones del norte versus del centro o del sur. Nosotros, latinoamericanos herederos de bondades y maldades, a lo largo de 400 años le hemos puesto nuestro sello íntimo y personal. El barrio, ese microcosmos del país, es una muestra de lo que digo arriba. Veamos.


Soy del sur de Guayaquil, de la Ciudadela 9 de Octubre. Pero, como muchos, nací en el norte, en la meternidad que corresponde al cerro Santa Ana, y llegué a los dos años al otro polo de la pequeña ciudad. Ya he dado cuenta de las aventuras que vivimos en nuestra adolescencia en Los patriotas del sur. Quiero volver en este punteado sobre unas lineas esbozadas en El libro del barrio.

Mi barrio no era un barrio sino muchos barrios. Pero a muchos del barrio no les gustaba que así fuera, así como tampoco les gustaba la chabacanería de la palabra, a la cual desplazaban con "la esquina", "el parque", "de la cuadra", "de la manzana" o con el nombre de la tienda más frecuentada. La gente de mi barrio (que en realidad era solo una parte de la Ciudadela 9 de Octubre) era de la tienda La Gloria (equivalemte a La Favorita, que era la tienda los aniñados de otra zona). Todo eso, sin contar con las decenas de grupos menores que se formaban en cada cuadra y no se reconocieron nunca en ninguna descripción ni de aquí ni de allá, mucho menos los solitarios de cada sector, esos jóvenes que andan por las calles hasta encontrar un nicho en donde los aceptaran y fueran ellos como quisieron siempre ser.

Pero a la gente de La Gloria no le gustaba que fueran "a parar" otros que no eran del sector. Los miraban con enojo, celo y recelo, a veces hasta con desprecio, según el dinero que tuvieran (lo mismo ocurría en otros lados). La última generación de La Gloria, sin embargo, no recuerda que antes de ellos  estuvieron los fundadores: el viejo Pombar, Caballón, Pachequito, Gordillo, Huen Huen, Figurita, Suelazo (por los 60s); y que callejones más allá existieron también Bolita, los Monge, Pollo Enano; y del lado opuesto la gente del Rodillo: el negro Mina, el Conejo y Cachete en las filas de Platense que se enfrentaría al King donde jugaban los Martillo que eran de la Ciudadela pero también del Camal. Y también Leoncio Orellana, la gente del negro Georgi, Zapata, ñañito, la Feria, los hermanos Ron, Galo Ullauri.

He incluido otras geografías en el mapa barrial no a propósito sino de manera irremediable: mi barrio era la ciudadela, pero la ciudadela no era mi barrio porque no era mi propiedad sino la de todos: de La Gloria, de la plazoleta, del Rodillo y de La Favorita. En mi barrio también había divisiones de clase social, muchas veces traducida en membretes educativos: los de colegios religiosos (Cristóbal, San José, Javier) se reunían solo entre ellos. Pasaban por encima la amistad con el vecino con tal de mantener relaciones con gente de su nivel. Pero dentro de la misma casa había hijos de colegios públicos, a veces de no gran reputación. (Uno de los problemas de la enseñanza privada es que conduce a la discriminación social, uno de los problemas de la enseñanza pública es su radical mediocridad).

Así, a la falta de memoria y generosidad humana, notoria en los conflictos sociales, no se diga el permanente espíritu de competencia y secretismo propio de la adolescencia, se une el innegociable monopolio de la membresía. Por ejemplo, al fondo de la Calle 7 (sigo en Ciudadela) paraban: Gorilón, Kukuku, Miguel Marino, el negro Ojito, el colorado Benavides, Pajarito, Magoo, el longo Marcelo, el loco Mickey, la Cucufata, Chimbacalle (a veces también el longo Emilio), Frejolito, el flaco Quiroz. Y amigo de ellos era Cucho, que era mucho mayor y en realidad se pegaba más a los fundadores de La Gloria (o sea, la gallada del viejo Pombar). Entrar a cada uno de esos círculos era imposible, salvo afortunadas excepciones.

Pero la época de Cucho y su generación (poco antes de los 50s) fue a fines de los años 60s-principios de los 70s; la de Gorilón y los otros (nacidos por el 54) a mediados de los 70s. La última generación de La Gloria (nacidos por el 57), siendo la menor de todas, existió desde inicios y mediados de los 70s hasta hoy (aunque ya no queda casi nadie).


Si me preguntan cuál era mi barrio, diría los cholos del callejón E. Crecí junto a Manuelón, Monín, Puigoma, Ceviche, el loco Rey, Cuerito, Caimunga, Careplato, Pinina, Mirada de longo, el cholo Cepeda, 15 libras, padre Bazurco, Verruga, Vladi, El Amigo, 5 veces. Debería también decir Pluca, pero Pluca (sí, como la leche) no paraba en la esquina con nosotros. O sea, no era "del barrio". Pero frente a la esquina estaba el parque, en el cual se juntaban los ya desplazados de La Gloria (antes habían parado afuera de la casa de Cachato Jeff, debo enterarme más de los detalles de esos desalojos que los llevó hasta el parque) y algunos de ellos, sobre todo los menores, se juntaban con algunos de nosotros y vice versa. . Nosotros, que éramos menores, de colegios fiscales y callejones con casas pequeñas. Otros, como La Rubia y el Perro Bolivín, don Gachu, desertarían el busca de su propio rumbo popular.

En estas interminables anécdotas de personajes, lugares y aventuras, siempre me he quedado corto con historias ocurridas en otros puntos de la ciudadela (hay tanta vida y tanto por contar), con lo que decían las chicas, cómo vivieron y crecieron puertas adentro. No sé nada de sus amores ni de lo que fue de la hermosa muchacha que vivía junto a la farmacia Atenas, o aquella que andaba en una motoneta y pasaba veloz frente a nosotros. Alguien debería contarnos todo eso.

Con los años, la gente partió hacia otros rumbos (dentro y fuera de Guayaquil), algunos matuvieron el contacto, otros no. Los que se quedaron, asumieron la responsabilidad de mantener vivo el recuerdo de lo que alguna vez fueron o fuimos (no sé cuál es mi lugar ahora en el barrio, pues mis amigos cercanos ya han muerto o no viven ahí) y no es raro ver que ahora se envistan de una autoridad cultural que jamás tuvieron cuando jóvenes pero que el tiempo y el amor por el terruño les dio con justa razón. Tal es el destino humano: al final, los héroes son los que resisten el paso del tiempo, los últimos valientes. Con los años, de esa gran marejada humana que fueron los muchos amigos del barrio, pocos serán los que queden para siempre, o casi siempre. 

Me informaron hace poco que se van a reunir nuevamente, que enviaron una lista de 60 y pico, que no todos han sido invitados y los que han sido aun no han dado la contribución. No terminan de ponerse de acuerdo sobre quién es o no del barrio (o sea, su barrio, sus cuadras). Siendo del sur se reunirán en el norte, por seguridad y comodidad, asumo.  Así se ha fraguado y queda la vida de los que fuimos del sur, allá por los 60s y 70s. No sé quiénes irán finalmente a esa reunión. En todo caso: ¡salud!



 





viernes, 2 de diciembre de 2022

Medir la vida

Estaba terminando la autobiografía de Brian Wilson, la figura principal de los Beach Boys y, como me  ocurre con todo buen libro, sus ideas empezaron a contagiarme y me pregunté: ¿Cómo organizo el recuento de mi vida? En mis clases de América Latina siempre expongo la época pre-europea como si fuera un todo hegemónico de los antiguos habitantes. Luego, la llegada de los "españoles", que eran en realidad de toda Europa y de Africa, período colonial, Independencia, época contemporánea.

Tanto afanarse en la taxonomía, me digo, para luego darse cuenta de que el asunto es más complejo, que el antes es un futuro y el presente ya se ha ido (aunque muchos digan lo contrario). Y pensando en el libro de Wilson, en mis clases, en las luces sobre las paredes, los anhelos, me pregunté: ¿De qué manera puedo dar cuenta de mí mismo y por qué? 

Me he dedicado efímeramente a poner en páginas aquello que es temor de querer decir mucho (en realidad, lo vengo haciendo a mi manera desde hace más de treinta años) y también temor de alcanzar poco. Y ahora lo sigo pensando.

Pero, he aquí la versión rasa para medir la vida del hombre del sur que sigo siendo:

1. Nace y va a la escuela: los 60s

2. Crece y comete errores (amó mucho y no lo amaron): los 70s

3. Llama a esta primera etapa "la del Alfaro" y a la segunda "de la Católica": los 80s

4. Llega a Francia: 84-86

5. Regresa a Guayaquil y a Alausí, Riobamba y Cuenca: 87-88

6. Viaja a los EEUU y regresa... 88-90

7 Viaja a Illinois y Oregon y regresa... 90-93

8. Regresa a Oregon y va a Nueva York: 95-98

9. En NY desde el 98 

10. Luego de 3 años, por unos días regresa a Guayaquil...

10. Hace lo mismo por los próximos 10 años

11. En 2005 nace Fabia Matilde y su vida cambia (le teme a Dios y a la muerte)

12. En 2010 nace Fabiana y su vida cambia más (y le teme más a Dios y a la muerte)

13. En 2016 compra un casa y trata de vender otra para pagar la que acaba de comprar

14. No lee mucho, se preocupa del paso del tiempo, las deudas, Fabia que termina la secundaria y el aumento de peso

15. Temiendo a Dios y amando a sus hijas, soportado por su quejumbrosa mujer, siente una callada dicha.

16. Rebusca nuevamente en sus papeles algo que pueda recuperarse. Juega a ser Morelli, aun le disgustan los intelectuales farsantes (sobre todo esos que él llama "longos") y sabe que su suerte ya está echada. 

Quizá de esa manera pueda medir mi vida. De a poco. De a capítulo. De retazo en retazo o tranco en tranco, como dijo el cojo.

Decía que estaba terminando la biografía de Wilson, el de los Beach Boys, y recordaba mi reproche al libro de Miguel Donoso Pareja, que debía ser su autobiografía pero se convirtió en una recopilación de comentarios periodísticos. Nada de lo cual un hombre pueda a prender de otro hombre. Me quedé pensando en el robo emocional e intelectual que podría cometer. Por ejemplo, robarle a mi Fabia su experiencia, su dolor, su trauma: los niños son seres muy delicados y lo siguen siendo en la adolescencia. Una niña de su escuela, hace cosa de cinco años, se suicidó. Nadie sabe mucho del asunto, nadie ha preguntado. Fabia, me dijo que la niña siempre estaba en la bilblioteca, acompañada de libros y hablando con el bilbliotecario (quien nunca adivinó nada). En este pueblo pequeño y hermoso una niña hermosa y dulce se suicida de la nada. Al menos, nada nunca supimos. Y esa es una historia del trauma de mi hija que la va a perseguir luego, en algunos años, de la misma manera que me persiguen ahora mis muertos. Pero yo no puedo contar esa historia porque es de ella, es su dolor, su sufrimiento. Y eso es sagrado.

Y está Fabiana también, creciendo, siendo otra e igual a su hermana. Tan dulce y extremadamente inteligente como la mayor, y sin embargo muy diferente. Fuimos una vez a una de las haciendas de la zona, una de esas que aparecen en películas de campo y hay tractores y tienen un almacén grande en donde vende panes, pasteles, frutas, sopas naturales. En el salón de ventas, en otra mesa estaban una niña y una mujer mayor, casi una anciana. Fabiana la vio pero un rubor hizo que ninguna de ellas se saludara. Luego supe que la niña tenía a sus padres en la cárcel, por venta y consumo de drogas. Y la anciana era la señora que la tenía en su casa hasta que las autoridades resolvieran qué hacer con ella. Eso fue hace tres años. Fabiana quizá tenía 9 pero ya se daba cuenta de todo. ¿Qué hacer con ese dolor, ese cosa indecible de mi hija escuchó de labios de la otra niña, de la verguenza, del comportarse raro en clase y frente a otros? Estamos en EEUU, me digo, esas cosas no pueden pasar aquí. Y volviendo a mis fueros de barrio, de hombre del sur, comparo y concluyo que no hay dolor más fuerte ni aquí ni allá, ni hay colores no condiciones sociales cuando, con la luz apagada, el rostro de una niña se enfrenta al silencio de un Dios que no aparece.

Medir la vida, me digo, medir mi vida con lo que venga. Contarla de a poco. Quizá aquí, quizá en otro lugar, pero contarla porque hay cosas que no pueden morir en el silencio.






lunes, 21 de noviembre de 2022

Esos europeos...

Esos europeos que llegaron al Nuevo Mundo y que luego llamaron "América", para referirse tanto al continente, a los Estados Unidos o al sur de todos

Esos italianos que son en Brasil la comunidad más grande y le dieron a Uruguay y a la Argentina un nuevo acento, una voz diferente, un caló que nace y crece entre Napoles y Sicilia

Esos europeos que salieron de España por el franquismo y dejaron Galicia, Euskadi, Cataluña y Andalucía para regarse por todo el continente más allá del Atlántico

Esos europeos pobres o perseguidos que dejaron barrio, amigos, familia, sueños, memorias

Esos que llegaron de otros lados más antiguos, que fueron arrancados de sus geografías para ser esclavos o sirvientes

Esos que fueron perdiendo poco a poco o de un solo golpe, allá y acá, y que solo se quedaron con unas fotos en blanco y negro, acaso una dirección en un sobre o una imagen en una película sin sonido

Esos amuletos, tatuajes y rincones del pasado se presentan a veces ante mí y lo hacen de las maneras más descabelladas, en canciones por ejemplo, en páginas de un libro que no avanzo y no sé por qué mismo. Aparecen en las páginas de los "Clásicos Grolier Jackson" que fue la primera colección que leí por entero (temo ahora abrir esas páginas nuevamente)

Esos europeos con sus libros y sus historias que solo Borges pudo compendiar desde el futuro ya no son solo eso. Ahora buscan afanados el carbón, la macilla, el camino del rebaño en el campo, las talabarterías

Los he visto siempre, he crecido con ellos, he hablado con ellos. Muchos no saben quién son ya, si el sonoro canto de los pájaros en la mañana o los mismos pájaros en el funeral de Leon Hi Fong

Esos europeos se fueron haciendo mandiga sin saberlo, se anclaron en páramos, se escribieron en  "cuadernos de bantú" y encontraron sus posesiones en bazares del centro de una ciudad junto al río

Y siendo por una parte los mismos que eran antes, dejaron de serlo simultáneamente para alegar otras palabras. Redescubrieron el amor que era el mismo amor de sus abuelos, igual de cercano a la tierra, con las mismas imperfecciones y los errores de los adolescentes (no importarles nada, vivir por vivir, reirse de todo, hacer de la rapidez la receta para las enfermedades)

Esos europeos, por ejemplo, aún se van de sus pueblos, cruzan nuevamente el Atlántico. Con una sonrisa dicen que trabajarán en tal parte, que los esperan. Pero hay otros que se quedan, más que tristes preocupados porque ya no va quedando nadie y es una sensación que desde la antípoda ya vivimos hace mucho: las casas vacías no nos son ajenas

Esos europeos, generaciones posteriores, de pronto regresan al lugar de donde salieron sus mayores, pero ya son otros, están irreconocibles porque vienen de "las tierras del nuaymás" en donde lo único que crece es el polvo con el sol y la violencia con la incertidumbre


Carta de León Iturburu (el ancestro) que desde Francia le escribe arrepentido a Veitimilla haber dejado "el Guayaquil", después de vivir allí tantos años y en donde tenía sus amigos y su vida, todo para sentirse extranjero en "la Francia":