viernes, 21 de mayo de 2021

¿Cuántos amigos nos quedan?


Crecí en un barrio populoso y ya he contado parte de sus historias (Los patriotas del sur), he imaginado otras (Las aventuras del cholo Cepeda) y algunas he vivido con el furor de los años (El libro del barrio). Crecí también con un padre que nos recordaba que amigos verdaderos hay muy pocos: "quizá tres; si tienes cinco, considérate afortunado porque amigo es el que está en las buenas y en las malas". Ahora sabemos que en la vida hay gente buena y mala, y que los mejores amigos también a veces fallan, traicionan. Son humanos, nos decimos. Y no debemos excluirnos nosotros mismos de ser también abiertamente imperfectos. De alguna manera, ese fue el rol dado por los dioses, el destino, nuestro desconocimiento o simplemente la brutal mala fe.

Con los años todo se pone a prueba: la paciencia, la suerte, la preparación, la desidia, la planificación, los amores y los amigos. Unos van y vienen, otros se van y no regresan, otros llegan pero pertenecen a otro ciclo vital y su impacto no será tan grande como los primeros. La masacre de hoy, que por razones sanitarias decidimos llamar pandemia, es quizá el mayor, último de los filtros impuesto por el destino (o el descuido humano) a lo que llamamos amistad. Y en esta masacre han muerto muchos, incluyendo amigos y ex-amigos.

Así, es legítimo preguntarse ¿cuántos amigos nos quedan? En mi caso, menos de pocos. Los "conocidos" dejaron de serlo cuando dejé el país, hace muchos años ya, pues uno de los costos de toda emigración es la pérdida de esa relación de amistad. Y algunos "amigos íntimos" se distanciaron. Uno quiere que la amistad perdure, como todo amor, a través del tiempo y la distancia, pero no siempre es así. Para verificarlo y reencontrarnos, acaso intentar continuar ese pasado de amistad presencial e inconclusa, nos quedaba el regreso. En la vieja casa, a lo mejor un olor o un ángulo del espacio nos ayudaba por unos segundos a labrar imaginariamente la continuidad con lo perdido. Pero, ¿qué ocurre cuando uno ya no regresa o vuelve después de muchos años?

El tema del retorno al punto de partida no es nuevo. Odiseo se pierde por años y cuando vuelve a casa todo ha cambiado. Apenas su perro y acaso un viejo lo reconocen. Pero su hijo ya ha crecido y los amantes de su esposa se han tomado su vivienda. La reinstauración del paraiso ocurre, pero no es creíble porque el recorrido humano es avasalladoramente preciso en demostrar lo contrario. Más que libros, muchas experiencias personales dan cuenta de lo imposible que es alcanzar la utopía perdida (si es que alguna vez la tuvimos, pues quizá solo fue fraguada en la imaginación y la distancia) y en las experiencias personales uno encuentra tantas diferencias como similitudes. 

¿Cuántos verdaderos y cercanos amigos nos quedan? No aquellos con los que nos saludamos, ni siquiera aquellos con los que podemos tomarnos una cerveza (dos de mis mejores amigos no toman), sino amigos con los que recorrimos un largo tramo de la vida. En mi caso, uno de ellos murió hace meses y de otros dos sé poco. 

Cada vez que se me plantea la idea del regreso a Guayaquil, por más breve que sea, poco a poco me van asaltando estas preguntas, pues no participo del ritmo de la ciudad ya que todo ocurre en el tráfico del internet. Parte de mí se divierte con estas disquisiciones.  Para complicarlo todo, los rincones, las huacas de antaño, los lugares familiares, también están cerrados. Las voces, el bullicio mismo, no es lo mismo de antes. 

No sé cómo verdaderamente transcurre la vida allá (no estuve cuando las papas quemaban en esa tierra de valientes) ni cuántos amigos aún me quedan ni le quedan a todos los que dejamos el país hace mucho. Debo confesar que temo una respuesta negativa y contundente. 



 

jueves, 4 de marzo de 2021

poemas

i.


hoy canto a la muchacha que en su cuarto

con la puerta cerrada se pone gafas de colores

en forma de corazón y sonríe y baila

canto al mariquita que se transforma con lápiz y belleza

y deja que las insondables aguas del amor desconocido

afloren frente al espejo

canto a la niña que salta una cuerda en el parque o en el patio de su casa

con otras niñas que no saben del futuro ni les interesan cosas de mayores

hoy canto al hombre que muere solo en una cama

ya no ve a nadie aunque algunos lo recuerdan desde lejos

canto al viejo bus que pasaba lento frente al parque

llevándose a tanta gente de su casa por un día

canto a los pescadores que afanados se abandonan

a la oscuridad de la noche en alta mar

mientras esperan bancos de peces que nunca llegan

canto a este día miércoles que ha dejado su semana y traicionado el tiempo

porque al final era también un silencio de esos que ya no caben

 

ii.


por la noche que ya no convence a nadie

por la noche que aún convence a todos

por los retazos de sombras que se perfilan en una esquina

por la misma esquina que doblamos cada día

y ese día que no transcurre desde hace tantos años


iii.


la vereda central hecha de piedra

la tierra entre la vereda y las casas

algunos sauces y almendros, el árbol de guayaba

las hormigas construyendo laberintos en los primeros callejones

donde viven lorca, cernuda, genet

y también un muchacho llamado reynaldo arenas



iv.

Cuando vuelva será para ver esta calle

mientras el sol cae al fondo (aunque nunca dejé de verla).

Cuando vuelva será para no encontrar a seres queridos

y ver a los que aún transcurren antes de que se los lleve el tiempo.

Cuando vuelva será para ver la pequeña escuelita

detrás del inolvidable colegio, la Casa Parroquial,

las ventanas ahora sin las lindas muchachas.

No sé cuándo vuelva.





Puede ser una imagen de comida, árbol, calle y carretera





jueves, 11 de febrero de 2021

Fragmentos de un diario inexistente

 ¿Cuántos tipos de nieve hay? Cae ligera toda la noche, se acumula en los rincones empujada por el viento. Al día siguiente, es una capa que cubre la ciudad, los casas marginales, el campo. Por la tarde todos salen a limpiar casi con gusto los senderos. Sus figuras van detrás de las máquinas y parecen figuras de un daguerrotipo, vestidos de oscuro, perdiéndose en la llegada de la noche.  Pero luego llueve y cae más nieve, esta vez pesada, sólida y persistente. (No es la nieve de las postales, que también existe). El suelo se congela y debajo de la capa blanca hay hielo. La gente se cuida ahora de no caer, los niños buscan con emoción los juegos, el placer de resbalarse cuesta abajo en planchas, desplazarse libres por la colina ahora tomada por el invierno. No hay peste que venza la alegría de los niños, su descomunal despreocupación en pos de la aventura.

* * *

Escala, composición, espacio pictórico, forma, línea, color, luz, tono, textura, patrón, etc. Cuando lea una crítica de pintura, una introducción con un vocabulario acorde a esa manifestación artística, tomaré en serio a los críticos de pintura. Hasta mientras, sigo pensando en los cuadros de Servio Zapata, en ese único cuadro que viene pintando desde niño y en el cual cabe todo lo que es su recuerdo, imaginación y temor. La selva que es la vida misma, donde trazo y color son la desesperación de abarcar la quietud y misterio, aunque también el temor. La oscuridad de los recovecos de ramas y follaje, de los inexistentes senderos que marcan el límite humano, que es el de la misma incapacidad de comprender la selva, no se diga la jungla (ese trauma de traumas), acaso el mismo árbol solitario en una vereda de la ciudad...

* * *

Después de cuatro visitas al servicio de Emergencia del hospital, luego de reconocerme incapaz de detener el sangrado interno de mi nariz (que me obligaba a tragar sangre y mucosa mientras respiraba por la boca), tuve miedo de morir y dejar a mis hijas solas. Ese sentido de impotencia fue nuevo y también espantoso.

* * *

¿Brodsky o Estuchenko? Me aburren y molestan los largos y herméticos poemas del primero. Hasta que se vuelve humano y, en pocos textos, labra finamente emociones, ideas y recuerdos. El segundo es un poeta conocido en su decir y hay una grata calidez y tranquila sabiduría en muchas de sus líneas. Lo que llamamos vida o experiencia.

* * *

¿Cómo son mis clases en época de pandemia? ¿Qué aporto? ¿Cómo sostengo el aprendizaje de los estudiantes? ¿Qué sacrificios y adaptaciones aseguran una buena inversión?

* * *

Pienso en un viaje a Guayaquil, quizá pronto, quizá lejano, quizá imposible. Pero pienso en ese viaje. Sabiendo que las personas cercanas con quienes me veía han muerto, me pregunto si las otras aún estarán disponibles para unas cervezas, una maratón de diálogo y música, acaso el comentario de un libro que muchos desconocen o una idea ya caducada. A veces pienso que mi hora allá pasó hace mucho. Ni siquiera sé en dónde mismo me gustaría que botaran mis cenizas. 

* * *

Como tantos muertos queridos, Fernando Nieto Cadena a veces me visita en sueños. Pienso en él, en sus poemas memorizados desde que yo era un adolescente. (Ahora mismo puedo declamarlos junto a unos pasillos y tangos si la memoria no me traiciona. Ahora mismo digo). Fernando, que fue siempre un poeta mucho mejor que yo, fue también olvidado mucho antes que yo. A veces alguien lo nombra y en alguna tertulia hasta cuentan anécdotas de lo que dijo, hizo o escribió, como se cuentan anécdotas de Julio Jaramillo en una cantina. Pero Fernando murió y luego lo olvidaron. Si no fuera así sus libros habrían sido reeditados y los colegiales andarían por las calles gritando sus versos porque esa la única manera de mantenerlo vivo. En ese sentido, no tiene objeto vivir, lidiar, depender de burócratas culturales. Después de todo, si Fernando pasó al olvido, junto a Agustín Vulgarín y tantos otros, es justo que yo también quiera decorar mi pecho con la medalla del que ya no está presente.

* * *

"Un héroe de nuestro tiempo" es la novela que leí hace poco. Lermontov describe en ese diario de viajes a cosacos y chechenes, que son más o menos el temido otro. Y ahí el personaje se despoja de sí mismo, entra a duelos y emboscadas existenciales, amores no logrados e ironías. La novela aparece en una película de Bergman, dos a lo mejor; y en otra que no recuerdo. pero ese título... Lermontov también escribió poesía y de ella solo recuerdo uno de sus versos.

* * *

¿Escribirá Fabia algún día su historia, la de sus amigas de colegio y estos meses de encierro? Hace dos años, una niña se mató. No se sabe cómo ni por qué. Escondieron los detalles. Pero ya sido olvidada. Solo queda breve mención de que se pasaba solitaria, leyendo libros en la biblioteca, mientras los demás hacían bromas a la hora del almuerzo. No le pregunto a Fabia del asunto. Mi hija, que se puso a llorar luego de leer "El viejo y el mar" no está preparada aún para terremotos y laberintos. Y esa historia terrible no me toca a mí contarla.

* * *

"Genealogía de la moral" de Nietzsche. ¿La había leído? No recuerdo. El resto de sus obras sí, con toda claridad. Así mismo, vi varias veces "Más allá del bien y del mal" de Liliana Cavani. Hay cientos de libros escritos sobre este filósofo. No lluevo sobre mojado. Pero leerlo me devolvió la nostalgia de las primeras lecturas y el entusiasmo que aún despiertan sus relecturas. Me queda Freud, por ejemplo, por lo conocido y lo aún por conocer. Las poesía completa de Góngora y Hernández, la de Lorca (cuántas veces me salvaron del aburrimiento y la ignorancia). Quiero perderme siempre en ese detallar humano e interminable que es la poesía, en la construcción y destrucción de imaginarios mentales y sentimientos. Y también la prosa, la de Joyse y Tolstoi, por ejemplo. 




miércoles, 9 de diciembre de 2020

"En paz descansen esplendores"


2020: año de la pandemia. De largo, el más cruel de nuestras vidas. Han muerto tantos y millones han perdido sus trabajos, la educación retrocedió y una tremenda contracción económica se viene, quién sabe por cuánto tiempo.

Murieron familiares, vecinos, amigos, seres queridos y personajes que acaso vimos en las páginas del diario. Algunos de Covid, otros de causas asociadas que ya no importa aclarar, otros por la llamada de la naturaleza. Este año se nos fueron en seguidilla. Se recuerdan sus nombres de la larga lista, ahora que están juntos a los que se adelantaron. Y, como en un cuadro renacentista en el que los personajes miran al público, nos han dejado la puerta abierta como señal de que nada es eterno. Lo sabíamos, lo habíamos escuchado. Pero ahora lo sentimos. Lo nuestro hoy es la vanidad aceptando lo irremediable. Thanatos vence a Eros. 

Digo hasta pronto a: Carmen Carabajo, Solón Villavicencio, Augusto Iturburu, Luis Cepeda, Nelson Iturburu, Benedicto Iturburu y Jorge Rocafuerte.

Y, sin embargo... Eros vuelve. 

La vida llama, los niños siguen jugando en la calle, las traiciones ocupan su sitial, la violencia diaria también se recupera. Una muchacha sube infructuosamente al bus camino al colegio, los carros se amontonan, los conductores se insultan, los chistes y chismes se siguen contando en el parque.

La vida sigue. No como antes, pero sigue. Hay que hacer algo, hay que mantenerse activo, guardar la sensatez hasta donde se pueda, me digo. 

En esos afanes, aprovechando que estábamos encerrados, cumplí dos ciclos de entrevistas a figuras preponderantes en el mundo académico y artístico de Guayaquil y Ecuador, pero que no han tenido la cobertura adecuada; y a personas de diferentes orígenes que testimonian su idea de Guayaquil en el pasado de sus barrios. Así, busqué su palabra (no la mía). Ruego que en algún momento otros vuelvan a esas entrevistas. 

En el primer esfuerzo, mis agradecimientos van a: Cecilia Vera, Edwin Ulloa, Hugo Benavides, Ketty Wong, Michael Handelsman, Florencio Compte, Patricia León Guerrero, Pepe Alvarez y Antonio Preciado.

En el segundo, a: Jorge Josse, Guillermo Medina, Angela Portilla, Pedro Gambarrotti, Cecilia Freire, Mónica Maruri, Germán Simisterra, Verónica Pombar, Vilma StOmer y Amaury Martínez.

El encierro, con todos los traumas vividos este año, fue un desafío que aceptamos e hizo que cada uno, a su manera, respondiera a la crisis (incluyo a aquellos que se recuperaron del virus). Hoy, mañana, las semanas que vienen, será un nuevo test a lo que somos y podemos hacer. Después del duro aprendizaje, las condiciones están dadas para un nuevo combate. 

¡Qué venga entonces el próximo enemigo!



 




 


domingo, 22 de noviembre de 2020

¿Quién ganó las elecciones de EEUU?


Joe Biden y Kamala Harris. 

Pero Trump no quiere reconocer la derrota.Veamos este nuevo capítulo de la serie "Democracia de juguete"

Sabemos que Biden ganó el voto popular por más de 6 millones. Pero también sabemos que eso no importa en EEUU, pues quienes eligen al presidente son los miembros de una camarilla montada hace dos siglos, llamada Colegio Electoral. 

Desde el momento en que los medios de comunicación dieron a conocer al mundo al triunfador, se evidenció que un 53% frente a 47% era en realidad el reflejo de un país dividido. Ambos bandos salieron a la calles: los unos a festejar, los otros a reclamar por un fraude hasta ahora no comprobado. Desde el 7 de Noviembre,  Trump se ha empeñado en desprestigiar el proceso de votación y utilizado todos los mecanismos y maniobras a su alcance para declararse presidente por cuatro años. (Se incluye aquí el ridículo y vergonzoso episodio de declararse vencedor antes de que se terminara el contento y cuando ni siquiera se habían abierto los sobres del voto por correo).

Estas jugarretas sobre el inventado fraude electoral, los truquitos para ganar aunque hayan perdido, pan diario en América Latina con sus Evo Morales, Maduros y similares, en Estados Unidos ocurre por primera vez, al menos con semejante descaro y magnitud: Trump bombardea juzgads con denuncias que no progresan, pues al final confía en que la Corte Suprema de Justicia, por el hecho de tener en su mayoría a conservadores republicanos, simplemente le regale la presidencia con la excusa de un fraude que no existe. Trump llama a legisladores de los estados en disputa para que se inventen cualquier leguleyada y le den el voto, se tira contra las farmacéuticas porque no produjeron la vacuna contra el Covid para él llevarse el mérito o amenaza con bombardear Irán (todo autócrata sabe que no hay nada mejor que una guerrita para declararse dictador).  Paralelamente,  junto al Partido Republicano, le ha cerrado puertas a Biden, negándole información crucial para el traspaso de poder de manera ordenada. A los perdedores no les importan el cuarto de millón de muertos de Covid, los cientos de miles de nuevos casos (unos 10 millones de infectados hasta el momento), ni el galopante desempleo. No. Trump se va a jugar golf mientras sus seguidores van a entorpecer el recuento de votos o salen armados a las calles a amedrantar a los ganadores o los legisladores republicanos beben un caro vino en un vacío, grande y mal gusto hotel Trump.


La historia del recuento de votos es porque hay casos de triunfo con un margen mínimo, como el del estado de Georgia  (14 mil). Pero ya están confirmados. Y en casos en los cuales el margen es mucho mayor y es imposible que un recuento lo cambie, pues se inventan que han votado gente muerta, quemado votos a favor de Trump o imprimieron otros a favor de Biden. Dicen cualquier idea descabellada, de esas que, sin embargo, son tan reales en nuestras repúblicas del sur.

El problema de hoy en EEUU es triple: 1- un presidente vulgar, violento y vengativo ha sido derrotado y no sabe reconocer su derrota; 2- un país dividido en dos en una sociedad en franco retroceso; 3- el minar el funcionamiento orgánico de las instituciones. La crisis del Covid, por ejemplo, se da en gran parte porque los gobernadores republicanos de muchos estados y sus autoridades locales nunca obligaron a seguir la orden de distancia social o uso de mascarillas. Permitieron y hasta fomentaron el caos en nombre de una supuesta libertad individual. Lo que se llama anarquía, irresponsabilidad y quemeimportismo. Basura pelucona.

Lo que viene, en caso de que no se dé un golpe de estado (nada descartable, según las jugarretas políticas) será una reconstrucción nacional en época de crisis. A Obama, los racistas nunca le perdonaran su paso por la Casa Blanca. Algo parecido se empieza a ver con Kamala Harris. Los republicanos ya han advertido que pondrán en jaque a Biden y harán lo posible por impedir su éxito. No se diga que la nueva vice-presidenta quiera ser primera mandataria en el segundo período (2024), pues no es posible que siendo mujer y negra lo merezca. Peor aún, al estar casada con un judío. Así está el racismo en EEUU: galopante y oculto en ese 47% de apoyo a Trump.

El futuro de Trump se mueve entre su obvio temor a que le lluevan juicios por impertinencias personales, desfalcos o evasión de impuestos -pues ya no tendrá el poder ejecutivo bajo el cual se ha defendido- la notable caída de su imagen en el mundo (obvio) y entre sus seguidores, el fin del favoritismo de sus aliados internacionales (Putin, Bolsonaro, López Obrador, etc) o postularse nuevamente a la presidencia en el 2024.









sábado, 24 de octubre de 2020

¿Quién ganará las elecciones presidenciales de EEUU?

La respuesta corta es: nadie sabe. La más larga: quizá Biden gane el voto mayoritario, pero eso no se traduce necesariamente en llegar a la Casa Blanca, dada la existencia del Colegio Electoral, grupo encargado de elegir al presidente. Hace años, la mayoría votó por Al Gore pero el CE votó por George Bush (con fraude demostrado). Hace cuatro años Hillary Clinton obtuvo más de tres millones de votos que Trump, pero el CE votó por Trump. ¿Cómo fue posible? Porque el CE es una representación injusta y desequilibrada de cada estado, instaurada hace más de doscientos años, que le da más delegados a estados con pocos habitantes, republicanos todos, pues son de la zona central de este país, conservadora y rural. Solo el Congreso (2 tercios) puede eliminarlo. Hasta ese entonces, las elecciones presidenciales en EEUU son un chiste. Pero volvamos a la pregunta.

Hace cuatro años, las encuestas daban como ganadora a Hillary Clinton. Pero estaban basadas en un modelo de trabajo anticuado, el cual siguen usando. En cambio, la gente de Trump hizo una campaña de micromanejo de la publicidad y confeccionaron diferentes slogans y ataques contra la demócrata, según el pueblo o ciudad. Algo nuevo y tremendamente eficaz para acabar con el enemigo. Al mismo tiempo, sus encuestas tradicionales se basaban en llamadas telefónicas de gente que tuviera tiempo para contestarles sus más de veinte preguntas. Otra locura que siguen haciendo. Solo un par de pequeñas e innovadoras empresas que utilizaban otro modelo (y concepto) de encuesta, percibieron que mucha gente iba a votar por Trump pero sin confesarlo en público. Esas mismas empresas hoy reafirman que Trump ganará nuevamente y por las mismas razones.

Súmese a todo esto dos errores graves que cometió Hillary Clinton: dar por contado el apoyo de sectores del pueblo que habían votado por Obama, a los cuales ni siquiera visitó en su campaña; y decir públicamente que los simpatizantes de Trump eran "deplorables", lo cual resonó mucho en la población blanca empobrecida de las zonas carboneras abandonadas y de pueblos cuyas fábricas habían cerrado camino a México y China, en busca de mano de obra barata. Es decir, millones de desempleados y gente sin educación superior (solo 1/3 de estadounidenses la tiene) fueron atacados por la candidata demócrata en vez de ser valorados, comprendidos y atendidos en su desesperación existencial. Algo como lo que ocurre en América Latina cuando los caudillos populistas pescan a río revuelto.

Hay que incluir aquí el no menos fundamental rol que jugó el aparato de jaqueo e interferencia de Putin, que hizo alianza con Wikileaks (Assange y Rafael Correa como directos apoyos) para divulgar información confidencial de Hillary Clinton que la dejó muy mal parada frente al electorado.

Por esas razones, poca gente confía en las encuestas que favorecen a Biden.

Además, hay que recordar que durante estos cuatro años, un consistente, férreo y claro 43% de votantes (información que la misma campaña de Biden acepta en su sitio de internet) se ha mantenido fiel a Trump, y tienen razones muy válidas para hacerlo: desde la mejora de la economía (algo que heredó de Obama, en realidad) hasta la disminución del desempleo y la atención a problemas que sirven también de propaganda política, como negociar un nuevo tratado comercial con México y Canadá, subir los impuestos a los productos chinos que usan acero, tratar de salir de Afganistán, mejorar la relación con Corea de Norte, impulsar la agenda de paz pro-israelí, chantajear a los europeos para que pongan más dinero para su defensa militar o debilitar la NATO, eliminar la inmigración ilegal en la frontera sur, entre otros. Para cada caso, siempre ha habido una objeción y muchas pruebas de lo poco o nada que Trump ha logrado en esos campos. Pero eso no le importa al 43% de votantes, quienes lo defienden a capa y espada. En otras palabras: gane quien gane, Trump no tendrá menos del 43% del voto. Lo cual puede escandalizar a muchos y generar cuestionamientos de los valores de la población de este país. Pero ese es otro tema.

Para terminar, la candidatura de Biden/Harris no ha sido recibida con mucho entusiasmo por el resto de votantes. Su estilo es más bien dejar que Trump caiga por sus propios errores e incapacidad de cerrar la boca, dejar de twitear o comportarse de manera adulta, inteligente o acorde a su puesto. Es en realidad como si en la Casa Blanca viviera una mezcla de Alvarito con Abdalá en versión gringa.

Por la pandemia, todo lo logrado en economía y empleo por Trump se fue a la basura. Sin embargo, sus más de 20 mil mentiras (el Washington Post las cuenta) y su clara y torpe desatención a la emergencia del Covid-19 por más escandalosa que sea, no ha reducido ese 43% de apoyo. Su respaldo público y promoción de grupos para-militares armados, fascistas y de ultra-derecha, que en otro tiempo eran impensables en este país, no son motivo de escándalo para sus seguidores. En realidad, literalmente, nada lo es.

Así llegaremos al día de las elecciones. Nadie sabe quién ganará. Todos esperan una lucha reñida y disputada legalmente (la amenaza del fraude y de alguna jugada de jaqueo de último momento no son descartables). No olvidemos el crucial rol del Colegio Electoral, cuya autoridad está por encima del ganador de la mayoría de votos.

Si gana Biden, la transición será muy dura y Trump estará listo para declararse dictador vías Corte Suprema (dominada por republicanos). Si gana Trump, no habrá de qué sorprenderse pues el electorado está dividido casi por la mitad (desde hace más de treinta años). Con Trump en la Casa Blanca, ya sabemos lo que puede pasar: cuatro años de lo mismo y de lo peor.

Yo, como un tercio de votantes, acabo de regresar de depositar mi voto. Hacerlo antes es mejor que esperar "el día de fiesta democrática" en estas elecciones que, como dije, por el Colegio Electoral, son un chiste.