jueves, 9 de marzo de 2017

Fernando Nieto Cadena ha muerto (1 de 3)


Lo supe hoy. Me dicen que encontraron su cuerpo ya abandonado a las horas (o días). No quiero pensar más en esos detalles. Diré como Machado en su poema: "No puedo cantar ni quiero/ a ese Jesus del madero/ sino al que anduvo en la mar". Que los dioses te acompañen gordo querido, mucho nos diste en la vida, no espero más en la muerte.
Pongo estos sus poemas y una vieja entrevista que salió en mi "El eco de un tambor":


NUEVOS SILENCIOS
(Fragmentos)
Alguien se conmueve por el buen uso de los paréntesis de un poeta
lo chévere es que lo dice en serio sin aguafiestas ánimo irónico
A veces soy yo quien se pregunta cómo se puede llamar a eso crítica
cómo se puede publicar impunemente un adefesio así
Alguien se felicita por ser fan de un poeta que utiliza admirablemente las comillas
otro se conturba con el sabio manejo de los desaprensivos guiones
Me sigo cuestionando si eso es crítica yo podría escandir el recurso de los
pronominales líricos como si se tratara de pantaletas en desuso tras la pausa menstrual de una ferviente dispensadora de membresías parnasianas
Alguien lee por sobre mi hombro izquierdo lo que desescribo con la mano derecha
otro festeja los tachones sin escribir de la página en blanco
…..
                                                * * *         
Ya sé me contento con poco
Ahora me preocupa echar un pie con el cuero más sabroso de esa mulatez confesa
y en ejercicio de sabrosura que me acompaña hoy
vino a visitarme porque le dijeron que estaba solo ejerciendo mi oficio de solitario
ella es mi paisana mi ñera esmeraldeña mi socia de catres y otros danzoneste voy a prepará chupé de pescao con bolón de verdey lo cumple literalmente literal sumando arroz con coco para que no te queje mi sangre para que ya no diga que no se le quiere
Y plan rataplán marimba niche de caña gadúa
con todos los fierros mi pana paiserita del alma mi negra santa
cómo no voy a quererte si me seduces si me alegras si me arrebujas entre tus
muslos si me llevas a los edenes de la muerte pequeñita y me regresas por los acantilados de los engarces al desgaire mientras las congas el bajo los bongós los timbales las campanas festejan nuestro bembé horizontal si el oru nos despierta nos levanta nos lleva y trae baja Ochún se apropia se hace uno en nuestros cuerpos madruga y anochece con nosotros y nos vemos plácidos felices gozosos en espera de más y más pero no todo se ha de gastar en un día

Debemos irnos cada quien a sus territorialidades doméstico-académicas
cada quien con su plante cada quien a sus respectivas muertes intransferibles
* * *
Se dice en mi ciudad si es que se sigue diciendo habla serio loco
y los políticos como siempre enriqueciéndose desaforadamente
y los curas como siempre llevándose a la cama cuanta beata rica cae por la sacristía
y el papa como siempre jodiendo las mujeres no deben abortar porque es pecado
-Habla serio loco
-Serio te estoy hablando
Supongo sólo supongo
no ha cambiado mucho mi ciudad
tal vez unos cuantos arreglos urbanos en su patrimonio arquitectónico
unas cuantas modernizaciones para que no se diga que sólo la capital es visitable

Veo fotos una revista
esa ciudad ya no es mi ciudad
la que nostalgizo a la que me aferro como tabla de salvación no existe
sólo quedan residuos restos de naufragio
después de veinte y pico de años ¿qué me esperaba?
¿qué se iba a conservar tal como la dejé?
-Habla serio loco
-Serio te estoy hablando
Ayer por un choque el autobús permaneció una hora cuarenta y cinco minutos
 parado en espera que se despeje la carretera
los pasajeros inician su ronda de elucubraciones

* * *
Te pones como quien dice en trance de inventario
notarizas los tiempos muertos los tiempos idos el óbito de los recuerdos
te instalas en las equinas equinoccidades esquineras
te das tiempo haces pausa
plantas el callado cayado en la mitad del patio
Recobras un poco de aire aunque sabes que no hay sueste que sople a esta hora
en la pizarra apuntas que los silogismos del sueño patentizan dos bifurcaciones
retrocedes a la página donde subrayaste algo sobre los manierismos posmodernistas
los humores los turbios humores los bajos humores se te suben a media frase
Tu nueva amiga te dice voy a poner filósofo para saber que este teléfono es tuyo
y la verdad que sí es nueva porque evidentemente tú no giras de pensador
uno es lo que los demás determinan que es
atentti cuenta las veces ya escritas de ques no se debe abusar no te amaches poeta
estadística I estadística II finanzas psicología laboral taller de mercadotecnia
Tu próximo trabajo será marcar las ideas básica para la mejor comprensión y
 asimilación de un texto
miro la triste mirada del tristísimo mirar los miramientos entristecidos de la tristeza
las palabras aunque no lo creas descreído de mierda son instrumento de poder
de poder a poder de qué poder se habla así no se va a poder usar el poder del poder

Calma y nos amanecemos con este íngrimo pomo whiskero
por la salud de las ausentes diosas de los congales a vosotras invoco mis guardianas
 angelicales mis venerables heroínas las únicas de verdad heroicas
por qué se mueven los pies por qué se acompasan en los ladrillitos del alma
por qué los tambores las congas las flautas las claves
rumba pa ti mi negra rumba pa el que quiera bailarla con un poco de inspiración
si todo el mundo lo está bailando porque no bailas mi rico yambú pa gozá
Tinieblas telarañas en mi sesera
tanto Edipo suelto en la isla me distrae me abruma me desconcierta
todos babeantes por su santa madrecita
todos engallados porque madre sólo hay una
todos en fila incestuosos incontinentes quién lo creyera tan seriecitos que parecen

Camino por el malecón voy al mercado los autos no pueden circular
puto embotellamiento se desgañitan los taxistas y camioneros
las bocinas a todo volumen lleve el regalo que nunca olvidará su dadora de vida
bravo eso es de eso se trata hay que vender ahora es agosto en pleno mayo
cruzo por el parque una mujer se planta frente a un hombre y le exige le reclama
van para tres meses que no se haga el menso el que le pellizcan las vírgenes porque debe dar la pensión que no manche
en el día de las madres he venido a felicitarte
tararí tarará yambeque otra vez hasta cuándo
un poco más y se arma la zafacoca de las mil putas sin agraviar a las presentes
un poco más allá otra mujer se engarza con su perrísimo hombre en un clinch sin
límite de hartazgo en un beso mordelón ahí namá a la vista de todo cuanto dios cruza frente a la iglesia ¡cristo bendito!
despierta mami despierta mira que ya amaneció
hace rato que amaneció conchetumadre bocinero
Martes 10 en otros lugares se festeja a las madres el segundo domingo de mayo
por puro gadejo o sea por lo mismo busco las novelas de Fernando Vallejo
sobre todo La virgen de los sicarios y El desbarrancadero para transitar por los
extremos edípicos mal resueltos diría el locuaz aprendiz psicoanalista de pacotilla que anida en todo literato 

ENTREVISTA A FERNANDO NIETO CADENA

Tu poesía empieza a ser conocida durante los años 70, alrededor del trabajo del grupo Sicoseo. Pero eso, en cierta medida, es el resultado de un proceso que se venía dando desde los años 60. En tu caso, cuáles son las fuentes personales, artísticas, ideológicas e intelectuales que estructuran ese proceso que desemboca en Sicoseo.

De golpe, sin anestesia, caer otra vez en los recovecos de una nostalgia prehistórica, me convierte en el animal memorioso y sentimental de siempre, porque contestar la pregunta casi me obliga a realizar un inesperado ajuste de cuentas (y cuentos) con algún olor a testamento pre-rigoris mortis o como se diga en la jerga de los anticuarios con el latinajo a flor de labios. Sea.

 Se supone que debo ponerle orden a la saudade.

a) Sobre las fuentes personales. Una mujer, Doris, bailarina por entonces (el entonces se refiere a los años 60 o 61, en mis años de adolescente con ojos boquiabiertos) estrella del Candy Boite Club (simple y llano cabaret de puerto con una que otra influencia escenográfica de película mexicana a lo Juan Orol) me dijo que yo tenía cara de poeta. Ofendido en mi más insidiosa pubertad le contesté con el machismo ya atesorado a mi destierna edad que a mi nadie me decía marica (todo esto al amparo de los amigos de la neivi nativa que para evitar me haga cura –decían- por estudiar en el colegio San José, La Salle, me llevaban a esos centros culturales nocturnos para que las féminas me iniciaran en los embelesos de la cumbia horizontal. Después, romance más o menos febril, ella me prestó libros de poesía porque curiosamente leía poemas que por supuesto iban del medroso Bécquer al edípico Acuña por aquello de ‘en medio de nosotros mi madre como un dios’. Entre esos libros me prestó uno que me perdió para siempre, Los heraldos negros. Doris me explicó, teoría y práctica, la vida de los poetas y que las costumbres hormonales nada tienen que ver con este oficio que sí me gusta, matantirun tirulán.

b) De las fuentes artísticas que por lo mismo son ideológicas e intelectuales. Por la edad risueña antes mencionada ya era un lector más o menos voraz de todo cuanto pudiera ser susceptible de leerse, desde los clásicos ilustrados de Novaro Editores, Barrabases, Life, Okey, Ecrán, El llanero solitario, Tarzán, Superman y todos las historietas posibles que llegaban a un puesto de revistas a cinco metros del hogar dulce hogar. Para entonces ya me había leído todo el acerbo –que por lo visto no era mucho- de una librería infantil que el municipio puso por la esquina noroeste del parque Centenario. También por esa época había leído y me había atormentado sin saber por qué con las Poesías escogidas de Medardo Ángel Silva en la edición francesa con prólogo de Gonzalo Zaldumbide (lo de Medardo, marcó más que mi poesía mi visión de la vida por ese pesimismo que dicen quienes saben que se parapeta en mis textos. También leí Motke, el ladrón de cuyo autor nunca he logrado saber ni recordar su nombre. Mi tío paterno me regaló El muro de Jean Paul Sartre que contribuyó a incrementar mi confusión general y mi incipiente pero ya creciente desdén por el mundo establecido que para entonces se resumía en la autoridad civil, militar y religiosa. Después cayó en mis manos un libro de un francés de quien tampoco recuerdo su nombre pero si el título de su libro, Corrientes filosóficas contemporáneas, un estudio sobre el marxismo, el existencialismo y el personalismo cristiano. Al rato leí Sobre la educación de Nina Kroskaia –o algo así, luego supe que fue la esposa de Lenin. Paralelamente un amigo militante de urje (unión revolucionaria de la juventud ecuatoriana) me invitaba a su casa por las noches para escuchar los discursos maratónicos de Fidel Castro que Radio Habana transmitía tras el triunfo guerrillero. Todo esto mientras devoraba los cuadernillos de poesía de Simón Latino que me puso en contacto con los principales poetas latinoamericanos, donde el inefable Neruda incluido junto a Porfirio Barba-Jacob o José Asunción Silva me entusiasmaban mientras iba descubriendo a Euler Granda, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena y en un suplemento, creo de El Universo, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio, y en Vistazo sale un reportaje sobre los Tzántzicos a pretexto del Café 77. Justo terminó mis estudios secundarios y me trepó a Quito para estudiar literatura en la Universidad Católica, donde me encuentro con Raúl Pérez Reyes, Gustavo Cabrera y Julio Pazos. Los dos primeros tuvieron prisa en fugarse de la vida, sobre todo Gustavo que se fue a comienzos de los setenta. En la universidad conocí a Francisco Tobar García, con quien tuve alguna desavenencia política y a quien nunca pude agradecerle por todo lo que aprendí más que en sus clases en su poesía. A él le debo mi acercamiento a Rilke, Novalis, Hölderlin, Stefan George, Takl, Michaux (Gangotena de por medio),Ezra Pound, Eliot, Oscar de Lubicz Milozs, Ungareti, Seferis y el Ulises de Joyce y Contrapunto de Aldous Huxley y la Feria de vanidades de Thackeray y, dicho en términos mexicanos, un rechingo de obras como Cien años de Soledad y Paradiso, a pocos meses de haber salido de las editoriales y a escritores como Borges, Cabrera Infante, Juan Lizcano, Leopoldo Marechal, Vargas Llosa, Rulfo y valga el lugar común, muchos más. Rayuela la leí en el 66 por culpa de un amigo de Gustavo Cabrera que fue a México donde vivía un pintor ambateño amigo suyo y regresó entre otras cosas con ese libro y la revista El corno emplumado. Por culpa de esta revista supe de la generación beat, leí fragmentos de Aullido, disfruté ya por mi cuenta de En el camino de Kerouac, de los nadaístas colombianos (de ellos supe por una maestra de Estilística que provocó mi primera lectura pública como poeta ante mis compañeros). Y así, en abril de 1970, regresé a Guayaquil, para iniciar el primer cierre de mi turno al bate que dio lugar a Sicoseo de breve pero enjundiosa memoria, sobre todo por lo que no hicimos (o no fuimos capaces de hacer) aunque eso sí nos sicoseamos y sicoseamos sabroso el mate entre cerveza y cerveza para descomponer el mundo que ni siquiera se dio por aludido. Fin de la primera llamada.

Dentro de ese proceso, qué importancia tuvo y tendrá (luego ya, en Sicoseo, en el FADI –Frente Amplio de Izquierda-, el Frente Cultural) la política, el marxismo, las dictaduras militares y el rol de lo que Gramsci llamaba el intelectual orgánico? ¿Y de qué manera tus poemas se ven afectados por esas coyunturas?

Bueno, creo que nuestro comportamiento era más de intelectuales orgásmicos que orgánicos, con un venturoso ingenuo romanticismo presuntamente de intelectual comprometido, a la manera de un siempre mal asimilado Sartre, en espera de tropezarnos con la revolución a la vuelta de la esquina estando muchos de nosotros (ah, los de entonces que ya no bebemos ni escribimos la mismo) de regreso de donde nunca estuvimos. El candor juvenil dirían los abuelos.

De pronto me vuelvo a encontrar sicoseándome el mate para descubrir a balón pasado cómo la cuestión política se empiernó con mi trabajo literario.

Desde hace mucho, desde que asumí mi elemental  y primitiva condición de pobrecito poeta (a la manera del fraterno Roque Dalton), algo así como un desescritor de cotidianidades, mi consigna existencial ha sido que todo tiempo pasado siempre fue peor. Trato de recordar y me encuentro que en realidad quiero saber si existió algo que de manera tan solemne, grave y almidonada respondió al membrete de fadi, como casi todo, imitación servil de lo que se hacía en otros territorios, Uruguay concretamente. Lo del Frente Cultural fue una vaina de la gente abrigada por La bufanda del sol, a la que Sicoseo correspondió por aquello de que también los guayacos nos vestimos con las modas de la culta izquierda que oraculizaban el advenimiento triunfal de esos tiempos que el delirante/hilarante (hoy lo sabemos) Bob Dylan proclamó que estaban cambiando. Y ya hemos visto cómo cambiaron. Eran los tiempos gozosos cuando el Che todavía no era una camiseta de consumo de post adolescente clasemierdero y hasta nos creímos que la palabra, la poesía era un arma de combate sin percatarnos de la admonición anticipativa de lo dicho por Alberti a través de Serrat, se equivocó la paloma. No porque haya sido un error abrazar el marxismo y abrasarnos con sus enseñanzas que no pudimos, no quisimos o no supimos vivirlas más allá de la pose a lo pensador de Rodin que tanto disfrutó mostrar como el mejor perfil de nuestra infantil (Lenin al bate) militancia de intelectuales con pretensiones de bocineros de los desheredados, ay, de la fortuna, uf.
Eduardo Galeano alguna vez dijo que los asumidos como intelectuales de izquierda por nuestra propia cuenta y vanidad nos convencimos que el pueblo (esa entelequia que nunca comprendimos bien qué denotaba el vocablo) no sólo era mudo (por aquello de prestarle la voz) sino también sordo ya que nunca escuchó nuestras iluminadas palabras y siguió votando por sus explotadores de ayer, hoy y siempre. Sólo que ese indescifrable pueblo ni era mudo ni era sordo. Sucedió que no servimos para ser la conciencia crítica de nadie porque ni siquiera supimos ser conciencia crítica de nosotros mismos.
 Esto resume, supongo, y explica por que escribí lo que escribí y cómo lo escribí y por qué ahora escribo lo que escribo y por qué escribo cómo escribo. Tal vez esto me salvó de caer en el panfleto y me evitó la vergüenza de escribir loas y advenimientos de insurrecciones triunfantes a punta de versos bien intencionados para conmover a los comisarios de turno.
 Cada vez que puedo repito lo que el enfebrecido Hölderlin mascullaba en sus repentinos saltos a la cordura, para qué poetas en tiempos de miseria. Todo mi trabajo literario pretende ser más que una respuesta a esa pregunta, una constante indagación para descubrir para qué la poesía en un país como el nuestro, dolarizadamente corrupto, derrotado por la mediocridad cobarde de los cobardes mediocres. Lo de dolarizado no significa que sólo a partir de la dolarización la clase gobernante-dominante (para usar un viejo memorable estribillo de aquellos edénicos tiempos cuando aspirábamos a ser algo así como los animales puros entre los políticos animales del aforismo aristotélico) sea corrupta. Siempre lo fue, desde mucho antes de inventarse a nuestro paisito de bolsillo.
 Aunque siga siendo cierto eso de que nosotros los de entonces ya no somos los mismos (reprise nerudiano), lo que alguna vez dijo Willington Paredes sobre mi poesía es justo recordarlo, es como hacer un hueco en la cotidianidad para mirar hacia dentro de la cotidianidad (más o menos sic). Si mi trabajo siempre ha rondado las esquinas de la cotidianidad es inevitable que eso que de algún modo reconocemos como realidad exterior ha dictado, determinado, impuesto, sugerido mi escritura. En los años setenta cuando padecimos las ridículas dictaduras de pacotilla, mi poesía respondió a ese avatar (para usar la palabrita que tanto onanizan los felizmente filosófica-política-poéticamente correctos).
 Si de algo presumo y conservo de aquellos fundacionales (je je) tiempos sicoseantes es mi capacidad para seguirme indignando ante los desmierdes del mundo, conservo casi intacta mi capacidad para pelearme y buscarme enemigos por el simple hecho de contradecir la estupidez humana cuando osa tropezar conmigo. Como quien dice, desde mi más temprana edad eso que llaman inteligencia emocional la mandé al carajo. Y en esto algo o mucho tuvieron que ver los no muy sacros textos marxistas que me convirtieron en la oveja roja de mi familia.

Esto nos lleva a plantearnos cómo los filtros del mundo exterior se tradujeron en los filtros poéticos de tu trabajo, cómo el mundo circundante fue también el mundo poético. ¿Hasta dónde el cartelismo, hasta dónde la proclama en tu poesía? ¿Cómo la diferencias de poemas declarativos y simples reproductores de lo externo?

Uno de los textos que determinaron mi percepción de la vida para el intento de elaborar mi personal cosmogonía poética, oh la la, fue La feria de Juan José Arreola. Se sumó a lo que percutía en mi sicoseado cerebro a partir de los textos de Joyce, del Trilce vallejiano y los cantares de Ezra Pound. Todo este revoltijo junto a Rilke, Seferis, Aimé Cesaire, algo de Neruda en sus residencias terrestres y la desmesura de los beats, se confabularon para que mi poesía asumiera un cierto exteriorismo, a la manera de primer Ernesto Cardenal, y se ocupara en recuperar viejas adolescentes obsesiones donde el tañer de timbales, congas y bongós -sin haberlo sabido- percutían lo que devendría mi pertenencia y presencia en estos costados del planeta. Por abrazar y abrasarme en las indagaciones afrocaribes, uno de los cuestionamientos que me hicieron fue que siendo un blanquiñoso de mierda cómo podía apropiarme de la tradición musical afrocaribe. En un extremo racista a la inversa, que eso era vaina de negros no de blanquiñosos. Puerilidades aparte, no creo haberme revolcado –literariamente- en el cartelismo, para sufrimiento y desespero de algunos comisarios del manualismo marxiano que vieron y deploraron en Sicoseo, por aquello de la divina salsa, una expresión de colonialismo cultural, vaina que sólo sus anteojeras partidistas de revolucionarios a la vuelta de la esquina les hizo ver. Lo que hubo, supongo, o mejor dicho hay en mi poesía, la de entonces y la de ahora, es una testificación del tiempo vivido con algo, para no desdeñar viejos membretes, de conciencia social atestiguadora del desmadre colectivo que es nuestro narcisista subdesarrollo político, económico, cultural (en su noción vulgar como sinónimo de producción artística) y mental. Los de entonces eran poemas exterioristas (si algo denota esta palabreja, un poco a la manera de Cardenal y Nicanor Parra). Ahora, pienso, son intimistas pero curiosamente su forma es un tanto épica en el sentido de pretender construir una epicidad que rumie las entrañas más íntimas de una intimidatoria cotidianidad no siempre lo suficientemente existencializada. Tal vez por eso se piense que soy reiterativo, porque reincido una y otra vez en hurgar aquello que menos conozco, los múltiples yos que se ensimisman y empecinan en resucitar el cadáver que alguna vez llegaré a ser. No creo necesario insistir en que si es cierta la afirmación ortegagasetiana del ser y su circunstancia, han sido precisamente las circunstancias de una asordinada vida azarosa la que dicta todo mi discurso poético, si no resulta excesivo y agobiante presumir de un discurso personal no intransferible.

Ya en Sicoseo ¿Cómo se redefinió tu trabajo poético, qué cambió en tu persona privada y artística? ¿Qué valor le das al breve lapso que duró el grupo y, no obstante, dejó algunas cosas expuestas en el tapete?

Más que una redefinición de mi trabajo poético, Sicoseo fue un punto de partida para esclarecer el cómo y por qué de un discurso que trastabillaba sin encontrar una tradición que no sea la complacencia perdonavidas de la mediocridad asfixiante. La fugacidad de Sicoseo sirvió para desolemnizarme y mirar con desconfianza la vocinglería retórica, municipal y espesa de esos tiempos que supongo fueron iniciáticos en más de un sentido para quienes intentábamos encontrar una personalidad más allá del provinciano aplauso que se regodeaba con el recuerdo de los tótems nutricios de una ecuatorianidad nunca demostrada su existencia pero autosatisfecha en su lamentación acomplejada. En realidad me ayudó a faltarle el respeto a los nombres y mitos consagrados y definitorios dentro de eso que ahora la moda llama canon y que no ha sido más que una triste procesión de nichos mortuorios bobaliconamente venerados. De pronto descubrí que no tenía un pasado al cual asirme por lo que debí fabular una tradición fuera de la patriótica histeria historiográfica y encontrar apoyos en literaturas que después de todo nunca fueron foráneas si es cierto eso de que la patria de los escritores es el lenguaje. Contradictoriamente tal vez fui excesivamente cartesiano en eso de la duda metódica aunque en realidad para mí la consigna precisa nunca fue el cogito ergo sum sino el coito ego sum. Sospecho que lo más relevante de Sicoseo fue que mantuvimos durante algún tiempo, unos más otros menos, una actitud algo homogénea ante la literatura que por entonces fue también una actitud ante la vida. No duro mucho porque la vida es intransigente y se dedicó a cooptarnos, también a unos más y a otros menos, dentro de ese carnaval de vanidades bien administradas que presuntamente es lo que de alguna manera llamamos carrera literaria, como si fuera una carrera de galgos tras la liebre sinuosa de la elusiva abusiva posteridad, es decir, la fama y sus oropeles grandilocuentes. Por otra parte Sicoseo me ayudó a autoconvencerme que la única manera de escapar al enmohecimiento literario era escapar del solar nativo para desde lejos asistir a la parodia de país donde nacimos, sumido en un país (aquí donde he decidido quedarme) que como bien se sabe tampoco canta mal las rancheras de la mixtificación social.

Has mencionado "timbales, congas y bongós", luego hecho mención a un "ensimismamientos de yos". ¿Por qué esos referentes culturales? ¿Por qué la salsa y lo afro (o africano) si, viniendo como vienes, del trópico ecuatoriano, y de Guayaquil más concretamente, en esta ciudad los contribuyentes son también indígenas andinos, montuvios (o montubios), es decir, del campesinado costero, que no es precisamente negro? ¿Qué es lo que te permite asumir lo afro en relación a la indagación interna de esos "yos" que mencionas?

Te decía que de pronto me encontré con que no tenía, literariamente, un pasado al cual asirme por lo que debí inventarme una tradición fuera de la histeria patriotoide. Uno de mis descubrimientos, vía la revisión de ese cuento de la patria, fue el hallazgo de unos recuerdos infantiles donde la música afrocaribe era el armazón de unas noches marcadas por las películas mexicanas de los años cincuenta, cuando Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, entre otras rumberas, eran las diosas tormentosas de mi futura búsqueda de una identidad cultural fragmentada. Aquí lo chévere de todo es que fueron películas no vistas sino oídas. En la primera mitad de los cincuenta mi familia vivía en Lorenzo de Garaicoa entre Aguirre y Clemente Ballén (si nos le han cambiado el nombre a esas calles). La pared trasera de la casa colindaba con la parte trasera, justo por ahí debió estar la pantalla, del cine Apolo, sito en la calle 6 de Marzo hasta el incendio punitivo con que el público soberano redujo a cenizas (al cine Apolo, no a mi casa; dicho sea de paso, no sé si todavía a los cines se les sigue diciendo teatro) porque el capitán del ritmo, don Daniel Santos, no pudo cantar gracias a una excesiva dosis de alcohol y marihuana –dixit la voz de dios o sea la voz del pueblo que nunca miente. Bueno, sucede que mi dormitorio quedaba en la parte de atrás de la casa por lo que estuve condenado a escuchar todas las películas que pasaban en ese cine y de paso a los artistas que se presentaban en los intermedios de las dos películas que usualmente se pasaban entonces en las funciones de matiné y noche. Después supe que esa música era música de negros, una música que me cosquilla los pies cuando los tambores reclaman el imperio de una sensualidad aún no descubierta. Por otra parte, dentro de la blanquiñosidad familiar mi mamá era la negra por su piel acanelada que de alguna manera me hizo pensar, conocidas las leyes mendelianas de la herencia, que algún niche berraco en alguna lejana generación de los Cadena Gudiño se empiernó con alguna antepasada mía, o acaso fue un antepasado que pasó por sobre el ardoroso cuerpo de una morena del valle del Chota (la sección materna de quien soy proviene del Imbabura, de Atuntaqui). En fin, nunca me interesó la arqueología familiar ni me preocupé de establecer ningún árbol genealógico. Sospecho que por algún costado de la sección materna de mis apellidos la negritud se coló. Esto lo asumí como explicación de por qué al escuchar esa música me tamborilea el corazón y me arrastran esos tañidos hacia una necesidad de soñar en una edad feliz –que no es la martiana- donde agazapados tótems nutricios tratan de resucitarme una herencia desteñida por el tiempo. A partir de esto la posibilidad de instalarme en la comodidad de un yo único, irreversible e intransferible se perdió para siempre. Así empecé a desarrollar mi propio exilio, existencial y literario, para arroparme con los yos necesario para ir articulando un discurso presuntuosamente personal, como si tal despropósito fuera posible en tiempos como los nuestros, bárbaramente poéticos –dixit Cardenal. En lo que se refiere a Guayaquil. Alguna vez el lexicólogo cubano Juan José Arrom (desde antes del triunfó de la revolución vivió en Nueva York, donde murió hace ya algunos años que cada vez son muchos más) durante una charla en La Habana me confirmó que la zona de influencia cultural del Caribe llegaba por el Pacífico, en América del Sur, hasta Guayaquil. Sigo pensando que llega hasta Moquegua, al sur del Perú, pero si él lo decía quién soy yo para contradecirle. Todo esta vida fuera de Guayaquil me ha ratificado que Guayaquil, a pesar de estar en el Pacífico es un puerto caribe. Como sabes nadie ni nada, en vainas de cultura y razas es químicamente cien por cierto puro. Cierto, hay una presencia andina en lo que podríamos llamar como, doblemente entrecursivado, cultura guayaquileña. Sucede pues que si bien lo de la identidad es inevitable y quiérase o no uno debe asumir su pertenencia a una identidad, yo, en pleno derecho de mis muy personales-egoístas-contradictorios-irracionales derechos que me imagino algo tienen que ver con mi libre albedrío, decidí alguna vez que el rasgo de mi identidad cultural como guayaquileño –ojo. guayaquileño digo, no ecuatoriano- que privilegio como factotum de mi ser y estar sobre este planeta es la parte tangencial o diametral que tiene que ver con la afrocaribeñidad. Si esto no convence, molesta o resulta incomprensible para algunos alguienes embadurnados por el cordón umbilical de la patria equinoccial y su tricolor bandera de oro azul y grana, peor para ellos.

Tienes referentes culturales y literarios nacionales e internacionales, locales y clásicos, de la "alta y baja" cultura. ¿Cómo describirías tu trabajo en el contexto de esas influencias? ¿Qué es lo nuevo que tú crees ofrecer a Ecuador, a México, a tus lectores y a ti mismo?

Supongo necesario para ir entrando en calor recapitular un poco y enfatizar algo más sobre uno de los nombres que mencioné antes, el de James Joyce, de quien suelo decir para remarcar lo mucho que le debo literaria y vivencialmente que me copia mucho. Así resumo y presumo una de las más fuertes influencias que he recibido, asumido y espero que asimilado.
La otra es la de César Vallejo. Hay una que ha pasado desapercibida en Ecuador, fuera es lógico que no pudieran detectarla. La de Medardo Ángel Silva, que para muchos podrá resultar contradictoria pero es la que marca esa visión realista que los normales y políticamente correctos llaman pesimismo en mis textos y que no es otra cosa que intentar la vieja enseñanza de Pablo Palacio, el descrédito de la realidad presente o, regresando al reviejo joven Joyce, evidenciar la futilidad y anarquía –yo diría irracionalidad deshumanizada- de la historia contemporánea como dictaminó Eliot al reseñar el Ulises por todos –casi todos- venerado. Supongo que lo novedoso de mi propuesta fue el hecho de pedir prestado ciertas voces y ambientes de los llamados marginales para instaurar un discurso lejano a las complacencias de los hedonistas y estetas por resentimiento y confusión sociales. Por un lado fue la comprensión de exilio –autoexilio sería más preciso- que se me vino de golpe sin carnaval ni comparsa tras el saqueo a mansalva que hice de los textos joyceanos que desde más o menos 1967 cayeron por mis manos, siempre en fragmentos. En el descubrimiento de Joyce, nuevamente la culpa fue de Paco Tobar, quien me prestó la versión argentina de la editorial Rueda del Ulises. Para completar esta zona de agradecimientos debo apuntar que también a Paco Tobar debo la lectura de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, por 1968. Después conseguí Dublinenses y el Retrato de un artista adolescente, el texto previo de Stephen Hero, otra versión previa más del Retrato y otra más versión previa del Ulises, todo por vía de la Editorial Rueda. Después leí Exiliados en Seix Barral, Música de Cámara en Visor y las Cartas a Nora, Premiá Editores. De Finegans Wake sólo tenía datos, referencias y la presunta constatación de la imposibilidad de verlo traducido, por lo que en México pude comprarlo en la versión de Penguin Book sin que haya podido avanzar mucho en su lectura pero como soy creyente de los letrados críticos de las bellas letras comulgo con la afirmación de que es la obra catedralicia de don Joyce, a quien pese a sus poemas sigo considerando el escritor más importante de todos los tiempos, todas las épocas y todas las lenguas. Si es una exageración, sí ¿y qué? a lo mucho lo que demostrará es que mi ignorancia sigue siendo la mayor virtud que puedo exhibir. Y eso que no soy socrático. En fin, lo que pude ofrecer de nuevo es cosa que lo digan los críticos. De vez en cuando jóvenes escritores guayaquileños me escriben y me confían que en mis textos encontraron asideros para dedicarse a la literatura. Sigo pensando que el mejor comentario, la mayor crítica que se le puede hacer a un escritor es que otro escritor le diga que se hizo escritor por la lectura de sus textos. o como la crítica que me hizo un anciano en el reclusorio de la ciudad de Celaya, Guanajuato, quien me dijo que si seguía escribiendo como escribía –esto fue por 1984- terminaría por llegar a escribir como Agustín Lara. Esto nos sitúa en la otra vertiente de mis influencias o referentes culturales: la mal llamada cultura popular. Desde hace muchos años por aquello de que veinte años no es nada, dejé de ponerle apellido a la cultura. De todas maneras a mí me influyó mucho eso que el cervecero Carlitos Marx categorizó como lumpem proletariat, que en él fue una categoría descriptiva pero que sus epígonos y adversarios convirtieron en racismo, en discriminación clasista. Todo esto porque tras vivir en la contra espalda del teatro(cine) Apolo nos pasamos a vivir muy cerca, demasiado cerca del parque Victoria, en Pedro Moncayo y 10 de Agosto. El mercado central estaba cerca, frente a la casa se ponía una feria (en México les llaman tianguis) de pescadores que para variar entre aguardiente Traguito, añejado como güisqui, y marihuana vendían lo capturado en la madrugada. Entre ellos el hermano de un entonces ya olvidado delincuente porteño, Noterrías. Susanboy fue otro personajes de los llamados héroes populares. Y por supuesto aquí tiene que ver el mano a mano entre Olimpo Cárdenas y Julio Jaramillo en el teatro (cine pues) Central, debieron sacar altoparlantes a la calle para que el respetable público que no pudo entrar pudiera escucharlos. Todo esto aderezado con el fulbito callejero nuestro de los sábados y oh, prodigio y maravilla clase mediera, unos amagos de béisbol en el abandonado y destartalado Reed Park. Por supuesto que no faltó la sazón de los salones cerveceros donde la rokola era el altar mayor para acercarse a la guarachita sandunguera o al bolero diván psicoanalista para confesar fracasos de amor. Mi trabajo lírico se inserta no en un rescate de lo popular sino en su aprendizaje, por eso se me hace difícil esbozar qué pude ofrecer al Ecuador ya que fue mucho más lo que recibí de eso que presuntuosamente seguimos llamando pueblo. Acá en México creo que si algohe aportado ha sido por mi trabajo como coordinador de talleres literarios (dentro de una perspectiva y metodología implementada por Miguel Donoso Pareja cuando estuvo por estos costillares planetarios)) que podría resumir como ofrecer una percepción distinta del hecho literario, donde la literatura sea una actitud ante la vida, un modo de ser, vivir y actuar, y no un canibalesco torneo de cruzados en pos de un nuevo peldaño más en el escalafón camino a la inmortalidad. Después de todo para mí escribir es un sólo un oficio más para testimoniar la vida cotidiana a partir de una experimentación lúdica del lenguaje sin descuidar los contenidos semántico-ideológico-estéticos de ese lenguaje.

Completo la pregunta anterior: ¿Cuáles son las diferencias entonces entre tu trabajo en Ecuador y en México? ¿Cómo ha cambiado tu punto de vista y tu poesía? ¿Cuál ha sido o es el resultado de ese viaje a tu interior que ocupa tu poesía?

 Pienso que la diferencia es más de orden formal más que cualitativo. Mientras estuve en Guayaquil fue una visión exterior ya que estaba inserto en la vorágine de esa esquizofrenia social de la presunta patria, nación, país o lo que fuere. No es, espero, contradictorio que estando en el ojo del huracán histérico-histórico mi expresión haya sido exterior a partir del humor, la ironía sobre todo y un cierto desenfado ante las inclemencias del cruel destino que nos recetó una patria así (los peruanos, creo recordar, dicen que ser peruano no es un sentimiento sino un castigo, y eso vale también para nosotros). En todo caso fueron recursos más bien para la supervivencia emocional e intelectual frente a tanto desmadre de corrupción, hipocresía y oportunismo en todos los órdenes de la vida social, política, económica y cultural. Y conste que nadie estaba libre de culpas para soltar el primer madrazo, dicho en términos mexicanos. Esto quiere decir que el cambio se dio hacia una introyección, un intimismo que no sólo ha servido para intimar y/o intimidad a mis íntimas, sino para hacer una revisión de todo lo vivido, y todo lo vivido va en función de la vida concreta y lo soñado y lo deseado, lo alcanzado y lo fracasado. Es curioso, cuando era exteriorista, con algún tinte cardenaliano –no cardenalicio, mi poesía no era de versos largos pero poco a poco se fue extendiendo, hasta ser lo que ahora es, algo así como una épica intimista sustentada en versículos cada vez más dilatados, anchos antes que extensos. El resultado es lo que ahora perpetro. Para algunos será una repetición de lo ya dicho por esta compulsiva y convulsiva obsesión de regodearme en esta casi necropsia taxidermista de mi vida cotidiana. Ahora que lo digo me convenzo en lo cierto de esa frase con brochazo de sabiduría popular, el pez por su boca muere. Alguna vez dije que la insoportable levedad de la poesía de Mario Benedetti era que se autoplagiaba, se copiaba a sí mismo. Mutatis mutandis lo mismo digo de mi trabajo, sólo que en descargo rezongo que no busco más que testimoniar los múltiples azarosos yos que me acompañan desde mi más intrauterina adolescencia de escritor nacido en un país imaginario con nombre de línea imaginaria.

Tu trabajo aborda la crítica literaria y cultural ¿Qué temas, puntos de vista y autores se vuelven fundamentales para ti? ¿Cuál es el límite de la crítica literaria, sobre todo en relación a la seducción intelectual que representa y que ha hecho que muchos poetas o narradores, finalmente, se concentren más en la crítica y dejen a un lado lo creativo literario?

Comencemos por las obviedades. El tema que predomina en mis escarceos intelectuales es la negritud con casi todas sus consecuencias, desde el afroamericanismo pasando por la afrocaribeñidad y uno que otro tímido (por la carencia documental ya que sé que se está trabajando no sé si poco o mucho pero desconozco todo, bueno, casi todo –este casi no creo pase de un dos por ciento de todo lo que se está haciendo) de lo afroecuatoriano. Los autores fundamentales que continuamente releo son Joyce, César Vallejo, Ezra Pound, Allen Ginsberg, Derek Walcott, Aimé Cesaire, Arthur Rimbaud, Rainer María Rilke, Julio Cortázar -particularmente Rayuela, Pablo Palacio, Jorge Enrique Adoum. He re regresado a mi vieja obsesión por la narrativa policíaca con la obra de James Ellroy. Por ahora me interesa esclarecer hasta qué punto Fernando Vallejo y Roberto Bolaño son los escritores rementados que son hoy por su calidad y no por el exotismo escandaloso de su presunta niñez terrible. Como ves son creadores los que me interesan no los teóricos ni los académicos de quienes cada vez olvido más sus iluminados nombres. Me preocupa el presente que es mucho más que esta vergüenza efímera que nos arrastra la insustanciabilidad del tiempo y por ende del espacio. No me angustia el futuro ni sus grandes cataclismos venideros por el derrumbe ecológico porque no estaré presente. Las futuras generaciones ya sabrán qué hacer. No me siento partícipe ni asumo la culpa colectiva por el deterioro del planeta. Hay otros mierdas que sí son responsables y nada les dicen por su humanicidio, sólo que son presidentes, reyes, primeros ministros o pontífices. Del pasado que siempre fue peor trato de sacar alguna enseñanza para seguir tropezándome en la misma piedra. Los límites de la crítica literaria sospecho son los mismo de cualquier otra actividad humana, social pues. Nada contra el ser humano, todo si es a su favor. mi candor me hace parodiar aquello de todo dentro de la revolución nada contra la revolución. Y vale. Los límites de la crítica deben ser el de no rebasar el pudor de la interpretación para degenerar en una bizantina sobre-interpretación, en los términos que el siempre lúcido Umberto Eco planteó durante unas conferencias en Inglaterra hace quién sabe cuántos años. El hecho de que muchos escritores dejen de producir creativamente para devenir críticos literarios es sólo una coartada para disimular, disfrazar o no reconocer su esterilidad de manera franca, abierta y digna. Espero no me pase algo parecido.

Ahora tu experiencia en México: ¿Cómo llegaste? ¿Cómo fuiste recibido? ¿Qué pasó en el DF y qué cambios en Villahermosa e Isla del Carmen? ¿Cómo te ha servido ese cambio del "centro" cultural a lo que podría ser "la periferia"? ¿Vale la dicotomía?

Llegué a México, cesarvallejaniamente hablando, un día del cual tengo ya el recuerdo. Fue el 26 de abril de 1978, abreviemos la anécdota, justo cuando México enfrentaba en Madrid a España en un juego amistoso rumbo al mundial de fútbol en Argentina. Pienso que he sido y sigo siendo bien recibido, que nunca me he sentido extranjero en este país, ni siquiera cuando debo pagar impuestos por el derecho de continuar residiendo aquí. Como siempre, mis fugas dicen una que otra amiga cariñosa, generalmente han tenido que ver con rupturas sentimentales en las que lo que siempre he perdido son libros y discos para volver a comenzar casi de cero esa acumulación primitivo-obsesiva de capital libresco. Mi salida del DF fue, además, porque repentinamente la nostalgia del mar me castigó más de lo soportable. Fue así como salí para Villahermosa que está a una hora del mar, y luego a la isla, ciudad y puerto del Carmen que ya tu ves, isla al fin tiene al mar por todos sus costados, como sentenciaría el docto doctor Perogrullo. El hecho de estar por estas playas de alguna manera es un exilio dentro de un exilio mayor. Frente al exilio de la presunta madrastra patria (lo de madrastra no es queja ni reproche sino simple descripción constativa) busqué un exilio interior en una isla que lo es geográfica pero también lo es existencialmente en dos sentidos: en uno, la isla es metáfora de la mujer-isla que busco, encuentro y finalmente me desampara para que no se cumpla el ritual edípico mariano del no me desampares de noche ni de día; el otro exilio existencial es personal y por lo tanto intransferible, es mi soledad-isla, con toda la tristeza a cuestas –nuevamente el cholo Vallejo- porque en definitiva nunca he estado solo asó como nunca he estado triste. Sucede que soy triste y soy un hombre solo. Lo que de ninguna manera justifica ni garantiza ni avala que se diga que estoy triste o estoy solo. El cambio de aires me ha servido para dedicarme a escribir a diestra y siniestra. Reviso lo escrito y el cidi me dice que entre 1988 y el 2005 he escrito 27 poemas que en realidad cada uno es un libro, entre 60-80 páginas tamaño carta a renglón seguido en 14 puntos Times New Roman y 2.5 cms. de margen por lado, y con el consabido versículo que hoy utilizo. A eso deben sumarse tres novelas (tríada sobre la isla-ciudad), un libro de ensayos y una estrepitosa cantidad de artículos, reseñas, ponencias, conferencias y una que otra carta de recomendación para amigas y algún amigo. Debe añadirse uno que otro zafarrancho seudo intelectual con las glorias municipales y bien espesas locales que no cejan en ejercer su poco discreto encanto de mediocres cobardes esclerotizados en la contemplación de sus neardenthalistas ombligos. En otras palabras, el aldeano provincianismo es el mismo en México que en Ecuador, por lo tanto será el mismo en el resto de América Latina y, como no me chupo el dedo, es lo mismo en Estados Unidos y Europa, sin olvidar África, Asia y Oceanía, para completar el atlas. La dicotomía pues funciona y es válida, con el agravante de que al estar por acá si me invitan a un encuentro o foro en Monterrey, Guadalajara o Cancún, como no tienen mi dirección mandan el oficio a los centros culturales burocráticos de esta isla donde esconden el sobre o se olvidan que existo. De todas maneras mantengo contactos con el mundo exterior y de rato en rato participo en festivales, desencuentros o congresos para el lucimiento intelectual y social de los intelectuales de pro. La dicotomía existe porque el centralismo aunque esta sea una federación si no se vive en México o sus anexos alrededores, uno no está en México. Casi es vivir en el DF o morir.

¿Qué te ofrece como poeta y como hombre el vivir en Isla del Carmen? ¿Cómo te afecta o no la falta de movimiento cultural que se encuentra en las grandes ciudades? ¿Acaso tu futuro literario puede prescindir ahora de ese contexto más dinámico?

Con todas sus limitaciones, propias de una ciudad petrolizada que no se resigna a asumirse como ciudad chica aunque le avergüence seguir siendo pueblo grande, me permite la libertad de hacer lo que quiero hacer con plena dedicación, al servicio de y para vivir en olor de literaturalidad. Lo que no significa refugiarme en presuntos librescos castillos babélicos sino el de participar con todo lo que soy en este riesgo y audacia de pretender ser escritor en sociedades como las nuestras donde uno debe justificarse todos los días por el desacato, la transgresión de escribir ¡en tiempos como estos, padre Nabor! dicen los mexicanos y lo asumo. Vivir por estos playones me permite cultivar la nostalgia de lo que voluntariamente dejé, la ciudad de de México que con todo lo que se pueda decir en contra me parece una ciudad fuera de serie con un solo defecto, estar –en autobús- a seis horas del mar, y eso sí es imperdonable para una ciudad que merezca ser habitable. El escaso, ninguno, movimiento cultural no me afecta porque de todas maneras busco actualizarme y mantenerme con los ojos abiertos para percibir las pulsiones del ‘mundo exterior’. Por lo demás la vida intelectual en esencia es la misma en todos los sitios, pequeñas o mega ciudades, se vive en medio de la vorágine de prejuicios, envidias, hipocresías, malversaciones mentales y muchos etcéteras más que sirven para darle más sabor al mondongo reducido a una lastimosa feria de vanidades. Esto no quiere decir que he logrado arribar a la cumbre del cinismo estoico o estoicismo cínico que mira olímpicamente con desdén dionisiaco las miserias de la antropofagia intelectual. No estoy más allá del bien y del mal, no estoy de regreso de donde nunca estuve ni fui. No puedo, no debo ni quiero prescindir del contexto mucho más dinámico y creativo de las grandes ciudades. Es obvio que me afecta porque no puedo tener al alcance de mis manos los libros que agobiantemente salen a diario pero, consuelo de tontos talvez, me consuela que aunque estuviera en el DF tampoco podría satisfacer mi voracidad de lector pantagruélico (como hace algunos años me describiste cuando salió Los des(en)tierros del caminante), tampoco podría ir a los ‘actos culturales’ que cada vez son más eventos sociales para exhibir los últimos modelos copiados de algún figurín de tercera mano. por supuesto lo que sí lamento es no poder estar en un clásico Chivas-América o en el clásico beisbolero Diablos rojos –Tigres. A cambio, puedo salir en una lancha –cayuco, en términos tabasqueños- a dar una vuelta alrededor de la isla y bajar en el islote de los pájaros ver a los delfines saltar a menos de diez metros. Esto que no tiene nada de bucolismo marino es sólo el ejercicio de mi realismo pesimista para contrarrestar las carencias de la posmodernidad intelectual; sobre todo si tengo a mano el siempre refrescante disfrute de la amiga cariñosa que por hoy es la mujer de mi vida.

¿A dónde crees que vas en tu vida poética? A más de escribir nuevos poemas, o participar en charlas o talleres y otras actividades ¿Crees necesario un cambio de perspectiva o sientes que "has llegado" o "estás cerca de ser lo que siempre quisiste ser"?

 Desde hace unos años mis amistades de por acá me soportan con una cantaleta que en realidad es un ensalmo. Antes de cumplir los cincuenta años decía que de esa edad no pasaba; luego dije que de los cincuenticinco no pasaba, después que de los sesenta, y ahora digo que de los sesenticinco. Esto suena a plan quinquenal y lo es. Me da margen para desarrollar proyectos de escritura que van acompañados de amores más o menos intensos pero siempre perecederos porque definitivamente no sirvo para soportarme a mí mismo y menos para obligar a una mujer a soportarme. En todo caso mientras viva la necesidad de escribir y amar, mi ensalmo-cantaleta se irá prorrogando quinquenalmente. Esto significa que no he cerrado ninguna posibilidad de conocer y experimentar nuevos conocimientos y medios expresivos, siempre y cuando no me separen de esta isla donde hoy estoy aunque no sea de donde soy –cosa que por otra parte me tiene sin cuidado el ser y no ser donde quiera que esté. No me preocupa saber si llegué o no a alguna parte, literariamente hablando. Hace poco escribí que no me interesa tanto que comprendan lo que escribo sino que sientan el mismo placer que siento cuando escribo. Si lograra esto podría pensar que estoy empezando mi cuesta arriba en la rodada para pretender estar al menos en los inicios de ese oficio de pesadumbres, nuevamente Huidobro, en los primeros pasos para esa larga odisea del espacio que es aspirar a ser escritor, algo que siempre he soñado y he deseado ser. Sospecho que alguna vez moriré en el intento porque, el chiste es reviejo y qué, nadie saldrá vivo de este mundo.

¿Cuál es la pregunta que quisiste responder y no te hice o han hecho?

En alguna oportunidad tuvimos un malentendido por un una expresión tuya en un texto sobre mi poesía que después lo aclaramos. Lo traigo a cuento porque acabo de ver en El pez que fuma una observación más general sobre la ausencia en la poesía ecuatoriana del ámbito familiar y doméstico. En mi caso es evidente y no se requiere ninguna perspicacia comprobarlo. Muy pocas veces menciono a mi familia si no es sólo por alusión en ráfaga, sin profundizar. Hago muy pocas menciones de mis hermanas, de mi hermano o de mis papás. Creo que he hecho más alusiones de mi mamá que de mi papá. Esto posiblemente hizo pensar a más de uno una supuesta ausencia paterna. Al contrario. Uno de los modelos de hombre, por integridad, honestidad y entereza que he tenido es precisamente mi papá. Lo mismo digo de mi mamá respecto a la imagen de la mujer. Los dos, por si fuera poco, fueron un ejemplo de abnegación y compromiso paternos para la formación de sus cuatro hijos. Ya sé que esto ronda la huachafería entusiasta de no hay papás como los míos pero ni modos, dicen los mexicanos. Es la verdad. Tal vez por esto, porque mi vida personal respecto a lo doméstico es todo lo contrario de lo que experimenté familiarmente, hay un poco o mucho de pudor que pienso más bien es respeto para no mencionarlos como se lo merecían. Si no puse en práctica lo que ellos me enseñaron no era muy lógico que escribiera textos con el peligro de terminar en un libro de recortes familiar o en el álbum del nicho del recuerdo. Por eso siempre mis alusiones siempre fueron en abstracto de la familia, ese animal feroz que es la familia (para repetir un verso de una cubana, Georgina Herrera creo). Además el mito o leyenda de mi proclive malafesidad irónica, volviendo a lo del pudor y respeto, me impedía que mencionara ‘seriamente’ a mis padres o a mis hermanos. De todas maneras me parece un tema, el de la ausencia de lo doméstico-familiar en la poesía ecuatoriana contemporánea, muy pero muy importante, tanto que los investigadores literarios podrán entretenerse sabrosamente para documentar todas sus inquinas y proyecciones edípicas. Tema que por otra parte seguirá siendo marginal en mi quehacer poético.

jueves, 2 de marzo de 2017

Eloy Alfaro bajo la lluvia


I.
De pronto se hizo el día. La mañana estaba húmeda, las veredas del parque limpias y la estatua de la madre blanca, delgada y alta. Cruzamos hacia el Alfaro, rompimos las cadenas de la puerta y entramos. En el taller de mecánica estaban Bone y Yagual, riéndose de sus maldades. Los vimos tomar los palillos de soldadura y pegárselos en el trasero a los que por ahí pasaban. Luego apareció Vives, el profesor, y les dijo dejen de molestar. Ellos agacharon la cabeza pero lo miraban con el rabito del ojo, hasta que se fue. Otra vez volvieron a sus maldades en el taller de mecánica. A un costado, en el de ebanistería, estaba Valeria. Le decíamos así por Muchacha italiana viene a casarse pero no se llamaba Valeria ni era mujer ni meco. Sólo se dejaba caer un largo mechón de pelo sobre el rostro. Valeria cepillaba madera y mostrando un trapecista de balsa lo hizo girar mientras apretaba la mano. Por ahí viene Payasito, dijo, y se puso a arremedarlo con una voz de gallina espantada. Valeria también vivía en sur, frente al Camal. Le gustaba leer y a veces nos quedábamos conversando de lo que se podía conversar a los 13 años, edad de patriotas. También estaba Soria, que era un cholo fuerte y alegre. Soria una vez dejó las clases por dos semanas. Se había con su padre en el barco pesquero a alta mar. Era temporada de pesca y había que ayudarlo. Con Soria a veces íbamos a casa y comíamos algo que preparaba mi vieja. Igual con Patrel, un muchacho flaco, blanco, con el pelo rizado corto y ademanes de mayor… Pasó el tiempo y nunca supe de ninguno de ellos.
II.
Fabia, Fabiana: las escenas se suceden como en un rollo de película mirado a contraluz: el día del examen de matemáticas que tenía que repetir. Nadie entendía qué eran las matemáticas porque nadie nos las había explicado. De repente, aparecía un sabio y se ponía a dibujar números y rayitas en la pizarra. Otras veces, mezclaba letras y números, y otras añadía figuras geométricas. Nadie sabía que cada letra era sólo un valor por descifrar, que había un solo camino y una sola llegada. Nadie sabía eso. Ni Moreano ni yo ni nadie de los que estábamos pasando vergüenza. Pero el profesor nos dio una oportunidad más. A la postre, fue igual que pedirnos sumar 2+2, pero muchos ya no entendían nada y se quedaban helados, inmóviles, como muertos. Y así, esa mañana húmeda de Abril y de estudiantes aplazados, mis compañeros salieron con sus padres con la cabeza baja, vencidos por los números y el sistema. No los volví a ver tampoco nunca más en mi vida. El colegio era el inicio de un viaje sin retorno. Agunos tomaban un camino, otros otro, pero nunca nadie regresaba. Era imposible detener el tiempo y eso lo comprendimos en ese instante de silencio y temor. Pocos días después terminó la cruel estación de la lluvia y volvimos al colegio, a un nuevo año de uniformes nuevos y libros nuevos y zapatos nuevos. Los problemas serían los mismos, o quizá más graves. Cuando uno crece, crecen también los problemas. Ese fue, a fin de cuentas, el viaje que cada uno de nosotros realizó en alta mar, en la noche negra y peligrosa de oleajes. Nosotros éramos Soria, Patrel, Bone y Yagual y Valeria… Al año siguiente fuimos menos inocentes.
III.
En un bus viajamos a la fría capital. Nos tomamos una foto debajo de la inmensa e inacabada estatua de la virgen, una mujer callada que nunca escuchó nuestros rezos. Prometí que las cosas serían diferentes. Y vino ese año y el amor por una niña que desapareció y cuando la volví a ver llevaba todo el tiempo del mundo sobre sus hombros. En ese remoto pasado oigo su risa, siento sus labios y estudio mucho y hago deportes y siento que voy siendo otro, más cercano a quien quería ser. Y pasó un año así, rápido, y yo entusiasmado por cualquier cosa mientras las huelgas colegiales y la dictadura militar copaban el tiempo. Y luego llegó diciembre y todo terminó y mis viejos me mandaron de vacaciones en un barco de guerra a las Galápagos. Y vi las islas Santa Cruz y Floreana con sus leyendas de alemanes locos y perdidos, y el volcán con su laguna marina en la San Cristóbal, y vi que en pocos minutos el terreno daba mangos y guayabas y en lo alto uvas y duraznos. Vi las inmensas tortugas, los piqueros patas azules, los lobos marinos, las focas y los pingüinos. Y en el mar un pez que se inflaba para ahuyentar a los peces más grandes. En el barco estaban los estudiantes de la universidad Vargas Torres de Esmeraldas. Y una hermosa muchacha estaba junto a ellos y conversamos mucho. Con los estudiantes armamos un equipo y jugamos contra los marinos en la Isla de Baltra. Los goleamos de lo lindo y nos hicieron caminar largos kilómetros de regreso al buque. Fabia, Fabiana: hay algo extraño en esa gente, deben andarse con cuidado. En el viaje iban también un profesor argentino que me habló de Cortázar y me dijo serás escritor, y cuatro aniñados de colegios religiosos que con los años volví a ver de pasada, y un colombiano de Manizales que resultó ser muy buena nota (¿debo contarles que se hicieron arquitectos de la Católica?)



IV.
Cuando regresé a Guayaquil, luego de pasar meciéndome tres días en medio de gigantes olas en el océano, ya era otro. Recordaba a la niña de repente, pero más a la chica de Esmeraldas. El tio Kukuku, que siempre viajaba a la provincia verde, una vez le llevó una carta mía y me trajo una de ella. Pero todo se perdió en la distancia. Y cuando empezaron las clases nuevamente, solo pero invencible, fui a ver todas las películas francesas que llegaron a Guayaquil, fui a todos los conciertos de música clásica y leí todos los libros que cayeron en mis manos. En Comala, un hijo desesperado busca a su padre en la ventisca y el terreno seco. En Macondo, la bella Remedios se va al cielo y hay mariposas amarillas cuando aparece Mauricio Babilonia, y hay fiestas en mi casa cada fin de semana y bailamos cumbias y música de la Motown, y en París muere Rocamadeur y la Maga le escribe una larga carta, y Oliveira no sabe qué hacer (nunca supo qué hacer), y Traveler regresa a una ciudad llamaba Montevideo (¿o era Buenos Aires?) y yo soy Michel Piccoli y busco a esa mujer vestida de azul en las calles de Paris, que se enamoró de un policía que fingía de banquero sólo para apresar a una pequeña banda de ladrones. Yo era otro y el pasado ya no existía. Al menos, eso pensaba…


martes, 3 de enero de 2017

¿Para qué sirve la literatura? (Butor vs Deleuze)

Leer el segundo tomo de "Sobre literatura" de Michel Butor y, paralelamente, una antología de Gilles Deleuze, me ha traído recuerdos asociados a esta pregunta. No hay cómo responderla satisfactoriamente para todos. Y, como siempre ocurre en el mundo del arte, su valoración depende de la coyuntura personal y el momento histórico, de su función social y las estructuras con las que funcionan el lenguaje y la imaginación.

En mis años colegiales, la literatura era un desafiante mecanismo de placer y conocimiento: resultaba innovador y refrescante leer sobre los griegos o Medardo Angel Silva, era también sorprendente aventurarse en los diferentes caminos de la escritura. Un adolescente vive y siente mucho pero piensa poco: su día a día se opone a cualquier proyección al futuro. La literatura, en esos años, era simplemente parte del presente. En el último año, con el Conde Martillo y por invitación de Gaitán Villavicencio, nos integramos al grupo Sicoseo.

Para cualquier colegial, estar junto a escritores mayores, aprender de ellos, reirse con ellos y abrirse a nuevas experiencias (literarias, artísticas, musicales, sentimentales) ejerce una influencia definitiva. Así, yo, que había pensado estudiar psicología, cambié a literatura, sin saber aún qué era, para qué servía, de qué me iba a ayudar.

Los años de la Católica fueron para sembrar más dudas que aclarar interrogantes, aceptando de antemano que no habría respuesta definitiva, quizá tampoco interesaría. Sartre nunca me convenció, es más: ni siquiera lo recuerdo. La vida era lo mismo que la literatura, la política era igual que la literatura, nuestros amores eran literarios y el tiempo era una ficción personal que mezclaba personajes de libros con banalidades cotidianas. Nosotros, nuestra vida, era la literatura misma. Así, no tenía sentido la pregunta porque la respuesta era obvia: la literatura sirve para vivir, aunque sea vivir por vivir, como dice la canción:

Cuando fui a estudiar a Paris (1984) pensaba, como todos, que la semiótica era lo mío. No la literatura, la semiótica (o semiología, para los puristas). El primer año fue para concentrarme en el francés y auto-formarme.  Fue un diálogo con Nicolas Ruwet, director de la colección Poétique de editorial Seuil, el que me hizo decidir por linguística. Durante el primer año, devoré todo lo que pude sobre Gramática Generativa, estructuralmente demoledora en comparación con la semiótica de Greimas y compañía. Ese año intenso vi en el campus los cartelitos que ponía Julia Kristeva en la Universidad de Paris VIII-Saint Dennis para formar grupos de estudio de psicoanálisis, estuve en una sustentación de tesis donde se encontraba Oswald Ducrot, rumbo a mis clases veía de lejos a Gilles Deleuze dando cine. ¿Y la literatura? ¿Servía para vivir? No lo sé. Estaba olvidada. Así de simple.

Al año siguiente, tenía que matricularme en un programa académico superior. Las opciones eran: linguística generativa con Ruwet, semiótica con Jean-Claude Coquet (o gente de Greimas) o volver a la literatura escrita en español. Hablé con Coquet, recuerdo, y me dijo que podían formar un comité con la gente de literatura latinoamericana para lo que podría ser mi tesis de maestría. En Guayaquil, Carlos Rojas me había hablado también del crítico argentino Saúl Yurkiévich y pedí una cita con él. Me presenté, conversamos y empecé a estudiar literatura latinoamericana (con permiso para escribir mis trabajos sobre ecuatoriana) y Estudios Latinoamericanos (un diploma superior interdisciplinario).

De repente, la obra y el encanto por Borges, Cortázar y Vallejo fue recuperado. El alivio de leer en mi lengua lo que me gustaba era inmenso, en comparación con la pesada teoría linguística, la métrica y la poética. No me veía ya en los próximos años estudiando algo que me resultaba árido. En ese momento noté con gusto, a lo mejor de manera más consciente, que la literatura sirve para dar placer, que ese es su motor principal, sea como lector o como crítico (ay del crítico que no sienta placer). Y luego de ese placer incial está permitido el resto.

Al terminar mi maestría con Yurkiévich (1986) no volví a plantearme la utilidad de la literatura, pues estaba otra vez metido en el mundo del lenguaje, la creatividad y sus regulaciones. Era claro que la gente "estudiaba" literatura y podía enseñarla también (y no vivir mal) siempre y cuando fuera en una ciudad con recursos y poblaciones que pagan bien por ello. Estudiar (o leer), enseñar y escribir se transformó en una agradable trilogía desde entonces y durante la siguiente década. La literatura, profesionalmente, sirve para vivir a varias aguas laborales, combinando una cosa con otra, regateando, luchando, pero siempre con el poderoso respaldo que da el conocimiento secreto (esa fantasía de ser un iniciado) o la información, según el afectado.

A partir de 1998 (año de mi trabajo en SUNY-Plattsburgh), la profesión redefinió el sentido de la literatura: se la puede producir, consumir y enseñar. La literatura sigue pidiendo prestado conceptos y vocabulario de otras disciplinas pero logra convertirse en una profesión, sirve laboralemente. Sin embargo, en EEUU, sirve más su parte formalizada como "enseñanza del idioma" (español o extranjero). Y el entrenamiento para ser profesores secundarios (tradicional mercado laboral para quienes estudian artes o humanidades) busca satisfacer la demanda por mejorar la capacidad letrada de los futuros profesionales en diferentes ramas.



El paralelismo entre leer comentarios, casi conversaciones, de una persona que sabe mucho de algo que los otros quieren conocer (Butor), versus un crítico que sabe cosas que poco interesan, crípticas o de recóndito acceso (Deleuze), está en el centro mismo de la pregunta "¿Para qué sirve la literatura?" Es obvio que, en el caso de Deleuze, la literatura dejó de ser importante y pasó a servir su interés especulativo. No importa el lector, cuanto el autor. Hay "escritores" (sobre todo en países con poco intercambio y desarrollo literario) que ensayan también ese modelo de auto-encierro meta-crítico y valoran decir incoherencias en muchas palabras que comunicar directamente lo original, lo que llevan dentro, su percepción del mundo (ay de los escritores "profundos" o deleuzianos). Hay otros, como Michel Butor, que escriben para los lectores, comparten con ellos sus secretos y temores, sus fortalezas y hallazgos. Siempre abierto, franco, sencillo como los clásicos (diría el gordo Nieto), Butor cita y comenta, no anda jugando a la adivinanza ni perdiendo el tiempo. El placer que da la literatura, aunque sea en forma crítica, no puede posponerse. Es su condición vital, es un arte propiamente (al arte de la conversación).

Quizá los ejemplo que pongo abajo ilustren mejor ese placer literario al que me refiero. Son de Gabriela Vargas Aguirre (Guayaquil, 1984), una autora que me parece intelectual y poéticamente honesta y valiosa. Luego de su lectura, podremos pasar a la también placentera conversación de lo que significa:

PLANA

Los poetas caminan entre la gente y la gente los mira con cierta falla.
Los poetas caminan dejando un murmullo detrás nuestro que luego es pájaro y luego un dragón de papel en llamas.
Los poetas caminan con una convicción rabiosa hacia un nido de palabras detrás de todas las constelaciones.
Los poetas caminan de espaldas porque siempre están mirando el pasado.
Los poetas son como dioses envidiosos aun cuando cada uno NECESARIAMENTE ve la poesía de una forma distinta.
Los poetas caminan por encima de todos los cielos y muy por debajo, donde viven.
Los poetas caminan por las paredes por una cuerda floja de caramelo.
Los poetas caminan soñando porque de chicos les cortaron las alas.
Los poetas caminan, se pisan entre ellos, caminan, se chocan, se pisan.
Los poetas caminan alucinando con que serán inmortalizados, porque de ellos emerge el nuevo mundo, la última moda.

CONTEMPLACION

***
Anochece y sigues pegada a la misma ventana
y a veces está cerrada
y a veces su reflejo te aclara y me deja verte más adentro
y te miro por encima
y te ves más distante que otro planeta
y te miras en el espejo
y la cara te cambia
como si te hubieran apretado lo que te quedaba de alma
en otro pedacito de espacio en el que te deformas
y se te caen las manos
y la boca
en la contemplación de tu ser de agua
que busca fundirse con dioses vestidos de seda
(a veces índigo, a veces celestes, a veces azules)
de múltiples manos
y uñas pintadas
(a veces rosas, a veces rojas, a veces dedos en llamas)
que entonan flautas y danzan al ritmo de tambores
y entonces mi corazón se apaga
porque no contemplas tu sangre
derramada en piso,
y mis manos te buscan y solo siento
el sonido primordial que eres y somos:
la nada y el blanco.










lunes, 26 de diciembre de 2016

Michel Butor y Michel de Certeau: ¿Para qué sirve la teoría literaria?


En los años de la Católica, en una edición de Seix Barral, compré los dos tomos de Butor "Sobre literatura". Desde esa época hasta hoy, los he avanzado de a poco, sobre todo para llenar alguna curiosidad o necesidad bibliográfica específica, pero me han acompañado en mi auto-exilio. Hace un par de días decidí terminar el primer tomo. Abrí sus viejas páginas, reparé que ya no tenían portadas (¿en dónde se habrán perdido?) y que de alguna manera sigo siendo el jóven lector de esos años. Me explico: Un lector joven busca entender, aclararse, confirmar sospechas o pelearse con la crítica, en este caso. Al mismo tiempo, esa dimensión lúdica y placentera de la lectura debe verificar rigurosidad y desdén por la racionalidad extrema, pues al final es sólo una forma más de tiranía mental.
El resultado de mi lectura ha sido una experiencia muy agradable pues, a pesar de que los ensayos de Butor fueron escritos a fines de los 50s, se mantienen frescos, calmadamente eruditos, detallados y creativos.
He leído con emoción sus comentarios sobre "La princesa de Cleves", Dostoievsky, Kirkegaard y Julio Verne. Me he preguntado cómo aplicarlos a la literatura ecuatoriana, acaso a la de otras geografías. Y en ese proceso he hecho paralelismos, escrito o terminado en mi mente los ensayos que tengo en carpeta, inéditos, de los años en Oregon y un poco antes. Creo que para eso sirve la teoría literaria: para entender mejor las cosas. A mi edad (biológica e intelectual) puedo descartar con facilidad lo que no sirve o no funciona, y si la teoría no me sirve para un fin concreto (no confundir ser concreto con ser sectario) sé que nada pierdo al dejar de contar con ella. En el caso de Butor, felízmente ha ocurrido lo contrario. Sin embargo, no podría decir lo mismo de Michel de Certeau.
Jesuita francés (1925-1986) de formación clásica cuya obra se da a conocer en los 70s y 80s, no tuvo el reconocimiento mundial de Barthes, Derrida o Foucault tuvieron. Su nombre, para muchos, está aún por ser descubierto. Llegué a su obra por consejo de Piere Cesare Bori, profesor de Bologna que conocí en Oregon, cuando buscaba horizontes para mi tesis doctoral (sobre misticismo femenino en el período colonial de América Latina), pues Certeau escribió mucho sobre el tema.
Mi lectura pendiente era su "Heterologías. Discurso sobre el 'otro'", una llamativa antología de análisis literario y cultural. Al igual que con Butor, y para sorpresa mía, encontré autores en comun, sobre todo Julio Verne y Soren Kirkegaard.  Pero el camino recorrido por éste investigador es más formal y árido que el de Butor, y vale la pena distinguir sus diferentes aproximaciones al material de estudio. El Certeau de "Heterologías", a pesar de su fuerte engranaje en la teoría psicoanalítica de Freud o de algunas referencias a Foucault, se deja leer, da seguridad en el tratamiento del tema y la aplicación de la teoría al material bruto. Quizá su jesuitismo lo garantiza en la destreza, quizá su mismo proceso reflexivo, independiente de las trabas del dogma religioso.
Mientras su "La práctica de la vida diaria" se asume como un libro más abierto, de hecho más

(https://monoskop.org/images/2/2a/De_Certeau_Michel_The_Practice_of_Everyday_Life.pdf) se

conocido, sin llegar a la prosa no espcializada, en cambio "La escritura de la historia" es lo contrario: largas páginas de teorización sobre el mismo objeto en una espiral que agota, frustra y no tiene sentido, a no ser que uno guste de las dificultades gratuitas o las abstracciones, ambas textualidades propias de un momento de infancia académica. He revisado con cierta disciplina y esfuerzo las páginas de este último libro y sé que forma parte de esos que no son para mí. Y, como decía al inicio: la teoría solo me importa si me sirve, si tiene una aplicación práctica que mejore la calidad de la vida (esta tesis ya la he mencionado y sale de "Practicing Philosophy. Pragmatism and The Philosophical Life" de Richard Shusterman). O, para decirlo más concretamente: para descubrir lo que la literatura, el discurso, la vida y sus manifestaciones esconden, quizá para detectar mejor los resortes de la ideología que tanto reclamaban Karl Marx y Raymond Williams, entre otros.
...
Falta poco para terminar el año y mucho ha pasado, sobre todo muchas cosas malas: han muerto nuestros amigos y artistas favoritos, y un neo-nazi, corrupto y vulgar, con dinero y atroz ignorancia, será presidente de EEUU. El lector joven que fui y aún soy quiere dar batalla contra la fatal realidad y las páginas de libros olvidados o inconclusos: "y el negro ahí", como dice la canción.
Me queda mucho por leer aún, es obvio. Lo siguiente será el segundo volumen de Michel Butor y el "The Deleuze Reader", de aquel crítico a quien vi una tarde en Paris VIII, dando clase de cine, mientras Claudia, una linda italiana que apareció en la universidad, alumna de Mario Rossi, lo esperaba, porque quería que Deleuze dirigiera su tesis....

lunes, 19 de diciembre de 2016

Música popular y teoría cultural: nuevas experiencias





A fines de Agosto pasado, inciamos el semestre de otono con un curso que ya he dado varias veces: Aplicacion de Teoría Cultural a letras de canciones representativas, el cual me sirvio para reforzar algunas aplicaciones y distribución informativa (de ahí que incluyo los blogs de mis estudiantes al final de este punteado). La tesis principal era que se podía comprender más en detalle la cultura latinoamericana al estudiar dichas letras y, con ello, entender mejor, más empíricamente, los pormenores de nuestracivilizacion.

Para hacerlo, era imprescindible la aplicacion de conceptos correspondientes a las estructuras verbales predominantes en las canciones. Asi, por ejemplo, vimos que el concepto de "cronotopo" de Bajtin era apropiado para reflexionar sobre los corridos y narco-corridos mexicanos, a veces también sobre el vallenato y el merengue, entre otros. Vimos como el hip-hop, increíble y creativamente corresponde al concepto del "flaneur" de Walter Benjamin, pero llevado a la tensa radicalidad que evocan las peligrosas calles nocturnas y sub-proletarias de la geografia hispanoamericana. En todos los géneros musicales, verificamos como omnipresentes las categorias y figuras que Walter Ong y Roland Barthes establecen como "oralidad" y "discurso amoroso", sobre todo en el bolero y la balada.

Como tela de fondo, y por tratarse de un público estudiantil femenino, me interesaba que pusieran en contacto la reflexión personal/política que Frances Aparicio hace sobre crecer escuchando la música salsa, además de reconocer los tópicos retóricos de la tradición medieval y renacentista, proponderantes en las letras de canciones.

Mis estudiantes hiceron eso y mucho más. Como siempre, hay algo logrado y un largo camino por recorrer. Al final, distribuí en clase estas conclusiones (ver abajo) que son, como ya casi todo en la vida: provisionales, pero basadas en el contexto académico actual. Dejo entonces abajo parte de lo producido, y una invitacion a que nos sigamos encontrando, sobre todo en esta época en que el mundo entra en un proceso de mayor amenaza por el avance del ne-nazismo en diferentes latitudes y nos podría hacer retroceder 80 años o más. Que el diálogo de teoría y arte popular se extienda a otras esferas de la cultura.



CONCLUSIONES

1. La cultura de una sociedad puede ser estudiada a través de sus géneros musicales y canciones representativas;

2. Las letras de las canciones hispanoamericanas tienen una dimensión histórica (son producto de la historia, a la cual reflejan, interpretan y detallan) y un registro de emociones personales (en el caso del discurso amoroso), ambas son linguística e ideológicamente sofisticadas;

3. La teoría cultural es apropiada para analizar las canciones y descubrir sus complejidades como “objetos de estudio” (no son simples formas discursivas sino que tienen niveles complejos de significado);

4. Las letras de las canciones latinoamericanas son universales: tienen una estructura linguística “universal” (que existe en otras culturas y en otras épocas); por ejemplo: la oralidad que estudia Ong, se la puede verificar en las letras de cualquier cultura del mundo y de las canciones; el cronotopo que elabora Bajtin, se configura en el corrido y narco-corrido mexicanos; el discurso amoroso de boleros y baladas corresponde a los parámetros estudiados por Barthes, etc;

5. Las letras de las canciones latinoamericanas nos informan también de situaciones antropológicas, políticas, de género sexual, de jerarquías de poder, etc, como lo analiza Frances Aparicio;

6. Son paralelas al desarrollo y tradición de la cultura española pre-moderna y colonial, y añaden elementos propios del desarrollo de la América ibérica, desde el siglo XIX hasta el presente;

7. Puede rastrearse su génesis (el momento en que nacieron) en la cual se encuentran instrumentos musicales, motivos estéticos/líricos y huellas culturales que vienen de la presencia africana, indígena y española (y sus variaciones), y se funden con la nueva geografía y la vida diaria en diferentes regiones, localidades y países;

8. No queda 100% claro que las letras latinoamericanas sean únicas, que existan con esas características, pues se puede hacer paralelismos con otras culturas, como la estadounidense, y encontrar muchas similitudes, así como diferencias (sobre todo de caracter histórico);

BLOGS DE ESTUDIANTES:

http://ldave002.blogspot.com/2016/12/un-cuento-de-sentimientos.html

http://leahmariie.blogspot.com/2016/12/mi-ensayo-para-nuestra-clase-analizando.html

http://cafecitoconsherry.blogspot.com/

http://delsi25.blogspot.com/