jueves, 10 de noviembre de 2016

¿Réquiem por Estados Unidos o celebración del Cisne Negro?

Hace algunos meses, haciéndome eco de una sospecha que se había mencionado timidamente en otros blogs, anuncié que Trump podía ganar las elecciones presidenciales de EEUU. Mis notas venían de la elaboración que Taleb hace en su libro sobre "El Cisne negro" y los eventos nunca imaginados que, de repente, llegan y desbaratan todo orden pensado, establecido e imaginado, como fue el caso de los ataques terroristas del 11 de Septiembre en Estados Unidos, y la crisis económica del 2008.

Trump ha sido en realidad el Cisne Negro que nadie esperaba:  heredero de la fortuna de su padre y conocido por ser un personaje de TV, su extremo narcisismo, su vulgaridad, el mal gusto y el odio hacia las minorías, con un record empresarial que se teje entre los desfalcos al estado (declaró, solo en un año, pérdidas de casi mil millones de dólares), las quiebras de negocios (casinos, hoteles y productos varios) y las maniobras ilegales que , contradictoriamente, atacó duramente en su campaña. El mar de contradicciones entre lo que Trump dice y hace no fue nunca motivo para que perdiera; muy por el contrario: mientras más la prensa se hacía eco de sus escandalosas declaraciones, más crecía su optimismo y el número de seguidores.



Hoy, llegados al tercer momento del fenómeno llamado Cisne Negro, que es de explicación de lo inesperado como algo que se podía predecir, anoto abajo algunas de las razones por las cuales Hillary Clinton perdió las elecciones:

1- Su imagen nunca tuvo acogida optimista por parte de la mayoría de votantes (para ellos Hillary es corrupta, mentirosa, ambiciosa);
2- Los hispanos votaron por ella en mayor volumen, pero Trump sacó también más votos hispanos de lo esperado, y muchísimos más de los blancos y blancas;
3- Jamás visitó Wisconsin porque daba por hecho que estaba bajo control demócrata, y sus campañas en Ohio, Michigan y Pennsylvania fueron menores (también los suponía demócratas, cuando los 4 estados votaron  a favor de Trump);
4- Los afro-americanos y una gran cantidad de jóvenes votantes, potenciales seguidores de Bernie Sanders, simplemente no salieron a votar por ella, muchos por odio o resentimiento (gracias Wikileaks), otros porque pensaban que estaba asegurado su triunfo;
5- La incidencia de Wikileaks (a cargo de Julian Assange desde la Embajada de Ecuador y con el permiso de ese gobierno, en una sospechosa coincidencia con Putin) fue de bombardeo diario: diseminaron información confidencial o personal que levantaba más sospechas de la honestidad de Hillary (nada comparado con las pillerías de Trump, pero eso ya no importaba puesto que los republicanos centraron su ataque moralista en la deshonestiddad de Hillary, y al final nadie ve la paja en el ojo propio);
6- El rol de los medios de comunicación que dieron publicidad libre y gratuita 24/7 a Trump, quien sabe que no importa el contenido del escándalo sino estar en la mente de la gente, ser tema de conversación. Lo peor: convencieron al electorado de que Hillary era la segura ganadora, el Huffington Post, por ejemplo, le daba 97% de probabilidades de ganar a la demócrata (una estupidez);
7- El rol del director del FBI, el republicano Comey, quien 10 dias antes de la votación envió una carta al Congreso diciendo que habían encontrado nuevos emails de Hillary relacionados con los casos que le investigaban (le echan la culpa porque algunos diplomático fueron aseinados en Libia), con lo cual le quitó la viada que llevaba su candidatura; todo para 2 dias antes de la elección, cuando ya el daño estaba hecho, decir que no habían encontrado nada nuevo pues eran mensajes personales -ni siquiera de ella- o copias de otros emails;
8- El jamás haber evaluado ni haberse interesado en el descontento de millones de personas, en su mayoría hombres de raza blanca con poca educación, quienes han sufrido por más de 20 años los estragos del desempleo por culpa de la globalización; sobre todo en las zonas rurales del Mid-West (estados centrales) y que estaban hartos de la politiquería y los políticos tradicionales;
9- El hecho de que Trump capitalizó el respaldo de esos sectores -sin que haya habido una respuesta firme y detallada de Hillary- al ponerlos como eje de su campaña: crear trabajos, regresar a las industrias que se mudaron a otros países, terminar con los convenios internacionales, eliminar la emigración ("los mexicanos son, en su mayoría, delincuentes, violadores y rateros") y destruir los obstáculos que el gobierno pone a los empresarios, además de bajar impuestos (su plan lo hace para todos, pero con mucho mayor énfasis para los millonarios, o sea él mismo);
10- El bombardeo constante de una propaganda patriarcal y misógina: que si se viste así o asado, que no se sonríe, que si lo hace no es real, que habla muy en serio, que parece muy tensa, que apoya el aborto, gays, etc  (anotar aquí lo que se les ocurra);
11- el hecho de que las personas de Trump ("la mayoría silenciosa" como se autodenominaron) salieron a votar en masa, en proporción ni siquiera imaginada por Trump ni su equipo, con lo cual vencieron el porcentaje de votantes latinos e hispanos y jóvenes;
12- El hecho de que la mayoría de mujeres blancas (con educación o sin educación) votó a favor de Trump, lo cual también estaba fuera de cálculo;
13- Finalmente, el que en EEUU no gane el que tiene mayoría de votos (Hillary) sino el llamado Colegio Electoral, el mismo que está lejos de representar la voluntad popular real, siendo un modelo del siglo XVIII que los políticos y congresistas, por extrañas razones, no consideran cambiar.

Por ahora eso. Con seguridad, habrá más razones con el transcurso de los días, pero por ahora estas son suficiente.



Hace pocas horas escuché en la radio a una entusiasta republicana, mujer de empresa, celebrar al presidente Trump. Al pedirle una explicación sobre su apoyo dijo que ellos, gente del sector metalúrgico, habían sido golpeados por productos chinos y europeos (no sabe que Trump usó metal chino en sus construcciones o no quiso saber), que los costos eran muy bajos y la competencia feroz (no recuerda que el capitalismo tiene esa contradiccón permanente y así se mueve, o no quiere recordar). Y cree que Trump, un millonario que ha hecho siempre lo contraio de lo que ellos quieren, era el candidato ideal porque "ha sufrido en carne propia esos problemas" (en realidad, Trump heredó su fortuna y la hizo crecer gracias a quebrar a otros inversores, pero eso tampoco importa).

A más de estas razones, digo, hay otras, pero pienso que no dan cuenta de algo que se repite mucho pero se piensa poco: el odio y la frustración vuelven ciegas a las personas, y uno, al final, termina viendo y creyendo lo que le conviene para justificarse.

Hay muchas cosas que recién aparecen y escándalos que ya no importan pero volverán a la mesa cuando se den cuenta del grave error de la decisión apocalítica de elegir al candidato más egoista y menos preparado en la historia de Estados Unidos, un tipo que tiene más de 70 juicios pendientes en la justicia ordinaria por desfalco, escándalos económicos, acoso sexual, etc, desde mucho antes de ser candidato.... Pero esa es una lección dura que demorará en ser expuesta como error histórico.

Hoy es el momento del triunfalismo, de la organización de un gabinete, del tono conciliatorio... Pasado el romance, veremos si existe Dios y ocurre el milagro de que Trump haga lo contrario de lo que predicó en la campaña a avivó el legendario racismo y el Klu Klu Klan, o será otro gobierno de farsantes que se quedaron con el oro robado, o empezará el camino para convertir Estados Unidos en un simple territorio de caos en su conversión al subdesarrollo y el tercermundismo.


sábado, 24 de septiembre de 2016

LOS 3 LIBROS DEL CHOLO CEPEDA (de libre acceso)

https://www.academia.edu/28679670/EL_CHOLO_CEPEDA_DETECTIVE_PRIVADO

https://www.academia.edu/28679711/Otras_aventuras_del_cholo_Cepeda_Si_es_que_te_queda_cari%C3%B1o_Guayaquil_Imaginaria_2004_Ponte_duro

https://www.academia.edu/28679744/EL_REGRESO_DEL_CHOLO_CEPEDA

miércoles, 17 de agosto de 2016

Sonido y música en la literatura ecuatoriana

David Toop es un autor que estudia el sonido y la música en la cultura popular desde el arte pictórico, literario y cinematográfico. Su "Ocean of Sound. Aether Talk, Ambient Sound and Imaginary World" y "Sinister Resonance. The Medium of the Listener" contienen exploraciones, análisis y sugerencias del diálogo entre la historia del sonido, su física y estructura en la vida diaria del presente o del pasado. No trabaja con tesis directas sino con un conjunto de ideas que se redefinen en cada objeto que analiza.



A puertas de mi curso de "Cultura latinoamericana a través de su música" (conozco el material, lo he enseñado antes tanto en EEUU como en Ecuador) y de una siempre necesaria actualización informativa o renovación de contenido, pienso que el trabajo de Toop servirá para generar una buena discusión. Paralelamente, como siempre me ocurre, cotejo la validez práctica de lo que leo con la literatura ecuatoriana y, acaso, con la de otros países.

En este recordatorio debo partir de la herencia pre-hispánica, de la cual tenemos sólo vestigios materiales (que serían altamente estimados por el Michel Foucault de "Arqueología del saber" e incluso el Léevi Strauss de "Tristes Trópicos"), acaso una lengua hegemónica llegada de Bolivia y Perú, y las decenas que aún se hablan en la Amazonía junto a la de los Sáchilas (Tsáfiqui).

Sobre esta última: hace muchos años usé una antología de relatos orales que editó el Banco Central de Ecuador, en la cual el mundo del sonido era perfectamente descrito como "paisaje" o "ambiente", aunque tirando a protagonismo porque en la selva y el campo todo es sonido. Sonidos que van del rumor del viento al mecer las ramas, de algún animal que salta o llega a su destino, de alguna fruta que cae a las breves olas del río o el torrente del mar (Costa Huancavilca aquí). De hecho, el sonido sibilante de la selva crea expectativas en los personales de los relatos, temores, tensiones narrativas. Así lo podemos confirmar en las crónicas de Conquista y Colonia que, si acaso ocurren en la urbe, van a añadir las voces de la naciente pre-Modernidad: los gritos en la plaza del pueblo, el galope de los caballos en rodeos y corridas de toros, el regateo en los mercados y ferias semanales, el agua que es echada en los recipientes para ser bebida, bañarse o limpiar enseres.

En la urbe latinoamericana y ecuatoriana, tan apegada al campo y su historia, los sonidos se funden y devienen en música, en las abundantes descripciones de sonidos y música de la "Generación del 30" que continuan las menciones del siglo XIX de los cronistas urbanos, poetas y periodistas (ya he escrito sobre algunos de ellos en este mismo blog) con sus fandangos, fiestas de pueblo y reuniones de salones.

Luego de la "Generación del 30" (que tanto le dio a Ecuador y al mundo), luego de logros como (años 70s) la "Sinfonía de los antepasados" (Hugo Salazar), en "El funeral de los pájaros" (León Hi Fong) o "Cuadernos de Bantú" del gran Agustín Vulgarín, en Guayaquil la música será asumida como fuerza identitaria urbana y porteña tropical, gracias al Grupo "Sicoseo": Fernando Nieto Cadena a la cabeza, seguido por el llorado Fernando Artieda y el negro riobambeño más guayaquileño que hay: Edwin Ulloa. Junto a ellos, otros que nos han dejado sus obras con música gravitando las acciones o como componente esencial (para configurar el "cronotopo" de Bajtin) son: Hipólito Alvarado en sus poemas (recuerdo la descripción sonora del chorro de orine de un niño en un poema que tradujismo y publicamos en EEUU), Carlos Béjar Portilla o Carlos Eduardo Jaramillo (que tanto ha poetizado el jazz), entre otros.

Este uso del sonido natural o artificial en la literatura ecuatoriana -que incluye obras con serenatas, bandas de pueblo, amorfinos, valses, pasacalles y pasillos- luego será usado frontalmente por algunos escritores que titulan sus obras con nombres de canciones famosas, o parafrasean sus letras, usualmente románticas, para describir el sentimentalismo de sus personajes. Para ese momento, entrados en los 80s, los escritores del centralismo quiteño ya habrán dejado su conocido provincianismo  intelectual y aprendido la lección de que toda cultura popular es musical, y que todo pueblo origina a sus grandes autores: Tolstoi, Dostoievsky, Kafta, Joyce, The Lost Generation, Borges, Cortázar, Lezama Lima, etc, (recuerdo a Jaime Guevara cantando en una plaza del Quito colonial y a un viejo bailando que daba gusto, y vagamente un cuento largo con titulo copiado, escrito por Raúl Pérez). ¿Y los que vinieron después?



Los nuevos escritores que deben su estilo y poética al nuevo siglo, dejarán de lado esa herencia o la abordarán directamente desde su condición de clase (burgueses que leen o entienden el inglés) y, como es lógico, crearán o se moverán en una nueva epistomología, propia del post-colonialismo, el post-modernismo. Y esa es una historia que, a mi edad, la puedo comparar con mucho escepticismo con el espíritu de rebeldía propio de los 60's y 70's y la cultura mundial de esos años (hippies, Vietnam, anti-imperialismo, Guerra Fría, anti-colonialismo). Sin embargo, sus bases mismas me son ajenas: poco sé del reguetón o la salsa-choque. Veo más un juego de máscaras para proyectarse como expertos en algo que no conocen, en el auto-bombo y la improvisación. No veo música de ellos, asumida, definitoria, cuanto apropiación de un pasado que quieren afanosamente remozar.

En mi afán de reflexionar como simple lector (o simple profesor) desde los libros de David Toop, y buscando una mayor sofisticación temática e imaginativa, propongo incluir en cualquier discusión o investigación sobre literatura ecuatoriana, temas como:

1- La poética del silencio (cuando los personajes callan pero dicen mucho)
2- La poética de los sonidos naturales en la "Generación del 30"
3- Momentos de espionaje versus escuchar algo "por accidente"
4- Oralidad como musicalidad y sus efectos (cuando se dicen amorfinos y se cantan pasillos: ¿Qué ocurre?)
5- Sonido social en la literatura ecuatoriana (gritos de protestas, quejas, insultos, discursos, chistes y burlas)



Mis primeras clases partirán también de algunos cuadros que David Troop menciona o analiza en sus libros, y otros que creo necesarios, pues, obviamente, así como en la literatura, el sonido y la música existen en la pintura. A abrir archivos se ha dicho:

https://silverandexact.files.wordpress.com/2013/04/hoogstraten-peepshow.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/9e/Samuel_van_Hoogstraten_002.jpg
http://file1.npage.de/002740/52/bilder/55.91_mann_und_kind_am_fenster_hohe_aufloesung.jpg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/736x/3c/d9/5c/3cd95c961a526ac5a432fa9c85e2d7f7.jpg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/236x/8c/9a/84/8c9a849279e14fcdcce8a9bb09c008b5.jpg
http://media.paperblog.fr/i/627/6273732/dimanche-musee-n147-samuel-van-hoogstraten-L-z3pS7h.jpeg
https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/564x/c2/91/93/c291931ef15e82a8f87a798d6e8e3c13.jpg
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http://www.abcgallery.com/G/goya/goya104.JPG
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http://cfsworldmusic.wikispaces.com/file/view/MayanMusic.gif/40103266/MayanMusic.gif
http://www.pd4pic.com/images/piano-keyboard-instrument-damage-damaged-broken.jpg
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http://ayay.co.uk/backgrounds/paintings/marcel_duchamp/sonata.jpg









viernes, 5 de agosto de 2016

La desconocida literatura colonial ecuatoriana: de Gaspar de Villarroel a Asunción Lavrin

Como muchas cosas, a mi edad el recuerdo es el mejor, acaso único archivo para la recuperación del pasado. En este punteado, abrevio lo relacionado con la literatura colonial ecuatoriana, esa que va del siglo XVII (luego del período de "Conquista y Pacificación", asi dicen los estudiosos) hasta principios del XIX.


Se ha escrito realmente muy poco de los autores coloniales, acaso una mención colegial, vías clases de literatura, de las "Décimas a Guayaquil y Quito" de Juan Bautista Aguirre, a lo mejor unas líneas sobre el padre Juan de Velasco y su "Historia", los datos clichés sobre Eugenio Espejo y raras menciones de Pedro Vicente Maldonado. Todo esto circunscrito a datos biográficos y quizá rasgos de estilo, pero nunca, jamás adentrados en sus textos propiamente, en lo que escribieron. Más historiografía y biografismo que estudio serio de los originales.
La educación universitaria, en este aspecto, no fue superior a la colegial: de hecho, no recuerdo haberme familiarizado con la prosa de esos autores. Solo luego de dejar la universidad pude conocerlos, y descubrir curiosidades y falencias del período. Recuerdo que hacia 1980 tuve en mis manos el voluminoso tomo de Gaspar de Villarroel, parte de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima, publicada en Puebla (México) y prácticamente inexistente en Ecuador. El mismo libro volvería a revisarlo años más tarde, en la Universidad de Oregon, mientras devoraba crónicas de Conquista, de la fabulosa Biblioteca de Autores Españoles (BAE) y me adentraba con fervor en el período colonial. Pocos años antes, como buen latinoamericano europeísta, pensaba que lo mío era o había sido la literatura de la Edad Media, hasta que llegué a Paris y me di cuenta de que mi Edad Media era, en realidad, el período colonial de mi geografía.
Desde los años de Oregon (90-93 y 95-98) hasta la fecha, he leído lo necesario para tener una buena comprensión de este fascinante bloque de historia y cultura. Sin embargo, en el caso de Ecuador queda como lamentable la falta de conocimiento, actualización y dedicación al tema. Veamos.
Hay poquísima producción erudita y confiable sobre esos autores: no se conocen sus convenciones, no se entiende "el idioma español" de esos siglos ni sus variaciones, no se estudia en relación a la tradición medieval (de la cual depende), y se repiten ideas manidas, superficiales, superadas en otros países (como aquella de que Espejo era periodista y mestizo, como si ahí acabara el asunto; o que Juan Bautista Aguirre reprodujo el odio por el centralismo (yoquitocentrismo) de sus años. Acaso un par de "historias" de la literatura ecuatoriana merezcan ser consultadas con esceptiscismo, dada el sectarismo de sus autores, pues padecen de "andinismo" y de una limitadísima consulta a fuentes originales o comparación con otras investigaciones. Pero esos fueron y son los estudiosos del vigente "canon" ecuatoriano, y no queda otra que consultarlos.
Paralelo a esta frustrante circunstancia intelectual e investigativa, no se diga profesional e idológica, no existe un interés por conocer la literatura colonial ecuatoriana, y se sigue pecando de los mismos errores: eso de creer que Quito es el centro del país y hasta de la región se lo han tomado en serio, yse  ha cerrado todo espacio de diversificación de autores y perspectivas diferentes. Por ejemplo, la lamentable Historia de Ayala ni siquiera incluye a las mujeres religiosas-escritoras coloniales (he insistido bastante en este punto): Gertrudis de San Ildefonso, Catalina de Jesus Herrera y Madre Antonia Lucia Maldonado, esta dos últimas de Guayaquil.


Pero tampoco hay, en la investigación literaria, nombres de nuevos autores, análisis diferentes de los consagrados, ni inclusión de nuevos materiales, como los que se encuentran en actas y archivos de parroquias, sedes religiosas o cabildos, no se diga en los Archivos de Indias. De hecho, ese mundo ha quedado relegado solo a algunos historiadores, gracias a sus relaciones personales -siempre más pragmáticos que los literatos- y que han realizado excelentes publicaciones sobre relaciones humanas en la vida diaria.
A este grave error se añade la ausencia de teoría social contemporánea y post-estructuralista o la falta de manejo diestro y sentido común (para mejorar la comprensión, no entorpecerla), acompañadas del uso de fuentes secundarias o conceptos mal traducidos: es comun ver que citan a un autor de EEUU o Europa desde un ensayo escrito en países como Chile, Argentina o México, algo vergonzoso desde el punto de vista del prestigio intelectual que quiere enarbolar excelencia académica. Y también se debe añadir lo opuesto: la suplantación del análisis por una verborrea tremenda y vacía basada en en juego de palabras o conceptismos que nadie entiende. El mejor ejemplo es un suplemento lamentable -publicado con la venia del gobierno de Rafael Correa, llamado Cartón piedra del diario El Telégrafo- que es verdadero campo de batalla de autores de poca formación que compiten entre ellos por demostrar quién dice las cosas de manera más confusa (concurso en el que todos ganan).
Finalmente, como otra característica de este irreparable olvido de la literatura colonial, añado la ausencia de temas actualizados, de importancia social y política para el Ecuador (y región del Pacífico) de hoy. Olvido entendible, contradictoriamente, porque ¿cómo se puede escribir de manera actualizada sobre algo que no se ha leído?


Hace cuarenta años aparecieron los tomitos de Clásicos Ariel en Ecuador. Uno de ellos, el 97, es una selección del Gobierno Eclasiástico-Pacífico de Gaspar de Villarroel. Lo he leído con afecto y entusiasmo y recordado la hermosa Silva Varia del judío español Pero Mexía, un autor que augura la Modernidad en las letras del Siglo de Oro. Anoto abajo algunos temas que quizá interesen al desocupado:

1- Estilo picaresco y mensaje conservador,
2- Costumbres de la vida diaria y modernidad
3- Historia de la moda (como el Sartus Resartus de Carlyle, tan elogiado por Borges)
4- Historia del corte de pelo (abundante información sobre por qué los hombres usan el pelo largo)
5- Misoginia y el rol de las criadas
6- ¿A favor o en contra de los toros?
7- La dieta y el consumo de grasa
8- Tema recurrente en la Colonia: El peligro de las Comedias
9- La escritura autobiográfica versus las confesiones personales
10- Las relaciones del confesor y la confesada.

Sobre este último tema, quien más y mejor ha trabajado es mi maestra, amiga y madre intelectual, la historiadora Asunción Lavrin (Sor Asunción), en su último mensaje, al comentarle sobre la edad de los obispos para confesar -tema que elabora Villarroel- ella anota lo siguiente:

"En cuanto a lo referido arriba sobre el obispo y las mujeres que se querían confesar con él -es histórico, aunque los obispos RARAMENTE confesaban. Tenían otras cosas que hacer. Los que confesaban a diario eran los del clero y los frailes que tenían derecho a hacerlo. En cuanto a las mujeres y los confesores, hay dos tipos: 
1. Las que se horrorizaban (escandalizaban es la palabra inquisitorial)
2. Las que iban a conversar con el confesor pretendiendo estar confesándonse. Entre esas estaban aquéllas que eran unos flirts y otras que de veras se erotizaban con el hombre...Y no era un caso de la mujer estar embelesada -era que él tenía sus artes para embelesarlas. Lo que ha recogido el cuestionario histórico de la Inquisición en los casos de solicitacion ad turpia es increíble--detallado y sin sacar nada. No te lo puedo contar todo, pero algo quedará en el capítulo, que es solo un sumario de la realidad. Me he pasado meses leyendo estos testimonios y cada uno de ellos es un cuadro diferente de la realidad. Los veo como scripts de novelas de TV o aún películas. La historia es fascinante por su realidad, pero de esa realidad se salta muy libremente a la imaginación. No hay ficción. La ficción es una evolución de la realidad.
Respecto a eso de los 40 años, es parcialmetne verdadero. No creo que hubo un número fijo -pero había que prepararse y ser maduro para poder manejar los "pecados" de toda la humanidad con discreción y juicio. Así que se preferían hombres que se suponía habían ya pasado del verdor jugoso de la juventud -fisica e intelectualmente.
Sin embargo, eso era un ideal. NADIE es perfecto y lamentablemente hubo muchos confesores que distaron mucho de ser juiciosos, equitativos, benignos jueces del resto de la humanidad.  Las solicitaciones muestran que algunos siguieron siendo tentados por la carne y no solo tentados sino arrastrados.
El problema radica en la imposición del celibato a los religiosos. Es ir contra la corriente y, francamente, se condenaban a esos hombres a vivir sin el calor del amor -y hablo de amor en general, no solamente de una mujer. Vivían entre hombres, se les enseñaba a odiar a las mujeres, a huir de ellas, y verter todo su "amor" en una virgen pura e inalcanzable. Y, mientras vivían en este mundo, caminaban por un camino erizado de contradicciones sin ninguna conexión humana que pudiera humanizarlos sentimentalmente. Y, ¿qué es la vida sin sentimientos? Un yermo." (fin de la hermosa cita de Asunción).



Es lamentable que un período tan rico como el colonial no sea atendido con seriedad y conocimiento por los críticos literarios, lástima que no se lo enseñe en escuelas y colegios, que no se lo conozca ni se sepa cómo leerlo. Siglos de cultura olvidados por la docta ignorancia.


lunes, 25 de julio de 2016

"Artículos de costumbre" de José Modesto Espinosa

Mi interés por lecturas y autores, en estos años, es de puro gusto estético y curiosidad bibliográfica, pero defiendo la necesidad de que se los tome en serio, pues son parte de la gran literatura ecuatoriana, esa que aun no se lee ni se conoce. Como tantos otros, este autor y su libro jamás fueron tema de estudio en las aulas colegiales o universitarias, lo cual los convierte en una gran pérdida letrada.

Empecemos con una pregunta: ¿Para qué sirve estudiar el siglo XIX? Para encontrarle sentido y detalle al presente, sobre todo en América Latina, en donde el presente es un reflejo de la economía y los moralismos del pasado. La obra de Espinosa se encuadra en una reconstrucción parcial de la naciente cultura urbana y su interacción con el campo y sus manifestaciones existenciales, sobre todo en la verbalización del entramado cultural del agro y en el accidentado y duro cambio de mentalidad de un espacio a otro.


El libro de Espinosa es una caja de reveladoras sorpresas: una recopilación de crónicas periodísticas que nos llevan de la mano por variados temas, y nos asoman a la vida del siglo independentista, tan entreverado como reaccionario. Veamos sus textos.

El primero se llama "El Censo" y es una obrita de tres páginas con ágiles diálogos picarescos sobre la situación familiar y guarda mucha similitud con la pieza del mismo nombre de Emilio Carballido. La coincidencia se fortalece al recordar que México (país de Carballido) es la cuna del periodismo social libertario y que el famoso "Periquillo Sarniento" se nutre de la picaresca española y la adapta a los nuevos tiempos, a la vez que irradia su influencia en los confines hispanoamericanos.

El segundo texto, "Corpus", es una carta de tono directo y apostrofado para invitar a los turistas a la fiesta religiosa y a leer un cuadro de costumbres, delicioso para cualquier investigador de cultura popular: "Pero todavía no hay cosa mejor, y son unos como castillos de frutas, repollos, calabazas, cuyes, y pequeños moharraches de barro. ¿Y esto para qué? dirás tú que no lo has visto, ¿Pues para qué había se ser, sino para solemnizar el Corpus, haciendo que hasta lo más inerte manifestase un espíritu religioso? Además que esta antigua costumbre es causa de regocijo, porque estando en la plaza la Majestad, comienzan los pleitos de los mozos por tomar vez para subir a los castillos; subes los más ágiles y diestros..." (31).

Dado el éxito del género epistolar en el periodismo decimonónico ensayado por Espinosa, se puede concluir que este autor funda un estilo de disfrute diletante y romántico que se desarrollará años después en la pluma de José Antonio Campos, Adolfo H. Simmons y Manuel J. Calle, y con fuerza en la poesía del ignorado Abel Romeo Castillo. Así, encontramos sus: "Al señor don Saturnino de no sé qué- Ambato", "Camino carretero" (indispensable para la documentación de la historia del regionalismo y del centralismo en Ecuador, y gran tema de análisis para cualqier interesado), "Ya no se afeita (carta de Bonifacio a su amigo Rudecindo)", "Otro quemado (carta de Bonifacio a Rudecindo)", "Las literatas (Respuesta de Rudecindo a su amigo Bonifacio)" (ejemplar en el rastreo de la lucha de los sexos), "Reivindicaciones (carta de Rudecindo a los señores redactores de La Verdad)", "A la señora Verónica C. (respuesta de Bonifacio)", "Al señor director de La Revista Literaria", "Hijos de la reina (a Pepe Tijeras)" y "Observación filológica (al señor doctor don Honorato Vásquez)". Para Espinosa, cada carta una excusa para tratar los temas de su época, con tono de burla y punto de vista conservador, como era tradicional en su época.

No obstante la agilidad de su escritura, hay momentos en que Espinosa cede su talento a la diatriba política y, aunque nunca deja de ser un autor que vale la pena promover, se esfuerza más en rechazar e imponer que en elaborar un discurso alternativo, como habría sido ideal en un pensador independiente. Tal caida se afirma en su "Propuesta de matrimonio", las fascinantes "Memorias del niño Santiago Birbiqui", "Sí y no" (importante texto sobre el porqué se escribe)", "Toros", "Policías" "Población", entre otros.

Muchas son las maneras de analizar un texto. Cuando optamos por una de ellas eliminamos otras (tal es el pago por elegir), a lo mejor mucho mejores. Este riesgo de lector principiante que nunca he perdido, me permite optar hoy por ser un poco libresco y menos personal que de costumbre, pues me interesa más que se oigan las palabras originales y menos mis paráfrasis o alabanzas. A este respecto, lamento no tener el tiempo ni los medios para escanear libros que me gustan, como éste, y madarlos al viento muerto del internet para que algún cibernauta se interese. Y, lamentablemente, la pereza de copiar todo mata el deseo.



Añado otro nombre no muy lejano a la Historia de la Negación Ecuatoriana y a mis afanes lectoriles: Alberto Borges, el español de Ecuavisa que deslumbró a sus pocos lectores en las páginas dominicales de El Telégrafo, cuando ahí publicaban los que sabían escribir. Hace muchos años ya de eso.




martes, 5 de julio de 2016

Para no olvidar a Guayaquil

Dos sueños iniciaron mi recaída:

El primero ocurrió hace más de tres meses.

Caminamos tomados de la mano hacia el cine. La mañana terminaba y había sol por todas partes, era sábado. La puerta parecía la entrada a un parque de diversiones. El boletero era Cristóbal Garcés, uno de mis profesores de literatura en el Alfaro. Al vernos le presenté a mi compañía, una mujer del pasado. Entramos, nos sentamos y empezó la película. Luego ella se levantó y no regresó. Ese asiento vacío fue ocupado por un joven que tomó mi mano. Tan pronto como se dieron cuenta de eso, los guardianes se lo llevaron. Mientras lo alejaban en la oscuridad noté que llevaba una herida en la cabeza. Luego una mujer joven, rubia y hermosa, se sentó a mi lado. Me tomó también de la mano y así nos quedamos. Juntó su cabeza y olí la fragancia de su pelo hasta el leve despertar.

El segundo sueño tuvo lugar hace dos noches.

Camino nuevamente un alegre sábado por la mañana. Estoy en la zona de Rumichaca y Aguirre, en donde vendían discos de vinil en medio de interminables ferreterías. Toda la gente que compra es conocida, pero sigue distraída en la ágil actividad mientras el transporte pasa lentamente. Llega una cantante joven y voluptuosa. Está triste. Le digo que ninguna traición merece luto. Mi sobrina Helen aparece y al verla llora de alegría porque es una de sus artistas favoritas.  La mañana transitada sigue con el sol en lo alto de Guayaquil.




Al despertar de ambos sueños recordé unos versos que escribí hace mucho, celebrando el pasado, el sol y la mañana en el puerto. Días antes, una amiga me había preguntado si aún escribía, si publicaría algo. Que no le dije, ni lo uno ni lo otro; y proseguí con una queja sobre la pobreza humana en asuntos culturales y mercantiles, sobre todo en Guayaquil. "Pero siempre sale algo", terminé con falso optimismo.

Llamo mi recaída al hecho de pensar con énfasis en un Guayaquil que ya no existe, pues ciertamente el Guayaquil que amo es del pretérito. Y asumo que a eso se refería Fernando Nieto Cadena cuando me describía, hace más de veinte años, su alejamiento de Ecuador. Pero decir y escuchar es una cosa, vivirlo es otra.




El mes de Julio lleva esa tristeza de lo perdido aunque la gente aún festeja, a veces inclusive con residuos de lo que yo mismo viví (el partido de índor en la calle pintada de cal, la carrera de ensacados, el juego del palo encebado), quizá porque la mayoría de sus barrios aún son pobres y no hay manera de escapar. El mes de Julio me resulta cada vez más extraño, por decir lo menos: es el mes del Guayaquil que he perdido y busco en sueños, el de EEUU en su fiesta del 4 de Julio que borra todo lo malo cuando le gente se sienta a ver los fuegos artificiales y es el mes de Francia (Paris) por el 14 de Julio, pues desde esa ciudad y fecha vienen mis recuerdos de los destellos y candelillas lanzadas al cielo de la noche.

Así, el mes de Julio es tres lugares que a veces me son íntimamente ajenos pero que, sin embargo, son lo único que me queda cuando cierro los ojos. En ese mundo, como sabemos, el sueño es realidad, el pasado presente y una geografía la otra. La constante en esa trilogía topográfica son las personas que entran sin pedir permiso. Quizá deba añadir también la de mis tres mujeres que a veces asaltan mi otro mundo, aunque sin ser parte de la herida que llevo dentro.

Sé que volveré a soñar con esos amigos que en la U Católica leían a Freud debajo de una mesa, la montaña que el Conde, el poeta greco-chipriota y yo subíamos cada sábado luego de clases, el día en que terminé el colegio y el cuerpo no aguantaba más trago, los partidos de volleyball, el duro entrenamiento del equipo del barrio bajo la lluvia hasta el Puerto Marítimo, el primer beso detrás de la reja de una casa del sur, los malos y buenos profesores de la escuela Baltazara, el recorrido del bus de la 1, desde la Ciudadela 9 de Octubre hasta el Cerro Santa Ana, los veranos del 87 y 94, la interminable música con Ricardo Maruri y los alegres abrazos con mi olvidado cholo Cepeda...







miércoles, 8 de junio de 2016

Manuel J. Calle, un crítico brillante perdido en el tiempo

El volumen 69 de la colección "Clásicos Ariel" (Guayaquil, años 70s) corresponde a "Biografías y semblanzas" del autor cuencano-guayaquileño Manuel J. Calle. Como de costumbre, he leído este libro a cuentagotas, en momentos en que espero algo o a alguien en mi carro. Lo he terminado ahora en mi oficina con cierta tristeza. En sus páginas, escritas hace más o menos cien años, aparece un renovado mundo periodístico y literario que hace mucho murió en Ecuador . Amplío esta última oración: Una nota biográfica sobre Calle nos avisa que escribió para El Telégrafo, un ex-gran diario porteño hoy en manos de una burocracia cultural andina y centralista brutísima, que no entiende ni de periodismo ni de arte y va de alabanza en alabanza a sí misma y a sus amigos (amigos del poder, amigos de sus amigos y de sus enemigos, algo propio de nuestras repúblicas tercermundistas: dios y el diablo prendidos de la teta que oportunismo político ofrece). Pero lo de Calle lleva visos de gran arte, pero un gran arte perdido en el tiempo, lastimosamente.


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Dos largos ensayos que su libro contiene tratan de Luis Cordero y Remigio Crespo Toral. El tercero, menor. de Federico González Suárez. Los tres últimos, especies de viñetas, son sobre Luis A. Martínez, Juan Benigno Vela y Honorato Vásquez. Largo y tedioso resultaría citar las frases célebres que incluye, su perspectiva de análisis, la comparación literaria que subyace a su trabajo y su prolijidad informativa. Sin embargo, me resultan más alarmantes las circunstancia histórico-literarias del pasado reciente y actual en Ecuador, en donde  no existen cátedras serias ni listas de lecturas que reconozcan a estos autores, ni en el colegio ni en las universidades, peor en proyectos investigativos serios, sostenidos y de impacto internacional, salvo excepciones que creo pertenecen a algun joven estudiante de la PUCE o un desconocido y sincero "ecuatorianista". Esta afirmación me lleva una confesión trágica que me hicieron hace años y anoto abajo.
Un ilustre crítico literario ecuatoriano, que hizo sus estudios y carrera en EEUU, me contaba que luego de investigar, escribir y publicar sobre su autor favorito (el gran José de la Cuadra), debía trabajar también sobre autores de otras latitudes porque, de no hacerlo, habría estado condenado al anonimato académico. Así, sus páginas se fijan en la bondad de otros y no en las de autores del terruño, cosa contraria en cualquier otro investigador latinoamericano cuyo país se distingue por el desarrollo de sus letras y arte, como Uruguay, Nicaragua o El Salvador, no se diga México o Argentina, Perú o Chile... Brasil.
Reconozco aquí cierto provincianismo mío, aferrado al alma del que ha mirado "el tiempo pasar, el invierno llegar. todo, menos a ti", es decir: del que vive lejos de su lugar de nacimiento y de sus recuerdos. Reconozco también que estas lecturas de "autores ecuatorianos olvidados" (AEO, memebrete mío) siguen siendo las del adolescente del colegio Eloy Alfaro que se lanzaba a los libros de sus mayores con afán de conocer más y más, y fraguar un mundo interno en la cruel estación de la lluvia tropical, en ese Guayaquil del sur que ya no existe. Han pasado tantos años y valoro cada vez más a esos autores, viviendo entre la frustración de haber crecido en un país en el cual nunca me fue bien profesionalmente y lamentando que la mezquindad siga prevaleciendo en quienes hoy detentan el poder o se sirven de él.
Calle y los autores que él analiza, como muchos de los que ya han pasado de moda, son como ese cementerio que encontró mientras buscaba la tumba de Luis A. Martínez (el de "A la Costa"): "Un vasto campo sin tapias, cubierto de malezas, entre las cuales se alzan modestas cruces de madera; de un silencio profundo y pesado... ¿ahí entierran, pues, a sus muertos, los señores ambateños?". Ese cementerio es como el Ecuador de hoy, y esos ambateños de hace cien años son la clase intelectual y artística del Ecuador de hoy, tan superficial y egocéntrica, que derrama puerilidades los domingos en ese diario que era de los ecuatorianos que viven en Guayaquil, llamado "El Telégrafo", sobre todo el un aburridísimo suplemento sociologista llamado Cartón Piedra (aunque debería ser "Piedras en el cartón")
Quizá algún día se instaure la decencia intelectual en Ecuador. Hasta mientras, en lo que a mí respecta, vuelvo a mis lecturas aplazadas en esos años de lluvia, humedad y olor a naftalina que salía de los modestos libros nacionales.