martes, 5 de julio de 2016

Para no olvidar a Guayaquil

Dos sueños iniciaron mi recaída:

El primero ocurrió hace más de tres meses.

Caminamos tomados de la mano hacia el cine. La mañana terminaba y había sol por todas partes, era sábado. La puerta parecía la entrada a un parque de diversiones. El boletero era Cristóbal Garcés, uno de mis profesores de literatura en el Alfaro. Al vernos le presenté a mi compañía, una mujer del pasado. Entramos, nos sentamos y empezó la película. Luego ella se levantó y no regresó. Ese asiento vacío fue ocupado por un joven que tomó mi mano. Tan pronto como se dieron cuenta de eso, los guardianes se lo llevaron. Mientras lo alejaban en la oscuridad noté que llevaba una herida en la cabeza. Luego una mujer joven, rubia y hermosa, se sentó a mi lado. Me tomó también de la mano y así nos quedamos. Juntó su cabeza y olí la fragancia de su pelo hasta el leve despertar.

El segundo sueño tuvo lugar hace dos noches.

Camino nuevamente un alegre sábado por la mañana. Estoy en la zona de Rumichaca y Aguirre, en donde vendían discos de vinil en medio de interminables ferreterías. Toda la gente que compra es conocida, pero sigue distraída en la ágil actividad mientras el transporte pasa lentamente. Llega una cantante joven y voluptuosa. Está triste. Le digo que ninguna traición merece luto. Mi sobrina Helen aparece y al verla llora de alegría porque es una de sus artistas favoritas.  La mañana transitada sigue con el sol en lo alto de Guayaquil.




Al despertar de ambos sueños recordé unos versos que escribí hace mucho, celebrando el pasado, el sol y la mañana en el puerto. Días antes, una amiga me había preguntado si aún escribía, si publicaría algo. Que no le dije, ni lo uno ni lo otro; y proseguí con una queja sobre la pobreza humana en asuntos culturales y mercantiles, sobre todo en Guayaquil. "Pero siempre sale algo", terminé con falso optimismo.

Llamo mi recaída al hecho de pensar con énfasis en un Guayaquil que ya no existe, pues ciertamente el Guayaquil que amo es del pretérito. Y asumo que a eso se refería Fernando Nieto Cadena cuando me describía, hace más de veinte años, su alejamiento de Ecuador. Pero decir y escuchar es una cosa, vivirlo es otra.




El mes de Julio lleva esa tristeza de lo perdido aunque la gente aún festeja, a veces inclusive con residuos de lo que yo mismo viví (el partido de índor en la calle pintada de cal, la carrera de ensacados, el juego del palo encebado), quizá porque la mayoría de sus barrios aún son pobres y no hay manera de escapar. El mes de Julio me resulta cada vez más extraño, por decir lo menos: es el mes del Guayaquil que he perdido y busco en sueños, el de EEUU en su fiesta del 4 de Julio que borra todo lo malo cuando le gente se sienta a ver los fuegos artificiales y es el mes de Francia (Paris) por el 14 de Julio, pues desde esa ciudad y fecha vienen mis recuerdos de los destellos y candelillas lanzadas al cielo de la noche.

Así, el mes de Julio es tres lugares que a veces me son íntimamente ajenos pero que, sin embargo, son lo único que me queda cuando cierro los ojos. En ese mundo, como sabemos, el sueño es realidad, el pasado presente y una geografía la otra. La constante en esa trilogía topográfica son las personas que entran sin pedir permiso. Quizá deba añadir también la de mis tres mujeres que a veces asaltan mi otro mundo, aunque sin ser parte de la herida que llevo dentro.

Sé que volveré a soñar con esos amigos que en la U Católica leían a Freud debajo de una mesa, la montaña que el Conde, el poeta greco-chipriota y yo subíamos cada sábado luego de clases, el día en que terminé el colegio y el cuerpo no aguantaba más trago, los partidos de volleyball, el duro entrenamiento del equipo del barrio bajo la lluvia hasta el Puerto Marítimo, el primer beso detrás de la reja de una casa del sur, los malos y buenos profesores de la escuela Baltazara, el recorrido del bus de la 1, desde la Ciudadela 9 de Octubre hasta el Cerro Santa Ana, los veranos del 87 y 94, la interminable música con Ricardo Maruri y los alegres abrazos con mi olvidado cholo Cepeda...







miércoles, 8 de junio de 2016

Manuel J. Calle, un crítico brillante perdido en el tiempo

El volumen 69 de la colección "Clásicos Ariel" (Guayaquil, años 70s) corresponde a "Biografías y semblanzas" del autor cuencano-guayaquileño Manuel J. Calle. Como de costumbre, he leído este libro a cuentagotas, en momentos en que espero algo o a alguien en mi carro. Lo he terminado ahora en mi oficina con cierta tristeza. En sus páginas, escritas hace más o menos cien años, aparece un renovado mundo periodístico y literario que hace mucho murió en Ecuador . Amplío esta última oración: Una nota biográfica sobre Calle nos avisa que escribió para El Telégrafo, un ex-gran diario porteño hoy en manos de una burocracia cultural andina y centralista brutísima, que no entiende ni de periodismo ni de arte y va de alabanza en alabanza a sí misma y a sus amigos (amigos del poder, amigos de sus amigos y de sus enemigos, algo propio de nuestras repúblicas tercermundistas: dios y el diablo prendidos de la teta que oportunismo político ofrece). Pero lo de Calle lleva visos de gran arte, pero un gran arte perdido en el tiempo, lastimosamente.


Manuel J. Calle.jpg

Dos largos ensayos que su libro contiene tratan de Luis Cordero y Remigio Crespo Toral. El tercero, menor. de Federico González Suárez. Los tres últimos, especies de viñetas, son sobre Luis A. Martínez, Juan Benigno Vela y Honorato Vásquez. Largo y tedioso resultaría citar las frases célebres que incluye, su perspectiva de análisis, la comparación literaria que subyace a su trabajo y su prolijidad informativa. Sin embargo, me resultan más alarmantes las circunstancia histórico-literarias del pasado reciente y actual en Ecuador, en donde  no existen cátedras serias ni listas de lecturas que reconozcan a estos autores, ni en el colegio ni en las universidades, peor en proyectos investigativos serios, sostenidos y de impacto internacional, salvo excepciones que creo pertenecen a algun joven estudiante de la PUCE o un desconocido y sincero "ecuatorianista". Esta afirmación me lleva una confesión trágica que me hicieron hace años y anoto abajo.
Un ilustre crítico literario ecuatoriano, que hizo sus estudios y carrera en EEUU, me contaba que luego de investigar, escribir y publicar sobre su autor favorito (el gran José de la Cuadra), debía trabajar también sobre autores de otras latitudes porque, de no hacerlo, habría estado condenado al anonimato académico. Así, sus páginas se fijan en la bondad de otros y no en las de autores del terruño, cosa contraria en cualquier otro investigador latinoamericano cuyo país se distingue por el desarrollo de sus letras y arte, como Uruguay, Nicaragua o El Salvador, no se diga México o Argentina, Perú o Chile... Brasil.
Reconozco aquí cierto provincianismo mío, aferrado al alma del que ha mirado "el tiempo pasar, el invierno llegar. todo, menos a ti", es decir: del que vive lejos de su lugar de nacimiento y de sus recuerdos. Reconozco también que estas lecturas de "autores ecuatorianos olvidados" (AEO, memebrete mío) siguen siendo las del adolescente del colegio Eloy Alfaro que se lanzaba a los libros de sus mayores con afán de conocer más y más, y fraguar un mundo interno en la cruel estación de la lluvia tropical, en ese Guayaquil del sur que ya no existe. Han pasado tantos años y valoro cada vez más a esos autores, viviendo entre la frustración de haber crecido en un país en el cual nunca me fue bien profesionalmente y lamentando que la mezquindad siga prevaleciendo en quienes hoy detentan el poder o se sirven de él.
Calle y los autores que él analiza, como muchos de los que ya han pasado de moda, son como ese cementerio que encontró mientras buscaba la tumba de Luis A. Martínez (el de "A la Costa"): "Un vasto campo sin tapias, cubierto de malezas, entre las cuales se alzan modestas cruces de madera; de un silencio profundo y pesado... ¿ahí entierran, pues, a sus muertos, los señores ambateños?". Ese cementerio es como el Ecuador de hoy, y esos ambateños de hace cien años son la clase intelectual y artística del Ecuador de hoy, tan superficial y egocéntrica, que derrama puerilidades los domingos en ese diario que era de los ecuatorianos que viven en Guayaquil, llamado "El Telégrafo", sobre todo el un aburridísimo suplemento sociologista llamado Cartón Piedra (aunque debería ser "Piedras en el cartón")
Quizá algún día se instaure la decencia intelectual en Ecuador. Hasta mientras, en lo que a mí respecta, vuelvo a mis lecturas aplazadas en esos años de lluvia, humedad y olor a naftalina que salía de los modestos libros nacionales.

viernes, 6 de mayo de 2016

Juan Leon Mera y sus "Cantares del pueblo ecuatoriano"



En la imaginaria biblioteca de mi juventud, cotejada con los pocos libros que la realidad me ofrecía, una obra llamativa siempre resultó la de Juan León Mera. Conocido por el Himno de Ecuador y su "Cumandá", Mera ha sido ignorado como folklorista y antropólogo cultural. Obviamente, me refiero a su ejercicio intelectual práctico, no a ningún diploma académico.
He disfrutado algunas horas, en los últimos días, reflexionando con brevedad pero entusiasmo su introducción ("Estudio") a la poesía popular (siempre coplas), a la cual revisa desde varios ángulos (quizá lo más interesante de su trabajo), Mera recopila poemas populares, impresos y orales, los enlista y divide en la tradición clásica (divinos y humanos) y por temas (amatorios, políticos, matrimoniales, morales, etc). Luego se convierte en esteticista y les confiere más o menos valor, según se acerquen a su canon literario y gusto personal. Al final, deja hablar al moralista que lleva dentro y nos dice cuáles poemas merecen ser publicados y cuáles dejados al olvido: "he cuidado de no conservar el gran número de versos ofensivos de la moral...creo no haber incluído ninguna de color escandaloso".
[Digresión: Como toda lectura fecunda a varios tiempos, he recordado en la mía el cancionero del pasillo ecuatoriano, tan abundante y elaborado en su tradición, y con pena y molestia lo he comparado a la poco imaginativa y muy plagiadora lírica de muchos cantantes de moda, o cantores del "folklor urbano", quienes nunca se han dado cuenta de que su tabla de salvación consiste en adentrase y cantar la poesía popular ecuatoriana (esa que sale en las antologías como la de Mera, los libros de coplas montuvias o las décimas esmeraldeñas o de Guaranda, no se diga en los grandes poetas que ha dado Ecuador), pues hay varias ediciones disponibles. No dejar que la ignorancia y egocentrismo también les gane esta batalla de pobreza imaginativa].
Esta recopilación de Mera, en realidad es continuación de su "Ojeada histórico-crítica de la poesía ecuatoriana" de la cual ya me ocupé anteriormente:
http://fernandoiturburu.blogspot.com/2015/06/juan-leon-mera-y-el-sectarismo.html
La vieja y popular edición de Clásicos Ariel, prologada por el incansable Hernán Rodríguez Castelo (otro sabio que la intelectualidad ecuatoriana ha olvidado) nos ofrece dos tomos. Los primorosos versos cortos del primero (43) han sido filtrados por la ideología del recopilador, y con ello ha desaparecido todo vestigio de realidad plural y realismo, pues, como es sabido, es en el discurso satírico y epigramático de los siglos anteriores en donde encontramos abundante información histórica, muchas veces en detrimento de bondades estilísticas y del pensamiento hegemónico.
De esta manera, el cancionero popular de Mera forja una idea de lo que es el país que quiere promover, aquel que podría ser de ecuatorianos "más alegres que maliciosos, o de malicia tal que bien puede llamársela (sic) inocente", intento que cuadra perfectamente en su ideología romántica, la cual, al menos en esta recopilación, se muestra, a pesar de su esfuerzo, como contradictoria.
Pero, como toda poesía popular, la poesía oral ecuatoriana no escapa a influencias, copias y préstamos. Mera mismo señala el origen colombiano de algunas y su combinación en presentación bilingue (quechua y español), aunque hoy por hoy es posible verificar esas coplas en varios países de América Latina. Añado los obvios reciclajes del arte menor ibérico en tierras de Indias, la asunción y modificación del canon europeo en los períodos colonial y pre-republicano,  y la nueva producción de lo que hace más de veinte años fue llamado "Barroco de Indias" para señalar la hibridez de nuestra América (india, negra, blanca, asiática, árabe, judía, etc). Esta fluidez la encontramos más claramente en el segundo tomo de los "Cantares" de Clásicos Ariel (44). Veamos.
Para el segundo tomo, Mera incluye poemas más sueltos, alegres, inventivos y hasta de zoología fantástica (otro rasgo medieval y renancentista), junto a sorprendentes coplas que darían mucho placer tanto al lector común como a cualquier estudioso post-moderno de formación clásica. Aparecen poemas costeños (amorfinos) y serranos -quichuas, mezclados o traducidos-  de baile, borrachos, fiesta, flirteo y un gran etcétera, como las que cito a continuación:

Cuando yo me esté muriendo
Pondránme un Cristo en la mano
Como no soy alfarista
Moriré como cristiano

   * * *

A la guerra voy con gusto
Dejando a quien mi alma estima,
Para pelear contra Alfaro,
Que dizque es masón de Lima

   * * *

Ya pasamos el Salado,
Ya estamos en Guayaquil
¡Viva la tropa serrana!
Cuatro valemos por mil

   * * *

Mi suegra puro vinagre
Mi cuñadita un ají,
Mi mujer un rico bagre:
¡Qué escabeche para mí!

   * * *

Pescador, echa el anzuelo
Sin saber qué ha de salir:
Así el pueblo echa su voto
Presidente para elegir

   * * *

El soldadito serrano
Tiene Dios, patria y honor,
Y se llama con orgullo
Soldado conservador

   * * *

Un ciego estaba escribiendo
Un mudo le estaba dictando
Y detrás de la pared
Estaba un sordo escuchando

   * * *

No eres mujer ni eres hombre
No eres hombre ni mujer,
Ni uno y otro al mismo tiempo:
Yo no sé qué puedas ser

   * * *
Triste suerte la del indio
Come mal y mal se viste
Trabaja como un borrico
Y hasta cuando baila es triste

   * * *

Cualquiera que se aventure en los "Cantares del pueblo ecuatoriano" podrá gozar al entender "lo ecuatoriano" como condición humana original y móvil, internacional y local, como producción cultural e ideología que desde siempre estuvo abierta a las influencias, pero celándose de esas mismas influencias, esforzándose en proclamar una identidad que aún busca resolver su origen en oposición a otros, en vez de abrazar la contradicción como parte de su esencia (algo que el gran Fernando Mieles trata nuevamente en su film "Prometeo deportado").
Dejo aquí un enlace que nos lleva al original. Disfrute el lector con la recopilación de quien más y mejor trabajó en su tiempo por un país que quería fundar en la imaginación de sus compatriotas:

https://archive.org/details/antologiaecuator00merauoft


sábado, 16 de abril de 2016

A Book Review by Fabia Iturburu-Ayala:The Contagious Colors of Mumpley Middle School Middle School





My daughter Fabia wrote this. She's 10 years old. I liked it. Hope you do too.








 


The Contagious Colors of Mumpley Middle School Middle School is a fiction book written by Fowler Dewitt and illustrated by Rodolfo Montalvo. It is about a boy named Wilmer and how he tries to solve a mystery about his classmates changing color. He tries to come up with a cure and find out what is causing the contagious colors. He has a journal where he writes in. Also, Wilmer is very smart and curious. On a scale of 1-10, 10 being the best, I rate this book an 8 3/4.


The main character is Wilmer Dooley, an 11 year old boy. Wilmer is a bright kid who loves science. He has a mom who loves to cook, a dad who is a scientist, a 7 year old brother, Sherman, that is full of energy and loves sugar. Wilmer, unlike Sherman, does not like sugar. His father has a saying that is "OBSERVE”. He says, it is what every good scientist does. Anyway, Sherman's favorite candy is SugarBUZZZZ, a type of candy. I almost forgot to mention Wilmer's 8 month old brother, Preston. Preston usually tastes Mrs. Dooley's odd foods. Wilmer also has a crush on Roxie McGhee, the star reporter of the school newspaper, Mumpley Musings. He has a best friend named Ernie Rinehart. Still though, he has an archenemy, Claudius Dill. Once when Wilmer saved the class hamster Claudius took all the credit. Claudius's father, Dr. Fernando Dill has MD, PhD, AOCN, AARCF, BVMS, CHES, CST, DCP, DPH, DMS, and about 126 more degrees that went down the alphabet. Wilmer is also writing a history paper on medieval diseases. I think it is hard to be Wilmer because he has 2 younger brothers and having such a mean kid in his class.


Now that we discussed Wilmer, it’s time to talk about the contagious colors. It turns out that all the kids that get the colors have a lot of energy. But then they start to get sick and stop running around. Wilmer comes up with a cure called The Dooley Dose until it goes missing. He suspects Claudius. But Claudius came up with his own medicine that made people get worse. Claudius's medicine turned out to be SugarBUZZZZ, which is what made the whole thing start. If you ask me, Claudius seems like a horrible, sneaky, lair!!!!!!!!!


It turns out that everybody wanted a refund for the Claudius Cure. And Claudius did steal the Dooley Dose from Wilmer's backpack. Then Ernie, Roxie, and Wilmer told on the announcements that the Claudius Cure was fake and The Dooley Dose worked. At the end, Claudius and Wilmer were friends. They learned they have something in common. The ending was okay, I think.


I rate the plot on an 8 scale of 1-10. The ending a 7 5/8, and how its organized 7 3/4. It contains 261 pages so it could take a week or two to read it. Or half a month. It has about 12 pictures. If you try to read it all in one day I recommend a 10-20 minute break every time you get to picture or you might just get a headache! So if you like science I highly recommend this book


Fabia Iturburu-Ayala

sábado, 19 de marzo de 2016

Celebración de la lectura / Réquiem por la escritura

La lectura ha sido mi primera actividad desde los 15 años. Sin embargo, mi biblioteca ha sufrido tres veces los ataques de mi pobreza y desapego a Guayaquil: cada una de mis largas salidas del Puerto estuvo marcada por la venta parcial de mis libros, los que había leído y no volvería a leer, como la Obra Completa del Che Guevara y otros marxistas, antes de ir a Francia, en 1984); o como los de Crítica Literaria y del "boom" que aún me quedaban del período de la Católica, en mi viaje a EEUU, en 1990. Mi tercera traición ocurrió en el 95, cuando decidí que ya no regresaría a Ecuador.
Para compensar, me traje mis libros más cercanos (sobre todo de literatura clásica, francesa y americana del siglo XX, algo de crítica social, la edición de la Biblia de los Testigosde Jehová, entre otros) y me siguen acompañando en mi oficina. Dejé también encargados otros que aún están en mi casa de Bellavista. Pero como la ciudad que fue mía ya no existe y Ecuador está tomado artística y culturalmente por lo que considero mi antítesis, pedí que me trajeran los viejos y escuálidos tomos de la colección Ariel ecuatoriano, publicados en los 70s, de enorme valor sentimental y documental para mí. Así, celebro libros y lectura como rito, actividad diaria y herida personal.

Esa trilogía que menciono arriba se verifica a veces de manera trágica: por ejemplo, trato de completar lecturas por cerrar un ciclo, busco volver a ser el que fui en ese pasado para dejar de serlo definitivamente: hoy terminé un librito maravilloso y sobrio de Theodor Adorno llamado "Mínima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada", fragmentos escritos en varios tiempos del fervor nazi, bajo el acoso y el temor de quien asume con valentía el peligro de su tiempo. (Subrayé muchas líneas y escribí comentarios marginales con la esperanza de que algún días mis hijas los encuentren y continuen este diálogo con ellas). Hoy, muchos ingenuos ven con entusiasmo el crecimiento del nacional-socialismo en Estados Unidos y se alegran de que este país pueda caer en manos del odio y la pillería. De hecho, creen que América Latina se beneficiará del racismo de Donald Trump, cosa que también pensaron en su momento los fascistas latinoamericanos durante la II Guerra Mundial.
En un descanso de mi lectura de Adorno, cayó en mis manos José de la Cuadra (el mejor escritor ecuatoriano) y con alegría confirmé que mi herida personal se encarnaba también en sus cuentos (El Cóndor de Oro, Los monos enloquecidos, por citar dos obras). Y supe que no era casualidad que él y Adorno hubieran unido el tono personal con el relato inconcluso y la reflexión sobre situaciones concretas con episodios imaginarios.

He venido leyendo de esta manera desde hace muchos años:  tres o cuatro libros a vez, o en una sola jornada, como aquel dia de lectura de siete libros que me dejaron molido, triste, cansado y viendo estrellas mientras caminaba con mi bicicleta por las calles de Eugene, Oregon. También he leído con largas pausas -la vida ha cambiado tanto- en estos últimos años en Plattsburgh, New York. Con seguridad, lo seguiré haciendo,  a lo mejor de manera más enfática, ahora que tengo los tomillos de Ariel y se mezclan con apuntes de esto y lo otro. (Enfatizo: "apuntes", no obras ni proyectos).
A veces me preguntan si sigo escribiendo. La respuesta es no. Sólo leo. Quizá cuando tenga algo que decir, lo diga. Vivo esta situación de desgano de mucho porque escribir lleva tiempo, y escribir mejor lleva mucho más tiempo. Y ya he escrito lo que quería. No siempre hay algo que decir, y cuando hay, vale pensarlo bien pues eso ya ha sido dicho de mejor manera por otros. Pienso que es mejor dejar que el tigre siga su camino en vez de pretender que un animal que más tira a perro pretenda suplantarlo (esta es una imagen de Borges, el mejor de todos).
Pero hay muchas cosas que simplemente no leo, por ejemplo lo que escriben los ganadores de concursos y premiados en genral (son tantos ahora, uno más desconocido que otro, uno más devaluado que otro pero todos injustamente promocionados). Hay que ser caradura para publicar ciertas cosas, me digo. Es tanta la repetición, la deshonestidad intelectual y artística, la mediocridad, no sólo en Ecuador sino en todas partes, que no pierdo nada al no entrar al ruedo.
Así, la celebración de la lectura va de la mano del réquiem por la escritura. En mi caso, es una lección aprendida: más vale leer cosas buenas que escribir cosas malas.
 

lunes, 22 de febrero de 2016

Donald Trump, Rafael Correa y "el impacto de lo altamente improbable"


(Lo que aquí llamamos un Cisne Negro (y con mayúscula) es un evento con los tres atributos siguientes. En primer lugar, es un caso atípico, ya que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas regulares, porque no hay nada en el pasado que puede apuntar de manera convincente a su posibilidad. En segundo lugar, conlleva a un impacto extremo. En tercer lugar, a pesar de su condición de rareza, la naturaleza humana nos hace inventar explicaciones de su presencia después de los hechos, por lo que es explicable y predecible.
Me detengo y resumo el triplete: rareza, impacto extremo y retrospectiva (aunque no prospectiva). Una pequeña cantidad de Cisnes Negros explica casi todo en nuestro mundo, desde el éxito de las ideas y las religiones, a la dinámica de los acontecimientos históricos, hasta los elementos de nuestra vida personal.) TALEB

Fanático de las obras de Nassim Nicholas Taleb, me interesó mucho un artículo sobre su teoría del "cisne negro" aplicada a la actualidad electoral de Estados Unidos: http://www.politico.com/magazine/story/2016/01/donald-trump-2016-black-swan-213571
En éste se lee una síntesis del pensamiento de Taleb y una larga y aburrida aplicación al inesperado ascenso político de Donald Trump ("aburrida" porque lo que se puede decir en cinco líneas, se debe decir sólo en cinco líneas).
Para el lector laico, resumo la narración original: todos creemos que los cisnes son blancos (es lo que vemos), hasta que aparece uno negro y altera esa creencia y trae grandes consecuencias. Lo podemos aplicar a la vida: a veces un recuerdo fijo es cambiado por una nueva fuente informativa sobre ese mismo recuerdo, a todos los sistemas políticos, ideológicos, financieros y científicos.

El último gran "cisne negro" fue la crisis financiera y de bienes raíces que se dio hace nueve años en Estados Unidos. Nadie pensó que podía ocurrir porque "los bancos eran muy grandes para quebrar" (cisne blanco) o porque todo estaba en aparente orden. Hasta que empezaron los síntomas de destrucción y se descubrió que "lo estable" había sido una burbuja creada por gerentes multimillonarios, contadores y financistas corruptos que llevaban dobles cuentas (tipo Enron) y prestamistas irresponsables que dieron mucho crédito con intereses abiertos y vendieron esos préstamos para que los nuevos dueños de las deudas los aumentaran exhorbitantemente y, al final, nadie pudiera pagarlos.

Quebraron los bancos pero el gobierno de Obama, con dinero del pueblo americano, los salvó. Sin embargo, no hubo un solo preso por corrupción. Nadie fue la cárcel. Todavía se determinan los montos, pero no hay un solo culpable. Aquellos que ocasionaron el advenimiento de ese "cisne negro" siguen ganando cientos de millones anuales. Como siempre, después de la tormenta todos se declaran meteorólogos y "expertos en crisis", justamente lo contrario de lo que Taleb demuestra en sus libros.
A ese "cisne negro" lo sucedió otro en la política de Estados Unidos: Donald Trump.
Este millonrio que ha vendido su apellido para ponerlo en casinos, bares, hoteles y edificios, heredó de su padre una gran fortuna acrecentada también gracias a sus negociados en bienes raíces y televisión, como candidato ha sido, desde el principio, directo y chabacano, vulgar y fascista. Tiene más visos de peluconcito grintón e ignorante que de líder político, sin excluir ratos de franca locura e histrionismo, a lo Abdalá Bucaram. Así lo perciben las élites intelectuales, los medios de comunicación y muchos otros.

Pero la gran mayoría de sus seguidores lo ve como el mesías que hará de Estados Unidos un país nuevamente seguro y próspero, mejor que en toda su historia, según él mismo repite. Trump es el "cisne negro" de la política que ha desmovilizado a la dirección del Partido Republicano, muy cómoda contando dinero de Wall Street, y a los millonarios de ultra-derecha, acostumbrados a manipular a sus títeres del Congreso (hablo de los fabricantes de armas, medicinas y petro-químicos). Esta es la hora de la rebelión del conservadurismo político de base nacional-socialista y de millones de desencantados (de esos que aún creen que Obama nació en Kenya y es musulmán). Trump expresa el rechazo a la inoperancia del bi-partidismo y el odio a un presidente negro que vive en la Casa Blanca. Y en sus filas se encuentra también lo peor de la sociedad: desde el Klu Klux Klan y conocidos racistas anti-inmigrantes y anti-mexicanos, pasando por el desinformado en todo, hasta los que se oponen irracional o religiosamente al aborto, aunque sea resultado de violaciones o abuso sexual a menores de edad.
El "cisne negro" visita ahora también Ecuador, luego de su paso por Venezuela y Argentina, en donde se manifestó para las últimas elecciones y demostró que la oposición al ignorante Maduro y al kirchenerismo tiene más respaldo de lo que todos pensaban, incluyendo la misma oposición. Recuerdo aquí que "el cisne negro" no tiene bandera sino que es un hecho desestabilizador que derrumba lo que se cree eterno, normal o consolidado.
En Ecuador es muy claro: el petróleo, base de la economía y el funcionamiento del Estado, tenía un precio que en menos de un año se desplomó. Ninguno de los tantos "expertos en crisis", que abundan en los gobiernos de nuestras repúblicas tercermundistas, fue capaz de preveerlo. Máximo mencionaban la extinción del petróleo, "en veinte años", según lo repitió Correa tantas veces en sus sabatinas. Ahora que "el cisne negro" ha demostrado la debilidad de su sistema de reflexión y la inmadurez financiera de su programa, empiezan a aparecer graves síntomas de inestabilidad social: en menos de cinco días dos empresas han despedido a más de mil trabajadores, solo por citar un ejemplo. Y se evidencia la fragilidad de un sistema que se presentaba (y presenta) como sólido. Recientemente, Correa ha afirmado que el petróleo llegará a los 200 dólares. Asumo que lo dice por aquello de que todo lo que baja sube (y viceversa) y porque cree en la robustez de acuerdos políticos, aunque quienes los firmen no tengan políticas sólidas globalmente coherentes (cosa imposible a todas luces para cualquiera).

Esto demuestra que el "cisne negro" no ha sido reconocido y se lo prefiere ver más como un elemento estructural, propio del "sistema capitalista" (asumo prefiere no hablar de las pulverizadas economías socialistas de antaño), pues es así como lo aprendió en sus clases de economía... aunque un trabajador pobre sabe mucho más que un economista cómo funcionan la economía y la vida misma.
Hay un cisne negro instalado, hoy por hoy, en Estados Unidos, financiera y políticamente. Este es un período de un largo resfriado social en el norte. El problema es que, como bien dicen los viejos políticos: "Cuando Estados Unidos estornuda al resto del mundo le da gripe"


jueves, 14 de enero de 2016

Aniversario de mi mala experiencia con el "Proyecto Prometeo"





Hace un año conté en detalle mi mala experiencia con el Proyecto Prometeo del gobierno de Correa (Ecuador).
http://fernandoiturburu.blogspot.com/2015/01/mi-experiencia-con-el-proyecto-prometeo.html

Hasta ahora es mi post mas leído (2 mil y pico de veces).

Durante doce meses, varias personas me han escrito preguntando más detalles del "proceso", solidarizándose conmigo, contando sus propios casos (todos muy parecidos a los míos) y hasta pidiéndome empleo; también para agradecerme por haberles evitado la molestia de querer participar a ciegas o seguir participando. Todos, sin excepción, se quejaban de dos cosas: 1- el tremendo burocratismo del Proyecto, y  2- la poca preparación de los burócratas encomendados.

Desde esa fecha, de lo que sé, el agua ha seguido corriendo su curso de trabas y mediocridad académica, unida a escándalos más o menos públicos y noticias que demandan mayor revisión de la política educativa del actual gobierno, tan dado a proclamas e inauguraciones de "escuelas del milenio" que no han tenido impacto real en la búsqueda del "cambio de matriz productiva"  (otra de las tantas muletillas de moda). Muy por el contrario: se mezcla con denuncias por despilfarros, supersueldos, amiguismo y palanqueo de puestos académicos entre parientes, autoridades y allegados al gobierno de Correa. Por todo esto, resulta obvio que el balance puramente académico es negativo (sin contar con la también kafkiana situación de la Universidad de Guayaquil, entre otras), no se diga el aspecto económico, peor el regional; este último, abanderando un centralismo ultra enfermizo y un regionalismo andinista que va en detrimento de las culturas costeñas, de Guayaquil y la región amazónica. Basta darle un vistazo a ese también fallido proceso educativo llamado Univerdidad de las Artes (aunque Universidad De Lo Que Sea le va mejor) para verificar cada una de las apreciaciones que menciono arriba.

Pero ese es el Ecuador que ya dejé. El resto es memoria del sur, chateos y mensajes con algunos amigos que aún me soportan y sufren por no encontrar trabajo estable o no poder ser optimistas con el futuro. Pero esa gente, mi gente, sigue en la lucha, como Quijotes enfrentando molinos de viento que son la realidad laboral y las cansinas promesas de un gobierno endeudado que se felicita en extremo por no ser como los de antes, aunque nunca deja de parecérseles.