No son precisamente santos los recuerdos, cuanto tristes o nostálgicos.
Emparentada al fin de las vacaciones escolares, la Semana Santa era el aviso de que las cosas se reanudarían en un mes, que había que jugar más a prisa los partidos de índor, correr más, vivir más la vida porque había de empezar a cortar la indisciplina de quedarse en la calle, vagando con los amigos. O había que acomodar el horario porque algunos tenían que trabajar y estudiar a la vez, siendo niños o adolescentes. Y, en ese sentimiendo de cambio las lluvias eran menos frecuentes, hasta perderse en los primeros días del verano y el sol inaudito y entrañable del trópico, ya entrados en el ritmo de la vida escolar que iría de Mayo hasta Diciembre o los primeros días de Enero.
Algo similar ocurrió en la Católica, que nos dejaba libres los meses de Enero-Marzo en los cuales con mis amigos de adolescencia y alguno que otro de la universidad (Ramoncito, Jaime Franco, un serrano que alguna vez nos acompañó a beber unas cervezas a Jorge Martillo y a mí, pero que desapareció sin dejar rastro) salíamos a conquistar el mundo de esos años en nuestro Guayaquil querido.
Los días se Semana Santa eran también para irnos con el cholo Cepeda a algún pueblo playero o ciudad de la sierra: un viaje a Posorja, a la casa del cacho Bardales que, temprano en la mañana, a la voz de "descuenten hijueputas, a cargar agua" nos levantó de la cama. O eran días de, ya en la Católica, vagar por la ciudad vacía, tan hermosa y extraña, en un largo fin de semana en el cual se configuraba su otra geometría y emergía de ella la verdadera ciudad, esa que lejanamente aún se respira en las calles del norte (me refiero a la ciudad, a lo que hoy llaman Zona Rosa) pero existe siempre en "El Rincón de los Justos" y "Desde una oscura vigilia", dos libros maestros de Jorge Velasco que, según yo, siguen los gloriosos pasos de "Las cruces sobre el agua" y el único bloque de escritores que marcó la literatura ecuatoriana y ha sido referente internacional: el Grupo de Guayaquil y la Generación del 30 (Pablo Palacio incluído, para molestia de los amargados y resentidos con Guayaquil).
Así, el rito por la celebración de Muerte y Resurrección de Cristo, con sus misas y desfiles de niños, cambiado en los años de la adolescencia y la madurez, con el tiempo devino en una llamada de atención que nos decía las cosas cambian, todo cambia.
Y con los años mi vida cambió, así como los lugares en los que he vivido. Esos meses que corresponden a la estación de la lluvia (lo que con extrema libertad llamados en el trópico "el invierno") en mi vida se transformaron en meses de invierno, de nieve y frío, y de una primavera que nunca me ha convencido ni resultado atractiva (tiene mucho de inestable y sirve para que la gente se enferme, aunque beneficia a los demás seres vivos). Extrañamente, el verano que le sucede en el norte a esas dos estaciones, y que corresponde al verano seco y venteado de Guayaquil, a veces da paso a fuertes aunque breves aguaceros. En esos momentos, recuerdo con ansiedad la lluvia del trópico, esa que tanto estrago y marcas emocionales ha logrado en todos.
Hoy mismo es primavera en el norte, hace sol y el clima está templado. Existe, esta vez, la rutina del trabajo y la casa. Ha sido un gran cambio en el tiempo vivido. Ahora puedo ver en la distancia el pasado y sus detalles, los paseos por las calles de Guayaquil, acaso alguna rockola en un bar solitario, a mis amigos y parientes. Hoy es nuevamente el momento de espera porque junto con El Todopoderoso empezará el ciclo que nunca muere, aunque ajusta cuentas con todos.
miércoles, 4 de abril de 2012
miércoles, 28 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
¿Hay o no literatura detectivesca ecuatoriana?
He dicho y repito que no. Pero este fin de semana recibí con la mayor indiscresión una queja de un "escritor detectivesco" (sic) molesto porque yo hacía tal afirmación (sospecho porque él se veía negado) que había tenido acceso (de manera ilegal, a todas luces) en un escrito que aparecerá pronto. Con el afán de aclarar los posibles chismes y especulaciones, les digo a los interesados algo más:
Para evitar resentimientos por no nombrar a algunos autores de Ecuador que se han aventurado en el género detectivesco, más por moda que por convicción o definición, debo decir que “una golondrina no hace verano”. Ecuador no tiene una historia de escritores detectivescos, revistas permanentes, lectores ávidos y estables de ese género, no funda ese estilo en los 20s o 30s como currió en otros países, no tiene, peor aún, un proceso de “nacionalización” de las problemáticas y los personajes de sus historias (¡ni siquiera hay historias!), como se verifica sin problema en México, Chile, Argentina, Brasil y Cuba. En Ecuador, simplemente, no existe una literatura policíaca, no al menos si se asume con seriedad la historia de la literatura. Sin embargo, para aquellos que se empecinan en sostener lo contrario, les recomiendo empezar por el tono negro de “El cóndor de oro” y “Un cuento esmeraldeño” del gran José de la Cuadra, de la Generación del 30, fuente permanente de la narrativa ecuatoriana.
viernes, 9 de marzo de 2012
TANIA LIBERTAD - MI QUERIDO GUAYAQUIL
La mejor canción sobre Guayaquil. Según yo, forma una bella trilogía con "Guayaquileña" del querido JJ y el "Romance criollo a la niña guayaquileña" del poco valorado Abel Romeo Castillo, sobrio y cálido poema en voz de Pepe Jaramillo..
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