martes, 22 de septiembre de 2026

Carta abierta al negro Ulloa

 


Edwin Ulloa lanzó hace pocos días su: Sicoseo y yo: deconstrucción de una utopía.

Es un libro breve, a medio camino entre el relato en primera persona y la historiografía, seguido de una sección de anexos de difícil acceso (incluye algo mío de los 80s), que dan más luces sobre el periódo histórico en el que enmarca los sucesos. Edwin, gentilmente y a pedido mío,  me envió una copia en PDF para vencer en algo la distancia. Lo que escribo abajo es mi comentario y también una carta abierta al negro Ulloa, el segundo momento de una conversación larga que tuvimos hace poco en la que confesé que mis ideas son solamente un proceso que se está haciendo. 

El libro me conmocionó en algunas parte porque me llevó a un pasado ya casi remoto y me informó de dos cosas notables: 1- hechos que no conocía, detalles históricos que solo él y su grupo vivieron en los 60s y 70s, y 2- que su empeño en realidad no es de deconstruir una utopía sino de reconstruir el proceso de esa utopía. Por ejemplo: en el perspectivismo de Edwin sobre el grupo Sicoseo se fue fraguando muchos años antes desu "fundación", con más o menos los mismos elementos, nutriéndose siempre de la política, la literatura y el arte: músicos, pintores, poetas, narradores, ensayistas, tanto de Quito como Guayaquil, van desfilando por sus páginas junto a lemas revolucionarios, referencias académicas y, de repente, un tono personal que se incrusta en el relato.

Esta inicial intermitencia de la voz narrativa de Edwin va a transformarse en permanente desde la página 30, cuando el narrador asume la primera persona (aunque muchas veces usa "nosotros") y su afán personal como prepoderantes. En vez de ser en sociólogo de las páginas anteriores, desde esos momentos el texto se vuelve festivo, celebratorio, vuelto a renacer en el recuerdo de las tertulias, los vagabundeos por los antros y (des)encuentros amorosos y fraternos con gente considerada marginal.

En esa vida callejera itinerante, de flaneur baudeleriano, los futuros Sicoseo, como lo cuenta Edwin, van a dejar que la ciudad abierta llegue al interior de ellos y vice versa: son escritores del puerto se abren a ella, principalmente Fernando Nieto, Fernando Artieda, Héctor Alvarado, Carlos Rojas. Así, los intelectuales y bohemios trazan un mapa emocional que cubre el centro de Guayaquil, sus rincones y tugurios porque, como diría Fernando Nieto, "por ahí anda metida la poesía". A ellos hay que sumar al gran Hugo Salazar Tamariz ("quiero dormir ahora como una piedra bajo un aguacero") y Jorge Velasco, que por esos años había sacado su libro más delicado: Como vuelta al paraiso.

¿Y qué ocurrió con Sicoseo? ¿Cuándo se fundó? ¿Quiénes estuvieron presentes? En el provincialismo intelectual de Guayaquil, con los años, eso de quiénes fundaron el grupo se ha convertido en un tema de disputa, como si Sicoseo fuera parte del Registro Civil y los inscritos son los hijos verdaderos, los que se pelean por la herencia. Creo que Edwin lo escribe por ahí, pero no lo recuerdo ahora porque no lo considero importante. La fecha fue a la postre una formalidad, y esa formalidad demandó un conjunto de acciones a favor del arte local y las aclaraciones a las que la oposición conservadora los obligaba, como aquello de reivindicar el  habla popular, el parricidio, el compromiso con un proceso revolucionario, temas en boga por esos años. La fundación llevó al grupo a la formalización del activismo literario, y por suerte no destruyó la alegría de la gallada. Y es esa alegría la que que nos interesa y funda el arte. Por ahí anda la importancia de Sicoseo.

El libro Sicoseo y yo: deconstrucción de una utopía pertenece al híbrido género de la historiografía literaria de Guayaquil. En ese sentido, los historiadores tienen una gran fuente (espero sean practicantes de la meta-historia de Norman White, cuyas categorías y punto de vista son ideales para valorar el libro de Edwin). Y los literatos, el público, tiene una ventana a la nostalgia o a un panorama que no conocían.

Le he pedido a Edwin que escriba el volumen 2 sobre Sicoseo, solo en primera persona, autobiográfico, de crónicas, de anécdotas donde él mismo se vea en el contexto de sus días y emociones y no en los hechos históricos que vivió (la guerrilla, una toma de local, una huelga, una dictadura, acaso una msacre, peleas estudiantiles, etc) porque eso saldrá por sí solo si es realmente importante en la escritura literaria, que nos dé los detalles de los lugares y la gente que solo él y su grupo conocieron. Un volumen 2 que sea contundentemente festivo, Bajtiano, de risa y carnaval, como lo son sus Yo tenía un vecinadrio de película mexicana y Sobre una tumba una rumba para que salga nuevamente Riobamba por lo alto y el joven de 17 años que emigra a Guayaquil sea el Odiseo que todos llevamos dentro.

Finalizo con otra admisión: este punteado (llamado afanosamente Carta abierta al negro Ulloa) se nutre de otras nostalgias literarias que llevo conmigo desde siempre: las crónicas de Medardo Angel Silva, A la Costa, Los que se van, Las cruces sobre el agua, Nuestro pan, Los Sangurimas, Las tierras del Nuaymás, Tribu sí, Crónica de la medianoche, la poesía completa de Fernando Nieto, los poemas de Agustín Vulgarín, Ileana Espinel e Hipólito Alvarado, los cuentos de León Hi Fong y Pueblo, fantasma y clave en JJ de Artieda...