domingo, 27 de diciembre de 2015

Historias de fin de año

1- A los tres años, para que no le arrebataran la comida, rodeaba el plato con un brazo mientras se llenaba la boca hasta tener las mejillas hinchadas. Como un roedor, la masticaba poco a poco. Cuando lo trajimos, cada vez que estaba contento y quería más, solo se frotaba rápidamente las manos. Tenía un agujero en el paladar que le causaba infección. Ahora está bien. No se acuerda de nada de esto.

2- Mi padre me iba a ver a casa los domingos. Yo era una niña pero recuerdo claramente que salíamos de Brooklyn hacia el Central Park. Ahí nos sentábamos todo el día en la misma banca, religiosamente, mientras él bebía vodka de su botella escondida en una funda de papel. Conocíamos a todos los que pasaban. Hasta les habíamos puesto nombres.  Así me acostumbré a ver a la gente, creo que así comenzó todo.

3- Luego que supe la historia, era comprensible que dejaran que la casa se destruyera.
Siempre hay algo inconcluso en el sótano que tiene que ver con la limpieza, el orden, el exceso de juguetes, ropa o utensilios. Lo he pintado, está muy claro y se ve agradable. Pero aún no me gusta su olor y hay mucho por hacer. Cuando no quiero algo lo pongo afuera de la casa y se lo llevan. Funciona algunas veces, otras no: puse dos televisores (de los viejos) y nadie se los llevó. Tengo aún en el patio el trampolín, desmantelado por suerte, en el cual saltaban las muchachas desde el techo. También sus palos de jugar jockey, los patines de hielo y una caja con decenas de pelotas viejas y sucias. Además de sus trofeos y posters, dejaron prendas de vestir, botellas de vodka y tarros de cerveza. Asumo que el gato era el que tenía pulgas.

4-   El 25 se batió record de calor: 69 o 70 y pico de grados Fahrenheit. Las nenas estaban contentas con los regalos. Me pasé viendo películas y deportes en la televisión. Oyendo música. Hace mucho que dejé la literatura. No tengo tiempo ni ganas. Vincent me enseñó sus últimos artículos y entusiasmado me dijo: los escoceses peleaban con el sonido de las gaitas de fondo, con falda y sin calzoncillo, cuchillo en mano. Ya no escribo ni publico, le comenté. Me miró extrañado. Rumbo al Coliseo hablamos de los hijos, la familia, el divorcio. Siempre terminamos hablando de lo mismo con Vincent. Fuimos los primeros en llegar. La ceremonia empezó con un breve retraso pero la banda de gaiteros sonaba espléndida.

5- Hacía tiempo que no veía a Erin. Estaba sentada junto a un profesor de Historia. Conversamos. Es muy amena, directa y con un buen sentido de humor. Desde que murió Rick me he pasado oyendo a Sinatra, le dije. Es mi favorito, contestó. Conozco toda su obra. Creo que la única persona a la que no le gusta es a Sinead O'Conner. "Si fuera hombre le sacaba la cresta" dijo Sinatra cuando ella rompió una foto del Papa. Conversamos un rato más y luego salí. Era temprano pero ya estaba oscuro, oscuro y frío. Era domingo. Recorrí las calles y vi algunas casas iluminadas con luces de colores. Compré unas cervezas y regresé a casa a seguir oyendo a Sinatra.

lunes, 12 de octubre de 2015

Caravaggio y Villon en La Habana


"Trilogía sucia de la Habana" es una larga serie de crónicas, historias, estampas, cuentos o episodios de una novela incompleta, como se la quiera llamar. Desfilan en sus páginas desempleados, vagabundos, prostitutas, chulos, vecinos de solares y edificios por caer, pordioseros, basureros, policías. Todos ellos unidos por la hambruna, el exceso sexual, el voyerismo y la pornografía, acaso también la desesperación por el tiempo vacío y la falta de alternativas de ocio. Encuadrados en humor picaresco, los personajes, sus acciones y la urbe, acaso el mar, sucumben a la pluma desaforada de Pedro Juan Gutiérrez.
Su prosa sencilla, austera, de diálogos apropiados y cautivadores, rechaza el tosco sentido de "profundidad" que buscan los lectores hipócritas (no los que refería Baudelaire ni Benjamin, sino los que mienten y se mienten) y los autores sin personalidad, tan de moda en nuestras débiles democracias tercermundistas.
Gutiérrez deja hablar a la gente, deja que el tiempo pase y se abran las puertas de un Paraiso al revés, donde lo divino es lo más terrenal que queda: el insulto en la conversación, la soledad de un paseo, la masturbación en ausencia de compañía, una pelea, un robo, acaso un asesinato... En esta poética del exceso encontramos la herencia de Caravaggio, por su realismo salvaje y la elección de seres humanos pobres, reales, a los que viste de modelos para sus cuadros. Gutiérrez es Caravaggio por pantagruélico, pero siendo fiel a su tropicalidad blanca y santera de habanero de cepa. Y también es Villon porque sus personajes, de alguna manera, ya han muerto, se acaban de colgar y sus almas errantes no pueden alcanzar el cielo.


En esa poética del desperdicio, en ese festival y homenaje humano al desarraigo de una Cuba que nos llega también vías Reynaldo Arenas y Virgilio Piñera (quizá también, aunque más tibiamente, Cabrera Infante), veo el mejor aporte de Gutiérrez a las letras. Lo creo tan firme y sincero como Rubem Fonseca, como Cervantes, Lope de Vega y una larga lista de escritores que hoy son pan apetecido de jovencitos (y no tan jovencitos) que se afanan en jugar a ser marginales.
Como cualquier lector del Puerto, leyendo a Gutiérrez he recordado los tugurios de Guayaquil, que a lo mejor ya no existen, no son los mismos de antes o ya son cosa del pasado, pero todavía forjan nuestra identidad porque vienen de un tiempo antiguo llamado "pobreza", la inextinguible, la eterna.
Leyendo sus páginas, lo que menos me resulto interesante fue el corte hipersexual que se le endilga, porque fui viendo todo como un teatro, una tremenda y triste comedia de enredos en la que cada uno solo trata de subsistir y, de paso, tirarle de las orejas al lector pequeño-burgués, tan acostumbrado a quedarse en la superficie de las cosas. Ese lector (o autor), confundidísimo, en realidad cree que la obra de Gutiérrez trata de sexo, y se esfuerza en copiar, en adaptar, en ver su propia sexualidad como rasgo distintivo de lo que escribe... pero sin verse al espejo.
Así, Pedro Juan, el personaje y narrador de "Trilogía sucia de la Habana", devoto de Ogún, es rebajado a categoría de lamentable reality show que cualquier confundido cree que puede copiar, pues no hay que ser actor para ser mejor que las Kardashians.
He terminado mi segunda lectura de la Trilogía De Gutiérrez (imposible olvidar la "Crucifixión en Rosa" de Henry Miller) y me pregunto, hoy, cuál es mi Habana imaginada, en mi pueblo del norte, donde el hermoso otoño tiene las hojas secas corriendo las calles vacías este día de feriado.



martes, 15 de septiembre de 2015

DESCARTES y LISBON STORY: De Fernando Mieles a Wim Wenders, ida y vuelta

Tan pronto como empezó “Descartes”, me di cuenta de que no era un documental sino una historia de los que hemos caminado las calles de Guayaquil y mirado los ojos de su gente. Es un testamento a la memoria urbana, al arte y la imaginación y a un pasado rotundamente personal: Gustavo Valle, un hombre joven, que somos todos, derrochaba talento en sus películas mínimas, pero Guayaquil, una ciudad marginal en forma y fondo, lo iba a tratar de la manera en que ha tratado a sus mejores hijos: con desdén y olvido, dándole la pobreza como estandarte (hace años conté el caso de mi ex-compañero de colegio, Francisco Cañola, destinado a ser un gran poeta). En su documental, Fernando Mieles rescata a ese hombre joven (el Passolini criollo) de la sepultura artística. Pero ese desentierro ocurre en una fantasía que el director quiere verificar en la realidad, cual personaje derrotado de literatura popular. Así, Mieles se lanza a la aventura de adivinar en trazos y líneas breves un contexto imposible.

He meditado varias veces sobre la mejor forma de escribir un párrafo inicial para contar lo que sentí viendo “Descartes” y he abandonado el intento por falta de tiempo, concentración o palabras, o por insensibilidad para abordar tan delicada materia. Pero anoche, viendo “Lisbon Story” (Wim Wenders), mientras mis ladies dormían, pude acercarme a la poética de Mieles, a los brochazos con los que pinta su lienzo fílmico, cual Diego Velázquez de “camera oscura”, lo que llamamos “obra de arte”. En la película de Wenders el personaje se afana en captar los sonidos que subyacen a la vida diaria de Lisboa. Busca lo ignorado, lo no celebrado: la respiración humana y animal y los mismos silencios de lo inerte. Va por calles, parques y rincones grabando el lejano sonido del tranvía, de un barco, de unos pájaros, de las hojas que se mueven con el viento. Al final de “Lisbon Story” aparece el director de la supuesta película, mostrándonos los cassettes de un film en retazos, logrados con una cámara sobre su espalda. En esa película se incluyen lo no pensado, todos los planos imaginables, lo importante y lo desvirtuado. Y así quedan los fragmentos: apilados, de acceso solo para los iniciados. Es el mismo proyecto de novella de Morelli en la “Rayuela” de Cortázar, y es el mismo concepto de “palimpsesto” que manejara Derrida, o “el perspectivismo por incongruencia” del desconocido Kenneth Burke. “Descartes” de Mieles va por el mismo derrotero.



Fernando Mieles en “Descartes” es el mismo Wim Wenders en “Lisbon Story”: Una recuperación de planos abandonados, de recuerdos poco importantes que son el sentido mismo de la vida. Después de todo, ¿qué puede tener de importante su personaje, Gustavo Valle, un simple fotógrafo de cumpleaños? ¿Qué artista es ese que vive en una habitación con una mujer de fondo que, sin embargo, es tan o más hermosa que el “Oleo de mujer con sombrero” de Chagall? Lo digo también desde el margen que es la noche: Wenders me llevó de la mano a Mieles y el guayaquileño fue el mismo alemán, y confirmé que no existe para mí ni “cine ecuatoriano”, ni siquiera “alemán”, sino cine personal, íntimo (aunque sea de guerra) que celebro una vez al año como si fuera el día de mi nacimiento: en silencio y apartado.



Luego de “Lisbon Story”, escuché unas piezas de piano de Poulenc, Rachmaninov, Grieg, Debussy y Duckworth, y mi espíritu se quedó intranquilo junto al hamster de mi hija que rodaba a toda velocidad dentro de la bola de plástico por la cocina. Y vinieron a mi mente las imágenes a dos colores del final de “Descartes”: ahí, en ese tiempo suspendido, todos estábamos jóvenes y los muertos estaban vivos, y los que ya no hablan contaban historias deslumbrantes. Vi en “Descartes” a Juan Hadatty y era el mismo sonido del tren de Wenders, y Gerard Raad parecía el sonido del barco llegando desde el mar, y Jorge Suárez, a quien Guayaquil y Ecuador le deben tanto, era más versátil porque era el mismo viento que mecía las hojas de Lisboa, y el director de cine de ambas obras eran tanto Wim Wnders (¿o era Fellini?) como Gustavo Valle que es Mieles que es Fellini y sus personajes en un viaje de ida y vuelta.

Hoy, para hablar de “Descartes” propongo el Cementerio de Guayaquil como metáfora del arte universal: con sus labrados y rústicos niveles, con sus misteriosos pasillos de clases sociales, con la risa interminable y los crímenes atroces o el sexo vedado. Para entender “Descartes” propongo una rockola abastecida de pasillos y boleros, casas de construcción mixta, también bebidas de colores (jugos, sodas, licores y perfumes), y la puesta en perspectiva de espejos sucesivos con los rostros de Valle, Wenders, Mieles, Bauchau, Fellini, Vogler…. Como si fueran el mismo hombre multiplicado, cual Orson Wells en su “Citizen Kane”.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Adiós Guayaquil

a Kakoko, el Cabezón Freddy, doña Ana, Aleja, la Dama del Pantano, Llamará, el Cuervo, Cuerito, Caretopla, Cusini y toda la gente del barrio que vive en el norte... a la Jimula que desde Paris pone valses peruanos...

Dice el Conde Martillo, caminando por una parte del centro: esta es la zona de los travestis. Paran aquí, acá y allí. Ahí están los moteles. Le pregunto de otras zonas de Guayaquil, la de los drogos: Barrio Garay, me dice; hay también la de los cachineros, está ahora en el suburbio y es inmensa. Le cuento del Mercado de Pulgas de Paris, antes de llegar a la fuente de soda en donde el Conde vegetariano comprará no sé cuántos vasos de jugo.
Mientras esquivamos carros y ganamos las veredas, aparece la imagen de mi viejo, de espaldas, sentado en la silla de ruedas en su cuarto en Chongón, carretero adentro. Mi viejo con su cabeza cana inclinada hacia la derecha, en silencio, escuchando canciones con las que crecimos.... 
Ya no escribo poesía, me digo, pero hago en mi mente, en ese mismo momento, un verso que pronto olvido.
He estado en mi ciudad y nunca la sentí tan lejana. Y, sin embargo, a pesar de lo poco placentero de este viaje, en unos momentos volvió a ser mi ciudad, volví a sentirla al ver su gente pelear la única vida que les ha tocado, al escuchar sus reclamos y frustraciones, su breve optimismo. Volví a mi Guayaquil en las conversaciones con los taxistas, en esos vinos que nos tomamos con Wilman, Angel Emilio, Pepe y María José, en mi paseo por el Barrio del Astillero y la isla Santay desde donde vi mi amado sur y la otra orilla, la planta de hojas que se cierran con un leve toque en medio del manglar y la vegetación del trópico. 

Volví a Guayaquil cada martes, mientras pasé horas con mis hermanas (tia Leti y tia Lupe) matando el frágil tiempo. Volví a Guayaquil como desde hace treinta años: para no quedarme.
Hay imágenes imborrables, palabras, expresiones, fragmentos de conversaciones que aflorarán poco a poco, cuando sea necesario. No ahora.
Desde el avión veré nuevamante la ciudad empequeñecerse y desaparecer... Los que se van recuerdan este pasillo: "Todo lo que quise yo, tuve que dejarlo lejos..." Pero con mis hijas y mi esposa junto a mí solo hay futuro, quizá no tan incierto o desafiante pero sí inevitable. Sé que la suerte de estos años fue echada hace tiempo. No hay vuelta atrás ni otras opciones.
Es normal el amor, es normal el dolor, me digo. La palabra y el silencio son normales. El mismo temido odio es normal. Me queda la insatisfacción de volver y no poder quedarme (en Guayaquil, un Ph.D. necesita conexiones, no un Ph.D.). Pero, en realidad, se trata de la insatisfacción de no poder regresar al pasado. 
Adiós entonces Guayaquil, barrio y casa de Bellavista, adiós pasado que visito cada cierto tiempo, que duerme en mí, que llevo en mí,



domingo, 26 de julio de 2015

Guayaquil, Julio del 2015

Los muchachos del frente están en la terraza de su casa, oyen Jim Morrison mientras cae el sol de la tarde. Desde aquí veo otras casas de las colinas y también otras colinas que han escapado al asedio urbano. Al fondo está Guayaquil, magnífico y brutal, hermoso y salvajemente real. Esta panorámica de mi casa -Bellavista Alto- la he anotado ya en algunas páginas del Cholo Cepeda, a veces como fondo de diálogo, a veces como protagonista, porque es el lugar al cual llegan las palabras. Han crecido mucho las veraneras y el mes de Julio ha sido de un clima frustrante, inmensamente caluroso, no el fresco mes del verano tropical que buscaba con afan. Me ha costado regresar en cuerpo y alma a mi ciudad. De hecho, quizá no logre hacerlo del todo y deba conformarme con el temido recuerdo de años irrecuperables. Los muchachos siguen escuchando buen rock.


Esta mañana terminé apresuradamente This Side of Paradise, de Scott Fitzgerald. Una novela que debió interesarme mucho quizá hace treinta años, limitada por el mundo universitario de los jóvenes acomodados de Estados Unidos. El Gran Gatsby quizá sea las tribulaciones de uno de esos personajes, quizá sea un proceso paralelo y deba meterse en el bajo mundo de la naciente mafia licorera de esos años para surgir en la vida. Quizá no. Insatisfecho, fui al cuartito que había pensado como estudio y tomé varios tomos de la vieja colección Salvat. El primero que abrí fue El Diablo Sobre las Colinas, de Cesare Pavese. Nuevamente el pasado me acosa: es una historia de jóvenes que buscan con empeñoso la vida en el campo turinés, en la playa, en la noche y en la luna... Noches antiguas, como dice uno de los protagonistas. Ahora los muchachos han cambiado a un rock más pesado y hermético.


Es domingo y ayer no pude ir al barrio. (Mis diablas enfermaron y tuve que quedarme en casa. Aún están enfermas). Pero me contaron que había tres campeonatos de índor jugándose simultáneamente en las calles. Recuerdo que Julio cerraba el primer trimestre escolar. Luego venía Octubre y al final Diciembre (una canción de Shing02 habla de esto). Esa era la estructura del año, las vacaciones, la distribución del tiempo y el ocio. Ayer jugaron y, desde mi casa y los libros de Caillois y Huizinga que estaba leyendo, solo intenté imaginar quién habría dicho el insulto más sonado o hecho la broma más colorida, o lanzado el más hiriente desafíio en el incesante duelo verbal que se juega en las bocas de todos. Julio terminará pronto.

Regresaremos a fines de Agosto a la que llamo ahora "casa" (Plattsburgh, New York). No sé aún lo que me toque hacer con este tiempo fraguado en el trópico que amenaza con desvanecerse. No adivino a saber cuál será mi relación con Guayaquil, aunque ya se me va apareciendo en sueños aún estando aquí. Los muchachos han cambiado a reggae y se oye una risa femenina... A lo mejor van a organizar la parranda, en este domingo en que se bebe a escondidas bajo el calor de la indomable Guayaquil.





miércoles, 8 de julio de 2015

he vuelto a soñar con paris



he vuelto a soñar con paris. me ocurre con relativa frecuencia. la última vez estaba en una taberna, un bistrot de segundo piso al cual había llegado luego de pasar un sendero diminuto y empedrado, acaso la calle balzac, cerca de l'ile de france, en donde vivía francois miterrand (la crucé una noche de nieve incesante). recuerdo que subí las escaleras, noté la algarabía, vi rostros conocidos y pedí una cerveza guinness. el sueño que acabo de tener ocurre en una calle de guayaquil, también breve, situada en algún punto detrás de la vieja casona, en la intersección de un callejón sucio resultante de las cinco esquinas y la nueva estación de la metrovía que llaman troncal sur. he estado ahí y sé que existe. lo anoto rápidamente porque el sueño es más atroz que su recuerdo. viré la esquina y al caminar la calle diurna vi sus alegres vitrinas y su gente, las palabras poco a poco iban dejando el idioma de cervantes 
y siendo más el de victor hugo, porque el paris que viví estaba más cerca de "los miserables": lleno de episodios de gente olvidada. al cruzar la calle supe que era paris (borges llegaba al sur al cruzar la rivadavia), y que tenía que contarles a todos que lo lejano ya estaba a la mano, acaso porque "el mejor vino está por venir", como dijo el santo padre. le pregunté a una elegante señora qué calle era y no me supo contestar. busqué su nombre y en cada señal solo se adivinaban pocas letras que podrían ser rumichaca o esmeraldas, las cuales están muy lejos de ese paris de guayaquil. corrí y tomé una bicicleta pedaleando hacia al sur, saliendo detrás de la caja de registro (estaba en el guayaquil previo). 
noté los barrios, sus edificios de dos pisos y residencias nacidas en los años cincuenta... pero luego vino la ingrata noche y afanosamente quise volver a la calle de paris por la parte trasera, la menos limpia. pero vi mendigos apilados. traté de encontrarla y todo estaba oscuro, cerrado y sin dignidad. me persiguieron los mendigos. corrí por salvar mi vida y acabo de despertarme. he escrito todo porque, como dije, el sueño es como el agua entre los dedos.... así es ese paris que me asalta de vez en cuando, solo que ahora ha venido a acosarme en mi propia ciudad, una ciudad que ya no siento mía... la primera vez que soñé con paris terminaba refugiado en una celda de clausura, acostado, la única posición física permitida por el reducido espacio, con el techo contra mi rostro. otro sueño me llevó por barrios inconclusos, viajando en el metro aéreo, viendo casas desde lo alto, como ocurre por barbes-rochechouart antes de llegar a la estación république. este nuevo sueño también será del olvido o de algún violento recuerdo... queda así, en bruto. pero tibio como la noche.