miércoles, 19 de agosto de 2015

Adiós Guayaquil

a Kakoko, el Cabezón Freddy, doña Ana, Aleja, la Dama del Pantano, Llamará, el Cuervo, Cuerito, Caretopla, Cusini y toda la gente del barrio que vive en el norte... a la Jimula que desde Paris pone valses peruanos...

Dice el Conde Martillo, caminando por una parte del centro: esta es la zona de los travestis. Paran aquí, acá y allí. Ahí están los moteles. Le pregunto de otras zonas de Guayaquil, la de los drogos: Barrio Garay, me dice; hay también la de los cachineros, está ahora en el suburbio y es inmensa. Le cuento del Mercado de Pulgas de Paris, antes de llegar a la fuente de soda en donde el Conde vegetariano comprará no sé cuántos vasos de jugo.
Mientras esquivamos carros y ganamos las veredas, aparece la imagen de mi viejo, de espaldas, sentado en la silla de ruedas en su cuarto en Chongón, carretero adentro. Mi viejo con su cabeza cana inclinada hacia la derecha, en silencio, escuchando canciones con las que crecimos.... 
Ya no escribo poesía, me digo, pero hago en mi mente, en ese mismo momento, un verso que pronto olvido.
He estado en mi ciudad y nunca la sentí tan lejana. Y, sin embargo, a pesar de lo poco placentero de este viaje, en unos momentos volvió a ser mi ciudad, volví a sentirla al ver su gente pelear la única vida que les ha tocado, al escuchar sus reclamos y frustraciones, su breve optimismo. Volví a mi Guayaquil en las conversaciones con los taxistas, en esos vinos que nos tomamos con Wilman, Angel Emilio, Pepe y María José, en mi paseo por el Barrio del Astillero y la isla Santay desde donde vi mi amado sur y la otra orilla, la planta de hojas que se cierran con un leve toque en medio del manglar y la vegetación del trópico. 

Volví a Guayaquil cada martes, mientras pasé horas con mis hermanas (tia Leti y tia Lupe) matando el frágil tiempo. Volví a Guayaquil como desde hace treinta años: para no quedarme.
Hay imágenes imborrables, palabras, expresiones, fragmentos de conversaciones que aflorarán poco a poco, cuando sea necesario. No ahora.
Desde el avión veré nuevamante la ciudad empequeñecerse y desaparecer... Los que se van recuerdan este pasillo: "Todo lo que quise yo, tuve que dejarlo lejos..." Pero con mis hijas y mi esposa junto a mí solo hay futuro, quizá no tan incierto o desafiante pero sí inevitable. Sé que la suerte de estos años fue echada hace tiempo. No hay vuelta atrás ni otras opciones.
Es normal el amor, es normal el dolor, me digo. La palabra y el silencio son normales. El mismo temido odio es normal. Me queda la insatisfacción de volver y no poder quedarme (en Guayaquil, un Ph.D. necesita conexiones, no un Ph.D.). Pero, en realidad, se trata de la insatisfacción de no poder regresar al pasado. 
Adiós entonces Guayaquil, barrio y casa de Bellavista, adiós pasado que visito cada cierto tiempo, que duerme en mí, que llevo en mí,



domingo, 26 de julio de 2015

Guayaquil, Julio del 2015

Los muchachos del frente están en la terraza de su casa, oyen Jim Morrison mientras cae el sol de la tarde. Desde aquí veo otras casas de las colinas y también otras colinas que han escapado al asedio urbano. Al fondo está Guayaquil, magnífico y brutal, hermoso y salvajemente real. Esta panorámica de mi casa -Bellavista Alto- la he anotado ya en algunas páginas del Cholo Cepeda, a veces como fondo de diálogo, a veces como protagonista, porque es el lugar al cual llegan las palabras. Han crecido mucho las veraneras y el mes de Julio ha sido de un clima frustrante, inmensamente caluroso, no el fresco mes del verano tropical que buscaba con afan. Me ha costado regresar en cuerpo y alma a mi ciudad. De hecho, quizá no logre hacerlo del todo y deba conformarme con el temido recuerdo de años irrecuperables. Los muchachos siguen escuchando buen rock.


Esta mañana terminé apresuradamente This Side of Paradise, de Scott Fitzgerald. Una novela que debió interesarme mucho quizá hace treinta años, limitada por el mundo universitario de los jóvenes acomodados de Estados Unidos. El Gran Gatsby quizá sea las tribulaciones de uno de esos personajes, quizá sea un proceso paralelo y deba meterse en el bajo mundo de la naciente mafia licorera de esos años para surgir en la vida. Quizá no. Insatisfecho, fui al cuartito que había pensado como estudio y tomé varios tomos de la vieja colección Salvat. El primero que abrí fue El Diablo Sobre las Colinas, de Cesare Pavese. Nuevamente el pasado me acosa: es una historia de jóvenes que buscan con empeñoso la vida en el campo turinés, en la playa, en la noche y en la luna... Noches antiguas, como dice uno de los protagonistas. Ahora los muchachos han cambiado a un rock más pesado y hermético.


Es domingo y ayer no pude ir al barrio. (Mis diablas enfermaron y tuve que quedarme en casa. Aún están enfermas). Pero me contaron que había tres campeonatos de índor jugándose simultáneamente en las calles. Recuerdo que Julio cerraba el primer trimestre escolar. Luego venía Octubre y al final Diciembre (una canción de Shing02 habla de esto). Esa era la estructura del año, las vacaciones, la distribución del tiempo y el ocio. Ayer jugaron y, desde mi casa y los libros de Caillois y Huizinga que estaba leyendo, solo intenté imaginar quién habría dicho el insulto más sonado o hecho la broma más colorida, o lanzado el más hiriente desafíio en el incesante duelo verbal que se juega en las bocas de todos. Julio terminará pronto.

Regresaremos a fines de Agosto a la que llamo ahora "casa" (Plattsburgh, New York). No sé aún lo que me toque hacer con este tiempo fraguado en el trópico que amenaza con desvanecerse. No adivino a saber cuál será mi relación con Guayaquil, aunque ya se me va apareciendo en sueños aún estando aquí. Los muchachos han cambiado a reggae y se oye una risa femenina... A lo mejor van a organizar la parranda, en este domingo en que se bebe a escondidas bajo el calor de la indomable Guayaquil.





miércoles, 8 de julio de 2015

he vuelto a soñar con paris



he vuelto a soñar con paris. me ocurre con relativa frecuencia. la última vez estaba en una taberna, un bistrot de segundo piso al cual había llegado luego de pasar un sendero diminuto y empedrado, acaso la calle balzac, cerca de l'ile de france, en donde vivía francois miterrand (la crucé una noche de nieve incesante). recuerdo que subí las escaleras, noté la algarabía, vi rostros conocidos y pedí una cerveza guinness. el sueño que acabo de tener ocurre en una calle de guayaquil, también breve, situada en algún punto detrás de la vieja casona, en la intersección de un callejón sucio resultante de las cinco esquinas y la nueva estación de la metrovía que llaman troncal sur. he estado ahí y sé que existe. lo anoto rápidamente porque el sueño es más atroz que su recuerdo. viré la esquina y al caminar la calle diurna vi sus alegres vitrinas y su gente, las palabras poco a poco iban dejando el idioma de cervantes 
y siendo más el de victor hugo, porque el paris que viví estaba más cerca de "los miserables": lleno de episodios de gente olvidada. al cruzar la calle supe que era paris (borges llegaba al sur al cruzar la rivadavia), y que tenía que contarles a todos que lo lejano ya estaba a la mano, acaso porque "el mejor vino está por venir", como dijo el santo padre. le pregunté a una elegante señora qué calle era y no me supo contestar. busqué su nombre y en cada señal solo se adivinaban pocas letras que podrían ser rumichaca o esmeraldas, las cuales están muy lejos de ese paris de guayaquil. corrí y tomé una bicicleta pedaleando hacia al sur, saliendo detrás de la caja de registro (estaba en el guayaquil previo). 
noté los barrios, sus edificios de dos pisos y residencias nacidas en los años cincuenta... pero luego vino la ingrata noche y afanosamente quise volver a la calle de paris por la parte trasera, la menos limpia. pero vi mendigos apilados. traté de encontrarla y todo estaba oscuro, cerrado y sin dignidad. me persiguieron los mendigos. corrí por salvar mi vida y acabo de despertarme. he escrito todo porque, como dije, el sueño es como el agua entre los dedos.... así es ese paris que me asalta de vez en cuando, solo que ahora ha venido a acosarme en mi propia ciudad, una ciudad que ya no siento mía... la primera vez que soñé con paris terminaba refugiado en una celda de clausura, acostado, la única posición física permitida por el reducido espacio, con el techo contra mi rostro. otro sueño me llevó por barrios inconclusos, viajando en el metro aéreo, viendo casas desde lo alto, como ocurre por barbes-rochechouart antes de llegar a la estación république. este nuevo sueño también será del olvido o de algún violento recuerdo... queda así, en bruto. pero tibio como la noche.


sábado, 20 de junio de 2015

De la necesidad de "saber venderse"

Esta es otra de mis flaquezas: no saber venderme, aunque debería especificar: no me gusta venderme. Saberlo hacer es relativamente fácil. Como ejercicio social lo he hecho sólo para comprobar que no es imposible: basta sonreir, alabar a los demás, mostrarse interesado en lo que otros hacen, visibilizarse, reaccionar públicamente frente a todo, sobre todo las cosas que atraen la atención, etc. Pero no me gusta hacer cabildeo (lobby), sacar provecho de alguna situación. No va conmigo. Soy mojigato o tengo integridad, depende de quién lo vea. En el mundo académico de Estados Unidos y otros países, para venderse, "hacerse ver", hay que viajar a congresos (hay centenas anualmente y me llegan invitaciones a participar siempre), hacer nuevos "amigos" y colegas, establecer relaciones con gente preponderante, pues son los puentes del intercambio, la puerta para las invitaciones a nuevos congresos, el recurso de palanqueo para ser publicado y hasta ser contratado o becado.
Pero siempre he sido reacio a participar en esos juegos. No me parece que mi condición humana tenga que caer tan bajo como para substituir el trabajo honrado por las afectividades personales, la disciplina investigativa por el amarre institucional. Y no me ha ido bien; al menos, no tan bien como a los demás.
Conozco muchos casos de gente que practica fielmente la consigna de "el que no llora no mama", acompañada inclusive de consenso a su favor: eso es lo que hay que hacer. Lo he vivido como estudiante y profesor, como simple asistente a eventos y como invitado especial, como ciudadano y académico. Y siempre me deja un mal sabor en la boca por ver y testimoniar cómo las relaciones personales reemplazan el trabajo bien sudado.

Estuve hace un par de años en esas andanzas por sugerencia (que interpreté como un mandato, pues vino de una estructura superior), y los resultados fueron los que esperaba: una persona con un curriculum menos relevante ganó ese "concurso". Me hicieron otra vez la invitación a que participara al año siguiente, con un leve indicio de que el resultado sería diferente. Obviamente, no lo hice, preferí dar un paso al costado. Dije que ya había seguido el consejo.
En estos meses, estoy a puertas de hacer algo similar. No es determinante, pero se me presenta como algo que debo enfrentar. He sido advertido que debo pensar en el tipo de lectores de mi carpeta (a quienes no conozco y no me conocen, lo cual es resultado de mi falta de "vida social" en el trabajo). Un colega, con toda la honestidad y buena intención del mundo, luego de revisar mi CV y leer mi auto-evaluación, me dijo: "no sabes venderte, a lo mejor es cultural, pero en este país (EEUU) todos se venden fácil. Debes venderte mejor pues sabes y haz hecho mucho más de lo que dices en tu carta. He visto cómo gente incompetente logra las cosas y lo tuyo es muy superior".
Así, pienso en las aguas que aún debo navegar en el mundo, en el límite de lo que considero apropiado y justo en la vida, en el mismo legado para mis hijas: lo que llamo dignidad o lo que otros llaman "saber usar las reglas del juego". A lo mejor es un asunto cultural, a lo mejor es decisión personal. Pero, hoy por hoy, mi conclusión sobre la necesidad de venderme es mantenerme distante. No soy yo. Me cuesta mucho hacer algo que va contra mis principios. Es una lástima que mis hijas tengan un padre así, les podría costar caro. Cuando les llegue la hora a lo mejor ellas tomarán otro camino. A mí me seguirá costando.
Y es igual en Ecuador o en cualquier otro país. Lastimosamente.
Esto que cuento, sin embargo, tiene muy poco que ver con las destrezas profesionales necesarias para dirigir un Departamento. Es verdad que se deja el mundo puramente académico (centrado, autónomo, solitario, de manuscritos, privado, estable y austero) para salir a otro que es justamente lo contrario (social, de memorandums, fragmentado, de rendir cuentas y ver a los demás, público), pero también es cierto que uno no se somete a juicio sobre lo hecho. En el cargo de Director departamental se establecen relaciones concretas y diarias de trabajo y evaluación. Algo que, sin duda, en todos los que tienen que pasar por este filtro profesional, deja huellas que a veces llaman "de madurez", a veces "de fracaso".
Ya he contado mi resistencia a ser "cabildeador" (amarrador). La experiencia de ser Director de mi Departamento, algo que nunca he deseado, empieza desde el 1ro de Septiembre. Luego de un año volveré a tocar el tema y veremos los resultados.

lunes, 1 de junio de 2015

Juan León Mera y el sectarismo intelectual en Ecuador



El segundo volumen de su "Ojeada histórico-crítica sobre la poesía ecuatoriana" revela a un Mera lúcido, actualizado, exigente y americanista. Los capítulos incluídos son una revisión de "Lira ecuatoriana", una antología de poesís que le sirve para desarrollar sus posturas ideológicas y estéticas. Creo fundamental remitirse a este libro para entender a su autor y, al mismo tiempo, desmontar algunos estereotipos sobre las ideas hegemónicas que el "liberalismo" y "el marxismo" vulgares le han endilgado. Veamos.

El primer capítulo del libro es sobre Dolores Veintimilla de Galindo. En éste, Mera la juzga desde una postura ambivalente o, por lo menos, dicotómica: por un lado critica su "tono, firmeza y defectos" en el arte, desde una perspectiva anti-sentimentalista y elimina la comparación que algunos hicieron de ella al considerarla una "Safo ecuatoriana". Por otro lado, ataca el sistema de educación familiar al que se vieron sometidas las mujeres para devenir en "ideales" (casables). Menciono que no hay una contradicción de fondo en la ideología anti-femenina de Mera, pero la tomo también como expresión de su frutración, porque su ataque baja de tono y pasa a ser queja de las malas condiciones de vida de las mujeres. En este sentido, proponge leer lo que Mera anota como forma pasiva de rebelión por el destino femenino. Al final de este capítulo -cuando incluye un soneto de Dolores Sucre y lamenta la falta de material disponible para entusiasmarse más aún por las letras femeninas- Mera se muestra como un crítico de mente abierta y solidaria. Esta forma limítrofe de su queja/rebeldía, combinada con un naciente entusiasmo, aparece con más claridad en capítulos posteriores y se sintetiza en una excelente crítica al sistema educativo del Ecuador de entonces.



El capítulo siguiente es de inmersión en la poesía del gran Gonzalo Zaldumbide, hecha desde la comparación de su asumida literatura greco-latina, con énfasis en los tópicos del "beatus ille" de Horacio y "la descansada vida" de Fray Luis de León, pasando por flores a la gran formación intelectual del poeta y, nuevamente, incluyendo el tema de la mujer, como construcción social/histórica en la literatura y sus efectos en la poesía nacional. Por su falta de atención e importancia, ste capítulo merece el interés de algún candidato al doctorado en letras o algún investigador ya establecido en el medio.

El tercer capítulo del tomo  II es una espléndida muestra de lo que el siglo XX llamará "lectura textual" (o close reading) en la cual Mera deja ver sus dotes y exigencias de crítico sobre la poesía del "doctor Miguel Riofrío", pero sin llegar jamás a la petulancia, tan en boga en países poco desarrollados. Aquí, le basta con ir línea a línea, verso a verso, tema a tema, contraponiendo lógica gramatical con caídas poéticas de Riofrío, El capítulo siguiente, de alguna manera continuación del anterior, es sobre "el doctor Rafael Carvajal", poeta al que rescata del olvido. Incluye Mera una traducción de Carvajal de Lord Byron, para ilustrar la influencia inglesa y empezar a cuestionar la importancia de la traducción y el apego a las letras europeas, en vez de enfatizar en el color local, en lo nuevo y diferente en las nacientes sociedades latinoamericanas. Su mención a Olmedo se puede entender dentro del esfuerzo de Mera por ensamblar diferentes poéticas americanistas en su proceso de transición entre el pasado de imitación y el futuro de originalidad, ambos conceptos fundamentales en su reflexión.

El siguiente capítulo, llamado XIII (por seguir el orden desde el tomo I, de Mera, no comentado aquí), ya lo usé para mi entrada de poesía ecuatoriana, incluída en la voluminosa  "The Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics", edición de Roland Greene. Incluye material sobre la poesía picaresca y epigramática (dos géneros de gran robustez en la tradición latina) de Julio Castro y López Moncayo. Al comparar a Castro con el español Trueba, Mera lo critica pero también realza mientras recuerda las virtudes de "Un matrimonio en mi barrio") se vuelve costumbrista y pinta fidedignamente cuadros de la vida popular quiteña. Nuevamente, la lectura cerrada y la gramática del texto le permiten a Mera establecer las contradicciones internas básicas de poemas que él considera mal logrados.

El capítulo llamado XIV es sobre Vicente Piedrahita, Ignacio C. Roca, Joaquín Córdova y José Matías Avilés. Nuevamente, Mera ajusta cuenta a excesos, contradicciones, facilismos y confusiones que constata en los poemas de estos autores. En la parte final, incluye como alternativa a Olmedo, pero en realidad se trata de tomarlo como ejemplo, por oposición, para, en el capítulo siguiente,  escribir sobre los "vicios principales de la poesía americana en la actualidad, especialmente en Ecuador".

Capítulo XVII: Mera anota y desarrolla: 1- la falta de originalidad de los autores; 2- los manierismos afrancesados y españoles; 3- el problema de la imitación que, en realidad, es plagio; 4- la ausencia del contexto histórico real en los poemas (lo que Bajtin llamaría "cronotopo"); 5- la adopción de autores europeos de dudosa calidad (en oposición al esfuerzo de Chateubrian, Byron y Lamartine quienes, aunque desde lo exótico, forjaron una percepción más sincera de una geografía imaginada); 6- la verbosidad, falta de rigor y de lo que ahora se denominaría "economía de lenguaje". Lo que escribe Mera es, en gran parte, un llamado de atención para ver con ojos americanos (o ecuatorianos) la nueva sociedad, su cultura, su antropología, su identidad misma. Así, al respecto escribe: "Si es verdad que la lectura de un pueblo es la expresión de su caracter y estado moral, nuestra literatura tiende a ser falsa y mentirosa porque está pintando lo que ni se ve ni se siente en América" (p. 152).

Hasta este capítulo todo en Mera ha sido un prepararse para establecer la hoja de ruta de la superación poética en Ecuador: mencionó los errores, mostró la evidencia y resumió la cuestión: el problema de fondo es la educación, las malas y obligatorias lecturas de la naciente clase americana. Por ello, en el penúltimo capítulo escribe una crítica al sistema educativo de Ecuador y se lanza, sobre todo, contra los jeusitas quienes, según afirma, estaban más dedicados a dar fiestas y trofeos que a educar creativamente. Es tan importante lo que dice Mera que, se podría decir, ese capítulo debe ser parte de la aún no escrita "Historia de la educación en Ecuador"

El capítulo final, así como el Apéndice de poemas y notas, son parte del esfuerzo de Mera por compilar, examinar y establecer situaciones textuales. Evaluarlas y diagnosticar el estado del paciente. Como intelectual orgánico de su tiempo y no conservador (como el vulgo literarizado y sectario de Ecuador lo considera) mera propone también el tratamiento para mejorar a ese paciente.



Es escandaloso que el rico andamiaje intelectual de Mera no haya formado parte de los estudios obligatorios de los ecuatorianos, ni siquiera en su "clase letrada", más tirada al prejuicio que a la auto-crítica. A lo máximo, se lo menciona en alguna rivalidad política o como autor de "Cumandá". Mera queda como otro de los tantos pensadores lúcido, complejo y bien informado, que no ha merecido el justo reconocimiento ni del Ecuador de ayer ni del de hoy. Asumo, resultado de la proverbial ignorancia de nuestra "élite" literaria y porque Mera aún resulta un escritor de vanguardia en el medio políticamente sectario y provinciano del Ecuador de hoy. Incluyo a la "izquierda" y a la "derecha" en esta linea final.




martes, 21 de abril de 2015

Viaje ida y vuelta a Friedrich Nietzsche en Guayaquil

La más grande virtud de Nietzsche es hacer creer y sentir a sus lectores que están "más allá del bien y del mal", pues los empodera con frases brillantes, fructíferas y oportunas que asumen con rápido gusto. Anoto abajo algunas líneas de mi experiencia bajo ese síntoma de juventud intelectual.
Igual que mis contemporáneos de la universidad, yo también devoré varios libros del filósofo alemán. A veces de manera inmediata y feroz, como nos gustaba y fueron escritas; a veces en repetición, al salto, de aforismo en aforismo, encontrando en el fértil terreno de su intelecto e imaginación las ideas, frases y originalidad con las que cotejábamos nuestros propios deseos y desvaríos. Fue una época feliz, en ese sentido.
Recuerdo gratamente que, acaso como punto climático del destierro que sentíamos, con Jorge Martillo vimos varias veces la película de Liliana Cavani: Más allá del bien y del mal. La última ocasión fue en el cine pornográfico Astor (creo se llamaba, cerca a la Comisión de Tránsito), cuando Abdalá de Intendente había prohibido cintas de ese género y obligaba a los morbosos espectadores y dueños de locales a las más estrafalarias maniobras con tal de complacer el instinto. Llevábamos algunas cervezas en la cabeza, el mundo se nos había caído en pedazos y no nos interesaba ya nada. Antes de empezar la película pasaron trailers propiamente pornos. A los pocos minutos de ver en escena a Paul Ree, Lou-Salomé y Nietzsche, al percatarse el público de que no habría más acción, claramente fastidiado empezó a gritar: "trailer, trailer...". Pero la película siguió heróica con algún esporádico y rancio insulto que se perdía en la oscuridad. Aceptando su triste destino, los asistentes se calmaron.... hasta que se vio la escena en la que Andrea Salomé (marido de Lou) aparece medio desnudo, dejando ver su diminuto pipí. La reacción no se hizo esperar y se oyeron chiflidos, risas, insultos y burlas por largo rato, seguidas de la petición multitudinaria inicial: "trailer, trailer...". Así terminó el ciclo Nietzsche de 1980-1982.

Con los años volví a leer algunos clásicos del filósofo alemán (Zaratustra, Mas allá del bien y del mal, Aurora, La gaya ciencia, Humano, demasiado humano, etc), descubrí otros y dejé pendientes nuevos. Pero tal ha sido el paso del tiempo, los trancos espaciales y las desordenadas lecturas que, hoy por hoy, no estoy seguro de cuándo los leí por primera vez (salvo Zaratustra y Más allá..., cuyas ediciones recuerdo perfectamente). Esto, acompañado del hecho de que en tres ocasiones vendí gran parte de mi biblioteca, sobre todo los libros que pensaba no volvería a leer: la primera vez fue en 1984, poco antes de ir a Paris; la segunda en 1990, antes de venir a EEUU, y la tercera en 1995, a mi regreso final al norte. Muchos libros que compré en Francia, New York y Guayaquil aún están en el puerto y ya pertenecen a mis hijas, aunque no estoy seguro de que vean esos volúmenes como una herencia intelectual cuanto como tiempo perdido de su padre. (Es una nueva generación). Los más queridos me acompañan desde 1995, están en mi oficina y se suman a una moderada cantidad de nuevas obras. Entre éstas, varias de Nietzsche vertidas al inglés.
He vuelto a revisarlas, leerlas, darles atención, incluyendo las páginas de Walter Kauffman, acaso quien más lo ha estudiado. Mi emoción ha sido inmensa pero silenciosa. Ha pasado el tiempo y reconozco que el mérito mayor en mis lecturas fue gozar de ese espíritu juvenil de gran creatividad que caracteriza toda la obra de Nietzsche y que coincidió y coincide con cualquier joven lector que busca ampliar sus horizontes. Es el mérito que hace su obra permanente. Añado que el greco-libanés Taleb lo cita mucho (aunque sólo en la dicotomía apolíneo-dionisíaco) y fue quien me recordó los beneficios de volver a este material conocido pero lejano. (Algo similar me ocurrió a los 30 años con La Dorotea, la obra magna del "monstruo de naturaleza" Lope de Vega: la leí y disfruté a mis treinta años, pero la obra estaba más allá de mí, pues difícilmente a esa edad se puede entender la profundidad de un autor de más de cincuenta. Ahora que he cruzado ese umbral, sé que me espera una nueva lectura de La Dorotea -revisar y mejorar acaso ese ensayo que escribí hace 25 años sobre el tema- quizá también (re)leer Persiles y Segismunda, del gran Cervantes).

Estoy por terminar mi revisión de Nietzsche y quizá iniciar la lectura de Ecce Homo, que muchos asumen como su autobiografía. Los grandes autores son un viaje ida y vuelta al pasado sin quedarse pregonando que es "prohibido olvidar". (En realidad, prohibido es quedarse en el pasado).
Agradezco el tiempo vivido y leído, pero también el que vivo y leo. Quiere mi ímpetu de lector empedernido que todo buen libro es una vida que se extiende.