domingo, 10 de mayo de 2020

Adiós también a mi padre, Benedicto Iturburu


* * *

mi padre y yo caminábamos
hacia un terreno baldío y abierto al campo
como si fuera una película de fellini
a la izquierda había un circo inmenso
a la derecha, un sendero que se transformaba
en un largo camino cubierto de árboles
vamos por el bosque, me dijo
y a la entrada del mismo, en una pequeña habitación
nos encontramos con un hombre ya mayor y otro muy joven
que nos preguntaron cómo mismo era la letra de una canción
¡ah! ¡benedicto! ¿recuerdas cómo era? le pregunté
y mientras tarareaba la melodía
nos pusimos a cantar a todo pecho:
ayer era tu amante enternecido
ahora soy tu amigo de ocasión
tú quieres que yo vuelva arrepentido
y yo jamás iré a pedir perdón
y así, abrazados y cantando
nos metimos por ese sendero protegido de árboles
como el viejo león y el hombre de lata
que se pierden por el camino de ladrillos amarillos

The Wizard of Oz Dorothy The Scarecrow The Tin Man and Cowardly ...



* * *

Fabia y yo bailamos música de Sinatra antes de dormir
Y también tangos y algunos pasillos que cantaba mi viejo
En el teatro Bogotá, al pié del Cerro Santa Ana
Pasa la noche con el pretérito y con mi padre
con su traje blanco, el bigote corto, bien delineado
Y el pelo negro con brillantina
Mi padre era uno de esos cholos guapos
Que sabía llevar una conversación amena
Y tomarse una botella de aguardiente para aplacar el trueno
Lo veo en un recorte de periódico de los años cincuenta
Anunciando hora y fecha de su presentación
Trabajaba en una imprenta
Jugaba a las cartas y cantaba cada mañana
Con la radio a todo volumen
Y cometía los errores más monstruosamente humanos
Ya retirado, al caer la tarde en la Ciudadela 9 de Octubre
Salía al parque del barrio
A recordar su juventud con otros viejos
Y nosotros decíamos que eran La Sonora Matancera
Y Don Rocafuerte era Caíto y Don Carabalí Don Rogelio
Y mi viejo era Daniel Santos









miércoles, 29 de abril de 2020

Bagatelas para una pandemia

Guayaquil alista ataúdes de cartón para las víctimas de la ...

Los escritores ecuatorianos no mueren ni en guerras ni en pestes ni en terremotos, mas pueden escribir de las tres calamidades. Para hacerlo, se muestran benévolos consigo mismos y quizá con los otros. En entrevistas, nos dicen lo duro que la pasan solos, aislados, sufriendo porque no pueden inspirarse por estar rodeados de la angustia de la gente. Pero, en un descuido o después de mucho meditarlo, sacan sus papelitos -esos de menor calidad y que no querían romper porque, se decían, algún valor le podían encontrar- y arman un libro. Ya alegres, nos cuentan en el nuevo libro los pecadillos de sus viajes por el mundo, esos que mami y papi no podían leer porque no les iban a enviar dinero al extranjero.

Los escritores ecuatorianos no mueren en las guerras. No son Boccaccio tampoco, que con historias hizo que sus personajes desafíaran a la muerte. No pierden un brazo, como Blaise Cendrars, ni quedan lisiados, físicamente reducidos, como Cervantes. No salen a rescatar cuerpos entre los escombros de un terremoto, como lo hizo Fernando Nieto Cadena en México ("es que sentía era lo único que me tocaba hacer", me confesó en una carta) o Hemingway y varios de la "Generación perdida", curando heridos en combate.

Los escritores ecuatorianos tampoco escriben sobre temblores o pestes pero usan las palabras "guerra" y "apocalipsis" porque las leyeron en alguna parte y les sonaron ideales. Pero no escriben de la gravedad de las cosas. Les da miedo no llegar al clímax, al impacto al lector. Esos temas no son de su inspiración. Prefieren crear una muerte imaginaria en la que la sangre brota por todos lados, como en las parodias de Tarantino, o contarnos de jovencitas de clase alta en conflicto adolescente, o de algun poeta (que es ellos mismos) que no puede con una cosa ni con otra pero es brillante e incomprendido, profundo, y se frustra hasta que se reivindica en una falsa derrota y termina borracho en una cantina marginal. (Debo asumir que logran fama porque en Ecuador nadie vive de los libros).

Los escritores ecuatorianos escriben en los periódicos y desde ahí ventilan sus consejos y actos de solidaridad (ah, es que lo importante es la palabra) y nos dicen lo que pensaron un día, otro día y otro día. Arman entradas de un diario sin pandemia, la esquivan, piensan en cómo le irá a Juanito o lo que hará María viviendo en un país lejano. Nos cuentan chismes, pero veladamente, como buenos chismosos o, a lo máximo, glosan lo que dice tal libro sobre lo que ocurrió hace mucho, para aplicarlo al presente. (Eso es para que vean que los escritores también saben leer).

Los escritores ecuatorianos del pasado no eran muy diferentes a los de ahora en estos asuntos de ética y estética. Eran mejores, eso sí. No jugaban "al ser y al parecer". Uno de ellos escribió cómo Guayaquil se destruía por grandes marejadas (el agua siempre ha sido un elemento negativo en la literatura regional). Esa idea de la hecatombe, de la destrucción del lugar natal no es nueva pero les resulta oportuna porque nunca fueron de barrio, nunca conocieron la ciudad en donde nacieron, solo la odiaron. Esa imagen es parte de sus traumas. Hay algunas escenas, sin embargo, que perviven, como esos muertos campiranos de José de la Cuadra, una huelga obrera que termina mal, muy mal, como en Enrique Gil, algunos ritos sanguinarios, a lo más. Pero no hay una novela bien escrita sobre las guerras del 41, Cenepa o Paquisha, en donde los muertos son esqueletos semi-humanos ocultos en la maleza y olvidados para siempre. No esperemos ahora tampoco imágenes de ataudes abandonados en las calles. Esperemos, más bien, el ocultamiento de esos cadáveres sin tiempo, de esas historias de los que entraron y nunca salieron vivos del hospital. Son anónimos, nadie los conoce, ¿por qué molestarse? Escondamos la basura debajo de la alfombra.

Fernando Nieto Cadena me dijo también que en Guayaquil daba risa escribir sobre literatura de horror, "una ciudad en la que la muerte anda caminando por las calles". Podríamos decir ahora que la muerte ya duerme en las casas de Guayaquil. Entra y se queda ahí. No sale velozmente con el alma del fallecido, como en funerales de barrios negros (a las 12 de la noche). Se queda adentro, casi llena de entusiasmo.

Leo por pereza lo que los escritores ecuatorianos dicen que no escriben. Por pereza y curiosidad. Es una costumbre que no se me quita. (Es peor ahora con la pandemia). Si de escribir se tratara, digo que lo mío sería solo un epitafio que podría empezar así:

"Aquí yace el emperador Augusto, muerto el 15 de abril del año de la peste. Sus familiares y amigos lo extrañan con rabia y poca resignación".

Time Present and Time Past: The Story of London in 50 Novels: 10 ...





miércoles, 15 de abril de 2020

Hoy ha muerto mi sobrino

Hoy ha muerto mi sobrino Augusto Iturburu, el hijo de Nelson. Se lo llevó la peste, el tiempo, el silencio, las sombras. El, que tanto dio desde su trinchera que fueron el periodismo y la amistad, el servicio a los otros, de repente se vio solo y cruzó el umbral. No doy detalles de lo que imagino sino de lo que siento: el dolor en toda su extensión y su silencio, el pesar, la gran frustración, la tibia incredulidad, la irremediable y esplendorosa conciencia que no sirve en estos momentos.
Hoy ha muerto mi sobrino Augusto Iturburu Carabajo, y alargo su nombre porque así aparece Carmen, mi cuñada, su madre, que también nos dejó hace poco. Decimos en casa (una casa a la distancia) que ha ido a reencontrarse con ella porque, al final, las almas se buscan para seguir siendo una sola ("de la matriz venimos y a la matriz regresamos") y dejar el juego de las divisiones. Entonces, en esa amargura que ni hoy ni mañana se me quita, avizoro brevemente que, de alguna manera, jugamos a estar hoy juntos y mañana no. Jugamos porque, en realidad, sabemos que al final acabará este paseo lúdico y encontraremos algo que la fe llama "vida eterna".
Hoy ha muerto mi sobrino Augusto y algo de mí también ha muerto, o quizá mucho de mí, no estoy seguro. Podría decir que con él también han muerto mi ciudad, mi barrio, el callejón F del sur, los poemas de Fernando Nieto Cadena (que es otro muerto que llevo atado a los ojos). Podría decir con resignación que de los recuerdos ya nadie vive. Pero sé que no existen los recuerdos. Estoy seguro de que lo que llamamos "recuerdos" es en realidad una imagen que sacamos del archivo de la memoria, que siempre está ahí: presente, activo, generando nuevas imágenes, ideas y sentimientos. Y así vamos por este lado de la realidad: abanderando iniciativas y reciclando abrazos y saludos.

Quiera Dios, ese Dios que nos da siempre una de cal y otra de arena, que de alguna manera el fin de nuestro tiempo nos alcance reconciliados con los que quisimos y que los dejemos protegidos del inicuo. Yo puedo decir con toda certeza que ese fue el caso de mi sobrino Augusto, "a quien tanto quería".


domingo, 22 de marzo de 2020

Dos sueños en cuarentena

El primero debe salir de Gruppo di famiglia in un interno, la hermosa película de Luchino Visconti que vi ayer, en la cual Burt Lancaster es un solitario viejo profesor de arte, estadounidense, que vive sus últimos años en un hermoso palacete. Ahí llegan y se insmiscuyen de manera forzada, una familia aristócratica de pasado fascista, cambiando su vida. La parte quizá más conmovedora, que ocurre al inicio, es la destrucción arbitraria de un piso deshabitado, lleno de libros y recuerdos, a manos de la nueva tropa. ¿Por qué esa escena y la misma película? Para los fines oníricos cuenta sobremanera, para la ardua interpretación podría ser un premio. Baste ahora ir directo al sueño.

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En una calle cuesta arriba, quizá como la de la subida a la loma de Alausí, en donde pasé vacaciones infantiles, quedaba mi casa. Era antigua, pintada de blanco, en medio de la cuadra. Al entrar noté que las paredes del segundo piso se estaban descascarando. Contraté a los que quedan de mi barrio para que lo arreglaran. Recuerdo al Cacho, al negro Ojito, al longo Emilio, a Galleta y a Niño Tarro, tirando brocha (de esas que parecían escobillas de blanquear canchas de índor).Yo inspeccionaba el área de la escalera, abarrotada de andenes y trastes de pinturas, con toldas cubriendo el piso, mientras discutía precios con los galarifos porque ya llevaban días en la empresa y eso debía ser rápido.  Temía que los lagartos me salieran con una cuenta extensa, como la que en realidad ocurrió cuando los pintores de Kumaris se me llevaron tres mil pepas por pintar los exteriores de mi casa de Bellavista.

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El segundo sueño ocurre inicialmente en Paris y luego en el viejo Montreal. Lo emparento con esta semana de encierro y frecuentes vistas al canal de TV France 24. Primero entro a un bar pequeño y moderno, casi por accidente. Estoy solo. Cuando salgo, me doy cuenta de que ahora tengo mucho tiempo para leer y me prometo volver cargado de libros. La tarde cae, las calles se están cargando de gente, las calles empedradas buscando levemente una colina. Es quizá el norte del viejo Guayaquil porque es una zona, claramente delimitada, en la que viven los artistas. No me importa, ya no temo sus puerilidades. Camino lentamente, como marcando terreno, haciendo planes. Voy por una calle y noto a varias personas escuchando a una chica tocar el violoncello. Le pregunto si sabe dónde vive Aubrey Plaza, la actirz favorita de mi Fabia, y me señala el fondo.

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Llego a una puerta, me detengo, subo la escalera de madera y encuentro a tres actores, a lo mejor Lucho Mueckay, con seguridad Cecilia Caicedo y a un titiritero que usa acento argentino (no pregunto por qué) quien me muestra un manuscrito de la gran actriz negra Octavia Spencer. Me dice que ella lo escribió y que piensa darle la sorpresa actuándolo frente a la autora. Lo felicito y quedamos en vernos.

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Cuando salgo de la casa cruzo la calle y camino en sentido contrario.  Por la vereda opuesta, me afano al azar para conocer mejor el entorno. Lo hago nuevamente cuadras arriba. Al acercarme a la mujer, ambos vemos y comentamos sobre una bicicleta abandonada, encadenada a un poste. Con alegría reconozco su rostro pero no se lo digo. Hablamos un poco más y le confieso que sé quién es y si en algún momento podríamos encontrarnos, que me gustaría presentarle a mis ladies, que ella es la actriz favorita de mi Fabia. Acepta con gusto. Le digo encontranos otro día, en la casa de unos amigos. Ella los reconoce y me comenta que está trabajando en un manuscrito de Octavia Spencer, aún no publicado. Le cuento que ese texto circula clandestinamente entre varios actores y todos están conmovidos. Ella consiente el comentario. Nos despedimos. Veo nuevamente las calles. Estoy en el viejo Montreal, ahora lo sé. 

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miércoles, 12 de febrero de 2020

Un poema en marcha

Cuando ha sonado el final del ciclo
¿Qué hace uno con el tiempo?
¿En qué rincones se oculta?
¿Qué mínimas actividades suplen la rutina?
¿Hacia dónde voltea los ojos, las sonrisas, los silencios?
Envidio a los que trabajan y no piensan
A los que retirados de todo aún disfrutan del mundo
A los que evaden el terror y el arrebato
de darse cuenta de las cosas




miércoles, 22 de enero de 2020

Evocación del viejo Donoso




Aún estaba en el colegio cuando escuché el nombre de Miguel en boca de los miembros de Sicoseo. Hubo un par de “Encuentros” de escritores y cine en los setenta, época de la dictadura militar. Muchos meses después, supe que él había publicado unos poemas míos en la Revista Cambio, de México, cosa me alegró y dio más confianza en la escritura.

Hacia 1982, Miguel había regresado a Ecuador para quedarse y coordinar los talleres que dejó como herencia. Se repartía entre Quito y Guayaquil, acaso Manta y otras latitudes nacionales. Fue en esos años que tuve mejor conocimiento de quien, sin duda, ejerció una notable influencia en mí como hombre joven interesado en las letras y abierto al mundo.

Ya he escrito sobre su obra, lo he entrevistado y he bosquejado en más de una oportunidad el aspecto metodológico de su trabajo, quizá de manera informal aunque suficiente para el momento. Me gustaría ahora acercarme al hombre, al amigo, al consejero, al padre literario que también fue para mí.

Hay algunas anécdotas que recuerdo. La primera es cuando me preguntó si podía quedarse en mi casa los fines de semana en que le tocaba coordinar talleres de Guayaquil, hasta que le entregaran el departamento que luego alquilaría. Claro, le contesté con entusiasmo. Y así lo hicimos, un viernes por la noche, luego del taller.

A la mañana siguiente, fresco y agradable sábado del verano guayaquileño, le conté a mi viejo y a mi hermano Iván que Miguel estaba durmiendo y que luego saldríamos al taller. Mi hermano, que en esos años tenía sus reales, inmediatamente mandó a comprar un saco de conchas y una jaba de cervezas Club (la antigua, la mejor, que desapareció). Hizo preparar ceviches, chifles y luego arroz con concha. Nos sentamos todos a la mesa y desayunamos a la criolla, cosa que a Miguel le encantó. Mi viejo sabía de él desde joven, de cuando jugaba basketball y le decían “Culebrón”. Esa mañana conversamos y nos reímos mucho, no recuerdo si luego fuimos o no al taller, o si nos quedamos en casa. Solamente que nos divertimos como amigos sinceros y Miguel decía “esto es típico guayaquileño”, quizá recordando su propia vida antes del exilio en México.

Recuerdo otro sábado en que, cansados del taller y sin material por leer, con Jorge Martillo y Mario Campaña nos quedamos escondidos en un chifa frente a la Zona Militar. Había allí unas muchachas encantadoras. Martillo decía que él era Li Po y ellas sus Chan Kue Kui. Pedimos consomé a la reina y unas cervezas. De pronto, vimos a Miguel cruzar frente a nosotros y, como al descuido, mirar hacia el chifa. Nos clavó la mirada y dijo: “Acá han estado escondidos; hoy no apareció nadie” y acto seguido se sentó junto a nosotros. Pedimos cerveza y comida para él también y nos contó parte de su océanica experiencia en la vida: cuando estuvo en la cárcel y Kili Gil lo fue a visitar vestido de mujer y él no sabía quién era aquella dama hasta que Kili se quitó rápidamente la peluca en un descuido de los guardias. Nos contó que un militar lo había escoltado hasta Guatemala (me parece) y allá otro militar mexicano lo había llevado a tierra azteca. “Lo mejor que pudo pasarme fue ir a Mexico”, dijo. Ese día nos había perdonado la inasistencia al taller, quizá porque ya habíamos escrito bastante y podíamos tomarnos un descanso. Recuerdo ahora que el segundo día del taller, como para sacarnos del letargo de “la hora ecuatoriana”, dijo molesto: “En Mexico DF, donde viven más de 15 millones de personas, nunca les permití que me llegaran tarde. 
En esta ciudad pequeña tampoco lo voy a permitir”

Ese sábado en el chifa también es inolvidable porque, ya con tragos y en larga conversadera, apareció un mendigo pidiendo dinero. Martillo, alegre y en brazos de Baco, señalando a Miguel que se reía a carcajadas, le decía al mendigo: “¿Ves ese que que esta ahí? Ese es torturador paraguayo. Y ese que está ahí (Campaña) es torturador boliviano. Y ese que está ahí (yo), es torturador chileno. Así que mejor te vas antes de que te maten o te metan una botella en el culo”. Retórica salvaje que primero nos dejó con la boca abierta y luego hizo que nos pegáramos una gran carcajada. Ahora que lo escribo, me pregunto si esto es lo que uno quiere saber de los famosos. Mi respuesta es que así también fue como vivimos.

Recuerdo a Miguel en Quito (viví allá un par de meses). Rememoro las breves ocasiones en que me uní a su taller, las conversaciones que él, dos hermosas damas y yo tuvimos en El Cualquier Cosa una noche de romance, las irreconciliables broncas que los escritores del centralismo les tenían a los de Guayaquil, sobre todo a Miguel (y viceversa), un almuerzo en una terraza con plantas, hablando de si escribir produce placer o depresión… Hace tanto ya de eso, 1982 sin duda.

Recuerdo también a Miguel en Paris, bebiendo cervezas en un bar de la Cité (él venía de Barcelona). Hablamos del amor erótico, de la vida, del sexo, de la homosexualidad, de la literatura y de lo que él estaba escribiendo por esos años. De sus novelas, Miguel siempre mencionaba Henry Black. Yo, en cambio, le recordaba Nunca más el mar y su cuento Sally.

A principios de los noventa, lo recuerdo en el lanzamiento de un poemario que escribió y en una visita personal que le hice mientras trabajaba en la revista La Otra, luego de la cual, sonriente me confesó: “Me ha sorprendido tu pregunta, pero me alegro de que me la hayas hecho”.

La última vez que hablé con Miguel fue en su casa en Urdesa. Conversamos como siempre. Mucho tiempo ya había pasado desde esos días del 82. Luego le perdí la pista. Dejamos de escribirnos y cada vez lo sentí más lejano. Como ocurre en la vida, me molestaba que gente a la que yo consideraba de lo peor estuviera cerca suyo. Como a veces ocurre en la vida, al final uno prefiere lo bueno… no sea que nos quedemos, como en ese tango de Goyeneche, “amarrados al rancor”.

Cuando supe que Miguel había muerto descubrí que no estaba preparado para su muerte. Aprendí que uno nunca está preparado para la muerte de nadie, ni para la de uno mismo. El viaje de Miguel ya es igual al de mi madre, y pronto será el de mi padre, el mismo viaje que ya emprendieron amigos queridos, como Ricardo Maruri, Fernando Nieto Cadena, Carlos Pombar, Carlos Ríos, Roberto Alvarado, Eduardo López, Walter Paez y otros …Ese viaje será luego de nosotros porque tal es el recorrido humano.

Cuando Miguel se fue, leí “por enésima vez” el cuento Delia Elena San Marco, de Borges (lector/a amigo/a, vuelve tus ojos a esa luz) y mi vanidad y tristeza me llevaron a un poema que escribí hace muchos años, cuando los mencionados amigos aún estaban con nosotros. Sea este mi mejor y más firme recuerdo:

* * *

En el 2002 éramos otros
En el sueño los mismos
Miguel Donoso Pareja
Era también el mismo
Con nosotros jugaba desaforadamente fútbol
En medio del polvo y la ventisca
(¡Oh! ¡Nublado y hermoso día del verano guayaquileño!
¡Cuántas buenas sorpresas nos trajiste!)

En el sueño nos habíamos reconciliado:
Mario Campaña se reía
Y Juan Moreno y Ricardo Maruri
Corrían en lo alto de la colina
Como en una escena de Bergman
Mientras entonaban cantos infantiles
Pero sin ser llevados de la mano por la muerte
Y también estaba Hugo Salazar Tamariz y Agustín Vulgarín
Que me hablaba de su Cuadernos de Bantú
Eramos los que siempre quisimos ser
Luego, cansados ya de tanta lucha y competencia
Bajamos pequeñas elevaciones y cruzamos el Puente 5 de Junio

Eramos tres grupos e íbamos uno detrás del otro
Junto a mí iba Jorge y otro amigo del Colegio Eloy Alfaro
(a quien nunca más vi y que era todos a quienes nunca más vi)
Detrás venían el gordo Páez, el negro Jaén, el cholo Cepeda
Mi querido sobrino Germán Simisterra, mis hermanos y mi padre
Y contentos caminábamos esa mañana de nuestra vida